PRIMER VIERNES
Liturgia
La 1ª lectura (Ecclo 47, 2-13) viene a ser el epitafio en la muerte de
David, que leíamos en la lectura de ayer. Se hace una síntesis de las
especiales gestas del personaje, desde su juventud hasta su muerte. Y no deja
en olvido el fallo que tuvo David, del que salió personado por Dios, que no le
retiró su favor y le mantuvo su trono. Trono que luego se proyecta en la
historia como reinado eterno: para
siempre, cuya realización se encarna en Jesús y el Reinado de Dios que él
predica y lleva adelante.
El evangelio (Mc 6, 14-29) viene a continuación de haber
enviado Jesús a sus Doce apóstoles a predicar por ciudades y aldeas… Quiere
decir que el evangelista aprovecha la ocasión para decirnos que la actividad de
Jesús queda ahora en suspenso cuando se ha quedado solo, y que es momento para
contar un suceso adyacente.
La fama de Jesús se había extendido. Muchas gentes se
preguntaban quién era Jesús y con la fantasía del pueblo, pensaban que algún
profeta había vuelto a la vida. Herodes está con el remordimiento encima por lo
que ha hecho: que ha mandado degollar al Bautista. Y en su agobio interior
llega a pensar que Jesús sea el propio Juan Bautista resucitado, y que los ángeles
actúan en él.
La historia de la muerte del Bautista es lo que se ha leído
y lo que cualquiera de los lectores puede repetir de memoria. Por eso lo que
importa detenerse es en esa conciencia angustiada de Herodes, que es consciente
del mal que ha hecho, y que –como expresa San Agustín- el premio de una bailarina haya sido la cabeza de un profeta. Y la angustia de conciencia por ese mal infringido no le deja
dormir. Hasta me atrevería a decir que esa angustia sería una nota favorable a
Herodes, si no fuera porque se mostró siempre como un personajillo que vivía de
las adulaciones de sus cortesanos, y que en la Pasión de Jesús siguió
mostrándose como un hombre sin conciencia de lo que es justo y es verdadero.
Que la conciencia grite cuando se ha obrado mal es una
gracia de Dios, y es un vehículo para poder reaccionar y corregir el mal que se
ha hecho. Lo malo es que ese remordimiento se tape falsamente con cualquier
superficialidad y que no se responda honradamente a su grito dentro del alma.
Porque eso es precisamente lo que Jesús expresa como blasfemia contra el Espíritu Santo, ese pecado que no se reconoce,
esa actitud que pasa por encima de todo y sigue en sus trece, a pesar de que
hubo esas llamadas iniciales de la conciencia a las que no se les prestó
atención y acabaron enquistando el mal en el corazón de la persona.
Nuestro mundo no es malo por el hecho de hacer el mal sino
porque no reconoce que hace un mal y porque se yergue como el dios del momento
que está sobre el bien y el mal. No es lo peor que haya un pecado sino que se
le justifique, se le acepte, se le eleve a ley y se establezca como “lo normal”.
Mientras hubiera remordimiento hay esperanza. Cuando lo injusto es lo que tiene
carta de ciudadanía, el pecado se ha consolidado y no habrá quien libere de esa
situación. Es que quienes viven este ritmo soberbio del mundo actual quieren
establecerse ellos como norma. Para ello eliminan todo principio que viene de
fuera. Eliminan a Dios y la referencia a unos valores objetivos, y quedan
anclados en su corta medida por la que ellos determinan el bien y el mal.
Herodes, en definitiva, fue de esos. Estableció “su norma”:
su placer, su superficialidad, su comodidad y su juego de vida fácil. Aplastó
su remordimiento inicial (que podía haberle salvado), se lió la manta a la
cabeza…, y acabó siendo un bárbaro y un pelele, un hombre sin conciencia, que
tapó un mal con otro sin afrontar la realidad. Así fue una pieza más en aquella
Pasión de Jesús, en la que no hizo nada por salvarlo cuando lo tuvo delante.
Bajando a algo práctico, la medida de una conciencia sana
viene dada por una clarividencia del propio estado interior. Y el camino para
mantener aclarado ese interior es la CONFESIÓN FRECUENTE y bien preparada.
Porque lo peor que puede pasar es que a base de retrasar las confesiones y no
ver “nada malo” en las cosas de la vida diaria, se acaben tragando las pequeñas
ranitas y se engullan finalmente los mismos sapos. Y algo de eso se está produciendo…
Y del abandono de la confesión y de la parada seria en un examen de conciencia,
se sigue que cada día se pierda pie en la finura de conciencia ante Dios.
CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA (Continuación)
ResponderEliminarLOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO.
ES LA CARIDAD.-Antes que nada, es una persona generosa. Ve a Cristo en su prójimo e invariablemente lo trata con consideración, aunque sea a costa de inconveniencias y molestias.
ES EL GOZO.-Persona alegre y optimista. Parece como si irradiara un resplandor interior que le hace ser notado en cualquier reunión. Cuando está presente, parece como si el sol brillara con un poco màs de luz, la gente sonríe con más facilidad, habla con mayor delicadeza.
ES LA PAZ.-Es una persona alegre y tranquila. Se diría de ella que tiene una "personalidad equilibrada". Su frente podrá fruncirse con preocupación, pero nunca por el agobio o la angustia. Es una persona "ecuánime", la persona idónea a quien se acude en casos de emergencia.
ES LA PACIENCIA.-No se irrita fácilmente; no guarda rencor por las ofensas ni se perturba o descorazona cuando las cosas le van mal o la gente se porta mezquinamente. Podrá fracasar seis veces, y recomenzarà a la séptima, sin rechinar los dientes ni culpar a su mala suerte.
Continuará
Abundan los ejemplos de bondad, rectitud, honradez, amor a la verdad de tantos santos que viven a nuestro alrededor; pero no siempre los descubrimos:, como Herodes no logró reconocer al Mesías. Marcos narra el asesinato de Juan Bautista y la perplejidad de Herodes: si ha mandado decapitar a un profeta, ¿cómo es que ahora hay otro? ¿ qué actitud tomará ahora con el nuevo profeta? Jesús les dirá que Juan Bautista y todos los profetas actúan y hablan en nombre de Dios, enviados por Dios...¿Cómo nos situamos nosotros ante los profetas que Dios ha enviado y envía en nuestro tiempo? Nosotros somos pecadores, ¿preparamos bien nuestras confesiones...?
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