martes, 12 de noviembre de 2013

12 novb.: FIELES EN LO PEQUEÑO

12 novb.: La otra cara
             D San Lucas nos habló en otro contexto de un amo que al llegar tarde a su casa, encuentra a sus sirvientes dispuestos, que le abren la puerta y que lo reciben. El amo los sienta a cenar y él mismo les sirve.  Un contexto escatológico que refleja ese premio último final a los siervos que permanecieron en vela para recibir a su amo a cualquier hora del día o de la noche.
             Hoy el propio San Lucas [17, 7-10] nos dice otra cosa. Cambiado el contexto, nos pone ahora en la vida diaria, ahí donde nos “retratamos” en nuestra verdad más normal. El amo tarda, y cundo llega, pide a los criados que le esperaron a su llegada, que les sirva la comida, y luego comerán ellos. Completamente convencidos todos de que aquellos sirvientes están para lo que están y su mérito (y su premio moral) es hacer lo que tienen que hacer y cuando lo tienen que hacer. Y casi pueden decir que no han hecho nada extraordinario, sino que hicieron su obligación. Exactamente es lo que está pensando el amo. Lo que no quita que en su interior esté reconociendo que aquellos sus siervos son gentes de fiar y a los que se les puede confiar cosas mayores.  No tiene que expresarlo, pero él se siente bien servido y está orgulloso de sus criados.
Pienso que es un evangelio de un realismo estupendo. Y que se presta a esa reflexión sincera sobre nosotros mismos, entrando cada cual en su profundidad de alma.  Podemos decir: me levantado y he hecho…; luego he orado –siquiera 5 minutos, evangelio en mano-, o me he ido al trabajo, o he compartido un pequeño momento más o menos sosegado del desayuno con mi esposa…  [Sigamos cada cual nuestra pequeña historia de hoy…, o empecemos a “corregir” ese esquema].
Un día –podemos seguir esa visión- me fui a confesar. Salvo que hubiera alguna cosa más llamativa, posiblemente dije al confesor que no tenía nada que decir especial. O hubo algún detalle más llamativo y esa fue mi confesión. Ahí también acabó.  Y ahora me preguntó el confesor: ¿y su vida diaria: su carácter, sus reacciones, sus comentarios, su afabilidad, su trato con sus hijos o sus compañeros de trabajo, o su rato con Dios…? Y la persona se queda tambaleando porque no sabe ni qué responder, y se limita a casi estúpido: “bien”. Y digo “estúpido” no por razón de la persona sino porque esa persona sabe que ha respondido al buen tun-tún. De haberlo preparado, o sabe muy bien que hay muchos detalles diarios que podrían mejorarse (y son materia que presentar al Señor)…, o ni sabe que hay esas cosas (que es lo malo). El que sabe, y al menos le queda “el cante” para otra vez hacerlo mejor, ese queda entre siervos fieles, porque –en definitiva- advierte que tenía que haber profundizado mejor en lo que es SU VIDA, lo que es su fotografía real, la que posiblemente le harían las personas que conviven con él o ella.
El otro, que ni advierte ni se pone a advertir, es el criado que ni siquiera ha esperado al regreso de su amo, y no lo encontraría disponible para servirle la cena.
Debe, pues, quedar claro que la vida de lo diario tiene una importancia esencial, porque en lo diario es donde nos manejamos. Y que “siervos útiles” o “inútiles” no está dependiendo tanto de unos errores esporádicos que se pueden cometer, sino de ese estar al pie del cañón en cada momento, situación o circunstancia.  Que el error mayor pasa, pero que el momento a momento va dando la “fisonomía interior” de la persona. Que el problema de un creyente no es haber faltado a Misa, sino el poco cuidado en la relación con la pareja, en la atención a los hijos, en la ”vida del teléfono”, en los sentimientos que se albergan dentro, en los tiempos aprovechados, perdidos o malgastados, en la falta de cultivo constante de su mundo espiritual…  Todo eso, menos cuantificable que “haber faltado a Misa”, pero mucho más vital.  Lo primero se puede identificar con el esquema: “ley-cumplimiento”.  Lo segundo es la vida. Algo con lo que nunca se está perfectamente cumplido, pero que marca mucho más el ritmo propio de un seguir a Jesús.

Aquellos siervos que esperaron a su amo, que estuvieron en su puesto cuando tuvieron que estar, que se pusieron a servirla cena, como lo más natural…, esos son los siervos normales, que han hecho lo que tenían que hacer. Y ahí es donde uno puede entrara a pensar sobre sí…, porque ser siervos normales que han hecho lo que tenían que hacer, sería ya una definición preciosa de “buena gente”…  [Queda la otra parte, siempre posible: yo no hago nada malo, y así he hecho lo que tenía que hacer…, lo que supone el gran fallo de la inconsciencia, que ni siquiera ve lo que no hizo de lo que debía haber hecho.  Lo bueno es que haya capacidad para replantearse la situación y descubrir que puede no haberse hecho algo “malo”…, pero que ni siquiera se ha tomado en consideración lo bueno y mejor que quedaba ahí…, eso que da la verdadera fotografía, porque no sólo saca la imagen sino que deja patente cualquier otra cosa que “se cruzó” por medio en el momento de “disparar” la luz.

lunes, 11 de noviembre de 2013

ZENIT informa.- 11 noviembre: Homilía del Papa

11 de noviembre de 2013 (Zenit.org) - Quien no se arrepiente y “finge ser cristiano” hace mucho daño a la Iglesia. Es lo que ha afirmado el papa Francisco en su homilía de este lunes en la Casa Santa Marta. El santo padre ha recordado que todos debemos reconocernos “pecadores”, pero debemos guardarnos de convertirnos en “corruptos”. Quién es un benefactor de la Iglesia, pero le roba al Estado, ha añadido, es “un injusto” que lleva una “doble vida”.
Jesús “no se cansa de perdonar y nos aconseja” hacer lo mismo. En sus palabras, el pontífice se ha detenido en la exhortación del Señor a perdonar al hermano arrepentido, de la que habla el Evangelio de hoy. Cuando Jesús nos dice que perdonemos siete veces al día, ha observado, “hace un retrato de sí mismo”. Jesús, ha añadido, “perdona”, pero en este relato del Evangelio dice también: “Ay de los que escandalizan”. No habla de pecado sino de escándalo, que es otra cosa. Y añade que “es mejor para él que se le ponga al cuello una rueda de molino y se le eche al mar antes que escandalizar a uno de estos pequeños”.
“¿Qué diferencia hay --se pregunta el papa-- entre pecar y escandalizar?” “La diferencia es que quien peca y se arrepiente, pide perdón, se siente débil, se siente hijo de Dios, se humilla y pide la salvación a Jesús. Pero ¿el qué escandaliza?, ¿qué es lo que escandaliza? Que no se arrepiente. Continua pecando, pero disimula ser cristiano: la doble vida. Y la doble vida de un cristiano hace mucho daño, mucho daño. ‘¡Pero si yo soy un benefactor de la Iglesia! Me meto la mano en el bolsillo y doy limosna a la Iglesia’. Pero con la otra mano, roba: al Estado, a los pobres… Roba. Es un injusto. Esta es la doble vida. Y esto merece, dice Jesús, no lo digo yo, que le pongan al cuello una rueda de molino y sea echado al mar. No habla de perdón aquí”.
Y esto, ha destacado el santo padre, “porque esta persona engaña” y “donde está el engaño, no está el Espíritu de Dios. Esta es la diferencia entre pecador y corrupto”. Quien “lleva una doble vida, ha advertido, es un corrupto”. Distinto es quien “peca y quisiera no pecar, pero es débil” y “va al Señor” y le pide perdón: “¡a este el Señor le quiere mucho! Lo acompaña, está con él”.
“Debemos reconocernos pecadores, sí, todos ¡eh! Todos lo somos. Corruptos no. El corrupto está fijo en un estado de suficiencia, no sabe lo que es la humildad. Jesús, a estos corruptos, les decía: ‘La belleza de ser sepulcros blanqueados, que parecen bellos por fuera, pero por dentro están llenos de huesos muertos y de putrefacción. Y un cristiano que alardea de ser cristiano, pero no hace vida de cristiano, es uno de estos corruptos […] Todos conocemos a alguien que está en esta situación y ¡cuánto mal hacen a la Iglesia! Cristianos corruptos, sacerdotes corruptos… ¿Cuánto mal hacen a la Iglesia! Porque no viven en el espíritu del Evangelio, sino en el espíritu de la mundanidad”.
San Pablo, ha recordado el pontífice, lo dice claramente en la Carta a los cristianos de Roma: “no os conforméis a este mundo”. Incluso, ha precisado, “el texto original es más fuerte”, porque afirma “no entréis en el esquema de este mundo, en los parámetros de este mundo”. Esquemas, ha explicado, que “son mundanidad que te lleva a la doble vida”.
“Una putrefacción barnizada: esta es la vida del corrupto. Y Jesús, sencillamente, no llamaba ‘pecadores’ a estos, sino ‘hipócritas’.

Y qué bello lo otro ¿no? Si peca contra ti siete veces y las siete veces te dice: ‘Me he arrepentido, soy un pecador’, tú le perdonarás. Es lo que Él hace con los pecadores. Él no se cansa de perdonar, solo con la condición de no querer llevar esta doble vida, de ir hacia Él arrepentidos: ‘¡Perdóname, Señor, soy un pecador!’. ‘Pero sigue adelante, sigue adelante: yo lo sé’. Así es el Señor. Pidamos hoy la gracia al Espíritu Santo que huye de todo engaño, pidamos la gracia de reconocernos pecadores: somos pecadores. Pecadores, sí. Corruptos, no”. (RED/IV)

OFRECIMIENTO DEL BLOG

Si alguien desea recibir directamente la información de ZENIT, desde Roma (mucho más amplio que lo que recogemos en el Blog), comuníquese con nuestro correo electrónico y ¡zas!, ya está hecho.
                                  mcantero@probesi.org

11 novb.: ¿Qué es el ESCÁNDALO?

