jueves, 14 de febrero de 2013

Jueves de Ceniza, y otros


JUEVES DE CENIZA y Patronos de Europa
          Confieso el popurrí que lleva hoy este día primero tras el miércoles de ceniza. “El cuerpo” pide  que el mensaje cuaresmal  vaya desarrollándose . La fiesta litúrgica – por tanro, hasta con “Gloria”- de San Cirilo y San Metodio, Patronos de Europa, lleva sus propias lecturas, y así se rompe a la primera de cambio, el sentido básico de la pedagogía cuaresmal. Y por mi parte, fiel a mi costumbre de años, hoy me zambullo en la Pasión de Jesús.  Muchas cosas a la vez.
             Quedándome con las lecturas del jueves de Ceniza –que son pórtico hacia los mensajes que irán surgiendo en Cuaresma, lo primero que hoy se hace es poner por delante las dos posibilidades que tiene el ser humano: hacer el bien o hacer el mal.  Dios respeta la libertad de la persona humana, y le pone delante las dos posibilidades y también las dos consecuencias: si eliges el bien, serás feliz y te irá bien, y entrarás en ese destino gozoso al que Dios te quiere llevar. Si eliges el mal –por resistencia y desobediencia a los proyectos de Dios- tú perecerás y no entrarás en esa Tierra prometida.
             En el Evangelio, ejemplo práctico de esa realidad: los sacerdotes y doctores eligen la  persecución contra Jesús, hasta que un día acaben llevándolo a la cruz.  A la otra parte, Jesús, mostrando el camino que lleva a la vida: hay que doblegar las pasiones y el amor propio, cargar con la cruz cada día, y seguir a Cristo…  Se capaces de sopesar lo que vale ganar el mundo entero si uno arruina el sentido de su vida.
             El planteamiento de Cuaresma está hecho muy claramente. La cruz aparece en las dos opciones:  una, como amor propio para quitarse de encima a Jesus.  Otra, como necesidad de la persona, si quiere ser discípulo de Jesús.  Y no es teoría ni palabra mística. “Tomar la cruz” es la realidad que tenemos delante, nos guste a o no  queramos  o no.  Pero las espinas pinchan más cuando se pisan que cuando se besan.

             Personaje clave para entender la Pasión de Jesús es JUDAS ISCARIOTE.  Elegido por Jesús en mismo día y en la misma hora que los otros once. Elegido para lo mismo: para estar con Jesus y para echar demonios. Aprendiendo al mismo tiempo. Viendo las mismas obras. Con las mismas posibilidades de ser un apóstol del Evangelio.
             ¿Qué ocurre o en qué momento para que Judas deje de estar en esa línea para la que ha sido elegido?  Los estudiosos no encuentran más que un motivo: que Judas aceptó la llamada con una idea muy errónea sobre Jesús…, porque Judas tenía una idea muy distinta del mesianismo. Judas era hombre belicoso, y creyó encontrar en Jesús, un personaje en creciente influencia en el pueblo, y seguido por multitudes,  al “mesías” ideal para dar un vuelco a la situación de Israel,  dominado por el poder romano.  Jesús tenía madera de líder y Judas se apuntaba a ese movimiento con garantía de victoria nacionalista.
             Pero Jesús se manifiesta en palabras y obras absolutamente distinto porque el proceder de Jesús y su enseñanza van en la línea más opuesta a la belicosidad agresiva nacionalista que requería el “mesianismo judío”. Y como lo más difícil es reconocer Judas que él se ha equivocado…, y como lo más difícil es expresarlo claramente y despedirse a tiempo…, la solución es ahora la de descargar todo el propio error sobre Jesús. Y como ya no puede tener razones Judas, entra la visceralidad. Y lo peor que hay en la vida es cuando “lo razonable” se pierde ante lo visceral. Quiere, pues decir, que Judas sigue en el grupo de una manera física, pero su ánimo está ya lejos. Y como esa esquizofrenia rompe a la persona por medio, y él es cobarde para tomar una decisión, descarga ya todo su veneno contra la obra de Jesús y contra Jesus mismo.
             El evangelista Juan se va encargando de apostillar hechos concretos para mostrar que Judas estaba lejos de Jesús, aunque siguiera en el grupo. Cuando Jesús habla del PAN DE VIDA que Él dará, y que hay que comer su cuerpo y beber su sangre para tener vida eterna, muchos que eran discípulos se escandalizan, y dicen que es duro ese lenguaje. Ni han entendido ni saben esperar… Se van.  Y Juan dice entonces: Bien sabía Jesús  quiénes no creían y quién le iba a entregar.  Y ahí deja eso.
             Llegó aquel momento trascendental para Jesús de la muerte de su amigo Lázaro. Lo resucita. Dan un banquete de fiesta en el que es invitado Jesús, naturalmente, y con él sus apóstoles.  María, la hermana de Lázaro en su profunda expresividad de agradecimiento, viene y agasaja a Jesús derramando sobre su cabeza un perfume precioso. Judas lo lleva a mal, y lo solapa con lo que aquello hubiera aprovechado a los pobres, si se vende el perfume y se le saca un dinero…  Juan vuelve a dejar claro que a Judas nada le importaban los pobres, sino que era ladrón y se guardaba para sí el dinero de aquella pequeña comunidad apostólica.
             Jesús corrigió suavemente, defendiendo a la mujer. Y aquella gota colmó el vaso.  No sólo desautorizaba a Judas sino que defendía a la mujer. Doble “pecado” de Jesús: contradecir al que ya está contra Él…, y nada menos que en contraposición a la alabanza a una mujer.
             Estalló la bomba.  Judas se fue a los sacerdotes para proponerles un trato, con el odio en caliente, y la bajeza de un cobarde: ¿Qué me dais si os lo entrego?  No eran ideales los que movían a Judas. Era para visceralidad, soberbia, lavar su propio error llevándose por delante a Jesús…, y sacando su rédito a favor suyo…  Ese es “el personaje”.

miércoles, 13 de febrero de 2013

CREED EL EVANGELIO


MIÉRCOLES DE CENIZA
          La Iglesia, en su labor pedagógica y en su obra de evangelización, utiliza los signos como formas visibles externas que remitan a lo interior, QUE ES EL FIN QUE SE PRETENDE.
             Hoy los altares estarán sin flores, sin adornos. El órgano, donde se use, únicamente apoyará el canto, pero no se utilizará para armonizar, solemnizar. El ayuno y la abstinencia de carnes vendrán como a dar la señal, el pistoletazo de salida simbólico de una fase nueva que busca hacer más nuevas nuestras cosas, nuestra vida.
             En comunidades religiosas o en movimientos eclesiales diversos, se darán unos detalles distintos, más exigentes, de más fuerza, para recordar y acentuar el momento litúrgico fuerte de la CUARESMA, o los cuarenta días que preceden a los solemnes tres días de la Semana Santa –el TRIDUO PASCUAL- que marcan el PASO DE LA MUERTE A LA VIDA.
             Hoy, en el momento de imponerse la Ceniza –un “sacramental”- de la Iglesia (un SIGNO más extraordinario de lo sagrado)-, la fórmula que más se empleará será: CONVERTÍOS Y CREED EL EVANGELIO. Son dos aparentes procesos pero una sola realidad.  CONVERTIRSE es la expresión más significativa de ese cambio, mejora, tomar las riendas, enfocar soluciones a determinados defectos más habituales…  “Convertirse” es girar 180 grados para que el coche que iba en una dirección errada o en forma poco segura, se detenga y dé media vuelta y tome la dirección adecuada para llegar a su término en buenas condiciones.
             Pero el indicador de ese CAMINO  es el EVANGELIO.  No se es más cristiano por hacer más Vía Crucis, rezar más rezos, visitar más Iglesias, ni por dar más limosnas.  Todo puede ser un indicador muy bueno, pero eso no es el núcleo.  El núcleo es CREER EL EVAGELIO.
             Todavía aquí hay que hacer una profunda reflexión. CREER EL EVANGELIO no es creer en la verdad que dice, en la figura de Cristo que va en su centro, en las condiciones de vida cristiana que pide.  Todo eso es creer EN EL evangelio, pero no es “creer EL Evangelio”. Porque la fe son obras, es asimilación, es encontrarme con ese Evangelio como la llamada personal que me llega y me exige y me levanta los pies de mis posiciones, y me pone en actitud de cambio…, de salida de mí… para llegar a ser…  Y eso s un proceso que no se hace con una buena fe sin más, ni cuatro propósitos añadidos en la vida, ni unos rezos de más, ni…   Hay algo siempre más al fondo, y algo que no tiene final, porque en el seguimiento de Jesucristo hay mucho que recorrer y que no nos permite parar y darnos por satisfechos.
             La Cuaresma no es simple penitencia o mortificación, o privaciones de juguete. Es un camino que repite la vida de Cristo, para hacernos pasar por la vida haciendo el bien…, para incorporar la pasión a nuestra vida (porque es una realidad que está ahí y que no podemos eludir, pero a  la que tenemos que llenar de contenido), y que todo eso lo vivimos con la profunda gran esperanza de la LUZ que luce siempre tras la sepultura (esa aparente tragedia y fracaso de la vida), pero que lleva en sí el destello formidable de una novedad mejor…, una RENOVACIÓN, un empezar a vivir en esa “otra dimensión” en que Jesucristo es nuestra vida misma…, en la que ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí.  Expresión muy bonita para colocarla en un recordatorio, pero de un calado tan enorme que supone todo una novedad…  Novedad en nuestros enjuiciamientos, en la visión limpia de nuestras cosas, en la forma de tratar un tema o un problema, en la prudencia de una actuación y actitud familiar, relacional, comunitaria, grupal…, y por supuesto, personal.
             También ahí hay –tiene que haber PASO DE MUERTE A VIDA, cambios que se necesitan y que hay que afrontar, “manos que cortar” u “ojos que sacar”…, y toda esa gama de expresiones evangélicas, que nos dejó Jesús para hacer patente que CREER EL EVANGELIO no es poner parches de niños piadosos, sino entrar en una dinámica de cambio que tiene que notarse;  notarla uno mismo en sí mismo, y que se pueda notar desde fuera.  (y “desde fuera” puede ser la gran piedra de toque para separar el trigo de la paja, la mena de la ganga).
             Si ante las cosas que vienen “de fuera”, en vez de sacudir las pulgas fuéramos valientes para aceptar que alguna causa puede haber en eso que nos llega, habríamos hallado un camino, hasta fácil, de conocernos mejor. Y por tanto de poner manos a una obra de conversión real, de situaciones reales, sin perdernos en nuestras capas de cebolla con las que nos vamos recubriendo para afianzarnos a nosotros mismos,, pero que –al final- se puede ir quitando una tras otra y nos hemos quedado en nada.
             El MIÉRCOLES DE CENIZA no es un simple día especial de devoción popular…  Es toda una trayectoria que se abre y que hay que ser muy honrados para aprender y actuar.

