Liturgia del 4º domingo de adviento - B
En un mismo día tenemos dos
celebraciones: por la mañana, a la espera. Por la noche, el momento sublime de
la Nochebuena. Por la mañana el anuncio de la encarnación. Por la noche, el
Nacimiento. Este año ha caído así y la verdad es que resulta vertiginoso el
paso de la liturgia, respondiendo a las fechas del calendario que ha tocado
este año.
Hay una contraposición de situaciones entre la 1ª lectura
(2Sam7,1-5.8-11.16) y el evangelio (Lc.1,26.38). En la 1ª lectura David se
apropia el honor de construir un templo al Señor: Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor
vive en una tienda. Natán, el profeta lo ve bien y le impulsa a hacerlo,
pensando que Dios está de acuerdo con aquel pensamiento del rey.
Sin embargo Dios se dirige a Natán para que le comunique a
David que él no va a ser quien construya aquella morada para el arca de Dios. Y
le hace un resumen de acciones de Dios con David por las que Dios ha sido quien tomaba la iniciativa. Pero tras todo
eso hay una realidad: David ha sido un rey guerrero, y Dios le anuncia algo
esencial a Dios: la paz: Te pondré en paz
con todos tus enemigos… Pero sobre todo, más allá que la propia realidad
personal de David, Dios lo proyecta hacia una promesa de mucha mayor
envergadura: tu trono durará por
siempre…, tu casa y tu reino durarán siempre en mi presencia. Es evidente
que esa eternidad no podía caberle a David…: hay una mirada mucho más allá,
hacia la promesa mesiánica. Y eso no depende de los planes y proyectos de
David, por más nobles que fueran.
En el evangelio, María no dice: “voy a hacer la voluntad de
Dios”, sino “hágase en mí lo que Dios
quiere”. María se ofrece pero deja a Dios la iniciativa. Que sea Dios el
que haga. María se hace puro cristal que, al no poner nada de su propia
voluntad, deja transparentar total y solamente a Dios. Todo el evangelio que
hemos tenido hoy –una vez más la enorme poesía del misterio de la encarnación-
es una manifestación de la actitud de María ante el anuncio del ángel. Ella se
hace a un lado y acoge humildemente lo que Dios le va manifestando. La única
pregunta que Maria necesita saber es si ella ha de actuar de alguna manera: es
muchacha prometida en matrimonio pero no ha convivido con varón. ¿Qué es lo que
Dios le está pidiendo y qué actuación tiene que tener ella? Y como el mensajero
le dice que Dios llevará la iniciativa, y que es Dios quien va a actuar, ella
se pliega plenamente y acoge la acción de Dios tal como Dios quiera realizarla:
Hágase en mí… Se siente esclava de
Dios, y por eso a ella no le toca más que acoger la voluntad de su Señor. Y no
cómo quien se resigna, sino festejando en alegría admirada la maravilla que el
Dios grande ha hecho en su pequeñez.
La 2ª lectura (Rom.25-27) recoge el misterio y lo agradece
a Dios, a quien sea dada la gloria por los siglos.
Vivamos la EUCARISTÍA con esa actitud de dejarnos hacer por
Jesús que viene a nosotros. Nosotros no podemos ofrecerle otra cosa que nuestra
humildad, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro deseo de que anide en nuestro
corazón. Y que él sea el que actúe como desee. Nosotros ofrecemos la pequeñez
de nuestra cueva de Belén personal. Él será el que la ocupe en la forma que él
quiera. “Hágase” va a ser también
nuestra palabra rendida en este día. Ojalá sepamos rezar de verdad la oración
de Carlos de Foucold, que se entrega sin condiciones a que se realicen en él
los planes de Dios: Padre, me pongo en
tus manos; haz de mí lo que quieras; sea lo que sea, te doy las gracias. Te
confío mi alma, te la doy, con tal que tu voluntad se haga en mí y en todas tus
criaturas. No deseo nada más, Padre.
Acéptanos, Padre, nuestras peticiones.
-
Que la Iglesia te acoja en tu venida, y se prepare a recibirte con
humilde actitud de esclava. Roguemos al
Señor.
-
Que nosotros estemos abiertos a recibir tus planes sobre cada uno de
nosotros. Roguemos al Señor.
-
Que preparemos la celebración de la Navidad con el alma abierta a los
otros. Roguemos al Señor.
-
Que el centro y motor de nuestra fiesta sea Jesús, al que celebramos. Roguemos al Señor.
Nuestra
súplica de hoy abarca a tantas personas que vivirán estas fiestas al margen de
su verdadero sentido; pedimos por todos ellos para que descubran siquiera la
razón de ser de la alegría de que
celebramos el Nacimiento de Jesús.
Lo pedimos, Padre, a ti que vives y reinas por los siglos
de los siglos.
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