10 novb: El escándalo
             Jesús había hablado del gran peligro del “dinero”, que es el ídolo que hace frente a Dios. Y veíamos que “el dinero” no es únicamente la moneda pecuniaria. Hay un “valor” más fuerte que el dinero (y que es el que hace peligroso al dinero), que es yo egoísta que llevamos dentro. Tal situación ha estado expresa y reflejada en el texto evangélico por la profunda parábola del rico que vivía vistiendo y comiendo a lo gran rajá, mientras un pobre –a su puerta- no recibía ni las migajas…, salvo un perro que le lamía las llagas. Verdaderamente lo más enemigo de Dios es el ser humano que se hace un dios de su dinero…, y entonces prescinde de Dios, porque cree tenerlo todo en sus propia riqueza. Dios y el dinero se repelen, porque el orgullo humano y la soberbia humana que se endiosa, se hace rival absoluto de Dios.  Es un auténtico escándalo.
             Hoy, en Lc 17, 1-6, enlaza la lectura continuada con aquel tema del egoísmo, y lo hace desde el punto –precisamente- del ESCÁNDALO que produce todo eso. Y dice Jesús que es inevitable que suceda el escándalo, puesto que donde hay una ser humano, ya es posible escandalizar o sufrirse escándalo. En una época se ponía la fuerza del escándalo en temas que tocaban o rozaban el 6º mandamiento, aunque se redujera el escándalo a los centímetros de ropa, o detalles similares.
             Hoy tenemos mucho más extendido el concepto. El escándalo social o financiero, el escándalo de la corrupción política, el de las mafias de todo tipo y en todas las direcciones, sacude mucho más la sensibilidad del pueblo, que sufre ese hecho del escándalo ambiental, y la demoledora consecuencia de la desmoralización…, que acaba produciendo contagio…, “pandemia” de mala conducta y el hundimiento de los valores.
             Jesús dice que es inevitable… Pero también dice que ¡ay de aquel por quien viene el escándalo; más le valdría que le encajasen al cuello una rueda de molino y lo arrojasen al mar.  ¡Tan pernicioso es el escándalo!  Y Jesús enseña a corregir al hermano que hace eso…, y por supuesto, una vez que se arrepiente y que ya se ha rehecho, perdonarlo…, y perdonarlo 7 veces (¡siempre!).  Lo que no transige Jesús es con el escándalo.
             Y os confieso que a medida que voy expresando todo eso, casi estoy saltando de mi silla. Porque podemos estar hablando y entendiendo el escándalo –poco más o manos- como la maldad de aquellos malvados, y que no nos hayamos planteado el tema en primera persona. Naturalmente que tendremos que “bajar un piso” y analizar simplemente qué efectos nos están haciendo personas probas y piadosas, responsables en determinadas iglesias, o cristianos que llevan la Biblia en una mano y el maletín en la otra.
             Estoy pensando si yo escandalizo. En mis exposiciones, en mi forma de expresar…, o –peor- en mi incoherencia entre lo que digo y hago. Y si lo pienso de mí, puedo también mirar en derredor mío esas personas probas en su acción exterior, y no fieles en su vida privada. O en esas “gentes de iglesia” que –apenas acabado” el culto, y casi con la Comunión en la boca ya están “captando” el defecto ajeno, o en la misma puerta del tempo están desplumando  con sus juicios a los mismos fieles (y conocidos) que comulgaron juntos…
             El escándalo grande, el de los periódicos, me indigna. Ese otro escándalo de la incoherencia, me hiere. Aquel, sufre el rechazo instintivo (aunque habría que mirar quién pude tirar la primera piedra). Éste otro escándalo de las personas comunes, provoca un daño intenso…: escandaliza a los pequeños, que son los que tanto lleva Jesús en su Corazón.  Y como suelo hacer en estos casos, no se puede señalar a nadie, pero alguien debe sentir señalado, y preguntarse: ¿acaso soy yo?  El deporte de mirar hacia a afuera para ver lo que hizo mal el otro, hay que personalizarlo sobre uno mismo, porque a lo peor resulta que yo me quedaba al margen de esa rueda de molino…, y no debo quedarme como si la cosa no fuera conmigo.
             Repito siempre que lo grave de una conciencia no es el falo grave que tiene, reconoce y se arrepiente. Lo más grave es “lo pequeño frecuente”…, porque esa es la “foto” diaria que uno ofrece. Y puede ser muy fácil que esa “foto diaria” sea la que provoca escándalo. ¡Choca, extraña, molesta, es difícil de digerir no puede entenderse…! (=todo eso está en el concepto de escándalo), y eso es lo que está siendo lima sorda en la habitual “comunidad cristiana” en la que uno se desenvuelve.
             Cuando los apóstoles pidieron a Jesús que les aumentara la fe para poder digerir todo lo que les estaba poniendo delante, Jesús les respondió que no hace falta una fe “más grande” sino tener FE. Porque lo que puede cambiar una postura personal (más importante que hacer volar una morera), es LA FE.  Y la fe no es una piedad, una fe teológica para admitir verdades, sino la fe que provoca una coherencia vital en la actuación de una persona.

             El evangelio de hoy, pues, no está para que “otros” vean sino que cada cual podemos (debemos) aceptarlo como riqueza que nos ofrece Jesús para que hilemos más fino, para que no miremos hacia afuera, y para que sea ahí dentro donde sepamos encontrar la posibilidad de que sea yo quien provoco determinados escándalos “de andar por casa”…, que no son tampoco los que se puedan considerar “inocentes”.

domingo, 10 de noviembre de 2013

ZENIT informa.- Ángelus del PAPA

10 de noviembre de 2013 (Zenit.org) - El papa Francisco dirigió al medio día de este domingo lluvioso de otoño, un mensaje de esperanza en Dios y su promesa de la vida eterna, partiendo del evangelio del día.
Fue con motivo de la oración del ángelus, que rezó al medio día desde la ventana de su oficina, ante la multitud reunida en la plaza de San Pedro. A continuación transcribimos el texto incluyendo algunas improvisaciones que realizó el santo padre. 
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús que se enfrenta a los saduceos, quienes negaban la resurrección. Y es justamente sobre este tema que ellos interrogan a Jesús, para ponerlo en dificultad y ridicularizar la fe en la resurrección de los muertos. Parten de un caso imaginario: 'Una mujer tuvo siete maridos, muerto uno después del otro', y le preguntan a Jesús: 'De quién será esposa esta mujer después de su muerte?'.
Jesús siempre manso y paciente les indica como primera cosa, que la vida después de la muerte no tiene los mismos parámetros de aquella terrena. La vida eterna es otra vida, en otra dimensión, en la cual entre otras cosas no existirá más el matrimonio, que está relacionado a nuestra existencia en este mundo. Los resucitados -dice Jesús- serán como los ángeles y vivirán en un estado diverso que ahora no podemos sentir ni imaginar. Y así lo Jesús explica. 
Pero después, por así decir, pasa al contraataque. Y lo hace citando la sagrada escritura, con una simplicidad y una originalidad que nos dejan llenos de amor hacia nuestro Maestro, ¡el único Maestro!
La prueba de la resurrección, Jesús la encuentra en el episodio de Moisés y de la zarza ardiente, allí en donde Dios se revela como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. El nombre de Dios está unido a los nombres de los hombres y de las mujeres con los cuales Él se relaciona, y este nexo es más fuerte que la muerte. Y nosotros podemos decir esto de la relación de Dios con nosotros. Él es nuestro Dios; Él es el Dios de cada uno de nosotros; como si Él llevara nuestro nombre, le gusta decirlo, y esta es la Alianza.
He aquí por qué Jesús afirma: 'Dios no es de los muertos pero de los vivos, para que todos vivan en Él”. Esta es una ligación definitiva; la alianza fundamental es aquella con Jesús; Él mismo es la Alianza, Él mismo es la Vida y la Resurrección, porque con su amor crucificado ha vencido la muerte.
En Jesús, Dios nos da la vida eterna, nos la da a todos, y todos gracias a Él tienen la esperanza de una vida aún más verdadera que la actual.
La vida que Dios nos prepara no es un simple embellecimiento de la actual: esa supera nuestra imaginación, porque Dios nos asombra continuamente con su amor y con su misericordia.
Por lo tanto sucederá lo contrario de lo que esperaban los saduceos. No es esta la vida que será referencia de la eternidad, a la otra vida que nos espera; pero es la eternidad, es esa la vida que ilumina y da esperanza a la vida terrena de cada uno de nosotros. Si miramos solamente con mirada humana somos llevados a decir: el camino del hombre va de la vida hacia la muerte, eso se ve; pero eso es solamente si lo miramos con ojos humanos.
Jesús invierte esta perspectiva y afirma que nuestra peregrinación va de la muerte hacia la vida: la vida plena; nosotros estamos en camino, en peregrinación hacia la vida plena y esa vida plena nos ilumina en nuestro camino. Por lo tanto la muerte se queda detrás de nuestras espaldas, no delante de nosotros.
Delante de nosotros está el Dios de los vivos, el Dios de la Alianza, el Dios que lleva mi nombre, nuestro nombre, como Él dijo, yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y también en Dios con mi nombre, con tu nombre, con tu nombre con nuestro nombre. El Dios de los vivos.
Está la definitiva derrota del pecado y de la muerte, el inicio de un nuevo tiempo de alegría y de luz sin fin. Pero ya en esta tierra, en la oración, en los sacramentos, en la fraternidad, nosotros encontramos a Jesús y su amor, y así podemos pregustar algo de la vida de la resurrección.