martes, 12 de febrero de 2013

El sábado para bien del hombre (Mc 2, 23-28)


LA NOTICIA DEL DÍA Y DE SIGLOS 
«Queridísimos hermanos,
Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

La persecución
             No hay peor enemigo que el fanatismo, o el egoísmo fanático, la seguridad de sí mismo, la mala fe.  Y todo eso se daba en los fariseos en cantidades industriales. Y por supuesto que, siempre, en nombre de Dios, en defensa de la gloria de Dios.
             Habían perdido la batalla en su juicio peyorativo de Jesús por comer con publicanos pecadores.  Tampoco habían salido con la suya cuando vienen los discípulos de Juan a presentar su cierta extrañeza de que los discípulos de Jesús no ayunan mientras ellos y los discípulos de los fariseos sí lo hacen.
             Vienen ahora por un camino, entre sembrados, Jesús y sus discípulos y, bien porque tienen hambre –como señala otro evangelista- bien como algo que hemos hecho cuantos hemos tenido relación con el mundo rural, viven el gusto especial de coger unas espigas al paso, triturarlas entre las manos y comerse unos granos.  Allí aparecen de improviso los fariseos para recriminar a Jesús lo que hacen sus discípulos.
             Jesús ni asiente ni disiente. Simplemente les lleva hasta ese adorado personaje de los judíos, David, tronco mesiánico.  Pues David –le recuerda Jesús- viene de una batalla con un puñado de hombres exhaustos y llegan a casa del sumo sacerdote Abiatar a pedir comida. El sumo sacerdote les dice que no hay más pan que el que ha sido consagrado al Señor. Y David lo da por bueno, lo toma y comen.  Eso sería una profanación. Eso tendrían que abominarlo los fariseos, si mantienen la línea crítica que tienen con Jesús.
             Pero los fariseos se callan como muertos, porque no tienen respuesta.
             Y Jesús acaba llegando a la base misma de la cuestión: es que el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.
             El sábado y su descaso sabático fue una gran inspiración de Moisés bajo la luz de Dios. Al modo que Dios el séptimo día descansó, el ser humano necesita igualmente su descanso semanal, como higiene laboral. El sábado, dentro de ese sentido religioso que Dios da a todo lo humano, es la oportunidad de descansar para honrar a Dios y para relajarse de los trabajos y fatigas.  De ahí a la ridícula interpretación farisaica hay una distancia total. Ha hecho Dios el sábado para servicio y bien del hombre, y no como el corsé que impide moverse al ser humano en su vida.

             He aquí toda la inmensa fuerza de la ley divina frente a tanta casuística humana. En este terreno y en todos los demás.  Hasta que el creyente en Dios no comprenda que Dios no atosiga ni encorseta sino que esponja y libera, será muy difícil comprender el sentido auténtico de la fe, y la nueva realidad –el nuevo plazo- que ha venido a traer Jesucristo…, el vino nuevo que no puede contenerlo el odre antiguo.  Claro: esta lección es la más difícil que queda por aprender. Y es que en el fondo los seres humanos hemos pretendido encontrar en la fe “nuestra seguridad”, nuestros pies asegurados sobre la tierra, y no nos hemos tragado –como ya enseñó Pablo VI en el anterior “año de la  Fe”- que la fe es un riesgo, y que por tanto no es “nuestra seguridad” sino nuestra exigencia.
             Lo farisaico es muy claro: haciendo esto y esto y esto, ya somos buenos y ya tenemos a Dios contento.  Lo cristiano y evangélico es saberse ante un pozo obscuro, sin ver el fondo, y saber que te dice una voz: “tírate”. Y uno se tira sin saber ni adónde llegará, ni cómo…, pero plenamente seguro de que saldrá la mano de Dios para sostenerme.  Y esto es muy difícil de tragar.  Por eso conservamos tantos miedos, tantos intentos de una “póliza de seguros” para que Dios no nos coja…;  por eso queremos quedarnos donde estamos y no dar un paso más largo…  Por eso vivimos muchas veces la esclavitud en vez de la libertad que nos ha traído Cristo.
             Por eso para Jesús el sábado debía ser un instrumento para el bien del hombre, y no un hombre atrapado por las leyes del sábado. PORQUE EL HIJO DEL HOMBRE ES TAMBIÉN SEÑOR DEL SÁBADO.  Que todo esto es mucho más largo de lo que está ahí…, ¡por supuesto!  Pero hoy nos puede quedar –siquiera- como puntos de reflexión.

lunes, 11 de febrero de 2013

Con San Marcos, adelante


Critica llama a crítica   (Mc 2, 18-22)
             Los fariseos habían buscado –una vez más- la manera de atacar a Jesús. Se comprende que en una forma de vivir la religiosidad, que aparezca alguien que le da la vuelta a las cosas y –por decirlo así- las pone del revés, no es fácil de asimilar.  Claro que quienes habían dado la vuelta –hacia atrás- habían sido los propios fariseos, convirtiendo el culto a Dios en un conjunto de prácticas religiosas externas, que poco sentido tenían en orden a una actitud sinceramente religiosa (que quiere decir que conecte con Dios y que busque agradar a Dios, más que a satisfacerse a sí mismo buscando la propia complacencia).  Los fariseos habían concebido un entramado de formas externas que, una vez, hechas, ya estaba todo hecho. Y la verdad es que no les había tocado a ellos o a sus seguidores un pelo de la propia ropa.
             El escándalo de los fariseos porque Jesús comió con los publicanos (que para ello equivalía a decir: pecadores), es de alguna manera una llamada a la otra pregunta –que no deja de llevar su tipo de crítica- por parte de los discípulos de Juan Bautista, quienes le vienen directamente a Jesús para decirle: ¿Por qué los discípulos de Juan ayunamos y los de los fariseos ayunan y los tuyos no?  Y Jesús les da una primera parte de respuesta, que podríamos decir “de cajón”:  Porque mis discípulos están celebrando una fiesta, y nadie va a una fiesta de boda para hacer sacrificios. Claro: la fiesta de boda es la propia fiesta que supone haber entrado en el nuevo plazo, ese que ya tiene en medio el reino de Dios, y que lleva la gran y gozosa realidad de haber llegado a alcanzar lo que los antiguos sacrificios preparaban e intentaban abrazar un día.  Lo malo es que se han quedado en “la preparación” y no se han situado en el nuevo momento en que ya está en medio Jesús, que encarna el reino de Dios.
             Anuncia Jesús que vendrán días en que se lleven al novio, y entonces les tocará ayunar.  Un anuncio de la Pasión, de la muerte de Jesus, de la persecución de la Iglesia.  Y entonces vendrá la necesidad del sacrificio, de la lucha y hasta del martirio.  Es otra clase de ayuno…, pero ya está fundamentado en ese reino de Dios que sufre violencia.
             El “aterrizaje” de Jesús ahora es un importantísimo principio básico de vida del Reino de Dios.  El reino de Dios, la vida cristiana o de seguimiento de Jesús, no es –ni mucho menos- mantener las formas de antes con un poco de adorno nuevo.  Es una novedad tan absoluta que ya no valen los modos anteriores.  Los discípulos de Juan querían mantener lo conocido, aunque luego viniera algo nuevo encima, como el sombrerito que engalana.  Y Jesús les dice que no: que hay borrón y cuenta nueva. Que lo que ellos han hecho está bien, pero que el tiempo nuevo, el tiempo mesiánico, el reino de Dios, no es mera continuidad parcheada de lo anterior.  Lo mismo que en Caná hubo de agotarse el “vino anterior”, para que ahora saliera de pura agua un vino mejor, ahora el vino nuevo de Cristo no puede contenerse en los odres viejos de las formas pasadas.  Para el  vino nuevo hay que tener ODRES NUEVOS.
             A mí me ha pellizcado siempre muy fuerte esta parábola breve, pero tan expresiva de Jesús, porque es fiel reflejo de la realidad nuestra y mía presentes. Tendremos todo un hermoso traje de adornos cristianos, de novedades cristianas, y ese traje está muy bien.  El tema se hace más serio cuando seamos capaces de mirar quién y qué hay debajo de ese traje, hasta dónde ese traje nos ciñe hasta cambiar posiciones nuestras…, religiosidades nuestras…  Y a sabiendas, además, de que no es un traje que sirve de una vez para siempre, sino con aquella connotación que se explicó ante LO QUE ES ORAR DE VERDAD, algo que va “cambiando el paso” sobre la marcha.
             Miremos, como espectadores, la vida de un cristiano: reza al levantarse, ofrece sus obras, ora con el evangelio…, y hasta quizás puede ir a participar de la Eucaristía.  Entrega un tanto a Cáritas, y visita a un enfermo cuando acaba su jornada.  ¿Y desde que salió de su Misa? ¿Y su trabajo? ¿Y su pensamiento? ¿Y sus juicios? ¿Y sus reacciones? ¿Y su propia actitud interna personal?  O sea: todo eso que es la vida diaria, el trato de familia, la comprensión, el silencio oportuno, la vida interior durante el día, la convivencia con los que le toca estar en cada instante... O sea, hay una VIDA que o está dentro de moldes nuevos, o permanece en las formas antiguas. Sus devociones siguen inalterables, sus prácticas siguen fielmente. Pero el sistema de juicios hacia las cosas y personas, y el mismo fondo de su mundo espiritual, crece en positivo?, ¿corrige o hace por corregir?, ¿se anquilosa en “lo de siempre”; ¿trata uno de seguir sacando su propia cresta aunque sea rezando o en Misa? ¿Acaba uno permaneciendo en “lo suyo”, y de ahí “no me saca nadie”?
             Creedme que veo a muchas personas probas (y del estamento religioso) que siguen escandalizados los excesos de la moral sexual (que la sociedad tiene hoy asumidos), pero con unas faltas de comprensión, de caridad, de acogida, de preocupación social, de calibrar esos mismos problemas morales (sexuales) cuando le tocan de cerca en la propia familia, que sigo con el pellizco inicial ante esta parábola de Jesús: si hemos adquirido ya ODRES NUEVOS, para una situación tan nueva, evangélica cien por cien, menos preocupara por el “ayuno” farisaico.

