a nuestro SANTO PADRE
EL PAPA FRANCISCO
TE BENDIGO, PADRE…
El libro de Job llega a su
final (42, 1-3, 5-6, 12-16). La ficción creada por el hagiógrafo (=su autor)
tiene dos finales: uno el que pone Job; otro el que pone Dios. De parte de Job,
un humillarse ante Dios, en alabanza a ese Dios que lo puede todo, y ante el
que Job reconoce que ha hablado él sin saber las profundidades de Dios. Por eso
me retracto y me arrepiento echándome
polvo y ceniza.
De parte de Dios, un torrente de beneficios sobre Job. Con
una exaltación de la “felicidad”, Job viene a tener de nuevo tanto o más de lo
que perdió. Su tesoro son muchos hijos, muchos ganados, muchos bienes… Aún el
autor del libro no puede barruntar una vida eterna, una felicidad sobrenatural,
y acaba encontrando la remuneración
en bienes naturales. No sufrió en balde Job. No fueron los males un castigo. No
fue Dios un maléfico dueño que maltrata o se queda igual ante el maltrato de un
hijo suyo. Dios ha salido por encima del mal y se ha mostrado como quien es: EL
DADOR DE LOS BIENES.
En el Evangelio (Lc 10, 17-24) Jesús concluye también en
una explosión de gozo, bendiciendo el nombre de Dios porque sus misterios se
los abre y pone de manifiesto a la gente de corazón sencillo. ¡Así lo quiso y
así lo hizo! Y Jesús prorrumpe en acción de gracias. Y promete darlo a conocer
así… Dichosos aquellos discípulos que lo ven desde su sencillez…, y porque ya
viven el tiempo pleno de ese encuentro. Hubieran querido verlo los profetas y
los reyes, y no lo vieron. Pero vosotros
lo veis y lo oís, y sois más dichosos que aquellos grandes personajes.
¿Y qué es lo que a Jesús le ha llevado a esta explosión de
gozo? ¡Que ve a Satanás caer fulminado como un rayo! Que Satanás no tiene
dominio alguno. Que sólo cae bajo las fauces del león atado en que se mete
voluntariamente en “su territorio”. Que, por lo demás, Satanás ha caído y Jesús
lo ve caer… Y los discípulos lo han echado de los cuerpos de los posesos… Pero
siendo todo esto tan grande, el gozo
indecible es QUE VUESTRIOS NOMBRES ESTÁN ESCRITOS EN EL CIELO.
Por eso soy tan reacio a admitir la coartada de tantos que
vienen a presentarse pecadores “porque el demonio los tentó”. ¿No será más bien
que ellos se metieron en sus fauces? Porque el león rugiente, pero atado, no
puede hacer daño. Porque nadie peca SI NO QUIERE. Porque es hora de que
acentuemos mucho más la fuerza de la Gracia de Dios y que nuestros nombres
están escritos en el Cielo, y celebremos con Jesús el gran triunfo de Jesús que
ha fulminado a Satanás. En la fuerza Cristo, en el valor infinito de su Sangre
derramada por vosotros y por todos para
el perdón de los pecados, que derrocó el poder de Satanás.
Entonces ¿ya no tiene poder Satanás? –Sí. En aquellos que
dan culto a Satanás, en los que se meten neciamente en sus fauces. En los que
han hecho pacto con los espacios donde se mueve el demonio: los postulados del
mundo, del placer, del egoísmo, del dinero, del orgullo que ha desplazado a
Dios, del hombre endiosado. Del necio voluntariamente culpable. Del que yendo
en el AVE directo y sin paradas con destino a la Estación Término (de Dios), es
tan loco que se tira en marcha por medio del trayecto.
Pero Satanás no tiene fuerza para “coger por descuido”,
para hacer caer contra la voluntad decidida del amigo de Dios. Para morder al
que se mantiene a distancia. Para arrebatar de los brazos de Jesús a la oveja
que Él lleva en sus brazos.
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