La experiencia que hacemos de su amor y de su fidelidad enciende como un fuego en nuestro corazón y aumenta nuestra fe en la resurrección. De hecho, si Dios es fiel y nos ama, no puede hacerlo en un tiempo limitado, la fidelidad es eterna, no puede cambiar, el amor de Dios es eterno y no puede cambiar, no es en un tiempo limitado, es para siempre, hacia adelante. Él es fiel para siempre y Él nos espera a cada uno de nosotros con esta fidelidad eterna.  

De cara a la nueva Vida

Domingo 32 C

             La liturgia, siguiendo el mismo devenir del Evangelio, nos lleva de la mano hacia una paradoja: miramos ya a la muerte, pero nos estamos afianzando en la vida. Cada año litúrgico comienza con una esperanza que se abre a la vida…, y tras ir desgranando los misterios de la ida de Jesús y los de la Iglesia, ahora va llegando a su final -como es la realidad de la vida misma- y nos habla de muerte. Pero no de una muerte donde acaba todo, sino de ese paso último de la vida de una persona, quien –en el mismo momento que abandona esta vida- está encontrando ya el brazo extendido de Dios que –desde su infinitud- ya está acogiendo al que dejó la vida terrena.  Y esa es la fe en la que vive el creyente, esa es la seguridad con la que puede afrontar la muerte.

             Así van las Lecturas de hoy: en el 2º libro de los Macabeos, el ejemplo más resaltado de esa fe es la madre que exhorta a sus hijos a no desfallecer ante el tirano torturador, y que les es mejor afrontar la muerte desde la fe, que comer carnes prohibidas como conculcación de lo enseñado por la Ley.  Y los hijos van cayendo bajo los verdugos, que unas veces usan de aparentes compasiones, otras de odios contra la fe del Pueblo de Dios, y otras de la misma extrañeza de que unos niños  fuesen capaces de soportar aquella presión de la amenaza y de la muerte. Ellos dan la respuesta: De Dios recibí la vida; espero recobrarla del mismo Dios; Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará.

             Lo que el SALMO elevará a coro triunfal que va apoyando la idea: Al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor. Una seguridad convencida de lo que ha dicho Dios y –por tanto- es una verdad incuestionable.

             En el Evangelio (Lc 20, 27-28) nos presenta un caso muy típico de las escuelas judías, que es llevar las situaciones al extremo, y de nuevo con el “siete” de plenitud por delante. El caso está tomado de la vida misma, aunque con la connotación propia del mundo y leyes judías. El hecho es que una viuda, casada siete veces (varias) y enviudando siempre, cuando resuciten todos, ¿de quién es ella esposa? Así pretendían los saduceos ridiculizar la predicación de Jesús sobre la resurrección y vida eterna, y negar la resurrección.
             La respuesta de Jesús es hermosa. Primero, la llamada de atención sobre la ignorancia que supone esa pregunta. Segundo, Dios es Dios de Abrahán, Isaac y Jacob…, el mismo Dios en muchas generaciones…, porque Dios es un Dios vivo y no es un Dios de cadáveres sino de vivos. Hay otra realidad de fondo: que en el Cielo seremos todos como ángeles…; seremos espirituales.
             El núcleo de todo eso va abocado a la enseñanza de que la vida no se acaba sino que adquiere dimensiones de eternidad. Y que, por tanto, podemos estar seguros de que el fin de la vida terrena no es finiquito de la vida, por la sencilla razón de que la resurrección de los muertos es paso a la vida definitiva, la que ya no podrá acabarse.

             El avance del año litúrgico nos pone mirando hacia una realidad que no es demasiado lejana…, y a la que hay que saber ver con esas “gafas” nuevas que inyectan esperanza en la vida de cada uno. Vamos muriendo un poco cada día. Pero resucitaremos a la Vida, en unas condiciones de seguridad plena, porque allí ya no hay muerte, ni luto, ni dolor…

             La prenda de la Gloria futura es LA EUCARISTÍA: en ella estamos y lo necesario es saber ir hacia ella con un sentido autentico de actualizar al HOY la muerte y Resurrección de Jesucristo. Esa exclamación de llamada que se hace al final de la aclamación: Ven, Señor Jesús, es también un “Voy, Señor”… Jesús nos sale al encuentro, pero ya caminábamos nosotros hacia Él.  Ese es el paso del año litúrgico por nosotros. Es una pregunta que nos debemos hacer: si el año que empezó en el Adviento pasado, y está desembocando en un anuncio de la muerte, ha supuesto para nosotros una actitud de replanteamientos de muchas cosas…, un crecer, un mejorar, un tener entre manos una manera concreta de atajar ciertas deficiencias.
            

             La 2ª lectura –que no está en este recorrido- nos pone delante la razón de nuestra seguridad: Dios es fiel y nos dará fuerzas y nos librará del malo.  Y como estamos en el sprint de la recta final, lo que realmente hemos de hacer es ver hacia adentro, y deducir esas novedades hacia afuera que nos vayan haciendo caminar gozosos a nuestro definitivo abrazo a Dios.

sábado, 9 de noviembre de 2013

ZENIT informa.- EL PAPA A LOS ENFERMOS

Francisco a los enfermos: 'No se avergüencen de ser un tesoro precioso de la Iglesia'
El papa a los voluntarios del Unitalsi. 'Vuestra obra no es asistencialismo o filantropía, sino genuino anuncio del evangelio de la caridad' en un contexto que tiende considerar la enfermedad sólo como un problema
ROMA, 09 de noviembre de 2013 (Zenit.org) - El santo padre Francisco esta mañana encontró en el aula Pablo VI en el Vaticano, a los voluntarios del Unitalsi (Unión nacional italiana transporte enfermos a Lourdes y santuarios internacionales), asociación italiana de voluntarios conocida principalmente por su acompañar a enfermos y discapacitados a peregrinar a los santuarios marianos.

LAS PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO
“Queridos hermanos y hermanas, les saludo con afecto, especialmente a las personas enfermas y discapacitadas, acompañadas por los voluntarios, a los asistentes eclesiásticos, a los responsables de las sección y al presidente nacional, a quienes les agradezco por su palabras.
La presencia de cardenales, obispos y personalidades institucionales es un signo del aprecio que la Unitalsi encuentra en la Iglesia y en la sociedad civil.
Desde hace 110 años vuestra asociación se dedica a las personas enfermas o en condiciones de fragilidad, con un estilo típicamente evangélico. De hecho vuestra obra no es asistencialismo o filantropía, sino un genuino anuncio del evangelio de la caridad y del ministerio de consolación.
Pienso a los tantos socios de la Unitalsi esparcidos por toda Italia: son hombres y mujeres, mamás y papás, y tantos jóvenes que movidos por el amor de Cristo y su ejemplo de Buen Samaritano, delante del sufrimiento no voltean la cara para el otro lado. Al contrario buscan tener una mirada que acoge, una mano que levanta y acompaña, palabras de confort, abrazos de ternura. No se desanimen por las dificultades y el cansancio, sino por el contrario sigan donando su tiempo, sonrisa y amor a los hermanos y hermanas que tienen necesidades.
Que cada personas enferma y frágil pueda ver en los rostros de ustedes, el rostro de Jesús; y que también ustedes puedan reconocer en la persona que sufre la carne de Cristo. Los pobres, también los pobres de salud son una riqueza para la Iglesia; y ustedes de la Unitalsi, junto a tantas realidades eclesiales, han recibido el don y el empelo de recoger esta riqueza, para ayudar a valorizarla, no solamente para la misma Iglesia, sino para toda la sociedad.
En el contexto cultural y social de hoy es más bien tendiente a esconder la fragilidad física, a considerarla solamente un problema, que pide resignación o falsa piedad o a veces el descartar las personas.
La Unitalsi está llamada a ser signo profético y a ir contra esta lógica mundana, ayudando a quienes sufre a ser protagonistas de la sociedad, en la Iglesia y también en la misma asociación. Para favorecer la real inserción de los enfermos en la comunidad cristiana y suscitar en ellos un fuerte sentido de pertenencia es necesaria una pastoral inclusiva en las parroquias y en las asociaciones. Se trata de valorizar realmente la presencia y testimonio de las personas frágiles y que sufren, no solamente como destinatarias de la obra evangelizadora, pero como sujetos activos de esta misma acción apostólica.
Queridos hermanos y hermanas enfermos, no se consideren solamente como objeto de solidaridad y de caridad, pero siéntanse insertados a pleno título en la vida y en la misión de la Iglesia. Ustedes tienen un lugar propio, un rol específico en la parroquia y en cada ámbito eclesial.
La presencia silenciosa de ustedes es más elocuente que tantas palabras, la oración de ustedes, la oferta cotidiana de los sufrimientos en unión con las de Jesús crucificado por la salvación del mundo, la aceptación paciente y también gozosa de la condiciones, son un recurso espiritual, un patrimonio para cada comunidad cristiana. Nos se avergüencen de ser un tesor precioso de la Iglesia.
La experiencia más fuerte que la Unitalsi vive durante el año es la peregrinación a los santuarios marianos, especialmente al de Lourdes. También vuestro estilo apostólico y vuestra espiritualidad se refieren a la Virgen santa. ¡Descubran nuevamente las razones más profundas! En particular imiten la maternidad de María, la atención materna que ella nos dedica a cada uno de nosotros. En el milagro de las bodas de Caná, la Virgen se dirige a los siervos y les dice: “Todo lo que les diga, háganlo” y Jesús ordena a los siervos de llenar con agua las ánforas y el agua se vuelve vino, mejor del que habían servido hasta ese momento.
Esta intervención de María junto a su Hijo, muestra la cultura de esta Madre hacia los hombres. Es el cuidado atento a nuestras necesidades más reales: ¡María sabe qué necesitamos! Ella se ocupa de cuidarnos, intercediendo junto a Jesús y pidiendo para cada uno de nosotros el don del 'vino nuevo', o sea el amor, la gracia que nos salva. Ella intercede siempre y reza por nosotros, especialmente en el momento de la dificultad y de la debilidad, en el momento de la angustia y del desorientamiento, especialmente en la hora del pecado. Por ello, en la oración del Ave María, le pedimos “ruega por nosotros pecadores”.

