SIGNOS
Pienso
que estamos ante un “lenguaje de signos” en este lunes de 20 semana del tiempo ordinario
de los años pares. Ezequiel (24, 15-24) es constituido en signo de una actitud.
El anuncio es de una calamidad, pero Ezequiel no la va a anunciar sino a significar, a la espera de que la gente
le pregunte qué está pasando. Lo que Dios le dice es que –pese a lo que ocurra-
él siga adelante como si no hubiera ocurrido; que mantenga su ritmo habitual. Ezequiel
estaba hablando a la gente por la mañana y por la tarde se murió su esposa. Y
Ezequiel, fiel al anuncio recibido se mantiene en lo que lo que estaba
haciendo, y se mantiene con su turbante, sin hacer duelo. Es lógico que los que
lo ven se extrañan y preguntan. Y Ezequiel responde: os espera una situación muy
dura… Manteneos en pie sin hacer luto. Pero llorad vuestras culpas, que son las
que os causan esos males. Y Ezequiel os sirve de señal, y vosotros reconoced que
el Señor es vuestro Dios.
No
sabría yo añadir mucho a este situación. Tiendo a buscar la explicación en el
reconocimiento de que el mal es purificador y que, a través de los mismos
males, Dios se hace presente (aunque no es Dios quien los provoca).
El
joven rico es otro “signo”, y lo es para nosotros. Se vino por su cuenta a
Jesús. Lo saludó con un aludo expresivo: “Maestro Bueno”, y le planteó qué
hacer para tener vida eterna. Jesús le detiene en ese modo de saludo en el que
le ha calificado de “Maestro BUENO”, porque BUENO sólo es Dios. ¿Acaso el joven
identificaba a Jesús con ese Alguien más superior que el simple “Maestro”? No
se detuvo Jesús en ese dicho, y se fue directamente a apuntarle la respuesta
llana para un judío: Cumple los
mandamientos. Podría bastar, pero al joven aquello no le significaba algo
nuevo, y –por si acaso Jesús apuntaba en otro sentido- le preguntó: ¿Qué mandamientos? Jesús le fue
recitando los de la segunda tabla, los que pudiéramos llamar “mandamientos
sociales”, los que hacen referencia a las relaciones con los otros. Jesús dio
por supuesto que los mandamientos que se refieren a Dios estaban dentro de este
joven que venía buscando “más”.
La
respuesta del muchacho fue bonita y agradable a Jesús. Porque no sólo revelaba
un alma buena y noble, sino que en realidad buscaba más. Y como venía a Jesús,
¡buscaba el Reino de Dio!, el que Jesús, Maestro Bueno, podía presentarle. Y
Jesús se puso frente a él y le dijo: Si quieres llegar hasta el final, ve y vende lo que tienes, y dalo a los
pobres -¡tendrás un tesoro en el Cielo! Y luego vuelves y me sigues. Esta
presentado el camino y el final de la forma más clara. El muchacho ya sabía lo que
había. Ahora quedaba constituido en signo para quien venga detrás. Lo doloroso
fue que “su signo” fue negativo, porque su reacción fue ponerse triste y
marcharse. [Según lo dicho a Ezequiel, no debería haberse puesto triste; le
debía quedar la entereza para afrontar esa situación. La tristeza expresaba
fracaso. A lo mejor hubiera sido mejor signo si se concede él mismo un tiempo
de reflexión, y mantiene el tipo. Pero su tristeza expresaba que había arrojado
la toalla en ese mismo momento.
¿Qué
signo nos deja el joven? Un signo de bondad de corazón…, pero empequeñecido. Un
signo del “sí pero no”. Un signo que reflejamos tantos…: parece que somos…, pero a la vuelta de la esquina, dejamos
de ser. Un signo del querer y no querer. Un signo de estar dispuesto a todo
(¡en la teoría!)…, y no dar el paso en la realidad, porque poseemos muchos bienes…,
porque somos “muy ricos”.
El
problema es que nos sacudimos el polvo al tomar al pie de la letra eso de que “era muy rico” porque inmediatamente nos “salimos”
del escenario: “yo no soy rico”. Y no lo somos en la cuenta corriente de un Banco,
pero ¿esa es la única “riqueza” de que se puede hablar? Hay riquezas mucho más
en la raíz profunda: el no saber dudar de uno mismo y de su acierto y su modo
de proceder; el egoísmo que pretende situarse en el centro de la vida propia y
de las vidas ajenas; el pretender tener siempre la verdad y el poner el punto
final a todo. En una palabra: el joven aquel, con su riqueza, su tristeza y su
huida, en el signo evidente de un YO que no cede, que no se plantea siquiera
con un margen de reflexión, de uno que se entristece por no ser capaz en vez de
sacar fuerzas de flaqueza y decir: PUEDO. Un signo triste de anulación de sí
mismo…, que le lleva a perder todo el tesoro que hubiera podido conseguir con
un poco de perspectiva.
Por
eso hablaba yo del “lenguaje de los signos” porque hay algunos de ellos que
requieren “estudiarlos” y no quedarse en verlos. No puden quedarse en nada cuando
pueden apuntar a mucho. Y cuando no saber perseguir el signo, equivale a irse
mermando facultades y poder caer en ese trauma del NO PUEDO. De ahí sólo puede
sacar A TIEMPO el propio joven. Más tarde puede ser DEMASIADO TARDE y ni él
mismo poder salir de su tristeza y fracaso.
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