La noche de
Marcos-2
Hemos dejado
la narración del “juicio” en la declaración de la sentencia de muerte para
Jesús, por “haber blasfemado”. Los senadores felicitan a Caifás por su
perspicacia en el modo de haber conducido aquel “juicio”, con una sentencia “tan
bien fundada” e indiscutible: por la misma palabra del preso ha quedado
convicto y confeso de su crimen: hacerse igual a Dios. Mientras ellos se
congratulan, unos oficiales del Palacio (en realidad unos criados del Sumo
sacerdote) retiran a Jesús. Deberían conducirlo al calabozo para el resto de la
noche, puesto que hasta que empezaran las claras del día no podría emitirse la
sentencia.
Pero
prefirieron llevárselo a alguna habitación de descanso y espera de ese personal
del Sumo sacerdote, al que se accedía desde el patio en donde se calentaban las
mujeres, algunos otros hombres y Simón Pedro que había conseguido meterse en
medio, en su afán por ver cómo se desarrollaba aquello.
En el patio se
charlaba de los avatares del día, y de este caso último que estaba tan al vivo
de la prisión de un individuo que traía a mal traer a sus jefes.
En la
habitación contigua, aquella gente inculta, soez, de baja estofa, custodiaban
entre risas al condenado a muerte. Y uno más radical que se acerca y le escupe
por desprecio, y los demás le ríen la gracia. El otro que le pega una bofetada…
Al fin y al cabo los jefes lo habían despreciado y condenado. De lo individual
se pasa a lo “colectivo”…, al contagio del grupo, a la irresponsabilidad
compartida. Y a uno se le ocurre taparte la cara y, como se ha declarado hijo
de Dios, que haga ahora de hijo de Dios y averigüe quién le pega.
Detrás de la
venda Jesús se sume en un profundo silencio. Casi que los golpes y salivazos de
aquellas gentes sin educación no es lo que más le duele. Lo que le martillea el
alma es la causa que se ha aducido para su condena: que ha blasfemado. Jesús, para quien su vida fue Dios; para quien su
alimento fue hacer la voluntad de Dios; para quien la dicha estaba en hacer la
voluntad de Dios…, Jesús un enamorado de Dios para quien todo era Dios…,
¡condenado por blasfemo!; condenado a muerte!... Quizás esa condena le pesaba
menos en el alma que la causa por la que había sido condenado.
Por eso todo
aquel juego bajo de los criados le quedaba superficial, aunque fuera doloroso y
humillante, El hecho es que aquella gentuza no halló “respuesta” en el
condenado, que parecía no reaccionar…, estar ausente… Y se fueron aburriendo de
aquel juego macabro. Y optaron por llevárselo al calabozo. Aquel hombre no les
daba “juego” y no les servía para sus bajos instintos.
Mientras tanto
en el patio el mismo nerviosísimo de Pedro ya había escamado a la gente.
También Pedro estaba ausente de lo que se hablaba en el patio, porque sus cinco
sentidos estaban en lo que pudiera captar de lo que ocurría en la habitación
contigua. Y se delató a sí mismo, de manera que una mujer le espetó de pronto: Tú andabas con el Nazareno. A Simón se
le cayó el mundo encima. Y como un zombi respondió intentando disimular: Ni sé lo que dices. Se dio una vuelta
por el patio intentando disimular y respirar hondo, y en eso se oyó el canto de
un gallo. ¿Se dio cuenta de eso nuestro buen Simón? El hecho es que su
nerviosismo fue en aumento, y más le fueron acosando. Él seguía negando. Y ante
la evidencia de aquellas gentes y que se sintió acorralado, se puso en pie
echándose maldiciones e imprecaciones para demostrar que él no conocía a ese hombre. Momento en el que los criados
sacaban a Jesús de la habitación, cantaba el gallo por segunda vez, y Jesús y
Pedro se encontraron cara a cara. Una espantosa tormenta estalló en la mente de
Simón, que ya se fue hacia el portalón de entrada y se echó a llorar
desesperadamente.
Liturgia de la Misa
ResponderEliminarLa secuencia del Evangelio de hoy (Mc.20, 17-28) es de las más llamativas que nos podemos encontrar en una lectura pausada de los textos evangélicos. Es la contradicción hecha realidad. Jesús va anunciando su pasión (con muchos dolorosos pormenores) y su muerte a unos discípulos que parecen querer ignorar aquella pesadilla. Tan así que, haciendo caso omiso (o corrigiendo la plana al Maestro) lo que les ocupa a ellos es obtener los mejores puestos en el reino al que Jesús debe estar abocado, un reino de dignidades y puestos de mando (según ellos han identificado el mesianismo de Jesús). Y como respuesta al anuncio de pasión, dos de ellos se acercan para pedirle los dos primeros puestos en ese reino.
¡Es de locura! ¡Es para hundir el ánimo a cualquiera, si no fuera Jesús mismo la víctima de tanta incomprensión!
Y que no es sólo esos dos: es que los otros diez se indignan porque aquellos dos les quieren pisar el terreno al resto que, al fin y al cabo, también pretendían esos puestos.
Lo que en la 1º lectura (Jer 18, 18-20) queda expresado en dos párrafos como hablando dos protagonistas distintos: en el primero, los enemigos perseguidores y sanguinarios, que buscan hacer el mal y hacer caer al justo. En el otro, la oración del hombre bueno, que suplica a Dios para que lo defienda.
La lucha intrínseca que se vive en la Cuaresma: el mundo del pecado que acosa; el mundo de la Gracia que busca salir adelante, aun en medio de las persecuciones.
Momento muy actual si nos fijamos en nuestros hermanos cristianos perseguidos y masacrados en África.