Queridos hermanos y hermanas, encomendémonos siempre a la protección de nuestra Madre celeste, que nos consuela e intercede por nosotros junto a su Hijo. Nos ayude Ella a ser ante quienes encontremos en nuestro camino, un reflejo de Aquel que es “Padre misericordioso y Dios de cada consolación”.

UNA NUEVA APORTACIÓN DEL BLOG

                  Dado que el SERVICIO ZENIT informa cada día de la homilía del Papa en Santa Marta, el blog del Apostolado de la Oración de Málaga va a ofrecer a sus seguidores esa riqueza de doctrina, tan sencilla en la expresión como profunda y sugerente en los contenidos.
                 De esa manera SE ABREN LOS OJOS a otras expresiones, y tan cualificadas explicaciones del Evangelio del día.

9 nov.: "PAN SUCIO", dice el Papa

9 novb. El “vil dinero”
             Jesús sigue su discurso de ayer. No está cambiando de tema, sino que la lectura continua va abriéndose poco a poco. Ayer Jesús expresó la alabanza del amo de la parábola (que no representa a Dios ni a Jesús, sino a un amo humano cualquiera), quien dentro de lo que le han robado a él, no puede menos que admirar la astucia del administrador ladrón, que ha sabido prepararse el terreno para no quedarse en la calle cuando quedara despedido.
             Jesús no entra en la alabanza a esa trampa, sino que hace pie en lo diligente que es cualquiera para sacarle provecho a las cosas humanas, y mostrar que diligentes así los quiere Él en la respuesta a la voluntad de Dios. Que todo lo linces que somos para averiguar, aprender, obrar…, en lo humano diario, lo seamos –siquiera igual- para las cosas que son de Dios y del interés de Dios.  Un padre da mil vueltas para que a su hijo no le falte nada…, y muchas veces lo hace –decía el Papa ayer- dándole “pan sucio” a su hijo (comprado con dinero negro o sucio…)  Y  el interés que pone en dar un bien material a su hijo, no lo tiene igual para enseñarle los valores sobrenaturales…, para grabar en el corazón de esos hijos a Dios como referente indispensable.
             Hoy sigue Jesús en el mismo tema –[Lc 16, 9-15]- empleando siempre un epíteto negativo junto a la palabra “dinero”. Y no es que el dinero al que se refiere sea “dinero negro”, sino que el dinero va ennegreciendo la vida de quien se apega a él.  No perdamos de vista esos epítetos, porque podemos asustarnos al leerlo. Luego se va explicando todo, pero de momento venía Jesús de la parábola del mal administrador. Y sigue en esas expresiones. Ahora, por ejemplo, dice: Ganaos amigos con el dinero injusto. O sea: el dinero sigue con su epíteto peyorativo. Pero se puede “blanquear” si el dinero que uno tiene y que se le pegaría a las manos (por eso es “injusto, vil, el dinero)…, lo emplea en ayuda a quien necesita. Y lo que era “injusto”, puede salir compartir las moradas eternas.
             Y Jesús da un paso adelante: Ya no es sólo ni exclusivamente “el dinero”. Ya es la fidelidad en lo menudo…, que lleva a la fidelidad en lo que es mayor. Vamos avanzando, y ya vemos que la mirada de Jesús iba mucho más lejos que a un puñado de monedas.  Ahora pasa de la fidelidad en el uso del dinero a la fidelidad y honradez en “las cosas grandes”…, lo que vale de veras.  Pedagógicamente es una pieza maestra, porque va avanzando en la idea, y va introduciendo en temas de trascendencia.
             Hay un fondo de enorme importancia: Nadie puede servir a dos amos, porque o se da a uno o al otro.  Aplicando de primeras: no podéis servir a Dios y al dinero.  O se sirve a uno o al otro.  Y como el “dinero”, como se ha visto, traspasa los límites de “la moneda”, lo que queda bien claro es que Dios tiene que estar por encima, por delante, y –por decirlo así- fuera de los temas que se han de resolver humanamente.  Primero, y sin rivales, es DIOS.  Luego, pospuesto, lo demás.  Eso ya había quedado dicho, de entrada, en Lc 14, 25.
             Pero la realidad da actitudes contrarias en el modo de proceder de tantos… Unas veces es el dinero, y hasta el dinero vil (el dinero sucio, el dinero negro). ¿Dónde está ahí Dios? Y aunque fuera un cristiano quien hiciera esa obra sucia, aún con las mejores motivaciones, ¿dónde está ahí Dios?
             Y surge la pregunta: ¿Y deja de hacerlas, en nombre de Dios…, cuando recapacita y se pone delante a Dios? ¿O encontramos demasiados “cristianos” que se echan a las espaldas a Dios para seguir haciendo “las suyas”?
             Pero, perdonadme…, no sea que nos escapemos por la tangente. ¡Que el “vil dinero” no es “vil” por ser dinero, sino porque algo envilece!  Al mismo dinero.  Y ahí detrás, más que el “dinero negro” y el “pan sucio”, está la mano del hombre “sucio y negro”.  Ahí detrás, sosteniendo ese terrible edificio de la mentira, el fraude, la trampa, el desfalco, el robo de guante blanco, o el engaño “de andar por casa”…, está en la vileza y negrura del Yo, del amor propio, del orgullo.  No es posible servir a Dios y al Yo, porque se ama al uno o al otro. Y ahí donde se ponga el corazón, ahí será donde se servirá. [Lo que es otra forma de engaño es pretender hacer la amalgama de Dios y el “dinero” –el amor propio de cada cual-, y querer así ir zigzagueando para agradar a Dios.  ¡Éste es el pecado común de muchos! (y sálvese quien pueda…, que yo estoy también en ese naufragio)]!
             Así se encontró Jesús con la burla de los fariseos –“amigos del dinero”, apostrofa el evangelista- porque ellos habían “conseguido ser “los mentores espirituales” de un pueblo…, cuando estaban apegados al dinero y con él trampeaban para parecer más buenos ante Dios. Claro: el dinero los había hecho poderosos…, influyentes…, sobornadores…, y ¡hasta habían llegado al límite de ser capaces de alterar los mismos mandamientos de Dios!

             ¿Entendemos ahora mejor el contexto en el que habla Jesús? ¿Podemos ahora ser más sinceros para descubrir en nosotros las posibles “ráfagas” que tenemos, y que necesitan esa criba que nos lleva a tener en cuenta que no se puede servir a dos amos;  que o a Dios o al dinero?

viernes, 8 de noviembre de 2013

8 novb.: ASTUCIA y mucha sinceridad

8 novb.  ASTUCIA
             Vaya como marco de esta reflexión de hoy lo que Pablo escribe a los fieles de la comunidad cristiana de Roma: para mí es cosa de amor propio anunciar el Evangelio. Sería un prurito digno de embrazar por cada uno de los lectores de este blog.  Por mi parte, puedo asegurar que no intento en cada comentario sino poner el Evangelio por delante; ofrecer un modo de ir aficionando al Evangelio, y que pueda ser como una pequeña ayuda para que todos hagan igual, aunque ya se sabe que cada uno desde la realidad de él mismo.
             Hoy, por ejemplo, sería muy fácil perderse en los detalles, cuando la parábola no tiene más enseñanza directa que la frase final. Ni Jesús está contando una actitud edificante, pues aquel administrador en un tramposo desde que es presentado en escena.  Ni Jesús está alabando todo el trapicheo con que una mentira viene a tapar la otra. Todo eso es rechazable moralmente. No obstante Jesús se ha fijado en un hecho que admira: cómo para el mal y para las cosas de la vida, nos hacemos tan “finos” y buscamos las vueltas para sacar nuestros intentos adelante.  Y esa capacidad que hay para conseguir humanamente lo que agrada, gusta, atrae, se desea…, eso sí es admirable.  Quiere decir que cada persona tiene dentro un almacén de recursos para sacar la suya adelante. Como aquel administrador, mentira sobre mentira y trampa sobre trampa.
             Admirada la astucia, en cuanto capacidad para alcanzar lo que se quiere, Jesús pasa a lo que va a dejar claro cómo desea que seamos en lo que respecta a nuestra vida práctica creyente y de seguimiento de Jesús. Porque si los hijos de las tinieblas son tan perspicaces para obtener sus fines malos, ¿cómo no va a ser posible a los hijos de la luz poner en juego sus capacidades buenas para superar la dificultad que puede ofrecer el crecimiento en la fe y en la vida cristiana?
             En mi trato con las gentes –de todas las edades- he escuchado miles de veces la imposibilidad de las gentes para sacar un rato de lectura espiritual, de hacer una Visita al Señor, de tomar unos minutos el Evangelio, el frecuentas más la Eucaristía, o la Confesión, atender a un familiar enfermo…: “No tengo tiempo; estoy de la mañana a la noche sin parar”. Yo dejo caer una pregunta inocente…:  ¿viste tal programa de TV?; ¿viste el partido tal?; ¿viste tan acontecimiento social?...  Y resulta que un altísimo porcentaje de ellos sí lo vio.  Y les concluyo: donde se pone interés, se saca tiempo…
             Eso es lo que –en su estilo de parábolas- ha expuesto Jesús. Jesús no hace sino sacar de la vida diaria. Y desde ahí ponernos ante la personal realidad. Porque de nada serviría la parábola, ni el discurso de un Doctor de la Iglesia, si al final nos apoltronamos en esa mentira, a la que pretendemos hacer “verdad” para convencernos a nosotros mismos de lo que realmente no podemos estar convencidos. Hay que tener ya una patología muy acusada para volver –convencidamente- lo blanco en negro.
             Pongo el caso de quien dice que no sabe sacar nada del Evangelio…, que no sabe hacer oración meditada… Y comprendo perfectamente que no se nace sabiendo, y que el aprendizaje no viene por ciencia infusa. Pero hay una consecuencia fácil: “no sé” o “no saco nada”…, y por eso lo dejo: “yo no puedo hacer eso”.  Y pienso siempre cómo se aprende un idioma, o cómo se domina un problema algebraico… Es necesario tiempo y constancia, búsqueda una y otra vez; “fallar” muchas veces (como el niño que aprende a andar y se cae).  No es fallo; es la dificultad del aprendizaje.
             Hay personas con dificultad fuerte para la introspección. O le tienen miedo, o no se han puesto de verdad. Cierto que se requiere una base de vida interior. Pero una vez supuesto que una persona puede gustar en silencio de esos sentimientos de Cristo (en el Evangelio), por poco que sea, y que –de hecho puede hacer su oración-, el examen de sí mismo no es tan difícil. Lo que hace falta es no ofrecerle un frontón de amor propio por el que se opone resistencia a esa entrada dentro de si y el descubrimiento de un interior.  Si se pusiera al servicio de esa “entrada en uno mismo” la misma claridad (a veces, ratonera) con la que descubrimos los defectos ajenos…, ¡ya hasta sus intenciones!..., ya estaríamos entrando dentro de nuestra alma, con gran provecho y mayor eficacia en nuestros buenos deseos.