domingo, 10 de febrero de 2013

Llamados a seguir a Jesús. 5º C, T.O.


Domingo vocacional  5º T.O., C
          La inmediatez de la Cuaresma puede desenfocar este domingo.  De hecho yo vivía ayer una experiencia en la que apenas aparecía el sentido de este domingo tan rico. Seguramente la preparación catequética de una Cuaresma tan cercana, había cambiado el foco para la reflexión auténtica correspondiente a un domingo el T. O., cuya finalidad pedagógica se centra en aspectos básicos de la enseñanza progresiva de la vida de la Iglesia.
             Hoy es un domingo eminentemente vocacional, presentando la gratuidad de la llamada de Dios y la gratuidad que pide en la respuesta del que es llamado.
             Isaías se siente anonadad ante la visión del trono de Dios y su Majestad. Él, que es de labios impuros, ¿qué puede hacer allí?  Y Dios envía un ángel que toma del altar de las ofrendas unas ascuas y las acerca a los labios de Isaías y le dice: ¡Ea!: ya han quedado purificados tus labios; ya ha desparecido tu culpa.  Aquella situación podría acabar ahí. Pero a continuación Dios mismo hace una pregunta que perecería impersonal: ¿A quién enviaré?  Isaías se da por directamente aludido. Cuando Dios ha purificado su vida, ¿cómo va a quedarse cruzad de brazos, mirando para otro lado, a ver si el vecino responde?  Y se echa adelante y dice: AQUÍ ESTOY, mándame.
             Es la respuesta noble y generosa a la gratuidad e la elección de Dios. Isaías ha sabido captar la llamada y se ha dispuesto con una de las oraciones más hermosas que hay en el léxico del creyente:  incondicionalmente, AQUÍ ESTOY.
             Pasamos al Evangelio. Todo “tan inocente” como Jesús por la orilla de la playa, la muchedumbre que le sigue colgada de su palabra que es da vida…,, barcas a lo largo de la playa…, y dos allí… Y una a la que se sube Jesus para poder seguir hablando, sin estar apretujado.  ¿Sólo por eso? ¿Casualmente aquella barca?  Era de Simón, un hombre noblote como el que más, pero fanfarronete…  Esas cosas le ponían más ancho que el mundo: ¡Era su barca, y desde allí hablaba el  predicador admirado por las gentes. Simón, que remendaba sus redes, se viene a su barca a hacerle los honores al predicador, y a figurar él como el “dueño”…, el hombre de aquella barca.  Y gozaba. Estaba en el centro de las miradas y eso iba bien con su manera de ser.  Jesús dejó de hablar… Se sentó un rato en la barca. Y Simón –aun sin hablar- estaba feliz.  Y Jesús ahora le dice a Simón: Rema mar adentro  Y Simón y Andrés remaron… Estaban de anfitriones de aquel personaje, y le daban un gusto tan inocente.  Y cuando han salido a una distancia de la playa, y a lo que podríamos decir, “sin hacer pie”, Jesús les dice: Echad las redes para pescar.  Aquí siente Simón que está en su terreno y que ahora sí le toca hablar a él, que es el profesional en la materia. Maestro: ¿es tu gusto ver echar la red?  Yo la echo.  Pero que conste que en esto soy yo el que entiendo, y no hay nada que pescar. Hemos pasado la noche entera bregando y no hay nada que hacer.  Ahora bien: ¿te gusta ver el arte de pescar?  Pues adelante.  Y Simón pone todo su sabiduría de pescador para que Jesús vea un intento de pesca…  Y cuál es su sorpresa cuando la red empieza a tirar, porque se está cargando de peces…; y tantos que no pueden ni sacarla y tiene que hacerle señas a los otros socios, Santiago y Juan, para que vengan a ayudarles.  Y sacan tal cantidad de peces que llenan las dos barcas hasta los filos.  La alegría, el trabajo que n admite demora no le ha dejado a Simón pensar.  Pero cuando ha acabado, Simón siente el espanto de que aquel Jesús que lleva en su barca, le ha ganado la partida a él, el pescador…; ¡lo ha desbancado en su propio terreno, el mar y la pesca!
             Y Simón sintió ahora el pánico.  Y puesto a pensar en lo ocurrido, lo único que se le viene a la mente es que él prefiere quedarse con su barca, sus redes, su pesca o no pesca…, pero lo que no quiere es que venga ahora alguien a quitarle su libertad y sus maneras propias.  Y prefiere echarse a los pies de Jesús y decirle: Apártate de mí, que yo no soy más que un pecador.  ¡Déjame tranquilo!
             ¡Ya era tarde!  Jesús no había llegado por casualidad a  su barca y a él. Y Jesús, con su ironía cariñosa, le dice sencillamente:  No temas. Yo os haré pescadores de hombres.  Poco entendería Simón de esa expresión. Llegaron a tierra, desembarcó la carga…, y Jesús les miró y les dijo una palabra clave: Seguidme. Lo de menos era adónde y para qué. Lo único cierto era que se trataba de IR CON ÉL.  Y no hubo más. Lo dejaron todo y le siguieron.  Esa es la fuerza inmensa de la vocación.
             La 2ª lectura tiene la enorme importancia de ser el primer escrito del Nuevo Testamento y encerrar el núcleo esencial de la fa cristiana: el kerigma.  Toda razón de ser de esta fe está en que Cristo murió, según las Escrituras (no por otras razones).  Que resucitó según las Escrituras. Así tenía que ser. Que mostró la verdad de ello apareciéndose, siendo visto y dejándose tocar (hay quien vive todavía, y es testigo de ello). Y finalmente se me apareció a mí, que soy el último, el perseguidor, un verdadero aborto.
             Pero un llamado gratuitamente por la Gracia de Dios.  Nueva vocación de este domingo.  El marco estaría cerrado si no fuera porque la Presencia de Cristo en la eucaristía de hoy, sigue siendo una llamada…, a cada uno, en diversas formas, esperando respuesta.  Y no cabe otra que: AQUÍ ESTOU, MÁNDAME.
             El domingo 5º C del T.O. mira derechamente a cada cual.

sábado, 9 de febrero de 2013

Nueva vocación: Leví (Mc 2, 13-17)


Una nueva vocación
             Sigue diciendo San Marcos que salió otra vez Jesús a la ribera del mar, y toda la muchedumbre venía con Él, y Él les enseñaba.  Esa imagen de las muchedumbres que siguen a Jesús, que le rodean, que le apretujan…, es una imagen muy significativa porque expresa la realidad de un mundo que quiere pero no tiene…, que andan como ovejas sin pastor…, que encuentran en Jesús uno que les llena…, Alguien que les hace caso…, un Maestro que enseña una enseñanza que entra en el alma.  Lo que dice, subliminarmente, que los “pastores” de Israel, los fariseos, los doctores, los sacerdotes…, no les llegaban, no les movían, no tenían gancho…, encontraban en ellos una monotonía y una rutina que no hacía gustosa la Palabra de Dios.  Mientras tanto, en Jesús hallaban algo tan claramente diferente, que se iban tras Él con esas ansias de quien busca, desea y quiere.
             No se me pasa de largo una realidad del mundo moderno, ese que se va tras el artista, el cantante, el deportista…, el botellón, las orgías de las madrugadas…, y que al final están mostrando a las claras que no tienen pastor, que se van tras las aguas estancadas que nunca les satisfacen, y carecen del manantial limpio que les llene el alma. Posiblemente no supimos presentarles un Jesús que les atrajese. Posiblemente no les convenció ese Jesús que sí atraía y ofrecía…, pero juntamente pedía y exigía.  Curaba pero pedía la fe para poder curar.  Y la fe no es sólo creer como un niño que se cree un cuento y le gusta, sin un creer que está pidiendo actitudes que no son coser y cantar.

