Liturgia:
En Filip.2,12-18, Pablo alaba a los
fieles de Filipos porque siempre fueron obedientes a las enseñanza del Apóstol,
no sólo cuando Pablo estuvo presente sino también ahora en su ausencia. Dios es quien activa en vosotros el querer y
la actividad para realizar su designio de amor.
De donde se deduce que cualquier
cosa que hagáis, sea sin protestas ni discusiones. Si realmente os dejáis
llevar de Dios que activa en vosotros el querer, no puede haber tensiones entre
vosotros. Y dejándoos llevar por esa acción de Dios en vosotros, seréis irreprochables y límpidos, hijos de
Dios sin tacha. Lo cual tendrá tanto mayor mérito y valor cuanto que os
desenvolvéis en medio de una gente
torcida y depravada. Y ahí tenéis que brillar
como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir. Vivir para ser
ejemplares, para ser lumbreras en medio de la oscuridad.
Y así en el día final, día
de Cristo, ese será mi argumento –dice Pablo- para probar que mis trabajos
apostólicos no fueron inútiles, ni mis fatigas tampoco. Y eso, aunque
llegue el momento de mi muerte, mi martirio. También ahí yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría; por vuestra parte, estad
alegres y asociaos a la mía.
En Lc.14,25-33 se dan unos principios de vida de
seguimiento de Jesús o participación en el Reino.
Si alguno se viene
conmigo, y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a
sus hermanos y hermanas, e incluso a sí
mismo, no puede ser discípulo mío. No se trata de dejar a los seres
queridos; de lo que se trata es de posponer:
que nada esté por delante de Jesús. Se trata de “alguno que se viene conmigo”.
Se trata de un seguidor fiel que quiere vivir el Reino de Dios. No se
contraponen los amores humanos y divino, sino que hay una jerarquía de valores,
y que el amor a Dios sobre todas las cosas ha de ser la pauta de actuación.
Más todavía: quien no
lleva su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. Y esto hay que
calibrarlo. No se le supone a cualquiera. Ha de vivirlo en la realidad de cada
día. La cruz es instrumento de discernimiento. Las cruces diarias que acompañan
a cualquiera y que distinguen a la persona por la manera de llevarlas. Luego
vienen las posibles cruces más especiales, que marcan el calibre de fe de quien
la soporta. No son exclusivas de algunas personas especiales. Pueden
presentarse en cualquier ocasión y de múltiples formas: en las relaciones
humanas, en las deficiencias de salud, en las carencias de la edad, en las
injusticias imprevistas, en las tentaciones y en las sequedades del espíritu…
En todo caso lo que distingue es el llevar
la cruz detrás de Cristo, o vivir peleando contra esa cruz, en una pelea
inútil, porque la cruz sigue y sin embargo no se le sacan los provechos que
pueden encerrar.
Y Jesús pone su parábola correspondiente para hacer
calibrar a la persona su actitud: Quién
de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los
gastos, no sea que empiece y no pueda acabar y sea el hazmerreír de los que
pasan, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”.
No es inútil el ejemplo, y sería muy de examinar por cualquiera que emprende el
camino de seguimiento de Cristo. Porque no es extraño que se pretenda ser
cristiano pero sin aceptar los principios cristianos del Evangelio.
“Cristianos” de segunda clase que se conforman con un baño de rezos y promesas
incumplidas, pero que no afrontan su verdad con la seriedad que Cristo pide.
“Cristianos” de los que da más pena que otra cosa, porque viven a medias,
cayendo y levantándose, y sin poner nunca el remedio eficaz que le saque de su
vicio y de su ir arrastrando de mala manera su propia conciencia.
¿O qué rey, si va a
dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil
hombres podrá salir al encuentro del que le ataca con veinte mil? Y si no,
cuando el otro está aún lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Siempre es calibrar las propias fuerzas para poder salir al paso con garantías.
La vida diaria nos pone en tesitura de tentarnos la ropa para ser capaces de
vivir nuestro espíritu evangélico de manera que no nos avergüence el encuentro
con el Señor, a quien decimos que queremos seguir.
Concluye así Jesús, poniendo un metro-patrón de proceder: Lo mismo vosotros: el que no renuncia a
todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. Unimos el final con el
principio: posponer… También el Yo, también los “propios bienes” (que no
se están refiriendo a los económicos).
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