             Jesús puso la parábola para eso. Y perderse en los detalles es no entender nada e irse por las ramas. Con frecuencia viene quien dice que no entiende el Evangelio…, y suelo responder que posiblemente es que lo está entendiendo mucho mejor. Y cuanto más se adentre uno en él y en la enseñanza de Jesús, más difícil se hace “entenderlo”, porque uno pretendería tener a Jesus al alcance de sus manos y de su fácil práctica cristiana. Pero ese Jesús, hecho a la medida de nuestros deseos…, de nuestra pequeñez humana, no existe; no es el Jesús que nos ha revelado el Espíritu Santo a través de esa riqueza de los 4 evangelios…, ese “libro que nunca se acaba”, que no puede “saberse de memoria”, y que tantas veces vayamos a él, nos dará un sabor distinto (aun en un mismo párrafo). Y es que la riqueza de la Gracia de Dios no es abarcable por la mente y por el corazón humanos.  ¡Siempre cabe MÁS…!, cuanto MÁS ES DIOS, por encima de toda capacidad humana.  Dios siempre4 desborda. ¡¡¡DIOS ES DIOS!!!

jueves, 7 de noviembre de 2013

7 novb.: Dibujando el Corazón de Dios

7 novb.: Encuentros y alegría

             Entramos en el mágico capítulo 15 del evangelio de San Lucas. El autor echó el resto en ese capítulo. Si Lucas pretendió unirlo argumentalmente con lo anterior, quiere decir que Jesús había expuesto una doctrina que había atraído precisamente a los desechados de los dirigentes religiosos. Publicanos y pecadores –de aquel grupo de “mucha gente” que ayer veíamos que seguía a Jesús- son los qe hoy viene a destacarse y sobre los que Jesús habla y se explaya.
             Otra hipótesis es que Lucas ha dejado concluido ya su discurso anterior, y que ahora quiere tomar una línea que va a caracterizar el “tercer” evangelio.
             “Acercábanse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle”. Ni que decir tiene que –enfrente y murmurando- estaban los fariseos: -Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Dos posturas ante una misma situación. El necesitado, el pecador, el humillado, el despreciado…, se acerca… El santón mira de lejos sin implicarse en nada, y murmura.
             Y Jesús “da sentencia” sin decir nada que parezca tal. Vuelve a su gran recurso pedagógico de la parábola, una pieza fenomenal para decir lo que tiene que decir, a un auditorio que así es como entiende, y sin buscar enfrentamientos dialécticos.  El capítulo se compone de tres parábolas: dos “menores” y una que es la reina de las parábolas. En realidad esa magna lección del amor del Corazón de Dios, no nos la va a brindar ahora la liturgia. Se queda en las dos menores. En realidad expresan las tres la misma idea.
             La primera parábola es la de un pastor, esa figura tan manejada por Jesús, y que la gente conocía en la vida práctica diaria de forma tan familia: el pastor de un rebaño, que sale por los montes en busca de pastos que alimenten a sus ovejas. Una vez en el monte, una oveja se separa del rebaño y, cuando quiere acudir el pastor, se le ha extraviado.  No perdamos de vista que los pastores conocen a cada oveja por su nombre; las tienen individualizadas… Ahí donde cualquiera de nosotros las ve todas iguales, el pastor sabe cuál es cada una.  Y a este pastor se le ha perdido no sólo “una oveja” sino tal oveja. Por tanto, tiene en ella y con ella una “relación” personal.  En cuanto la echa de menos, se va en su busca. Las 99 restantes están en el monte y allí quedan.  Pero la que se ha perdido, no puede dejarla perder.
             Yo he presenciado a un pastor que arriesgaba su vida ante una oveja que por un tronco seco caído se había encaramado en la techumbre de una casa en ruinas. Aquel pastor de la parábola de Jesús también arrostra sus riesgos, pero logra llegar a la oveja y la recupera.  Cuando regresa a sus apriscos con las cien ovejas, va gozoso por la oveja perdida que ha logrado rescatar.  Y como tal alegría no puede contenerla dentro, porque para él es un triunfo que esa oveja duerma esa noche junto a las otras, se va a los otros pastores, a los amigos y vecinos para decirles: ¡Felicitadme!, porque había perdido una oveja y la he encontrado.  Y aquello no era ninguna niñería, y los amigos y vecinos y demás pastores se congratulan con él.
             “Pues así habrá también más alegría en el Cielo por un pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Aquí hay más matraca de la puede sacarse a primera vista: oveja perdida y encontrada, alegría del encuentro, alegría que se comunica.  Pero ¿Quiénes eran esos “noventa y nueve que no necesitan convertirse?  ¿Se refería Jesús realmente a 99 JUSTOS…, o allí, en esos “noventa y nueve” están los tan pagados de sí mismos –los fariseos murmuradores- que se consideran mejores que todos los demás hombres? ¿Serán esos recalcitrantes que no tiene de qué convertirse, porque se consideran impecables y superiores? ¿Será por eso por lo que no participan de la alegría del pastor gozoso, pues no tienen ni la capacidad de mirar por los ojos de otro y de los sentimientos de otro, porque ellos van “a su bola”?
             A mí me hace pensar mucho. Que el pastor “dejara las noventa y nueve” por los montes, como si se despreocupara de ellas, no es el núcleo de la parábola. Más bien sería que esas “noventa y nueve” son las que “pastan al margen”…  Al fin y al cabo el capítulo 15 se introduce con estas palabras que definen las dos actitudes: los publicanos se acercan; los fariseos murmuran porque Jesús acoge a los pecadores. Los “perdidos pecadores”, se dejan coger. Los altaneros fariseos, miran desde lejos para murmurar.
             En la otra semejante parábola de la mujer que pierde la moneda y se deshace removiendo su casa entera hasta encontrarla, Jesús repite el mismo esquema que en pastor, pero hay un añadido: la alegría entre los ángeles, alegría contagiada por aquella mujer que no se ha limitado a buscar (hasta encontrar) su moneda, sino que participa su alegría a vecinas y amigas.

             Ese es el Corazón de Jesucristo…, ese es el Corazón de Dios. Eso es el celo del bien de los demás. Esa es la nobleza de sentimientos que preconiza Jesús. No ha entrado siquiera en dirigirse a los fariseos, en comentar algo de ellos, en recalcar su fallo.  Lo que ha hecho ha sido poner lente de aumento en LO POSITIVO y expresar la alegría de lo bueno.  Y que sean los fariseos quienes sepan escuchar y sacar consecuencias de esas parábolas que no están de adorno.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