             Pues pasaba Jesús rodeado de gentes, y pasando vio a Leví, sentado en su despacho de aduanas (cobrando tributos judíos para darlos a los romanos…; oficio aborrecido por el pueblo y detestado por los fariseos, que tildaban no ya sólo de “publicanos” –que podría ser un oficio- sino de “pecadores”, porque ser publicano les equivalía a ellos a ser pecador. Y en una parte estaban en lo cierto por la usura que formaba parte del “negocio”.
             Pues pasa Jesús…, y no pasa de largo.  Se detiene, mira hacia Leví, y son mediar palabra (al menos ahora), le dice un escueto: Sígueme. Y el testo dice a continuación: Y levantándose, le siguió.  Lo cual habla muy alto de Leví que, publicano y todo, era un corazón con ansias de algo que no era aquel negocio denostado y tantas veces humillante.  Y por supuesto haba muy claro de la mirada de Jesús.  Porque ese VIÓ A LEVÍ dice mucho más que un simple “ver”.  Son miradas elocuentes, cargadas en sí mismas, de esas que dejan al otro prendido en unos ojos que son imanes y a los que no puede uno resistirse noblemente.
             Leví se levantó y siguió.  Y festejó.  Porque lo siguiente que narra San Marcos es el banquete que da Leví como despedida gozosa. Y ya puede uno imaginar qué comensales constituían el entorno de Leví: publicanos-pecadores…, los de ese entorno en que había vivido y había sacado su vida adelante.
             Los fariseos –como corresponde- se escandalizan gravemente. Comer en banquete con alguien, supone “comulgar” con sus ideas y su vida…, estar de acuerdo con sus formas…  Y la crítica de los fariseos incontaminados va a minar la moral de los discípulos: ¿Cómo es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?  Y Jesús lo oye y les da una explicación: “El médico acude al enfermo; no a los sanos”. Los “sanos” (y ahí había posiblemente ironía en Jesús, porque los miraba a ellos, los puros y perfectos)…, “no necesitan del médico; ellos no se hallan mal; en cambio los enfermos, sí”.

             Ni que decir tiene lo que esto trae al sentir de un confesor. Al confesor se le dilata el alma ante el pecador, arrepentido, dolido de su vida, y necesitado de ayuda y perdón. Y ya puede haber cometido los mayores pecados, pero se presenta humillado ante Dios y necesitado de perdón. El caso contrario es el del que se acerca al confesionario más bien a justificar su fallo y decir que la culpa la tuvieron los otros, y por más que se intente, no tienen ellos nada de qué arrepentirse ni cambiar.  Ahí el confesor siente indignación. No le dejan rendija por donde entrar. Y la pregunta única que se hace el confesor es: ¿Para qué ha venido?  Porque está tan “sano” (y los demás “son tan malos”), que provoca dolor y hasta indignación. No viene al médico.  Viene a seguir vomitando su mal corazón, pero sin reconocer que ese corazón es el que está enfermo. ¿Podrido?
             Los fariseos nunca pudieron encontrarse con Jesús. Nunca. Nunca mientras permanecieran en su fariseísmo.  Por eso la crítica y persecución contra Jesús fue su arma. Porque otros valores u otras razones, no tenían.

viernes, 8 de febrero de 2013

San Marcos, capítulo 2


”Se supo que estaba en casa”
          La expresión que utiliza el evangelista nos deja ver que Jesús –que no tiene donde reclinar su cabeza, ha establecido “su casa”…, su punto de referencia, en la casa de Simón, pegada a la sinagoga de Cafarnaúm.  Allí fue donde todo el mundo lo buscaba cuando Jesús hubo de dejar ese mundo propicio para ir a otros ligares, porque para eso había sido enviado.  Ahora regresa allí tras su periplo por lugares de Galilea. Y, como es natural, las gentes que se quedaron entonces sin disfrutarlo, en cuanto que se supo que estaba en casa, allí se vinieron, allí se agolparon, y mucho más numerosas que antes porque la fama de Jesús había corrido como la pólvora.
             Un paralítico ha sabido que Jesús estaba allí y piensa que es llegada su oportunidad. Claro: ni él puede ir, por su parálisis, ni pueden cargar con él dos personas solo, llevando sus parihuelas o camilla.  Pero sí hay amigos capaces de tomarse a pecho aquella situación del amigo y se deciden a llevarlo adonde Jesús.  Lo que pasa es que al llegar se encuentran que no tienen por dónde entrar, dado el gentío que se agolpa  al a puerta. Eso causa desasosiego al enfermo, que ve la imposibilidad de llegar hasta Jesús. Pero aquí entra la imaginación y la constancia de quienes empiezan una obra con cariño y deseo de llevarla a buen fin. Investigan la manera y descubren el portón trasero de la vivienda, seguramente el espacio de huerto, típico de las casas judías, con su higuera en medio.  Y por allí rodean con el enfermo, y a la manera que fuera, hablando con quien fuera, se toman el trabajo de subir con la camilla hasta el terrado, que caía exactamente sobre el porche desde el que hablaba Jesús.
             Los terrados –a lo que puede deducirse- tenían el piso de lascas de cierto tamaño.  Y no cortos ni perezosos empezaron a quitar las que calcularon acertadamente que estaban sobre el lugar que ocupaba Jesús. Jesús seguía hablando a las gentes, una veces más en directo y otras con sus parábolas, muchas de esas que los evangelistas agrupan en capítulos expresos, pero que evidentemente las fue pronunciando a través de sus diversas enseñanzas y lugares.  Jesús notó claramente que le caía tierra encima. Miró y observó aquella operación de unos hombres llenos de fe y buena amistad. Y expresamente se admiró de la fe de ellos.  Sería fe la del paralítico (que por eso quiso ser traído), pero hay esa otra fe operativa, la que se toma los trabajos para que la fe no se quede en ideas ni sólo esperanzas de sacar algo, sino la fe que actúa y –actuando- da concreción a la fe.  A mí me suele causar cierta pena la persona que no da un paso…, pero espera que Dios le solucione… No hace por corregir, pero aguarda que Dios la corrija por arte de milagro.
             Jesús se admiró de la fe de ellos.  Dejó su enseñanza a la gente de fuera y se quedó observando aquella cuidadosa y delicada operación. Porque ahora había que bajar al lisiado con cuerdas, y había que mantener tal equilibrio en los cuatro extremos que no se fuera a volcar la camilla y que diera con el pobre amigo en el suelo de manera violenta, cuando él no hubiera podido valerse para nada.
             Por eso el enfermo bajó con una cara de hombre asustado, con los ojos muy abiertos, fijos en Jesús, como quien ya está suplicando antes de llegar…, porque en ese momento era primordial llegar sano y salvo. Y esos ojos muy abiertos también, fijos en Jesús, porque tampoco le podía constar si su osadía y la de sus amigos, interrumpiendo lo que Jesús hacía, podía ser bien acogido por Jesús.
             Para Jesús la urgencia es siempre la que tiene inmediata, y para Él no hay en un determinado instante más que la necesidad que tiene delante. Eso no significa que los procedimientos de Jesús coincidan con los nuestros, y que entendamos nosotros a la primera el proceso mucho más completo que Jesús quiere llevar en nosotros. ¿Qué buscaba el enfermo?  Evidentemente su curación. Era su idea primordial y directa.  Pero Jesús va a cambiar el chip, y en vez de decirle que lo cura le sale por donde menos esperaban él y sus amigos: Hijo; tus pecados están perdonados.  De hecho aquel perdón tenía un recorrido mucho más largo en una mentalidad judía en la que la enfermedad es consecuencia de haber pecado. Si se le perdonaban los pecados es que se le estaba curando. Pero el paralítico no debió quedarse muy satisfecho porque él necesitaba oír otra cosa…, y Jesús se le había ido por las nubes…
             Jesús “mataba dos pájaros de un tiro”. Porque alí estaban los fariseos, los doctores de la ley, los puritanos, los cerrados de mollera, los enemigos directos de Jesús.  Y lógicamente cogen el rábano por las hojas, y sin más, piensan: Éste blasfema, porque sólo Dios puede perdonar pecados.
Jesús se dirige a ellos con pena: ¿Por qué pensáis así? ¿Qué os convence más: si digo “perdonados son tus pecados” o si le digo al enfermo” Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa?  El paralítico estaba en ascuas. Aquello ya le sonaba a él de otra manera… Y Jesús pasa del dicho al hecho y les dice a los fariseos: Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar pecados –otra vez, “dos pájaros de un tito”- se dirige al enfermo y le dice esas palabras maravillosas. El lisiado hace por ponerse de pie, aún dudando de poder… Pero sus pies responden… Sus músculos responden… Se pone en pie… Asienta los pies, como asegurándose… Pega un salto de admiración, coge su camilla a cuestas y sale por entre la gente entre gritos de alegría.  Y no menos los cuatro “observadores” del tejado, que por más que lo llaman para que los espere, no logran hacerse oír. En parte por los mismos gritos de alegría del que ha sido curado. Y en parte porque la gente está pasmada y también grita, fuera de sí, por la doble realidad que acababa de presenciar.  De los fariseos no se dice ni palabra. La imagen del perro con el rabo entre las patas, me hace pensar en ellos en este momento.

