Liturgia
Sigue la 1Jn (2, 3-11) que –dedicada a exponer el mandamiento del amor-
primero se detiene en un test de sinceridad interior, porque sería mera
filantropía hablar de amor si no quedara antes muy claro el grado de honradez
del alma ante sí misma y ante Dios. Ayer hablaba de la mentira que es decir que “yo no tengo pecado”, y cómo esa mentira
llega a “crear” un dios mentiroso. Hoy remacha la idea de la conciencia del
individuo ante los mandamientos de Dios. Y podremos decir que conocemos a Dios si guardamos sus
mandamientos. Quien dice: “yo le conozco” pero no guarda los mandamientos, es un mentiroso. Es menester que
hoy se enfrenten honradamente a esta presentación los muchos que viven ya al
margen de esos mandamientos de Dios…, al margen de sentirse y reconocerse
pecadores. Son personas revestidas de mentira, por mucho que pretendan ser
ellos los que han descubierto la “nueva verdad” de la vida. Porque quien dice que permanece en él (quien
dice que cree en Dios) debe vivir como
vivió Él.
Y puestas estas mimbres, se puede confeccionar el cesto del
amor al prójimo (de la solidaridad, del compartir…, que son fórmulas actuales
de traducir la mano tendida al hermano). Y aunque crea el mundo moderno que ha
descubierto esa “novedad”, es un
mandamiento antiguo de la Palabra que habéis escuchado…, de la luz que brilla
ya en el horizonte cristiano.
Y quien dice que está
en la luz y aborrece al hermano, está aún en las tinieblas…, camina en las
tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.
Es un dilema: o este hombre moderno sabe amar, y entonces
no se explica que deje tan de lado a Dios, o tras todos esos movimientos
solidarios humanistas hay un egoísmo solapado que carece de amor, porque carece
de la fuente que es Dios. Y el tercer palo de ese “dilema” es que el hombre que
pretende prescindir de Dios, en el fondo está adorando a ese Dios en el
servicio solidario al hermano.
En el Evangelio (Lc 2, 22-35) se han acabado los relatos
bíblicos de Navidad y se avanza ya en la idea de la presentación el Niño en el Templo, de acuerdo con la Ley. Y el
encuentro de María y José con un hombre y una mujer, personas muy religiosas
que viven alrededor del Templo, y que esperaban la llegada del Mesías. Lucas,
según su costumbre, pone siempre esa duplicidad de hombre y mujer, saltándose
así el sentido “patriarcal” judío por el que sólo los hombres ocupan el centro
de la historia. Aquí es Simeón, el que toma al niño en sus brazos y profetiza
por una parte que ese Niño será alguien ante quien se dividan los corazones; y
por otra –que es consecuencia evidente- una espada atravesará el alma de María,
su madre.
La liturgia deja el relato de Ana para el día siguiente.
RELATOS DE NAVIDAD
José y María se han instalado en aquella casita que les
acoge en este momento. Sitúan sus pocos enseres y acomodan un lugar para
acostar al Niño. María adecenta lo mejor que puede aquella estancia y la vida
de la familia se normaliza dentro de la precariedad de medios con que cuentan.
José se va por las mañanas temprano a la plaza para ver si
es llamado a algún trabajo y puede regresar por la tarde con la alegría de
llevar un jornal con que ir costeando los gastos normales de manutención,
limpieza, atención al recién nacido.
Quizás al amanecer era quien iba a traer el agua, aunque no
fuera lo normal en los varones, pero alguien tenía que traerla y María no podía
hacerlo durante esos cuarenta primeros días.
María hace sus cosas en la casa entre cada toma del Niño y
vive pendiente de él. No sale a la calle porque guardaba su cuarentena, algo
que se ha extendido en la historia a través de siglos. Para el mundo judío era
una “impureza” legal que llevaban sobre sí las madres recién paridas, y no
debían salir de sus casas hasta el momento en que fueran llevando al
primogénito para presentarlo en el Templo.
Que esa era una razón muy poderosa para que aquella familia
permaneciera en Belén, porque desde allí les venía más a la mano la ida al
Templo de la Ciudad santa.
Por lo demás, aquellos esposos soñaban ya con el regreso a
su casa de Nazaret, lo que planteaban para lo inmediatamente después del ritual
de presentación del Niño. Y que de hecho San Lucas así narra la vuelta en
cuanto han cumplido con aquella ley.
E3L SACRAMENTO DEL MATRIMONIO ( Continuaciòn)
ResponderEliminar¿QUÈ ES LO QUE AMENAZA A LOS MATRIMONIOS?.-Lo que amenaza al matriminio es el pecado; lo que lo renueva es el perdón; lo que lo fortalece es la oración y la confianza en la presencia de4 Dios.
El conflicto entre hombres y mujeres, que precisamente en el matrimonio llega en ocasiones al odio, a la adversión, antipatía, recìproco , no es una señal de la incompotibilidad de los sexos; tampoco hay una disposición genética a la infidelidad o una limitación psíquica especial ante compromisos para toda la vida. Ciertamente muchos matrimonios están en peligro npor la falta de una cultura del diálogo o la falta de respeto. A ello se añaden problemas económicos y sociales. El papel decisivo lo tiene la realidad del pecado: celos, despotismo,riñas, concupiscencia,infidelidad y otras fuerzas destructoras. Pr ello el perdón y la reconciliación forman parte esencial de todo matrimonio, también a través de la confesiòn`.
Continuarà
Simeón es un hombre justo y piadoso, un anciano que persevera en la Oración y tiene la esperanza de ver a Dios. Reconoce su Presencia todos los días, espera en Él y lo busca apasionadamente; sabe traducir cada acontecimiento, puede ver sus manifestaciones en cada paso. Hoy, es el día gozoso que estaba esperando: el Niño Jesús,el Mesías Salvador, es el Niño que tiene en sus brazos ; lo recibe en su corazón y lo acoge con fe. Como Simeón, todos estamos llamados a reconocer al Salvador del mundo, la Luz que nos ilumina, como el anciano, tenemos que ser capaces de convertirnos en profetas que anuncian Su Presencia, de acogerlo con fe y dejarnos conducir por su Luz espléndida a la Casa de nuestro Padre.Como Simeón siempre debemos estar en una actitud orante de impaciente espera.
ResponderEliminarón coraz´pn