Liturgia:
En el libro de
Esdras se citaban a los profetas Ageo y Zacarías como los encargados de
proclamar la reconstrucción del templo. Ya hemos pasado por Ageo al que llega
el oráculo de Dios sobre aquellos que pensaban que no era el tiempo de esa reconstrucción.
Hoy nos llega la profecía de Zacarías (2,1-5. 10-11) en
defensa de una Jerusalén como ciudad abierta, y Dios será su límite o frontera,
como una apariencia de muralla de fuego. Ese día serán muchos los pueblos que
se reúnan en la ciudad y Dios habitará en medio de ellos. No habrá más
“muralla” que la de las leyes de Dios y sus enseñanzas, que no son fronteras
que achican espacios sino que ensanchan los corazones y les trasmiten a los
habitantes una verdadera seguridad.
La ley de Dios dignifica y ensancha los corazones porque
tener a Dios por rey es precisamente la manera de abrir horizontes de respeto
social y de actitud personal. No coarta la libertad de cada uno pero se impone
el límite de la dignidad y derechos del otro. La nación que respeta los
mandatos de Dios es una nación grande donde sus moradores viven seguros y
tranquilos.
Como se ve fácilmente es cuando ponemos negro sobre blanco
y vemos adónde llega una sociedad que ha dejado de lado a Dios. Los
informativos de cualquier cadena son suficientes para ver el desastre que es
haber perdido el sentido del límite, del derecho del otro, de la propia forma
de comportarse. Los hombres nos devoramos y se establece la ley del más fuerte,
la ley del animal mayor que se engulle al más pequeño o más indefenso. Aquel
diabólico reclamo del “autobús ateo”: Quizás
Dios no existe; haz lo que quieras, está dando ya sus terribles frutos. El
hombre que hace lo que quiere, aunque lo que quiera sea pederastia, violencia
machista, violaciones, robos, abusos sociales…, no se le puede decir nada: no
está sino poniendo en obra lo que se le ha enseñado. La pregunta que queda ahí
en puertas es: ¿Y si Dios existe?
Evidentemente se podrá hacer mucho, pero con esa “muralla de fuego” que es Dios
mismo. Y por tanto no puedo hacer lo que quiero sino lo que puedo hacer sin
detrimento de otros derechos.
Pequeño evangelio en longitud y muy grande en contenido: Lc
9,44-45). Jesús tiene que insistirles a los apóstoles que tienen que meterse en la cabeza que al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres.
Con lo dicho antes ya se sacan las conclusiones. Hombres sin una conciencia
recta, hombres con las pasiones exacerbadas, acabarán entregando a la muerte a
Jesús.
Los apóstoles no
entendían ese lenguaje. Les resultaba oscuro. No cogían el sentido. Es
verdaderamente llamativo la cerrazón de la mente de aquellos hombres. Habían
concebido una figura tan falsa del Mesías que no logran entender lo que Jesús
les repite una y otra vez con palabras simples y sin más misterio oculto. Pero
ellos tenían su “a priori” de un Mesías que vencería y derrotaría a sus
enemigos, y no entienden nada que no entre en esas categorías mentales suyas.
¿Qué solución le dan al asunto? No preguntar. No
preguntando no se enteran y pueden seguir en su idea. No se meten en la cabeza
lo que Jesús está pretendiendo que aprendan ya de una vez. Es la ignorancia
culpable, porque permanecen ignorantes por no querer preguntar porque les da
miedo llegar a conocer la realidad.
Si el lector sigue con la narración inmediatamente
siguiente a la que da el texto de hoy, encontrará la huida hacia delante de aquellos
apóstoles, que en vez de afrontar la realidad que Jesús les ha anunciado, optan
por crear entre ellos una disputa sobre quién
de ellos es el mayor. Están en otra órbita completamente diferente y
contraria. Jesús habla de entrega en
manos de los hombres, y ellos disputan sobre honores y ventajas del que es el mayor.
Nos parecerá llamativo y hasta absurdo que los Doce estén
tan lejos y tan despistados de los caminos de Jesús. Pero nos bastaría echar la
mirada a nosotros mismos, nuestros centros de interés, nuestros focos de
atención, nuestras preferencias y posturas ante la vida, y nos daremos cuenta
que estamos mucho más en la línea de los apóstoles que en la línea de Jesús. Y
seguimos nosotros teniendo miedo a descubrir nuestra verdad, y preferimos
seguir en nuestras maneras de concebir la vida y de vivirla… Y estamos en otra
órbita de la que traza Jesús. No
entendían. Les daba miedo preguntar. Se escondían en su ignorancia…, aunque
era ignorancia culpable.
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