jueves, 7 de febrero de 2013

Dios sabe más lo que conviene


¡POR ALGO ERA!      Mc 1, 40-45
          Podía haberse quedado Jesús allí, donde todo el mundo lo buscaba… En la oración “fue enviado a otros lugares porque para eso he venido”. Y sin que ni Él ni aquel leproso lo supieran, estaban abocados a encontrarse en el camino.  Ya estaba allí el comienzo de la respuesta. Aquel leproso lleno de andrajos y costras, echado de la sociedad por su peligro de contagiar, teniendo que vivir en descampados, a la intemperie, venía a encontrarse “casualmente” con Jesús que iba “casualmente” por aquel camino.
             El leproso vio a distancia a Jesús, y gritó…  Los apóstoles se aterraron ante aquella amenaza social. Jesús no se detuvo. El leproso de paró a pequeña distancia y con la humildad del hombre desastrado en su vida misma, musitó la más bella oración que puede hacerse…, una oración que nada pide…, una oración que simplemente dejaba su lepra en el mismo Corazón de Cristo…: Si quieres, puedes limpiarme.  No ha pedido nada. Pero ha tocado la fibra más fina del alma de Jesús.  Ahora todo depende de Jesús: Si Él quiere…  ¡Con qué razón tenía que ir a otros lugares porque para eso había venido!   Y estaba allí la respuesta a la mano.  Jesús se acercó al leproso, ante el espanto de sus hombres acompañantes. Jesús tocó al leproso… ¡Más repugnancia aún en aquellos!  Pero no era Jesús quien se contagiaba del mal al tocar al enfermo; era el enfermo el que dejaba de serlo y de ser contagioso cuando –al toque de Jesús- su carne se sonrosaba y sus costras se separaban de su piel. Harapos seguía teniendo, porque eso era por fuera, y eso no significaba nada. Pero él sintió que la palabra humilde pero decidida de Jesús, que repetía en positivo lo que el leproso había dicho, habían sido fuente de salud: Quiero; queda limpio.  ¡Y así fue!
             Los discípulos de Jesús se miraban. No reaccionaban. ¿Estaría contaminado Jesús?  Lo que podían ver era que el enfermo no era ya un enfermo. Que su rostro había recuperado sus facciones, que sus manos eran ahora normales…, y todo aquello había sucedido en un segundo… Estaba todo hecho…, pero no todo.  Porque la ley e Moisés tenía sus pasos en beneficio de la sociedad y de los propios enfermos curados; había que ir a los sacerdotes, que serían los que certificaran la curación y dieran el certificado que acreditara la sanación total de ese enfermo, y –con ello- su reincorporación a la sociedad normal.
                Aquí se ha visto siempre una clara muestra de lo que es el perdón del pecado que, por supuesto, lo hace Dios…, pero que no quiso hacerlo directamente, sino tenía que CONSTAR ese perdón a través del sacerdote. Porque el sacerdote es el que visibiliza por la fuera lo que Dios hace por dentro.  Y esa es la gran pedagogía de los sacramentos, para que queden en espiritualismos individuales.
                Jesús le dijo al leproso que no dijese ni una palabra de aquello, salvo la parte necesaria a los sacerdotes.  ¡Mandato imposible de cumplir!  ¿Cómo iba a permanecer callado el que había sido una piltrafa despreciada y despreciable, y que ahora se encontraba de nuevo PERSONA? ¿Cómo se le ocurría a Jesús esos mandatos imposibles?  Esas cosas de la vida, de la espontaneidad, de lo que quisiera Jesús que fuera…: que la fe de las gentes en Él no dependiera de los signos exteriores.  Lo que Jesús deseaba con todas sus fuerzas era que cada cual que llegara a a Él lo hiciera por Él mismo..., por la búsqueda del reino de Dios.  Pero la realidad humana es que nos movemos mucho más por estos signos.  Cierto que hay estadios de la vida espiritual donde caen los harapos de nuestra miseria y se queda la persona en la nitidez de la fe en Jesús.  Y ojalá vayan purificándose nuestros sentimientos como para que la parte sensible ocupe menos espacio, o ninguno, porque hay un momento en que ya se vive la fe dentro, muy dentro, muy el lo profundo del alma, sin que la rocen los vientos.  Pero las cosas van viniendo…
                El leproso gritó de alegría, proclamó su curación, dijo la maravilla que él había vivido…: dijo que JESÚS LO HABÍA CURADO.  Y Jesús tuvo que ocultarse (cuanto posible fuera), quedándose en descampados y sin entrar en los núcleos de población…  Aunque la verdad es que no le valía de mucho. El mundo de antes y de ahora está necesitado de esas realidades sobrenaturales…, de eso que le sobrepasa…   Y si es de quien entra en lo profundo de la necesidad humana y la limpia, ¡no digamos!  El mundo necesita los signos de Dios.
                Y ahora se pregunta uno: ¿cómo es posible que el mundo de hoy pueda vivir sin Dios?  Abrimos los ojos y lo vemos: se crea sus propios dioses e intenta tapar huecos que jamás le llenan.  Los intenta tapar legal o ilegalmente, moral o inmoralmente, humana o brutalmente, en algo que les saque de la burda materia, aunque acaben creando el siguiente fetiche, para volver a sustituirlo ansiosamente por uno diferente…  Y así se produce un mundo a la deriva, vacío, ansioso, lleno de patologías…; ladrón, abusivo, corrompido, que tapa una llaga con la llaga siguiente y mayor.
                Y hasta que no llegue el momento en que ahíto de sus propios andrajos, se salga gritando al camino y se rinda con humildad ante el único que puede limpiarle, nos espera ese desecho de humanidad embrutecida, que está cavando su propia tumba…
                Acaba ese evangelio del leproso diciendo que venían a Jesús de todas partes, pese al intento de incógnito de Jesús.  Y es que la sed acaba pidiendo a gritos el agua, aunque uno no quisiera beberla…

miércoles, 6 de febrero de 2013

ORANDO DE VERDAD


Madrugada de oración  (Mc 1, 35-38)
          No había sido por otro motivo que Jesús se eligiera el lugar más cercano a la puerta, sino el poder salirse sin ser advertido en esas horas tempraneras en que el alma busca ese espacio de “desierto” en que se hace más íntima la comunicación con Dios.  Jesus salió silenciosamente, se fue hacia el portón de entrada, procurando que sonara lo menos posible y se salió al descampado, apartado de cualquier mirada, y allí se puso en oración, explayando su alma ante Dios.
             Cuando se tiene experiencia de oración, se sabe que ese tiempo es un adelanto de cielo. No hay ruidos, no hay algo que distraiga. Todo favorece para dejarse caer ante Dios y dejar a Dios hablar.  Porque la realidad de la oración verdadera es la que el alma va a escuchar a Dios, a dejar que sea Dios quien lleve la dirección de esas comunicaciones.  Por supuesto que uno mismo interviene, pero no yendo por delante, ni pretendiendo “imponer” el problema propio, “mis cosas”, sino para dejar que Dios vaya llevando al alma.
             Alguien se preguntaba cómo Jesús era llevado por el Espíritu Santo… Tan sencillo como que Jesús oraba desde su plena humanidad; que el Evangelio nos muestra muchas ocasiones en que Jesús estaba haciendo algo y cuando entra en su oración ante Dios, Dios “le cambia el paso”, porque ESO ES LA ORACIÓN: ponerse a la escucha de Dios, no llevar nada de antemano en el zurrón, o estar abierto a que lo que uno pensaba hacer, pude salir por otro sitio absolutamente diverso.
             Pongo un ejemplo: José se fue aquel aciago día a la cama con el pensamiento puesto en huir. No veía otra manera de salvar la situación. Cuando Dios le habla desde la oración misteriosa “del sueño”, José sale en la dirección absolutamente contraria a la que él había concebido. ESO ES HACER ORACIÓN…, o para decirlo bien: eso es dejar que el Espíritu ore en nosotros con gemidos inefables.  Y entonces todo se cambia en función de la escucha de Dios y la obediencia a Dios.
             Jesús, en esta ocasión había salido a su oración, se había puesto en la presencia de su Dios. No consta si  –en sus propios pensamientos- hubiera seguido allí donde tenía un auditorio propicio, una labor comenzada y abierta a múltiples posibilidades de su misión mesiánica.  Jesús oró, oró de verdad, dejó que el Dios del Cielo manifestase su plan… Y Jesús ya se plegó a la nueva realidad.  Cuando Simón lo busca y lo encuentra en el rincón menos visible –mientras tanto ya se han venido hasta allí las gentes admiradas del día anterior- y le pregunta cuándo te has venido aquí y le advierte que ya tiene esperando a muchos que le buscan, Jesús se levanta de su oración y le dice a Simón: Vamos a otro lugar, porque para eso he venido.  De seguro que Simón no comprendía.  Si quería hacer el bien y predicar el reino de Dios, ¿por qué no aprovechar lo que tiene allí ya a la mano, dispuesto, favorable, preparado?  Sencillamente porque la oración auténtica que se encuentra con Dios, no puede nunca tener cerrado un plan, porque Dios nos cambia el paso a cada momento, porque Dios no busca ni nuestra eficacia, ni los frutos, ni los milagros, ni las demostraciones mesiánicas.  Dios busca el alma que escucha y obedece, el alma, cuyo sentido de vida es escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica…; no tanto los heroísmos cuanto hacer siempre lo que agrada al Padre.
             Así fueron tantas madrugadas de Jesús. Así tantos momentos de su oración. Así la escucha de la Palabra de Dios…  Que ésta es la “madre”, el núcleo, el punto radical del verdadero orante.
             Yo sé por mí mismo, y lo veo en muchas personas devotas, que somos unos enamorados de la Palabra de Dios;  que la manejamos como “meditación”, y que acabamos, cerramos el libro…, y ¡hasta mañana, si Dios quiere!   Veo quienes tienen la Palabra de Dios como dardo arrojadizo, defensivo u ofensivo para apoyarse en sus creencias.  Y yo mismo me quedo pensando si he escuchado a Dios para saber lo que debo hacer de acuerdo con Dios, o si he ido a “atrapar” a Dios para que me sirva de argumento de mis cosas…  ¡He aquí una urgencia del discernimiento!, la necesidad  ¡tantas veces! de que alguien desde fuera pueda calibrar la pureza de mi pensamiento o sentimiento…
             Por eso, los ratos de la oración de Jesús, a solas…, empezando por el misterioso Nazaret, siguiendo por los primeros pasos que da tras el movimiento espiritual de un “bautismo de penitencia”…, su paso a Galilea en los comienzos…, la otra ocasión en que –tras la multiplicación de los panes- despide a sus apóstoles y Él se retira a solas…, y hasta la misma agobiante oración del Huerto…, a mí me causan una fuente impenetrable de riquezas espirituales, porque Jesús no está jugando a orar… Está buscando el encuentro con Dios en las más dispares circunstancias, porque cada vez necesita que sea Dios quien le marque la dirección del paso siguiente.  ESO ES ORAR.

