24 de mayo de 2015 (ZENIT.org)
El santo padre Francisco ha celebrado la misa del domingo de
Pentecostés en la Basílica Vaticana. La celebración eucarística ha sido
concelebrada por cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes.
Publicamos a continuación la homilía del Santo Padre:
«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo...
recibid el Espíritu Santo» (Jn
20, 21.22), así dice Jesús. La efusión que se dio en la tarde de
la resurrección se repite en el día de Pentecostés, reforzada por
extraordinarias manifestaciones exteriores. La tarde de Pascua Jesús se
aparece a sus discípulos y sopla sobre ellos su Espíritu (cf. Jn 20, 22); en la
mañana de Pentecostés la efusión se produce de manera fragorosa, como un
viento que se abate impetuoso sobre la casa e irrumpe en las mentes y en los
corazones de los Apóstoles. En consecuencia reciben una energía tal que los
empuja a anunciar en diversos idiomas el evento de la resurrección de Cristo:
«Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas» (Hch 2, 4). Junto a ellos
estaba María, la Madre de Jesús, la primera discípula, y allí Madre
de la Iglesia naciente. Con su paz, con su sonrisa, con su maternidad,
acompañaba el gozo de la joven Esposa, la Iglesia de Jesús.
La Palabra de Dios, hoy de modo especial, nos dice que el
Espíritu actúa, en las personas y en las comunidades que están colmadas de
él, las hace capaces de recibir a Dios “Capax
Dei”, dicen los Santos Padres. Y ¿Qué es lo que hace el Espíritu
Santo mediante esta nueva capacidad que nos da? Guía hasta la verdad plena (Jn 16, 13), renueva la tierra (Sal 103) y da sus frutos (Ga 5, 22- 23). Guía,
renueva y fructifica.
En el Evangelio, Jesús promete a sus discípulos que, cuando él
haya regresado al Padre, vendrá el Espíritu Santo que los «guiará hasta la
verdad plena» (Jn 16,
13). Lo llama precisamente «Espíritu de la verdad» y les explica que su
acción será la de introducirles cada vez más en la comprensión de aquello
que él, el Mesías, ha dicho y hecho, de modo particular de su muerte y de su
resurrección. A los Apóstoles, incapaces de soportar el escándalo de la
pasión de su Maestro, el Espíritu les dará una nueva clave de lectura para
introducirles en la verdad y en la belleza del evento de la salvación. Estos
hombres, antes asustados y paralizados, encerrados en el cenáculo para evitar
las consecuencias del viernes santo, ya no se avergonzarán de ser discípulos
de Cristo, ya no temblarán ante los tribunales humanos. Gracias al Espíritu
Santo del cual están llenos, ellos comprenden «toda la verdad», esto es: que
la muerte de Jesús no es su derrota, sino la expresión extrema del amor de
Dios. Amor que en la Resurrección vence a la muerte y exalta a Jesús como el
Viviente, el Señor, el Redentor del hombre, el Señor de la historia y del
mundo. Y esta realidad, de la cual ellos son testigos, se convierte en Buena
Noticia que se debe anunciar a todos.
El Espíritu Santo renueva – guía y renueva - renueva la tierra. El
Salmo dice: «Envías tu espíritu... y repueblas la faz tierra» (Sal 103, 30). El relato
de los Hechos de los Apóstoles sobre el nacimiento de la Iglesia encuentra una
correspondencia significativa en este salmo, que es una gran alabanza a Dios
Creador. El Espíritu Santo que Cristo ha mandado de junto al Padre, y el
Espíritu Creador que ha dado vida a cada cosa, son uno y el mismo. Por eso, el
respeto de la creación es una exigencia de nuestra fe: el “jardín” en el cual
vivimos no se nos ha confiado para que abusemos de él, sino para que lo
cultivemos y lo custodiemos con respeto (cf. Gn
2, 15). Pero esto es posible solamente si Adán – el hombre formado
con tierra – se deja a su vez renovar por el Espíritu Santo, si se deja
reformar por el Padre según el modelo de Cristo, nuevo Adán. Entonces sí,
renovados por el Espíritu, podemos vivir la libertad de los hijos en armonía
con toda la creación y en cada criatura podemos reconocer un reflejo de la gloria
del Creador, como afirma otro salmo: «¡Señor, Dios nuestro, que admirable es
tu nombre en toda la tierra!» (Sal
8, 2.10). Guía, renueva y da, da fruto.
En la carta a los Gálatas, san Pablo vuelve a mostrar cual es el
“fruto” que se
manifiesta en la vida de aquellos que caminan según el Espíritu (Cf. 5, 22).
Por un lado está la «carne», acompañada por sus vicios que el Apóstol
nombra, y que son las obras del hombre egoísta, cerrado a la acción de la
gracia de Dios. En cambio, en el hombre que con fe deja que el Espíritu de
Dios irrumpa en él, florecen los dones divinos, resumidos en las nueve
virtudes gozosas que Pablo llama «fruto del Espíritu». De aquí la llamada,
repetida al inicio y en la conclusión, como un programa de vida: «Caminad según
el Espíritu» (Ga 5,
16.25).
El mundo tiene necesidad de hombres y mujeres no cerrados, sino
llenos de Espíritu Santo. El estar cerrados al Espíritu Santo no es solamente
falta de libertad, sino también pecado. Existen muchos modos de cerrarse al Espíritu
Santo. En el egoísmo del propio interés, en el legalismo rígido – como la
actitud de los doctores de la ley que Jesús llama hipócritas -, en la falta
de memoria de todo aquello que Jesús ha enseñado, en el vivir la vida
cristiana no como servicio sino como interés personal, entre otras cosas. En
cambio, el mundo tiene necesidad del valor, de la esperanza, de la fe y de la
perseverancia de los discípulos de Cristo. El mundo necesita los frutos, los
dones del Espíritu Santo, como enumera san Pablo: «amor, alegría, paz,
paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5, 22). El don del
Espíritu Santo ha sido dado en abundancia a la Iglesia y a cada uno de
nosotros, para que podamos vivir con fe genuina y caridad operante, para que
podamos difundir la semilla de la reconciliación y de la paz. Reforzados por
el Espíritu Santo – que guía, nos guía a la verdad, que nos renueva a
nosotros y a toda la tierra, y que nos da los frutos – reforzados en el
Espíritu y por estos múltiples dones, llegamos a ser capaces de luchar, sin
concesión alguna, contra el pecado, de luchar, sin concesión alguna, contra
la corrupción que, día tras día, se extiende cada vez más en el mundo, y de
dedicarnos con paciente perseverancia a las obras de la justicia y de la
paz.
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