Liturgia
La liturgia de hoy es de agradecimiento. Ana, la madre de Samuel (1Sam
1,24-28) viene al sacerdote Elí con una serie de dones que ella hace en
agradecimiento por aquel hijo que concibió cuando ya tenía perdidas las
esperanzas de maternidad. Hoy viene no solamente a ofrecer esos dones sino al
mismo hijo, a quien encarga al sacerdote para su educación.
En el evangelio (Lc. 1, 46-56) es María quien prorrumpe en
un canto de agradecimiento a Dios, abrumada por las alabanzas que Isabel, su
parienta mayor, le ha tributado, y que –en efecto- corresponden a la realidad de
María. Pero ella eleva a Dios su agradecimiento y rompe en esa acción de
gracias que es su cántico del Magníficat.
En él deriva hacia Dios todas las alabanzas recibida, y añade su admiración
y agradecimiento porque Dios se dignó
mirarla y elegirla. Y echando mano de salmos que ella rezaba tantas veces, descubre
a las generaciones el gran secreto de Dios: que tiene preferencias y
debilidades por los pobres, los sencillos, los humildes con la humildad de la
gente buena del pueblo. En cambio, los ricos, los pagados de sí mismos, los
soberbios y vanidosos…, son echados afuera de ese ámbito de los favores de
Dios. Es el riesgo de que –en su psicología de “vencedores”-, acabaran
apropiándose los dones de Dios. No era lo que le acontecía a aquellos pobres de Yawhé, que sólo en Dios
depositaban su seguridad y su confianza. Ahí estaba María, y su cántico es buen
exponente del desprendimiento con que reconoce el don de Dios, y a él lo
revierte.
RELATOS DE ADVIENTO
Es la experiencia viva que podemos ver en aquellos
viajeros, Maria y José, que viven su aventura por aquellos caminos, sabiéndose
en las manos de Dios, y “leyendo” los misterios que estaban sucediendo, con
esas “gafas del color de Dios” que le son propias a los que sólo saben ya mirar
con esa penetración que traspasa los hechos y ve la mano de Dios.
Ese era el fondo de sus conversaciones a medida que se iban
acercando a la Ciudad Santa. Y cuando llegaron allí, aun les quedaba que pasar
una noche en alguna posada antes de reemprender su marcha hacia Belén. Ya era
sólo 8 kilómetros más, pero es ese final que se hace más pesado por el
cansancio acumulado, a la vez que deja la miel de un final, que tanto deseaba
María en su estado de avanzada gestación.
En la posada acertaron a conocer a un betlemita que iría
también al día siguiente para la ciudad de David. Con él se pusieron de acuerdo
para hacer juntos aquel trecho. Y con él fueron conversando, y él les fue
poniendo en conocimiento de los familiares que podían encontrar en la ciudad.
Así José y Maria podían ir más a tiro hecho a aquellos que estaban en línea más
directa de parentesco.
El resultado no fue satisfactorio. Ni unos ni otros
pudieron o quisieron acoger a aquella familia forastera. Hecho bien extraño en
una cultura llamativamente hospitalaria y abierta a la acogida de los que
formaban parte del clan familiar. Algo “extraño” había en aquello, y María comenzó
a sospechar…
Cuando ni siquiera en la posada pudieron encontrar albergue
(con hondo dolor de José), María le susurró a su esposo una palabra de enorme
fuerza: ¿No crees, José, que aquí anda
Dios por medio? En efecto era Dios quien no quería “un lugar” común y
particular para el nacimiento de su Hijo en la tierra. Quería Dios un mundo
entero, un techo de estrellas, un horizonte sin paredes, un aire sin
contaminaciones, un espacio donde nadie pudiera colgarse la medalla de que “en
mi casa particular ha nacido Dios”. No quería Dios ser propiedad de nadie
porque Él quería ser el Dios de todos. Otra vez los POBRES van a ser
privilegiados, y donde Dios dirige los pasos de aquellos esposos es a un
espacio donde todos puedan entrar sin que nadie pueda cerrar la puerta. Un
ámbito tan grande como el mundo porque Jesús había de ser PARA TODOS.
¿No crees, José, que
aquí anda Dios por medio? Y José una vez más se plegó. Y ahora hasta con un
contento interior, agridulce si se quiere, pero con el dulzor propio de quien
se sabe llevado por Dios y que Dios lo ha hecho instrumento de aquella extraña
historia. José sintió el alivio de haberlo intentado, y el no menor alivio de
saber que Dios le movía los hilos de su historia. Y también José dio ahora
gracias a Dios, y se unió a la mirada penetrante de María para descubrir el
misterioso brazo de Dios, que les había traído hasta aquí.
EL SACRAMENTO DEL ORDEN (Continuación)
ResponderEliminarLos presbíteros aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y dependan de los obispos en el ejercicio de su potestad ,sim¡n embargo están unidos a èstos en el honr del sacerdocio ,y en virtud del sacramento del Orden quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo sumo y eterno Sacerdote.Reciben del Obispo el cuidado de una comunidad parroquial o de una función eclesial determinada.
Los diáconos son ministros ordenados para las tareas de servicio de la Iglesia: no reciben el sacerdocio ministerial pero la ordenación les confiere importantes en el ministerio de la Palabra, del culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la caridad, tareas que debe cumplir bajo la autoridad de obispo.
El ministro de este sacramento.-Fue Cristo quien eligio a los Apòstoles y les hizo partìcipes de su misión y su autoridad, por tanto es Cristo quien da a unos el ser Apòstoles a otros pastores. Sigue actuando por medio de los obispos que confiere válidamente los tres grados del sacramento del Orden.
Continuarà
María considera que Dios ha puesto sus Ojos en "la bajeza de su esclava" y canta llena de gozo porque en Ella, el Todopoderoso, ha hecho cosas grandes.El Magníficat es una declaración de su fe profunda y una Oración de alabanza a la grandeza de Dios que ha llenado su corazón y su vida. Ella sabe muy bien lo que es, lo que vale ante Dios y ante los demás; pero sabe vaciarse de sí misma y deja que Dios obre en Ella con su gracia.¿No crees, José, que aquí anda Dios por medio? Por eso, por su fe y por su humildad, siempre supo mantenerse pobre y necesitada de Dios, y supo encajar las pruebas y animar a su Esposo.
ResponderEliminar