martes, 5 de febrero de 2013

Cristo-HOMBRE


Con relación a intervenciones anteriores
          Puede irse pensando lo que significa para unos u otros, las expresiones bíblicas, y del mismo Nuevo Testamento.

             El Niño crecía en conocimientos, estatura y gracia ante Dios y los hombres.  Crecía; iba creciendo.
             Exactamente igual a nosotros, MENOS en el pecado.  (Heb. 4, 15); compartió en todo nuestra condición humana, menos en el pecado  (Plegaria Eucarística IV).
             A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, como un hombre cualquiera;  se rebajó hasta someterse a la muerte, y una muerte de cruz.  (Filip. 2, 6-11)
             Aprendió, sufriendo, a obedecer.  (Heb. 5,8).

             Todo esto ¿lo creemos? ¿sí o no?  ¿O lo creemos con sordina, de manera que la verdad es que no lo creemos?  Sería una herejía negar que Cristo es Dios, plenamente Dios.  Sería una herejía igual de grande decir que Cristo no es hombre completo y total.
             ¿Qué esto nos rebasa y le buscamos “explicaciones”?   Yo pregunto: ¿Padeció Jesucristo la Pasión plena, total y horriblemente? ¿si o no?  ¿Tuvo un “paraguas” para que sus sufrimientos y humillaciones, etc., no fueran como la de cualquier hombre sufriendo y humillado?  ¿Dónde ponemos la “sordina”?  En un recurso engañoso: “Pero Él era Dios”  Entonces, ¿abrió ese “su paraguas” que ya le diferencia del que no tenemos nosotros?
             Y si eso es en la Pasión, ¿fue distinto en otros momentos de su vida, o “jugó a padecer” durante esas horas de la Pasión, pero el resto fue el héroe triunfal que está sobre el bien o el mal y sobre la enfermedad? ¿Jesús no pudo coger una gripe…, pongamos por caso?  O sea: ¿no es que fue exactamente igual a nosotros menos en el pecado?  Pues nosotros no pecamos cuando nos refriamos.

             Lo dejo como puntos de reflexión para quienes quieren pensar.

             ¡Ah!: y en nada de eso está negada la Divinidad de Jesucristo.  Es la Sagrada Escritura la que nos deja los peldaños para que podamos pensar.
             Y por supuesto habría muchas cosas más.  Pero no entro en ellas. Sólo intento aportar datos que se pueden pensar y hacer de nuestra fe algo mucho más valioso que la fe del carbonero.

Siguiendo con San Marcos


A la caída de la tarde (Mc 1, 32)
          La sobremesa se prolongó familiarmente, y tan a gusto, tan interesante, tan espontánea, que se echó la tarde encima.  La mujer, con su perspicacia natural, había tenido la sensación de que algo se cocía fuera de la casa. Acostumbrada al silencio o el ruido normal de alguien que pasa, había advertido que había murmullo, y no pequeño. Se asomó a la puerta de la casa y se admiró de la cantidad de personas que había allí. Y ella que conocía muchos y sus penurias y sus enfermos, pronto divisó a Fulanito el de Menganita; a Zutanita la de Perenganito…, y muchos más, en sus catres o camillas, o como quiera que padeciera cada cual. Entornó el portal y advirtió a Jesús lo que le esperaba fuera.
Jesús salió rápidamente y se encontró con el espectáculo. ¡Tantas ovejas que buscan pastor; tantas mieses necesitando cultivo y siega!  Y salió directamente hacia los enfermos, a interesarse por ellos, uno por uno, a imponer sus manos sobra cada cual  (que así encontraba su salud o la liberación de aquellos malos espíritus o humores que les tenían maltrechos. Luego se fijó en los otros, los sanos, los que venían esperando una palabra, y se puso a hablarles de ese reino de Dios que estaba ya tan cerca que lo estaban palpando ellos de una forma tan directa.  Porque el que Dios reina no es algo que llega con esplendores de relámpagos ni revoloteo de ángeles, sino en cuanto surge el ansia de encontrar a Dios y se tiene el corazón abierto para recibir sus manifestaciones. Y ¡qué mayor manifestación que eso que estaban experimentando…, aquellos gritos tan propios de la emoción hebrea, ante cada lisiado que se ponía de pie.
  Yo estuve en la Misa de enfermos que se tuvo con la Virgen de Fátima peregrina que recorrió España hace ya muchos años. Y recuerdo los gritos de las gentes cuando el sacerdote pasaba dando a cada enfermo la bendición con el Santísimo, y había enfermos que se ponían de pie en sus camas o sillas de ruedas. De hecho hubo un sonoro milagro en una monja, a la que le llamaron siempre la monja del milagro, y que fue constatado por la ciencia.
Entonces imagino, sin necesidad de mucha fantasía aquel momento de Jesús pasando por entre los enfermos y sintiendo el calor de la mano de Jesús, de la que salía aquella fuerza que sanaba a todos.
  Jesús se estuvo con aquellas gentes un buen rato, en el que aquellos sus propios cuatro discípulos recién llamados, se quedaban sin habla ante cada momento que vivían allí.  Se habían ido tras Jesús, casi sin saber ni adónde iban…, y cada momento de los que habían vivido ese día, les era un atractivo más para acentuar la decisión con la que habían dado, casi a ciegas, el primer paso. ¿y no estaban más que empezando!
Jesús despidió a la gente, quedándose un rato en el portón de la casa, para dar ese sentido de familiaridad con el que había querido comunicarse con ellos.  Luego se adentró, y poco más o menos que se dispusieron a retirarse a descansar.  Ignoro si la cena era parte de la vida judía. Alguna cosa tomarían, pero no habría muchas cosas de qué disponer esa noche.
  La suegra de Pedro había dispuesto una habitación más grande para que allí se quedaran los 5 hombres, aunque podría ser normal que Simón tenía su habitación. ¿O fue esa habitación la que la mujer dispuso de manera que fuera el lugar de descanso de ellos?  Porque las mujeres se las pintan solas para eso, con esa disposición e imaginación con que las dotó el Señor. Y si, además, hablamos de una casa judía, siempre abierta a la hospitalidad, y donde tantas veces había que haber hecho sitio a un huésped no esperado.
Y allí se retiraron, se arrebujaron en sus mantos y –aunque algunos comentarios salieron en unos primeros momentos, pronto se fueron apagando porque el sueño les fue venciendo.  Jesús se había reservado el lugar más próximo a la puerta. Uno podría hasta pensar que era la forma típica del pastor que dormía atravesado en la entrada del redil, como vigía que advierte antes que nadie cualquier movimiento.  Luego, leyendo lo que sigue en el Evangelio, ve uno que la razón había sido mucho más simple.
  Pero eso será otro capítulo, si el Señor nos da salud y vida.

