Liturgia
Como suele ocurrir en este período de adviento, las lecturas son muy
expresivas para indicar el cambio radical que supondrá la llegada del Mesías
(Is 35, 1-10): El desierto se alegrará,
florecerá, brotarán ríos que correrán por él. Los ciegos verán, los cojos
brincarán y los sordos oirán… Habrá cánticos y alegría perpetua. Se acabará la
tristeza. Y así bajo esas comparaciones simbólicas, queda expresado el
cambio radical de la vida cuando haga su entrada en el mundo el Mesías de Dios.
La pregunta que nos hacemos es si esa primavera feliz ha sido realidad…, si la
venida de Jesus ha transformado el mundo. Y la respuesta es que –en efecto-
hubo una trasformación y el mundo se humanizó.
Luego vinieron los
bárbaros (aunque los bárbaros fueran cultos) y pisaron la semilla
liberadora…, y el mundo se fue quedando sin Dios…, y aquella venida de Jesús y
de sus efectos salvadores, quedó muy apagada en la manifestación externa.
Aunque la semilla soterrada sigue aun gritando alegría y novedad gozosa, que ha
de acabar manifestándose –como se dice hoy- sí
o sí.
En el evangelio (Lc 5, 17-26) nos pone delante esa realidad
tan humana que no valora lo espiritual: el paralítico viene a ser curado de su
parálisis, y yo digo que poca ilusión le hizo que Jesús le respondiera perdonándole sus pecados, porque lo que
él buscaba era poder andar. El valor espiritual no es siempre valorado. El adviento
del alma no tiene la misma fuerza que pensar en una venida del Niño Jesús, con
su séquito de fiestas navideñas. Y sin embargo lo importante está en ese perdón de pecados, esa salida de
defectos, imperfecciones…, o incluso vicios. Y tuvo que Jesús que explicitar que
aquel perdón de pecados era lo importante: que ponerse en pie, tomar la camilla y echar a andar, era el signo de
lo verdaderamente substancial: un camino
abierto hacia una vida mejor.
El ángel de Dios, el mensajero de grandes anuncios,
Gabriel, es ahora enviado a un rincón de Palestina, en la Galilea “de los
gentiles” (poco apreciada por los judíos de Judea), a una muchacha muy joven,
que traía ya el nombre de María. Y que, por más señas, estaba ya prometida en
matrimonio con otro muchacho, que descendía de la estirpe de David. [Siempre me
acuerdo de aquel “devoto” que entró en la sacristía para decir que me iba a “rajar
la barriga” porque yo había hablado de un “muchacho”, y no de un viejo José, de
vara florecida. Pues con eso de ser un muchacho José, yo no salvaguardaba la
virginidad de María. Como si el ser ”viejo” el “compañero” de matrimonio fuera
una garantía de virginidad…]
Nada nos dice de quiénes eran los padres de María. Los
evangelios apócrifos han trasmitido ese dato, y así los tenemos identificados
como Joaquín y Ana. La realidad es que no era dato que interesara para el relato
mesiánico, y por eso el evangelista no se metió en ese detalle. Los datos
importantes eran: la muchacha virgen, que no ha tenido relación marital; y
José, como descendiente de David y, por tanto, pieza clave en esa descendencia davídica
del Mesías de Dios.
No me voy a detener en explicar yo el relato, porque lo voy
a dejar a que sea María misma quien nos lo cuente cuando llegue el momento. Lo
que ahora importa es el hecho: María estaba en sus faenas cuando el ángel
Gabriel, que asiste a la derecha del trono de Dios, “entra” a donde estaba María, y le saluda con una fuerza especial en
sus palabras: Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo,
bendita tú entre las mujeres”. Así, de entrada, era una catarata de
alabanzas…, una definición de la elección de Dios. Nada puede extrañarnos que
María se turbara. No sólo era la presencia imprevista de un ángel, sino todo
aquel saludo tan laudatorio.
Gabriel se apresura a darle a María la gran señal de las
presencias divinas: No temas, María, pues eres mujer agraciada a los ojos de Dios.
Y sin solución de continuidad, le deja el mensaje central: Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre
JESÚS. Para una mujer israelita aquellas palabras resonaban desde Isaías: “una
virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien llamará Enmanuel”. Era, pues,
todo un anuncio del Mesías, que se le venía a las manos. Pero ante tamaña
realidad, que le desbordaba, había algo que –responsablemente- ella tenía que
saber antes de dar respuesta: Qué tengo
yo que hacer, porque yo no vivo maritalmente con varón.
La diferencia con la duda de Zacarías es evidente. Zacarías
preguntó en qué conocería él aquella
verdad… María la da por hecha y sólo le importa ya saber qué tiene ella que HACER.
EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÒN((Continuación)
ResponderEliminarCONFESIÔN DE LOS PECADOS.-Hay quien dice :"esto lo arreglo yo directamente con Dios,para eso no necesito un sacerdote".Pero Dios quiere que sea de otra manera.ÊL nos conoce.Hacemos trampas con respecto a nuestros pecados; nos gusta echar tierra sobre ciertos asuntos.Por eso quiere Dios, que expresemos nuestros pecados y que nos confesemos cara a cara. Jesús mismo instituyò este sacramento de la Penitencia, cuando el dìa de Pascua se apareció a los Apòstoles, soplò sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonèis los pecados,les quedan perdonados ; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos".La confesiònde nuestro pecados , debe hacerse con claridad, despacio,consultando dudas ( sin las hubiere)sobre nuestro proceder;pidiendo consejo, si fuere necesario, y sobre todo con "confianza".