6 novb.: Precio del cubierto

6 novb.: Invitados y exigidos

             Lo que nos deja hoy Lc 14, 25-33 es inmediato a lo de ayer. Y ayer nos estaba exponiendo Jesús cómo se abrió la puerta del banquete del Reino a quienes no estábamos inicialmente invitados. Ahora lo estamos, y nosotros llegamos a completar el “aforo” del Reino. Agradecemos la invitación. Pero al “banquete” no se entra de cualquier manera, ni se ofrece cualquier “menú”.  “Si alguno se vine conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. Por consiguiente, estamos invitados…, pero se nos exige algo para estar en el banquete del Reino.  Habrá que decir que vale tanto este Reino, que exige mucho estar en él.
             Por lo pronto, estamos invitados pero no obligados. Otros se excusaron antes, y puede haber excusas en los nuevos invitados. La propuesta de Jesús es condicional: Si alguno quiere…  ¿Decimos que queremos? Comienza, pues el código obligatorio para alcanzar la invitación. Por lo pronto, puesto en in platillo Jesús, y en el otro todo lo demás, tiene siempre que pesar más el platillo de Jesús. Más que el padre, la madre o los hermanos y hermanas. Ellos son muy importantes pero “pos-puestos”: situados siempre en un grado inferior a Jesús, de modo que nunca sea una razón de excusa para no comer el banquete las influencias de aquellos.
             Más aún…, y hasta más peliagudo (en la práctica): Jesús tiene que estar más arriba y por delante que uno mismo.  Suelo decir que el “gran rival de Dios en mí SOY YO MISMO”.  Y ahí van ya puestas mis apetencias, mi buen nombre, mis planteamientos, el “qué dirán”, el “no me gusta”, o el consabido “no tengo tiempo”, y el más peligroso recurso al “yo soy así”. Todo eso es el conjunto de sinceridades que tiene que dilucidar el que aceptó la invitación.
             La reacción normal es decir: “qué difícil es el Evangelio”, “es que cuesta mucho el banquete”. Ya lo sabía Jesús, y no se cortó por ello: ha invitado y es libre la aceptación. Pero el que la acepta, tiene que llevar la cruz detrás de Mí para ser discípulo mío.
             Y como las parábolas son el gran elemento docente (que destensa pero no suaviza) en la pedagogía de Jesús, cuenta ahora dos pequeños cuentecillos: un hombre que va a construir una torre, primero tiene que ver calcular si tiene dinero para acabarla. Pues igual el “invitado” ha de calcular y tomarse la temperatura antes de dar el paso. De lo contrario, la gente se reiría de aquel de la torre inacabada…, o de mí que dio un paso de ciego.
             O un rey al que le atacan con 20,000 soldados. Lo primero es plantearse si él puede hacer frente siquiera con 10,000. Porque si no, envía por delante legados, para pedir las condiciones de una paz honrosa. Jesús está planteando muy a fondo que seguirlo a Él en ese Reino al que hemos sido llamados, no es un medio-estar, un medio-cumplir…  Por eso concluye –ahora sin parábolas-: Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.  ¡Y no nos escapemos ahora por el tema de “los bienes”!  Porque muy por encima –y más peligroso que el dinero- está el YO-mismo, que es el que cuece decisiones o fracasos, victorias y derrotas.
             Advierto –aunque ni sería necesario- que no es el YO quien tiene las fuerzas para vencer y ni siquiera para decidir con plena determinación. Es indispensable siempre la ayuda de la Gracia de Dios. Esa no faltará nunca para que lleguemos a poder aceptar la invitación…, y ¡nos sobrarán fuerzas! Lo que sí es posible es escurrir el hombro y dejar perder los impulsos que nos pone a la mano Dios.  Gráficamente podríamos expresarlo: la “madera” con que estamos hechos todos es la misma. De esa madera salen Santos y demonios; sobresalientes y vulgares; luchadores y “pasotas”; valientes y pusilánimes… Para ser ese primer término de cada binomio, hay que posponer muchas cosas, y hay que aceptar que seguimos a un Amo que lleva ya a cuestas su cruz. Para ser el segundo elemento de cada binomio basta dejarse llevar por la corriente, el ambiente, la comodidad, la desgana, etc., etc.

             Es, pues, el Evangelio de hoy una pieza esencial para el planteamiento de un cristiano, seguidor del Cristo del Evangelio. Por eso Jesús nos ha puesto esas dos parábolas para estimularnos a una respuesta en sinceridad.  Ya sabía Él con la facilidad que nos colocamos cada uno la medalla de nuestro buen hacer, y quería prevenirnos de que eso no basta. Y el cúmulo de justificaciones y excusas subrepticias con las que intentamos siempre dulcificar el Evangelio, son las “grandes aportaciones” que le brindamos a los enemigos de la fe…, o –casi peor- que nos dejan contentos a nosotros, en vez de sentirnos exigidos siempre a UN NUEVO PASO HACIA EL MÁS.

martes, 5 de noviembre de 2013

5 novb.: A propósito del banquete

5 novb.: El banquete trae cola

             Ayer aprovechó Jesús una invitación a un banquete para exponer cómo es necesaria la grandeza de alma de ofrecer sin estar buscando la correspondencia. ¡Ya te pagará el Señor en su momento!
             Eso levantó una aprobación emocionada en uno de los comensales, que exclamó: Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios. No era poco el primer efecto de aquellas palabras que oíamos ayer de boca de Jesús. Lo que manifiesta que nunca se pierde el bien que se hace o la buena palabra que se dice. Si es verdad que muchos no se enteran, también es cierto que hay quien capta más de lo que podría estar en una primera línea.
             Jesús aprovecha la situación para poner una parábola –ese gran recurso con el que mejor expresa su pensar- y cuanta un supuesto banquete al que el anfitrión invita a una gran cantidad de amigos y conocidos de su entorno.  Y de ellos empieza a recibir excusas para no acudir al banquete.  Es una imagen vivísima de la invitación amplia que Dios hizo a su Pueblo para que liderara la fe del mundo. Pero en ese ”pueblo” empezaron a escurrir el hombro, unos por unas cosas; otros, por otras. Jesús está contando un “cuentecillo”, pero ya pueden estar mirándose en él los mismos invitados al banquete en que se desarrollaban estas cosas, porque lo que Jesús está cuestionando es la fidelidad de los invitados por Dios.  Y no estaba aquel pueblo por la labor.
             El amo de casa recibe las excusas y comprueba los muchos puestos que van a quedar vacíos, y amplía su invitación a los que estaban más despistados por las calles y plazas. Ellos van a aprovecharse de las ausencias de los primeros invitados.  Acuden y aún queda sitio…
             Y he aquí un punto de gran trascendencia en la historia del Reino: dado que el Pueblo de Dios no ha acudido y no ha querido gozar de su elección, Dios abre sus brazos al mundo entero: a los que van por los caminos y senderos…, ese mundo exterior a Israel. Y ahí –que es donde estamos nosotros- se abre el Reino para que nosotros seamos parte de él, con todos los privilegios y la saciedad que podemos tener en tan inmenso banquete. Quería aquel amo que les insistiese… Si Israel había fallado a la cita, había ahora que saber aprovechar la oportunidad.
             Aquí está el núcleo de esta parábola. Lo que bien sabemos (por otra parábola semejante) es que la invitación generosa y gratuita no permitía vestir “de trapillo”, porque a tan generosa invitación hay que corresponder con finuras de agradecidos.
             Remito a la 1ª lectura para hallar “traje a propósito” para asistir a ese banquete del Reino. Lo que Pablo dice a los fieles de Roma es que la norma de oro es no quedarse en ser buenos, sino aspirar a ser mejores… Y que eso pide unas condiciones:  no se puede uno dejar llevar por las formas mundanas, ni en criterios y enfoques egoístas y placenteros de un mundo narcisista. Hace falta una capacidad de amar muy sincera (ya es un golpe mortal al egoísmo) estimando al otro más a uno mismo.  [No nos quedemos en “el sermón” para “Fulanito”, e hinquemos el diente a nuestra propia manzana, porque sólo desde esa reflexión constante que busca la verdad, seremos como Pablo va describiendo]. Nunca cruzados de brazos como quien ya hizo todo y no necesita ya hacer casi nada… Ardientes en el espíritu para servir constantemente al Señor. Llenos de esperanza, que nunca se pierde, porque la pusimos en Él y eso nos tiene bien agarrados.
             Asiduos es la oración –es la parte que mira a Dios-; ayudando a otros en su necesidad (el complemento necesario). Hablando bien de los demás (=bendiciendo…, bien-diciendo), alegrándose de las alegrías de los otros o sufriendo con ellos sus penas.
             Ese es el “traje de boda” que tenemos que llevar puesto. Y –claro- una cosa es describir “sus piezas”, y otra muy diferente es “probárnoslas a la medida”.  Eso sólo se alcanza desde la oración reflexiva, desde la posterior mirada a uno mismo.  Porque oramos como el artista que va intentando dibujar un paisaje, y no le pierde vista. Pero el artista necesita retirarse un poco de su cuadro para tomar perspectiva y comprobar que hay una buena proporción en los diversos planos que va pintando y la realidad contemplada.
             El fallo fácil y frecuente es embobarse con el paisaje, dejar unos trazos dibujados y no mirar a la obra en que se estaba intentando reproducir.  Un mal artista acaba quedándose con lo que haya salido, y no ha sabido echar esa mirada reflexiva sobre su propia obra. No corrige trazos mal dados, desproporciones diversas, y hasta algún posible borrón que se le ha caído sobre el lienzo.
             El hecho de que la Palabra de Dios sea viva, eficaz, penetrante…, y que no vuelve a Dios vacía…, nos está poniendo a las claras cómo necesitamos ser mucho más atentos y penetrantes también nosotros, para no quedarnos en la superficialidad del “mal artista”.

             Invitados al banquete del Reino –porque Israel falló a su invitación- no podemos perder de vista que se puede también ir quedando uno en el zaguán de entrada. Y que hay que buscar acicalarse lo mejor posible para gozar en la mayor plenitud de esa invitación que hemos recibido.