lunes, 4 de febrero de 2013

Suegra de Simón


Día normal. La suegra de Simón       (Mc 1, 29-31)
          Siguiendo el orden de Marcos, y por tanto “su argumento” –que es también pieza importante en la comprensión de los hechos evangélicos-, que por eso soy tan poco partidario de seguir las lecturas diarias en la oración personal), San Marcos nos está llevando de la mano a VER un día completo en la vida de Jesús.  Comenzó el día en la sinagoga de Cafarnaúm, dejando muy claro que su Palabra no es una repetición de lo escrito (muy diverso a los de los fariseos), sino con una fuerza de la verdad que da una sensación de autoridad que llama la atención. Y además de la palabra, los hechos, y hace la mayor demostración de poder, expulsando un demonio que, por su parte, pretendía dominar a Jesús nombrándole por su títulos de “santo de Dios”.  La gente se asombra de este conjunto de hechos y corre su fama por todas partes.
De ahí a la casa de Simón que –según se quiere explicar en las actuales ruinas- lindaba con a sinagoga. La suegra, con una gripe encima, estaba en cama.  Jesús también llega hasta ella con su parte de buen humor para levantarle el ánimo. No vamos a pensar que Jesús llega a la, casa y llega con el milagro en las manos. Es Simón quien ya le advierte de antemano a Jesús que su suegra esté enferma; han tenido mala suerte en el momento de meterse allí, pero ya se arreglarán.  Jesús manifestó su deseo de visitar a la enferma.  Lo pasan a su habitación, se queda con ella, la escucha, le bromea, le dice que se ha quedado allí porque está más calentita y descansada, y que ahora los va a dejar sin comer… La pobre mujer no tiene muchas fuerzas para otra cosa que para afirmar claramente qué mas quiera ella que estar buena…  Jesús la toma de la mano y le dice: Pues hágase como tú quieres; ya no tienes fiebre; ya estás fresca, y además tú misma ves que tienes fuerzas. Puedes levantarte tranquilamente si es tu deseo…  Jesús se sale de la habitación con Simón y Andrés que como familiares habían estado presentes a aquella visita “de enferma”, y la mujer se siente estupendamente y se dispone a dejar la casa en mejores condiciones.
Le había cogido con “la despensa” vacía, porque su fiebre la había dejado sin poder comprar, y porque dentro de la familia se arreglaban como podían en aquellas circunstancias.  Ahora se encontraba en una excepción imprevista:  tiene en casa –por menos- 5 hombres para comer. Y la mañana avanzada ya. Ha de echarse el mantón por los hombros y salir a las vecinas más cercanas para pedirles prestado lo necesario para preparar una comida. Y ya llama la atención que la buena mujer que estaba en cama, vaya ahora de aquí para allá…, y que se le ve en sus normales facultades. Ella explica lo que ha pasado, y si ya había salido de la sinagoga en olor de multitud, ahora, en los niveles de la gentes encilla, la del día a día. Salta una nueva chispa de admiración. Realmente aquel hombre no es como los demás. Aquel hombre es un personaje que parece estar llamando a la gente, sin hacerlo expresamente, pero por la fuerza de su testimonio. Y las mujeres aquellas tomaron nota y, como buenas mujeres, corrieron a noticia de boca en boca…
La suegra vino con su cesto lleno de lo que había sacado aquí y allí y se puso pronto a hacer la comida. No sería un banquete de fiesta pero sí una comida sencilla de familia, una comida de lo más normal que podía hacerse.  Y cuando llegó la hora del almuerzo, la mujer avisó que iba a poner la mesa, y que les iba a servir la comida… Jesús le volvió a bromear: ¡Y  ésta era la enferma…!  Ella sólo respondió con una honda sonrisa cómplice, de agradecimiento, y se puso a servirles. “Esto es lo que hay; no ha podido ser otra cosa”.  Y todos comieron satisfechos, mientras Jesús seguía con sus enseñanzas, sus explicaciones, sus ejemplos…, que había iniciado antes en ese espacio en que la mujer había estado moviéndose para preparar la comida.  Ellos multiplicaban sus preguntas, y encontraban en Jesús respuestas llenas de sabiduría y fondo, que nunca habían escuchado.
Comieron.  La mujer –como propio de la cultura judía- se mantuvo en su cocina y salía para los servicios necesarios.  Y comería mientras tanto. Fregó, dejó limpia su cocina (allí no cabía pensar otra cosa).
Donde yo establezco la diferencia –y sé que forzando todo contexto cultural- es después en la sobremesa.  No era normal que una mujer estuviera allí donde estaban los hombres. Pero yo imagino a Jesús llamándola para que se venga a estar con ellos. Se resistía la mujer, pero Jesús insistió.  Nos has servido, has trabajado, está en tu casa, y no te vas a quedar aislada ahora en tu habitación.  Lo que estamos hablando no es un secreto, y tú tienes hoy un puesto importante en medio de nosotros.  Muy a regañadientes la mujer se vino…, intentó quedarse en un segundo plano, pero Jesús le hizo estar como los demás…  Al principio la mujer no  hablaba; se limitaba a estar y escuchar.  Pero las preguntas y respuestas de los hombres le fueron levantando curiosidades, y de esas que son capaces de caer las mujeres y en la que los hombres no caen.  Y su presencia resultó enriquecedora para aquellas explicaciones que Jesús iba adobando con sus parábolas y su lenguaje sencillo.  Una sobremesa deliciosa, en la que se llegó a sentir cómoda aquella mujer.  Bien se demostraría que Jesús tuvo delicadezas en su vida con otras mujeres, a las que sacaba de ese anonimato impersonal tan propio de aquel entorno cultural.  Fue una parte de la labor nueva de este  nuevo plazo que Él había anunciado.

domingo, 3 de febrero de 2013

SE ALEJABA... (4º C, T.O.)


Persecución por la Palabra
          El domingo pasado LA PALABRA DE DOPS ocupó el centro y el mensaje concreto que nos trasmitía la pedagogía litúrgica. Por eso la lectura del Evangelio se detuvo en la frase con ie hoy comienza de nuevo. Entonces se trató de poner acento en esa admiración que provoca la Palabra de Dios.
             Pero no estaba todo completado. Queda para hoy la realidad fehaciente de que es un riesgo ser fieles a la Palabra de Dios, porque tenemos la tendencia  a dulcificarla, a parcializarla, a tomarla en lo que nos va, y a dejarla un poco al  lado en lo que no nos agrada. Cuando Jesús, uno más de aquellos nazaretanos, vuelve a su tierra hecho un personaje de fama, admirado ya por las gentes de otros pueblos vecinos, los paisanos de Jesús se sienten y cuando Jesús habla y en lo que expone provoca  la reacción favorable, admirados de las palabras de gracia que salían de su boca, con las que estaba trasmitiendo que la promesa mesiánica se había cumplido en Él.
             Pero surge el “reventado” de turno. El que intenta desprestigiar de balde al mensajero, y así se acaba con su influencia. “Persecución por la Palaba”. Salió uno e hizo allí en medio una pregunta, intencionada:  ¿no es Éste el hijo del carpintero?  Si prosperaba su pregunta, había acallado el “efecto Jesús”.  ¡Y prendió el fuego!, y la gente se alteró y Jesús echó mano de la historia  sagrada para mostrar que el mundo no se cierra en Israel, y que también fuera de Israel, entre paganos, Dios había encontrado eco, el que no había encontrado en su pueblo de Israel.
             Esto les exacerbó y se levantaron todos amenazantes; Jesús no había hecho sino expresar lo que dice la Palabra de Dios.  Pero allí les dolía, y entonces la solución muy judía, fue querer acabar con Jesús.  Jesús sabía que no cabían las palabras, y tuvo que tomar la solución más expeditiva, salirse corriendo del tumulto a campo través, y establecer una distancia con aquella turba enfurecida. Ellos lo perseguían con todas las malas intenciones de despeñarlo por el barranco.  Pero también es verdad que en el transcurso de aquella persecución, más de uno se dio cuenta de lo ridículo que era lo que estaba haciendo. Y al final acabaron de correr y se fue quedando el grueso en el camino.
             Jesús se apercibió de la situación y se dio media vuelta y se quedó mirando al pequeño grupo que seguía tras de Él. Miró Jesús con tal fijeza, con tal profundidad, con tal autoridad, que el grupo se detuvo. Se dieron  cuenta que aquello era absurdo. Jesús los miraba y podía llamarles a cada uno por su nombre.  Habían sido amigos desde la niñez.  Y con la fuerza que tenía su mirada, pero sin desafiarles, pasó entre ellos y se alejaba. Todos vieron la escena y acabaron sin moverse de donde estaban.
             Jeremías cuenta en la primera lectura que Dios encarga predicar su Palabra y que no se puede tener miedo en hacerlo.  Le provocaría más miedo el dejar de hacerlo por temor o respeto humano. Y que acabaría sufriendo él mismo las consecuencias de su falta de fidelidad a la Palabra de Dios.

             Es de una actualidad rabiosa todo esto, porque los católicos estamos llamados a ir al mundo y proclamar el Evangelio a toda criatura. Que no podemos vivir achicados ante las persecuciones que –abiertas o solapadas- se hacen contra los mensajeros de la Palabra, para callarnos. Porque esa sería nuestra vergüenza y nuestro fracaso.
             Pero LA PALABRA no sólo se expresa…  La Palabra se vive. La palabra no es un sermón.  La Palabra es un modo de vivir  y de contrarrestar la confusión reinante.
             Y concreto a un caso que, por flagrante, debe ser un muestra de la infección que nos han inoculado los medios de comunicación.  Hoy es fácil encontrar al creyente que se proclama católico y practicante por los cuatro costados, que no está dispuesto a unirse en matrimonio con otra persona que está casada. Hasta ahí estamos dentro de lo que son principios esenciales de la fe.  Pero darían por bueno unirse a ese casado o casada si se separara.  Y estamos asistiendo a ese carrusel  llamativo de personas que –por vivir solas-buscan pareja, que ponen unas condiciones absolutamente rectas para que alguien se dirija a ellas, porque son personas que frecuentan los sacramentos;  y que –a la vuelta de una llamada telefónica- aceptan tranquilamente al divorciado o divorciada, separado o separada que se les ofrece.
             O están las familias condescendiendo, aprobando y aconsejando a sus hijos/as jóvenes que primer se junten y convivan antes de dar el paso definitivo sacramental.  ¡Esto es la manipulación soez de la fe que dicen profesar!  Y malo es que se haya medito la práctica entre los jóvenes, más atentos a los seriales televisivos que a la Palabra de Dios y las exigencias de su fe. Pero cuando son los padres “católicos, apostólicos, romanos” (según ellos se definen) quienes aprueban o aconsejan o se quedan tan panchos, quiere decir que estamos mandando a Jesús a la montaña para despeñarlo. Y acabado el principio básico evangélico de la verdad, ya estamos todos más tranquilos.
             Imagino la mirada fija en el hondón de nuestras almas, que nos va a dirigir Jesús en la Eucaristía de hoy…   Pienso en ese paso que hace ahora entre tales personas…, y ese espantoso: se alejaba, que en el original griego expresa un irse para no regresar allí más.

