LITURGIA
Con toda solemnidad se celebra hoy en la mayor
parte de España la fiesta de Santiago, apóstol. Todo español bien nacido tiene
que sentir en esta fiesta una ocasión de oración especial por nuestra Patria,
independientemente de sus siglas políticas. Se trata del Patrón de España, cuyo
sepulcro ha venido a estar entre nosotros. Un apóstol de Jesucristo que viene a
dar a nuestra nación el privilegio de su estancia y de su particular
patrocinio.
Desde el evangelio, Santiago es testigo directo de momentos
especiales de la vida de Jesús: la transfiguración o la agonía del Huerto, dos
extremos de la experiencia personal. También protagonista, junto a Juan, su
hermano, de ese hecho que nos narra el evangelio de hoy.
El apóstol Santiago cumplirá en su vida el reto que Jesús
les lanzó un día a él y a su hermano Juan, cuando ellos –todavía inmaduros en
el seguimiento de Jesús- pretendieron privilegios humanos (Mt.20,20-28), y
Jesús les cambió la idea por otra muy diferente: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?
No supieron entonces qué decían, pero respondieron: Podemos. Ya esa realidad corresponde a
Santiago la 1ª lectura fragmentada de Hech.4.33.5; 5-12.27-33: 12,1.
Los apóstoles daban
testimonio con mucho valor de la resurrección de Jesús, y hacían muchos
prodigios en medio del pueblo. Como consecuencia de aquella popularidad y
trasmisión de la fe en Cristo, los prendieron, y les conminaron a no hablar más
“en nombre de ese”. Pedro y los apóstoles
respondieron que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres
Los sacerdotes y ancianos del sanedrín se carcomían de
rabia viendo a aquellos hombres, humanamente incultos, tener la fuerza y la
constancia de predicar en el nombre del Señor, pese a las amenazas, y pensaron
en matarlos. Herodes hizo decapitar a
Santiago, el hermano de Juan. Se cumplía así aquel: “Podemos” con que Santiago respondió a Jesús sobre su decisión de
beber el cáliz de Jesús. La muerte violenta –decapitado- culminará una vida que
es un puro testimonio, con valentía y contra corriente, de la injusticia
cometida contra Jesús. La fuerza la recibe del Espíritu Santo para ser
consecuente con un principio fundamental: que hay que obedecer a Dios antes que
a los hombres.
La 2ª lectura -2Co.4,7-15- pone la explicación de esa
fuerza sobrehumana que inspiró a aquellos hombres: Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro para que se vea que una
fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Éste es el
principio que rige toda la labor apostólica y en definitiva todo el sentido de la
vida cristiana.
Continúa Pablo haciendo una semblanza del apóstol: Nos aprietan por todos lados, pero no nos
aplastan. Acosados, pero no abandonados. Nos derriban, pero no nos rematan. En
toda ocasión y por todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús para
que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Un párrafo
excelente, elocuente. Todos los padecimientos de un apóstol acaban en la gran
realidad de que la vida de Jesús se manifiesta en ellos. Y como he indicado: no
se reduce eso a los apóstoles. Todo cristiano ha de encontrar en esa
descripción una parte de su vida y del sentido de su existencia.
Continúa Pablo describiendo al apóstol: Mientras vivimos, continuamente nos están
entregando a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se
manifieste en nuestra carne mortal. La vida como lucha. El apostolado como
dura lucha porque a muchos les estorba que se les hable de la doctrina de
Jesucristo, y se les remita al hecho incontrovertible de la resurrección de Jesucristo.
Pero el apóstol es testigo con mucha fuerza de esa resurrección y no puede
callarse porque tiene que seguir la pauta de Dios por encima de lo que
pretenden hoy silenciar las ideologías humanas.
Ahí tenemos una línea de acción que nos toca a todos los
cristianos, y que en tanto daremos a conocer el Nombre de Jesús, en cuanto que
nuestra vida esté dispuesta al sacrificio diario. A todos no se nos va a pedir
el padecimiento de un apóstol que está en la brecha, pero a todos se nos pide
vivir el evangelio. Y en el evangelio, tomar la cruz para poder seguir a
Cristo, es una condición que pone el propio Jesucristo.
Señor: Por intercesión del Apóstol Santiago, te pedimos por nuestra Patria, la cual se encuentra acosada por los enemigos que la quieren destruir, primero erradicando de ella la fe, y luego su existencia misma. Concede a tus hijos que se den cuenta de los signos de los tiempos y del momento trascendente que le ha tocado vivir, y que nos comportemos como valientes apostoles tuyos por la fe y por la Patria. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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