Liturgia: Tercer domingo de
Pascua – B -
En la 1ª lectura (Hech.3,13-15.17-19)
estamos en la curación del lisiado que pedía limosna a la entrada del Templo,
al que Pedro y Juan le han hecho andar en el nombre de Jesús. Las gentes se han
admirado de aquel suceso y se quedan mirando a los dos apóstoles como si ellos
hubieran tenido ese poder. Pedro se dirige a las gentes y les hace caer en la
cuenta de que no han sido ellos sino Jesucristo, el Nazareno, el Resucitado,
para el que aquellas gentes pidieron la
muerte cuando Pilato estaba pensando soltarlo. A ese Jesús, Dios lo ha
resucitado y en su poder ha podido andar aquel paralítico.
Ahora Pedro, con el mismo estilo de Jesús, exculpa a
aquellas gentes e incluso a las autoridades, y dice Pedro que lo hicieron por
ignorancia. Lo que ahora procede no es buscar culpables sino pedir el
arrepentimiento y la conversión para que se puedan perdonar los pecados que han
cometido. Que Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y
viva. Y es la lección que hay que sacar de aquel suceso.
En el evangelio tenemos la misma aparición de Jesús a sus
apóstoles la tarde del domingo de resurrección, pero contada ahora por San
Lucas, con unos detalles diferentes a los que tuvimos el domingo pasado. San
Lucas, más apologético, desdobla toda aquella aparición en momentos concretos.
Empieza por una parte esencial para la experiencia de Jesús vivo: LA PAZ A
VOSOTROS. Jesús se presenta trayendo paz y en son de paz.
Los apóstoles y discípulos se asustan mucho de ver aquella
aparición y Jesús les pregunta por qué os
alarmáis. Y les muestra las manos y el costado con sus señales inequívocas
de ser el mismo Jesús que había sido crucificado. Un fantasma no tiene carne y
huesos como veis que yo tengo. Es evidente la intencionalidad apologética de
Lucas, puesto que un cuerpo resucitado no tiene esa materialidad. Lo mismo que
lo que sigue a continuación: en vista de que no creen y están atónitos por a
sorpresa, Jesús les pregunta si tienen
algo que comer, y ellos le ofrecen un trozo de pez asado y pan, y el
resucitado come ante ellos.
Lo importante viene a continuación: Jesús hace caer en la
cuenta de que esto era lo que os tenía
anunciado mientras estaba con vosotros, y que todo estaba escrito desde Moisés
y los profetas. ¡Ese es el mensaje fundamental! La prueba de que Jesús está
resucitado no es ni el cuerpo de carne y
huesos ni el comer, sino que así estaba anunciado de antiguo, empezando por
Moisés y los profetas y salmos.
A continuación nos dice el evangelista que les abrió el entendimiento para comprender
las Escrituras. Podemos pensar a primera vista que se trataba de eso que
nosotros deseamos tanto que es saber leer el evangelio y sacarle las
consecuencias. Es realidad no es eso: entender
las Escrituras es algo mucho más profundo que realiza la transformación de
la persona y la actitud profunda de la fe. Es dar por hecho que Jesús tenía que padecer y resucitar al
tercer día, y en su nombre predicar la
conversión de los pecados a todos los pueblos, empezando por Jerusalén.
La 2ª lectura (1Jn.2,1-5) vendría a apoyar ese sentido de entender las Escrituras, en la
concreción de que no pequéis, pero si
alguno peca, sepa que tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo el
Justo. Dos aspectos fundamentales de entender la Palabra de Dios: uno es NO
PECAR. No dejar perder la unión con el Señor. No permitirse desagradar a Dios. El
otro aspecto, que nunca se pierda la esperanza después de haber pecado, porque
tenemos ante Dios Padre un abogado que nos defenderá porque presenta sus llagas
como aval por nuestros pecados. Ahora bien: eso no puede ser causa de estar
menos vigilantes, pues en esto sabemos
que conocemos a Dios, en que guardamos
sus mandamientos. Y el que no los guarda y no hace por guardarlos, es un mentiroso y la verdad no está en él.
Nosotros tenemos la dicha de tocar el Cuerpo de Jesús y
tener la garantía de su Resurrección y de nuestro perdón, en la participación
de la EUCARISTÍA, vivida como síntesis y espuela de nuestra vida cristiana.
Participar de la Eucaristía es algo mucho mas fuerte y decisivo para quienes
participamos de ella, y le damos el valor transformante que encierra en sí
misma.
Elevemos al Padre nuestra oración.
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Por la Iglesia y por el Papa para que nos trasmitan el sentido de las
Escrituras. Roguemos al Señor.
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Para que tengamos abierta el alma para vivir la fe y acoger la Palabra
de Jesús, Roguemos al Señor.
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Para que seamos vigilantes para no pecar y vivir así en la verdad, Roguemos al Señor.
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Para que en la Eucaristía palpemos a Jesús y vivamos acordes con lo que
recibimos, Roguemos al Señor.
Te pedimos,
Padre misericordioso, que sepamos ver tu mano en los acontecimientos de la
vida, y sepamos comprender aquella palabra de Jesús: Paz a vosotros; Soy Yo, no
temáis.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Los Apóstoles se sobresaltan cuando Jesús Resucitado se presenta en medio de ellos. El hombre no quisiera morir.La resurrección de Cristo nos abre a una vida sin límites y, parece que los hombres van recobrando la calma cuando llega el Señor y saluda: "La Paz esté con vosotros. El Resucitado tiene carne y huesos y come pescado a la brasa. Este mundo en el que vivimos también será transformado, y por eso tenemos que cuidarlo para que llegue a las Manos de Dios en buenas condiciones para que Él lo haga fructificar en su Reino. Parece que la materia llegará a su plenitud y que los seres que no tienen alma inmortal también participarán del Reino....¡¡¡Aclamad al Señor, tierra entera!!! ¡¡¡ALELUYA!!!
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