Dada la grandeza y delicadeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones està obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitents le ha confesado.Este secreto que no admite excepción, se llama "sigilo sacramental" o "secreto de Confesiòn" porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda "sellado" por el sacrtamento.
Continuarà
Otro EXAMEN DE CONCIENCIA para ayudar a quienes quieren profundizar.
ResponderEliminarEXAMEN DE CONCIENCIA DEL AMOR A DIOS
Lo primero: ¿Tengo a Dios como “idea”, como “fe a mi manera”? ¿O como PERSONA? ¿A quien amo o a quien temo? ¿A quien tengo en cuenta que Él también tiene sus deseos, y que nos presenta su voluntad por medio de la Iglesia? Por tanto: ¿mi vida busca agradar a Dios?
¿Amo a Dios SOBRE TODAS LAS COSAS? ¿Sobre TODAS…? ¿Sobre mi propio “ego”? Mi relación con Él ¿es de hijo, de “cumplir” obligaciones y reglas? ¿Respetando sus enseñanzas, o poniendo delante mis apetencias, mis ideas, “mi manera”? ¿Escapándome de mis prácticas cristianas?
Yo, que me considero tan buena persona, tan respetuoso y servidor de otros…, que no les hago ningún mal, ¿soy igual de fiel a Dios, y de “las cosas de Dios”, como la mejor PERSONA que Él es? Mi modo de hablar de Dios y “sus cosas” ¿responde a esa relación de persona a Persona?
¿Tengo el respeto a los Sacramentos para recibirlos, y recibirlos de forma responsable, con debida disposición y preparación?
¿Me formo debidamente con el Catecismo de la Iglesia? ¿Medito el Evangelio, tomando el libro entre mis manos?
EXAMEN DE CONCIENCIA DEL AMOR AL PRÓJIMO
¿Tengo amor al otro/a o abuso de ellos para “mis intereses”? ¿Cómo los trato, cómo pienso de ellos, cómo hablo o comento sus cosas? ¿Cómo vivo estos detalles o actitudes dentro de mi misma familia: esposos, hijos, mayores…? ¿Cómo es mi comportamiento con vecinos, compañeros de trabajo, jefes o subordinados?
¿Comparto lo que me es razonablemente posible? ¿Tengo delicadeza con los débiles? ¿Respeto al prójimo en su fama, su persona, su cuerpo y su espíritu (no escandalizando con palabras, modos, formas…)?
¿Soy justo en mi trabajo, en mi colaboración en casa, en ayudas a personas más cercanas? ¿Soy honesto en todos los aspectos: afectivo, económico, social, sexualmente?
¿Pago los tributos…, pago el salario debido…, cumplo mis compromisos?
Soy honrado en mis palabras, sincero, alejado de la mentira?
¿Soy responsable de mis obligaciones (y cargos en la sociedad, trabajo, etc?
¿Soy vengativo? ¿Guardo recelos hacia otros?
EXAMEN DE CONCIENCIA DE LA REALIDAD PERSONAL
“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.
Lo dijo así Jesús. Nos es una llamada a una actitud básica. Un maestro espiritual dice: “ser buenos es la antesala de ser perversos”.
Por tanto:
¿cuál es la actitud fundamental de mi vida?
cómo volver a la relación personal mía con Dios?
¿Me acuerdo de Dios sólo para pedirle o en las dificultades? ¿Voy a Dios a contarle mis cosas nada más, o me pongo ante Él para qué cosas me quiere contar Él a mi?
Mis defectos, inclinaciones, pasiones, juicios…, ¿hago por ir corrigiendo? ¿Repito lo mismo en mis confesiones? ¿Hago algo por corregir…, aunque fuera poco? Materias concretas son:
mis comidas, mis bebidas…
envidia, resentimientos, juicios…
¿Egoísta? ¿Egocéntrico? ¿Soberbio? ¿Menosprecio o minusvaloro al otro? ¿Quiero sacar “la mía” adelante?
¿Cómo empleo mi tiempo, mis fuerzas, mis capacidades? ¿Pierdo el tiempo? ¿Soy poco responsable?
Ante la contrariedad, ¿soy sereno, pacífico…, o me rebelo?
¿Sé privarme de gustos, teniendo así en cuenta la Pasión de Cristo¿
¿Soy dueño de mis sentidos [vista (miradas), tacto, oído (lo que oigo). Lengua (palabras, conversaciones…]
La castidad o pureza del cuerpo y espíritu no es cosa de mojigatos sino de quienes son dueños de sí mismos. En la vida no sólo hay instintos. ¡Hay razones!
¿Vivo el debido respeto a la dignidad del cuerpo y de la persona (propia y del otro)
¿Tomo en cuenta la conciencia como espejo que refleja el deseo de Dios en mi? ¿Respeto mi verdadera conciencia? ¿Actúo contra la conciencia?
La libertad verdadera es la que sabe dominar las tendencias de la naturaleza animal, para ser abiertos al Espíritu de Dios, y no esclavos de apetencias, gustos y pasiones.