Al Monasterio de Clarisas de Barcelona, en las personas de Teresa
Rejadell y la abadesa Jerónima Oluja.
El Monasterio de Santa Clara –al que ya hemos referido en
otra carta-, iba de mal en peor. Teresa Rejadell, muy afín a Ignacio, pretende
que la Compañía se haga cargo de ellas, tomando al Monasterio bajo su
obediencia.
Ignacio ya tenía la mala experiencia de Isabel Rosel, que
había hecho los votos en la Compañía. Y curado en salud había solicitado del
Papa Paulo III un breve por el que se prohibía a cualquier mujer o religiosa
vivir en comunidad bajo obediencia a la Compañía.
Apoyándose en ello Ignacio se niega a la petición de las
dos Clarisas, y lo que hace es exhortarles a sacar provecho de las
contrariedades y ver los bienes que la Providencia de Dios guarda para ellas. “Plega a su eterna sapiencia daros a todos
sentir siempre su santa voluntad y en ella hallar paz y contentamiento y
enteramente cumplirla”.
Liturgia:
Sigue Jesús presentando parábolas,
para expresar lo mismo: la esencia y las características del Reino de Dios en
la tierra. Y ahora expone la parábola de la cizaña, cuya explicación tendremos
más tarde. Hoy, por lo pronto, presenta el caso: Mt.13,24-30. Nos ceñiremos a
la exposición de la parábola –como hace Jesús- sin adentrarnos en lo que él
mismo explicará. Aunque no tendremos más remedio que adelantar algo de lo que
Jesús expuso después.
La vida humana se desenvuelve en terreno hostil. Lo que
Jesús querría es que todo el mundo fuera la tierra buena que da fruto. Pero es
una realidad que junto a esa siembra de Dios, existe otra parte que es
contraria a Dios y le hace la guerra. Dios siembra buena simiente, limpia, y
sus labradores están convencidos de que es buena semilla. Pero se da el caso de
que cuando empieza a crecer aquella semilla, simultáneamente crece en medio la
cizaña como mala hierba.
Los labradores no se explican qué ha pasado y es el propio
dueño quien los saca de su extrañeza: un
enemigo malo lo ha hecho. El sempiterno problema del mal. Dios ha puesto
toda la semilla de buena calidad, porque Dios no puede hacerlo de otra manera.
Pero las fuerzas del mal han acudido de noche y subrepticiamente han
sobresembrado la cizaña.
La tentación inmediata de los buenos es arrancar cuanto
antes los matojos malos y dejar nuevamente limpio el trigo sembrado. Pero el
dueño sabe que eso no puede hacerse sin detrimento del propio trigo, porque al
arrancar la cizaña se lleva detrás las matas de trigo. Ya no queda más remedio
que soportar la presencia de la cizaña y esperar a la siega, que es cuando el
dueño dará la orden de separar al segar, el trigo de la cizaña. El trigo para
almacenarlo y la cizaña para quemarla.
Representando la parábola la realidad de la vida, lo que
hay que saber es que conviven siempre los buenos y los malos, y que no hay
posibilidad de hacer un apartado que recoja a unos o a otros. Mientras vivimos
tenemos que andar juntos por la vida y, en cierto modo hay muchos buenos que
medio viven su rectitud, y que se sostienen precisamente por contraste con los
malos.
Yo recuerdo mis años de Director Espiritual de un Seminario.
Allí había que tener una selección continuada de los estudiantes que convivían,
y eso obligaba a tener que despedir de vez en cuando a los que eran una rémora
para el proceso de formación y educación del conjunto.
Pero ocurría que –despedidos los dos que hacían de lastre-
casi por consecuencia inmediata surgían otros dos que ocupaban esa cola que los
otros habían dejado. Se cumplía la parábola: al arrancar la cizaña, se
arrancaba también el trigo. Posiblemente los segundones de turno se hubieran
salvado si hubiéramos mantenido a los que lastraban. Jesucristo llevaba razón
en la exposición de la parábola, tan sacada de la vida real.
Por eso tendremos que aceptar que el mal conviva con el
bien, los malos con los buenos, y que lo que toca mientras tanto es crecer y
crecer quienes son buen trigo, y esperar a la siega del último momento, en el
que Dios pondrá las cosas en su sitio.
El Señor es paciente con mis debilidades. En cada corazón hay maleza con raices profundas. Es imprescindible la paciencia y la fuerza del Sembrador. Dios es un Padre, paciente y tolerante y cuida las buenas semillas que Él siembra. Tiene una paciencia infinita con cada uno de nosotros, estamos muy necesitados de amor y de comprensión. Él se cuida de nuestro crecimiento personal y espiritual y se alegra de nuestros progresos.
ResponderEliminar