lunes, 4 de noviembre de 2013

4 novb.: Agradecimientos y adulaciones

4 novb. Buscadores de recompensas
             Poco juego da hoy el evangelio para explicar o buscarle la vena. Una vez más Jesús va a la médula de una situación que le hace daño en su alma: los que hacen un favor, los que invitan a su banquete, lo hacen con la “ventaja” de que –a la reciprocidad- serán ellos también invitados. Y eso le duele a Jesús, porque es una actitud ventajista en la que falta la gratuidad. Y con sus modos extremos –a ver si logra hacerse entender- enseña que la invitación al banquete se haga a pobres, lisiados, ciegos y cojos.  Ya de por sí es llamativo que pretendiera incitar a esa clase de invitaciones, tan poco gratificantes. Pero lo es mucho más cuando se conoce la historia de Israel, que sentía muy especial aversión a los cojos y ciegos, por ese resentimiento ancestral que les había quedado desde los tiempos de David, cuando una ciudad, a la que David intentaba conquistar, mandó un legado para blasonar que se bastarían los ciegos y los cojos para echar impedir la entrada al rey de Israel.  Era, por tanto, mucho más llamativo lo que Jesús estaba diciendo…, y lo estaba diciendo con toda intención. Pero ahí estaba el botón de fuego que ponía ante aquella realidad que da…, pero en el dar hay ya otra mano extendida para recibir. Y eso es lo que Jesús no entiende ni quiere entender.
             Son esas cosas que –sin tener paralelo, ni casi parecido- me han martilleado hoy en mi oración, cuando ha estado presente un reproche amistoso de la falta de reconocimiento de las cosas buenas que puede haber ahí fuera, que puede haber en otras personas. Ciertamente insisto siempre en esa expresión de Pablo: Y sed agradecidos, que es el momento en que Pablo quiere decirle a sus fieles que no sólo deben serlo sino parecerlo; que no basta reconocer un favor recibido, sino expresar esa acción de gracias; que no sólo hay que ver lo bien parecido que está el otro/a, sino que hay que decirle con palabras lo bien que está. Y eso es para mí una necesidad. Y confieso –a la vez- que es en muchas ocasiones lo difícil, no por lo que cueste hacerlo sino por el modo del “recipiente”.
             Enseña Jesús a invitar a quienes no van a agradecer. Y eso hasta puede ser mejor que si ahora se echan encima un día tras otros esos ciegos y lisiados y pobres. Porque se había pretendido estar libre de esos amigos y familiares y ricos que pueden invitar, pero no a cambio de otra pléyade de personas que se cuelgan de la levita. El agradecimiento es una cosa –y esa le gustaba a Jesús y hasta la echaba de menos sino se daba-. El que se cuelga del brazo ya es otra cosa. Y eso abruma primero y molesta después.
             Por eso puede provocarse una reacción de no aparecer agradecidos, de parecer no saber reconocer los méritos…, porque lo que Jesús estaba poniendo delante era una independencia para obrar, incluso a la hora de algo tan íntimo como un banquete.  Y luego está la segunda parte de ese laberinto: cuando se le reconoce a la persona un hecho o actitud y de ahí saca la consecuencia de que todo el monte es orégano.  Con capacidad de introspección, hay que saber distinguir al ciego que viene porque es tal y al ciego que niega su ceguera. El ciego que lo es para todo (y ahí hay que volcarse), y el que acaba viendo, pero siempre se escapa por la tangente porque ve perfectamente a lo lejos pero es incapaz de mirar hacia dentro.  Ahí se queda cercenado el reconocimiento expreso de muchas cosas buenas, porque en el fondo no se sabe lo que hay detrás de esa “ceguera”. Lo bueno que hay, lo hay, y merece todo lo mejor. Queda colgado el “pero” de lo que no se ve…, de lo que se intuye…, de actuaciones paralelas…, que no siguen la misma línea de ese bien.

             Ya decía San Pablo que Dios nos metió a todos en el saco de la desobediencia, para poder tener misericordia de todos”. O sea: o somos pecadores con toda la realidad reconocida de pecadores, y entonces estamos en el saco de la misericordia de Dios, o no nos dejamos meter en ese saco porque siempre dejamos fuera un brazo o una pierna. Y siendo así que necesitamos tantísimo de la misericordia, resulta difícil englobarnos en la desobediencia, porque –al menos la “cresta”- se ha quedado fuera.  El abismo de la misericordia de Dios es sin fronteras, e irrastreables sus caminos. Ahora toca que nosotros seamos capaces de dejarnos abismar en él, allí donde la misericordia invade como un gozoso tsunamis que purifica toda escoria y todo egoísmo, y toda mala vegetación que haya crecido en nosotros.

             Así enlazaría con el principio: no invitar a familiares y amigos ricos es ya una norma de grandeza, por cuanto que no se invitó para lucirse ni para sacar un provecho. Invitar a pobres, etc., sí, porque los pobres no pueden corresponder. Porque sólo queda ese agradecimiento de quienes tengan siquiera la finura de hacerlo. Pero no habrá otra recompensa. Precisamente era lo que se buscaba…, lo que Jesús quería expresar.  El agradecimiento debe estar ahí, y en la mayoría lo estará. Lo que no está previsto es obtener “de matute” –ahora de los pobres- lo que se había procurado evitar no invitando a los ricos.

domingo, 3 de noviembre de 2013

La decisión de HACER

Domingo 31 C
             El Libro de la Sabiduría, de la Biblia, es de los más expresivos y cordiales. La “Sabiduría” de que se trata aquí no es la que se deriva de estudios o de inteligencias privilegiadas. Este libro de la Sagrada Escritura habla de la Sabiduría que se deriva  de Dios, o que está en Dios de tal manera, que algunas veces está describiendo al mismo Dios.
             Lo que hoy se expresa es la sabiduría divina que se manifiesta en su compasión. Dios lo puede todo. Y en ese poder omnímodo está precisamente poder compadecerse de todos, cerrar los ojos a los pecados de los hombres… Porque una gota de miel hace más que un bidón de hiel. Y la compasión abierta del Corazón de Dios provoca el arrepentimiento –en correspondencia- y la conversión del pecador. Ama Dios a todos los seres y por eso los ha creado. Si odiara a algún ser, no lo habría traído a la existencia. Subsistimos porque nos sostiene la palma de la mano abierta de Dios. Su soplo nos llega y nos corrige para que enderecemos nuestros pasos y así creamos en Dios, convirtiéndonos de verdad a Él.
             Esta descripción –del Antiguo Testamento- nos muestra que Dios no está dividido en Dios del A.T. y Dios del Nuevo Testamento. Dios es siempre el mismo (aunque los escritores bíblicos tengan sus formas de expresarse diversas).
             En este marco que ha trazado la 1ª Lectura, podemos ya entrar de lleno en el Evangelio.  Un caso muy conocido: el de Zaqueo. ¿Quién es Zaqueo? El evangelista traza una fotografía detallada: era publicano (lo que equivalía popularmente a “pecador público”; de hecho el negocio de un publicano era sucio, aprovechándose y trampeando con el dinero que no  era suyo). Jefe de publicanos…, y por tanto el “director de orquesta” de aquel negocio. Consecuentemente, rico (que es el epíteto más descalificador, en el Evangelio).
             A esos rasgos, San Lucas añade como descripción, dos pinceladas más: era bajo de estatura; quería ver pasar a Jesús. Esa “estatura” no es la física, sino la moral… Un hombre de condición “baja”, egoísta, usurera. Y ese es el “gentío” que le impide ver. Su dependencia de su sucio negocio, su temor a la opinión de la gente (el “qué dirán”), el tener que depender del engaño y el abuso…, impedían ver la vida y a las personas como personas.
En medio de esa radiografía tan negra del personaje, hay dos detalles positivos que manifiesta el rescoldo que había en el fondo de Zaqueo.  El motor de lo que va a suceder es su deseo de ver a Jesús, que va a pasar por allí.  Zaqueo saca su valor infantil –entonces inocente- y se sale del “gentío” (rompe sus cadenas) y corre para adelantarse hasta donde él pueda ver pasar a aquella persona que iba aureolada por una fama de hechos y palabras prodigiosas.  Y –roto el respeto humano- gatea por una higuera hasta poder situarse donde nadie le impida la visión. Por decirlo con idea moderna, quería captar la instantánea de ese pasar de Jesús. No aspiraba a más.
Más hete aquí que Jesús –que va de camino- no “pasa” simplemente. Sino que se detiene bajo el árbol.  Que Zaqueo estaba arriba sin hacerse notar, pero que Jesús mira hacia el árbol y toma la iniciativa de ser Él quien llama a Zaqueo…: Zaqueo, baja.  Lo quiere Jesús a la altura de la vida normal. Y ahora, en esa nueva normalidad, le pide hospedarse en su casa. Zaqueo bajó alegre…, y sobre sentir la alegría, sin salir de su admiración. Nadie querría entrar en la casa de un pecador. Ese Jesús, sí. Y entraron. Nada nos dice el evangelio de lo que hablaron. Pero sí nos describe la gran novedad: Zaqueo puesto en pie… (actitud de disposición, de quien va a emprender un camino, de quien muestra algo distinto), y dice: Daré la mitad de mis bienes a los pobres. “DARÉ” es una decisión. Es una toma de postura. No se escapa por la tangente del querría, me gustaría… Es totalmente decidido. ¡Ya empieza a ser algo pobre!  Y sigue en pie…: y si defraudé a alguien, le devuelvo cuatro veces más.  ¡Y sabía él que –en su oficio- había defraudado!  Por tanto, ahora Zaqueo se ha hecho pobre. Por decirlo así, “ha cambiado su apellido” más despectivo.
Jesús acalla las críticas de la gente con una afirmación: Hoy ha entrado la salvación a esta casaTambién éste es hijo de Abrahán (vive la fe de Abrahán).
Nosotros estamos encaramados también a nuestras “higueras”… Nos creemos que vamos a ser los que “demos a Jesús” nuestras “bondades”. Y resulta que es Jesús quien se detiene tanto bajo esa “higuera nuestra”, que dentro de muy poco va a querer hospedarse en nuestra casa.  El tema de “nuestra conversación” podrá ir de una manera o de otra, según nuestro grado de sinceridad. Lo que va a ser determinante es el cambio de actitud…, el ponernos “de pie” o el permanecer sentados…; el decir “HARÉ” o “me gustaría”, “yo quisiera”…, porque cuando Jesús llegue hoy a nosotros y lo tengamos albergado dentro de nosotros, está queriendo “la salvación de mi casa”.  Ahora somos cada uno quienes tomaremos la palabra y diremos de un modo u otro.

