Liturgia
Rom 12, 5-16 es un texto más para meditar que para explicar. Y no sólo
meditar sino hacer con él un examen de conciencia. Comienza con un bosquejo del
Cuerpo Místico, que no desarrolla
pero que lo deja trazado: somos un solo
cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros.
Y explica cómo los dones que poseemos son diferentes y deben estar al servicio,
cada uno desde su propia realidad, con responsabilidad y empeño.
Y a partir de ahí va enumerando actitudes que deben definir
al creyente cristiano: que vuestra
caridad no sea de apariencias. Y sigue un principio general que es de mucha
envergadura: Aborreced lo malo y apegaos
a lo bueno. Parecería tan genérico que no diría nada. Y sin embargo es un
mundo. Empecemos por el final: “apegaos a lo bueno”. LO BUENO es algo absoluto
que no admite más o menos. LO BUENO es posible de captar por el propio fondo de
la conciencia de cada uno. LO BUENO no admite briznas de “malo”. Lo que supone
entonces que apegarse a lo bueno es no dejarse rozar por lo que no es bueno,
absolutamente bueno. Porque lo que no es absolutamente bueno empieza a
entremezclarse don “lo malo”. Y esa profundidad de análisis de nuestros actos y
nuestro interior es de enorme valor, máxime en estos tiempos en que tanto se
entremezcla y se confunde lo “que no tiene nada de malo” y “por qué no se va a
poder hacer”…, que son subterfugios engañosos para no mirar de frente si algo
es verdaderamente BUENO. Se pretende hoy que “nada sea malo”, que se pueda
hacer cualquier cosa, que se reduzca el bien a la relación con los demás (a “no
hacerles daño”)…, perdiéndose horizonte de lo que está bien y lo que no está
bien a los ojos de Dios. Porque la pauta del bien o del mal nace de la
referencia de nuestra vida hacia Dios y a la voluntad que Dios ha manifestado.
Otro aspecto en el que merece la pena reflexionar es en la
palabra de Pablo: Bendecid, sí; no maldigáis.
“Bendecir” es “bien-decir”. “Maldecir” es “decir mal”. “Mal-decir” es toda
crítica, juicio, acción que pone en evidencia realidades de otro, a las que se
les ve desde el lado negro de unos ojos sucios. San Pablo exhorta a BIEN DECIR.
O se habla bien de otros, o no se habla. Y lo dice no sólo en general sino
también de los que os persiguen. ¡Siempre!
Más aún: Tened
igualdad de trato; poneos a nivel de la gente humilde. Reíd con los que ríen;
llorad con los que lloran. Es todo un programa de vida en el modo de
relacionarse con los demás, bien sea que se les trata, bien sea que no se les
tiene delante. Pero la actitud ha de ser “humilde”…, que es la única manera de
estar al nivel de los demás, puesto que con poco que nos descuidemos, siempre sacamos
la cabeza por encima del otro.
Ya ven que este texto no es para “saberlo” sino para
meterlo dentro.
El evangelio de Lucas (14, 15-24) empieza por un sujeto
emocionado con el banquete del Reino de
Dios…, con la nueva realidad que ha traído Jesús, y la que nosotros
expresamos en la palabra: vida cristiana.
Jesús, sin embargo, hace ver que –a pesar de los pesares-
no todos tienen en tan alto grado ese BANQUETE. Y lo expresa en una parábola:
el pueblo judío ha sido invitado –el primero de todos- a participar de ese
banquete. A él se le envía la invitación. Pero unos por una cosa, otros por otra,
se excusan…, piden ser dispensados. El anfitrión no se resigna a quedarse con
el banquete preparado y envía sus criados al desecho de la sociedad: cojos, ciegos, pobres, lisiados…, los que nadie quiere y que van
a ser precisamente los verdaderos comensales del Reino.
Pero queda lugar. Y entonces los criados han de salir de la
ciudad, a los senderos y caminos, e invitar a los no judíos… [ahí estábamos
nosotros]. Y así es como va a tener sus comensales el banquete del Reino, la
participación en la vida y la salvación de Jesús.
San Lucas no ha reseñado el detalle que pone otro
evangelista: que no estamos invitados de balde; que cuando menos tenemos que
estar dignamente presentados. Que al banquete no se asiste de cualquier manera.
Que se exige ir dignamente vestidos, “de fiesta”. Y que, como eso no es cuestión
de lujos ni trajes sino de limpieza del alma, se les puede pedir –SE LES PIDE-
a los pobres, lisiados, cojos, ciegos y gentiles. SE NOS PIDE. Y bien que habría que mirarse al corazón en estos
tiempos en los que parece tan rutinario acercarse a la Eucaristía que muchas veces
da la impresión que se ha tomado un poco de ligero eso de participar del Banquete. Porque no se da por supuesto que se lleva
puesto “el traje de fiesta”.
CREO EN LA RESURRECCIÒN DE LA CARNE Y EN LA VIDA ETERNA (Continuación).
ResponderEliminarYa sabemos que el mismo instante que se prduce la muerte ,el alama es juzgado por Dios..El tiempo de prueba ha terminado . La misericordia infinita de Dios ha hecho todo cuanto ha podido; ahora prevalece la justicia de Dios.
¿Y què ocurre luego?,Si el alma se ha escogido a sì misma, en vez de a Dios, y ha muerto sin reconciliarse con Èl, se queda sin posibilidad de restablecer la comunicación con Èl.Para este alma,muerte , juicio, y condenación son simultáneos.Merece la condenación eterna. Nadie sabe con seguridad lo que es el infierno.Sabemos que allì hay un fuego inextinguible,porque Jesús lo ha dcho. Sabemos también que no es el fuego de nuestros hornos y calderas Ese fuego no podría afectar a un alma ,porque es espíritu. Todo lo que sabemos es que en el infierno hay una pena de tal naturaleza,que no hay otra manera mejor de describirla en lenguaje humano que con la palabra "fuego".
Pero la pena màs importante es el castigo de la separaciòn eterna de Dios, Este es peor sufrimiento del infierno.El condenado desea morir y sabe que esto es imposible; su condenación es para siempre.
¿Què nos enseña el Catecismo de la Iglesiab Catòlica? La Iglesia afirma la existenz¡cia del "INFIERNO" y su eternidad.Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a lo infiernos inmediatamente después de su merte y allì sufren las penas del infierno.La principal pena consiste en la separación eterna de Dios ,en quien únicamente puede tener la felicidad y la dicha a la que aspira y para. las que ha sido creado.
Las afirmaciones de la Iglesia son una recomendación y llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar su libertad en relación con su destino eterno.