Por eso –y porque hemos de ser muy realistas- no suelo impulsar grandes propósitos. Seguramente tendríamos más eficacia en nuestros buenos deseos, si centráramos pequeños objetivos, que sean realizables, y digamos con firmeza: HARÉ… El poquito de ahora y lo de después…

sábado, 2 de noviembre de 2013

2 novb.: En el recuerdo de quienes marcharon

2 novb:       Los fieles difuntos
             Bien podría ser esta conmemoración una continuación de la fiesta de ayer. Si ayer fuera tomado como la celebración de todos los santos reconocidos como tales, hoy vendríamos a recoger esa otra gran masa de los que nadie se ha apercibido de su santidad, pero que de hecho gozan ya de la visión y el abrazo de Dios.  Por otra parte, ha sido costumbre de la Iglesia ese sufragio a favor de quienes han muerto, a quienes los vivos desean el abrazo de Dios.
             Pero si nos vamos al Nuevo Testamento y recogemos el pensamiento cristiano, ahí no hay sino la seguridad –fundamentada en la virtud teologal de la esperanza- que los que fueron bautizados con el Bautismo de Cristo, participan en su plenitud de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo. Por consiguiente, no hay muerte con luto, porque toda muerte del cristiano está abocada a la resurrección inmortal.
             No prescinde ni niega la Iglesia el dolor y el sentimiento por la muere de un ser querido. Eso está en el plano humano y es hermoso que lo haya. Y lo extraño es que no lo hubiera.  Sin embargo muchos somos testigos de personas que han tenido una reacción alta y nobilísima ante la muerte desgraciada de algún íntimo. ¿Qué ha pasado?  Que el sentimiento y el sufrimiento humanos son muy normales y venerables. Pero que quienes viven como actual realidad que la muerte no es pérdida sino encuentro con Dios, triunfo sobre la vida mortal, abandono temporal, llegada a la Casa del Padre…, subliman sus mismos sentimientos doloridos y sobrenada en ellos el gozo de la eternidad feliz que ha alcanzado ya su deudo.
             Cualquiera de las lecturas que hoy puedan tomarse a lo largo de los tres formularios de este día, siempre estaremos tocando otro sentido diferente al luctuoso. Es la altura de la fe, es la convicción de un Dios Padre misericordioso, y de un Jesucristo Redentor, que murió y pasó por ese paso de la vida humana, pero HA RESUCITADO y desde entonces nos metido a nosotros en esa dinámica ascendente de nuestra propia resurrección: la vida no termina; se transforma.
             El símbolo del Cirio Pascual, que preside nuestro Bautismo y las exequias, es muy elocuente: nacemos ya para ser iluminados por la luz de Cristo, y morimos bajo ese inmenso protector que es la Mano de Cristo que nos recoge.  Y en la vida y en la muerte, somos Luz de Cristo para iluminar.

             No iríamos muy lejos de ese tema si hubiéramos seguido la lectura continuada en Lc  14, 1, 7-11. Otra nueva invitación de un fariseo a Jesús para que coma con ellos.  Jesús acepta (como aceptó la de Levi, el publicano). Lo que Jesús no hace es dejarse sobornar por la comida ni por la invitación. Y viendo cómo aquellos fariseos eran ávidos de figurar…, de colocarse en los primeros puestos, Jesús les habla enseñándoles: cando9m te inviten a una boda, no vayas a ocupar los primeros puestos, no sea que hayan convidado a uno de más categoría que tú, y te digan que has de ceder el puesto a ese. Porque entonces, abochornado, tendrás que acabar yéndote al último lugar (que es el que ha quedado libre).
             Por consiguiente, y sacando la consecuencia más evidente, Jesús recomienda situarse en el último lugar. Que entonces, el que te convidó, vendrá por ti para decirte: Amigo, sube más arriba. Y quedarás muy bien ante los demás.
             Cae de su peso que Jesús no está dando un consejo “político” para obtener ventajas. No está la fuerza de la parábola en ese final (que es sólo una consecuencia del bien hacer) sino en el meollo de lo que quiere enseñar.  Y ese punto es:  no pretendáis estar en el centro; evitad los aspavientos que os dejan señalados con el dedo; ocupad vuestro sitio (y no os metáis en el de los demás); evitad los relumbrones, ese estar en medio, el figurar siempre.
             La parábola no puede quedarse para aquellos fariseos, ni para saber que “ocurrió” una vez…, ni  para meditarla. La parábola salta de inmediato desde el papel a mi vida. Y aunque no se trate de una boda, ni de un acto oficial, ni haya alguien de más categoría…, permanece la enseñanza básica: ponte en el último lugar, y allí vendrán a decirte: sube más arriba.  Pero qué difícil es eso. ¡Qué complicado resulta saber desaparecer!...  Y no como un medio de obtener algo a cambio, sino por convencimiento de que ahí está la humildad del corazón, la madurez de la personalidad. Ahí está un camino que mejor predispone a entender el Evangelio…, a estar en el camino del Evangelio.
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Ayer fue PRIMER VIERNES.  Y día de fiesta.
          El APOSTOLADO DE LA ORACIÓN se reunió con una estupenda asistencia, y se tuvo el acto inicial formativo, en el Salón de Actos.
          En el templo, el Rosario, la Exposición y Oración dirigida, Bendición, y SANTA MISA.

          Más de lo que se podría haber esperado en un día festivo, con connotaciones especiales.

viernes, 1 de noviembre de 2013

1 novb.: Los 144,000 señalados

1 novb.: TODOS LOS SANTOS
             La Iglesia recuerda  todos sus hijos que ya gozan de la visión de Dios. Durante todo el año ha ido recordando a santos particulares. Pero aun situando a uno cada día del año, no se abarca a los otros muchos santos que sabe la Iglesia que han superado el paso de esta vida y han desembocado en el abrazo eterno de Dios.
             La 1ª lectura viene  a decirnos –por lo pronto- que son una muchedumbre incontable. Hace sólo unos días que leíamos un evangelio en el que uno le preguntó a Jesús si eran muchos los que se salvan [los que viven el Reino y desembocan en el Cielo de Dios]. Hoy sabemos que es una multitud incontable. Sabemos que siguen a Jesús, y sabemos que llevan en sus brazos las palmas que sintetizan su vida entera. Los hay mártires, que dieron su sangre por amor a Dios. Los hay gentes de a pie que no recibieron en vida un reconocimiento particular de sus méritos. Los hay que el año pasado veían esta procesión desde fuera, y que este año caminan ya con sus palmas, tras el Cordero, en su avance hasta el trono de Dios. Sencillamente hoy celebran su onomástica esos innumerables fieles que se han visto marcados por el amor de Dios, y van avanzando hacia Él en las volandas de sus respuestas de amor.
             Esos innumerables, se saben hijos de Dios.  No sólo es un título como de medalla externa. Es que ya han entrado en la fragua del fuego divino y ya no son sólo humanos… Ya participan de esa naturaleza divina, como la gota de agua que el sacerdote echa en el vino, que ya dejó de ser gota de agua y quedó convertida en vino.  Santos que se saben hijos de Dios, y gozan de esa maravilla por toda la eternidad, sin que nada ni nadie se lo pueda arrebatar.
             Ahí están tantos conocidos, tantas personas que viajaron en el mismo autobús, que estuvieron en la misma consulta del médico, que vivieron codo con codo con nosotros. A ellos los santificó Dios; ellos respondieron con su fidelidad diaria, su pequeña gota de agua.
             El día que Jesús predicó en el Monte, las Bienaventuranzas o dichas de su Reino, marcó líneas blancas, avenidas que recorrer, que sobrepasaban y venían a dejar los Mandamientos como línea de salida. Pero el recorrido de ahora era muy diverso.  Ahora se preconizaba al POBRE y se estaba hablando de la persona sencilla, humilde, sin rincones ocultos, de alma abierta. Se estaba hablando de un pobre que no estaba necesariamente metido en el cajón de lo económico o social, sino en su libre elección de ser hermano de sus hermanos…, de aceptar a cada uno tal como es sin pretender cambiarlo para amarlo…, aunque siempre dispuesto a ayudarle si el tal otro lo pide o necesita. El pobre que ha llegado al grado superior de ser “él mismo”, de aceptarse plenamente a sí mismo, de ser feliz consigo mismo.  Sin complejos, sin recelos, sin envidias, sin nostalgias ni añoranzas. Es quien es, ¡y ese es su tesoro!  Sabe que ASÍ lo ha amado Dios y no “a pesar de”…, y así se ama a sí mismo.  ¿Significa entonces que se cruza de brazos…, comamos y durmamos que mañana moriremos? – Ni mucho menos. Arranca de la aceptación de sí pero no renuncia nunca a ser como Dios lo ha soñado. Su vida fue un caminar siempre…
Y haciendo camino llegó a saber sobrellevar las flaquezas ajenas y propias; a no amargarse por nada, aunque llorara dolores propios o ajenos. A ansiar ilusionadamente esa mejor respuesta al amor de su alma: ¡a Jesucristo!..., aun cuando le supusiera burlas, incomprensiones, persecuciones… Por su parte, siempre hubo respuestas de paz. Actitudes de corazón misericordioso, comprensivo, esperanzado… Suavidad de alma, como tocada por el terciopelo de la mano de Dios…  Verdaderamente reflejaron en sus vidas esa filiación divina: ¡eran hijos de Dios!

La fiesta de hoy tiene un reflejo vivo hacia nuestro momento actual. Si aquellos santos lo fueron a través de la vida normal, y de la fidelidad y la lucha normales, quiere decir que nos estamos situando ya detrás de esa fila incontable de quienes fueron como nosotros y dieron respuesta generosa. ¿Por qué no vamos a engrosar nosotros ese número incontable, si hacemos de nuestra vida una antesala de ese cortejo que ya camina?  Sabemos que un día vamos a caminar. Y lo único que ahora hemos de ir fraguando es ese estilo que nos marca Jesús en las grandes avenidas de las BIENAVENTURANZAS…, bajo la cobertura protectora y estimulante de la vida que Jesús vivió aquí entre nosotros…, la vida que movió a esos hermanos que ya hoy caminan felices.
Íñigo de Loyola era soldado desgarrado y vano [=pecador], como él se define a sí mismo. Pero el día que conoció la vida de San Francisco o Santo Domingo, se planteó un desafío: Y si ellos lo hicieron, ¿por qué no lo voy a poder hacer yo?

Nos aferramos a la fuerza que nos da la Eucaristía, para vivirla de tal manera que sea en nosotros un botón de fuego. Porque si tantos y tantos SANTOS, han podido, ¿por qué no voy a poder yo, si tengo las mismas armas y ayudas que ellos tuvieron?