sábado, 2 de febrero de 2013

Varias celebraciones


2 de febrero
          Una fecha con varias referencias de patronazgo.  Como fiesta litúrgica es LA PRESSENTACIÓN DEL SEÑOR, aunque para lo popular es “la purificación de María”.  Lo que pasa es que no hay ninguna “celebración” de purificaciones en las descripciones bíblicas, porque la tal “purificación” de la mujer era simplemente cumplir su cuarentena desde el día del parto. [Aquí son 40 días después del 25 de diciembre]. Lo que sí estaba prescrito y con un ritual muy concreto era la presentación de los primogénitos varones en el Templo de Jerusalén.  Y maría y José llevaron al Niño al Templo para cumplir todas las prescripciones de la Ley. Serán dos lecturas de hoy: la una, lo prescrito. El Evangelio, la realización por esta familia que ha tenido su primer hijo y varón.
             En el transcurso de llegada y salida aparecen dos personajes ya mayores, e incluso ancianos.  Simeón, que había pedido a Dios no morir antes de ver al Mesías. Y hoy va al Templo como todos los días y tiene la revelación profética de que este niño es precisamente el que él tanto deseaba.  Ahora puedo morir en paz porque mi ojos han visto a tu Salvador, LUZ que ilumina a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
             A la otra parte está la anciana Ana, Viuda ya hacía 84 años, y que dedicó su vida al Templo, y hablaba de aquel Niño con toda alegría.

             La fiesta litúrgica se celebraba (y se va volviendo a recuperar su celebración más solemne) con una procesión desde una Capilla o iglesia menor hasta la Basílica, yendo todos con CANDELAS en las manos, rememorando el anuncio de Simeón.  Es un lucernario en la forma de expresase la Iglesia.
             Derivó el término “Candelaria” hacia la Virgen, de manera que se le hace ya protagonista y se le llama La Candelaria.  Pero en realidad todo el rito de la LUZ es algo que abarca desde el mismo día de Navidad (Misa de Nochebuena), a Epifanía (la estrella), para desembocar en esta fiesta candelaria de luces encendidas en recuerdo de Cristo, LUZ DE LAS NACIONES, y cuya explosión solemnísima tendrá lugar en el otro lucernario de la Vigilia Pascual, con el encendido del Cirio y su propagación por las naves del Templo.

             La presencia de aquella venerable viuda ha sido vista por las VIUDAS CRISTIANAS como fiesta de patronazgo, que permanece celebrándose, aunque hoy el número de “verdaderas viudas” (como llaman los escritos del Nuevo Testamento), ha disminuido notoriamente, por razones que son obvias en una sociedad tan distinta como la actual.
Simeón y Ana, ancianos, viene también a ofrecer cobertura patronal al movimiento laico cristiano de VIDA ASCENDENTE, que engloba a los jubilados de ambos sexos, que tienen su formación permanente, su sentido cristiano, y ofrece también la ocasión de encuentros que son tan positivos en personas que se encuentran muchas veces más solas, o con menos vida social, para desenvolver cualidades que evidentemente conservan.

Por su parte, LA VIDA CONSAGRADA ha encontrado en la PRESENTACIÓN Y OFRECIMIENTO DEL NIÑO EN EL TEMPLO una ocasión para sentirse directamente abarcados por este fiesta.

Día, pues, lleno de celebraciones festivas, que dan salsa a realidades de la vida que ya llevan de por sí su dificultad, pero a las que se busca plantar al mal tiempo buena cara.  Porque ante la crisis y todo lo demás que está cayendo, lo que necesitamos es tener válvula de escape.  Que hasta en los matrimonios irían las cosas de otra manera si supiera ser celebrativos y darle esa “sal y pimienta” a la monotonía de la vida. Es que el mundo se ha materializado de tal modo que parece que no queda tiempo para celebrar.  O si se “celebra”, tiene que ser gastando y saliendo de casa, en vez de darle al propio hogar esa gracia peculiar que encierra el saber encontrar aires de fiesta dentro de la realidad familiar y de hogar.  Pero si a los niños hay que montarle fiestas llamativas para un cumpleaños, y generalmente en lugares ya preparados para ello, su casa se convierte en el tormento de obligaciones, mandatos o gritos, pero no en una mesa sencilla donde la familia (y algún amiguito cualificado) van a tomarse esas patatas fritas que saben a gloria porque se toman en el buen ambiente distendido de la propia familia.  La “sociedad” acaba engullendo y todos hacemos esa sociedad mucho peor porque hemos cedido y somos engullidos.  Y cuando los hijos despiertan, acaban no encontrando más salida festiva que el botellón maldito, que acaba con tantos valores y costumbres de hogar. Aparte de los enormes vicios y enfermedades que genera. Pero “la sociedad…”

                ¿Y qué es la sociedad?  ¿Quién hace la sociedad?

viernes, 1 de febrero de 2013

¿Quién es Este?

Mi libro último: ¿QUIÉN ES ESTE? está escrito en mismo estilo de lo que este año salió en el blog en ADVIENTO y NAVIDAD. Varían los matices puesto que cada vez lo vivo con una intensidad diferente. Aparte de las muchas personas que ya siguen este libro y que han expresado su sentimiento muy favorable porque les ha ayudado a adentrarse en temas que -de otra manera- nunca hubieran barruntado, hoy mismo recibo el correo de un médico que me escribe lo siguiente:

Me estoy leyendo su ultimo libro en plan "mesilla de noche"...Es una delicia, como escribe... Es increible pues parece que estaba allí... Como se imagina lo que ocurre como si fueras un periodista en primera linea describiendo lo que ve (por ejemplo,el episodio del anuncio a MARIA (MIRIAM) de su embarazo y las tribulaciones de Joaquin, Ana y Jose).
Me encanta...Desconocía, como dice el lomo, su musicalidad y fluidez de narración.
Ha logrado engancharme...Es magnifico para un católico empedernido y sin remedio ya, como yo,que le cuente las cosas "un testigo".
Enhorabuena.

Gratuidad del don de Dios


SEMILLA LLENA DE VIDA
          La parábola de la semilla (diversa de la del “Sembrador”) tiene unos matices de delicadeza que –a su vez- incitan al abandono y la confianza, algo que para un Primer Viernes es bonito tener ante los ojos. Los planteamientos normales que tenemos que hacernos en nuestra vida espiritual van en línea de exigencia y correspondencia. La parábolas suelen plantear actitudes de respuesta.  Hoy la parábola de la semilla (Mc 3, 26) lo que se nos pone delante es el misterio consolador de la gracia [y si es gracia es que es gratuita), que nos pone delante que la semilla que echa el labrador en el surco ya tiene en sí misma la fuerza del crecer, por su misma naturaleza.  Al labrador no se le piden unas condiciones para que esa semilla brote y luego crezca y acabe dando el grano. El labrador ha echado la semilla y ahora duerme de noche y se levanta de mañana y la semilla ha empezado a matear.
             Gran lección de la gratuidad de la Gracia.  Nosotros, por mucho preocuparnos no podemos hacerla crecer más rápidamente. Tampoco es que el labrador se cruza de brazos.  Él no tiene en su mano una acción directa para hacerla crecer.  Pero sí deberá cultivar la tierra con las labores que corresponden al buen labrador: regar, escardar, abonar…  Lo demás ya no está en su mano.  Su obra será la de segar cuando la mies está en sazón y recogerla, pesarla, almacenarla.  Pero, como dijo un día San Pablo, Apolo sembró, Pablo regó, pero es Dios quien da el crecimiento.
             Todo eso debe ser recogido como enseñanza que Cristo ha querido dejar ahí, para que conste claramente que la acción de Dios en nosotros es puro regalo, y que nosotros no podríamos por esfuerzos nuestros añadir un minuto a nuestra vida.
             No estamos acostumbrados a este lenguaje, y más bien hemos recibido una concepción de la vida de fe como un comenzar nosotros a ser buenos para que el Señor se venga a nosotros.  Siempre pensamos en el mérito de Zaqueo subiéndose  al árbol para ver pasar a Jesús… Y no nos paramos en ver que Jesús “no pasó”, no se limitó a “verse pasar”, y que quien toma la iniciativa de parase bajo el árbol, mirar hacia arriba y llamar…, fue obra directa y libre de Jesús.  Que después supo ser correspondida por Zaqueo.  Pero que todo se hubiera quedado en ver pasar si no es Jesús quien se detiene.
             También tenemos la otra expresión: Dios nos amó cuando éramos pecadores.  Que por un hombre de bien, cualquiera es capaz de hacer algo; pero por un pecador…:  sólo Dios es capaz de hacerlo  y lo hizo, y nos benefició a una humanidad que al fin y al cabo somos tan poca cosa y podemos tan poco (y en el plano de la Gracia, tan nada).
             Por eso estos días estamos teniendo en las Misas diarias esa amplia reflexión de la carta a los Hebreos que nos invitan a acercarnos confiadamente al trono de la misericordia… 
             El Primer Viernes debe siempre acercarnos a ese Corazón de Jesús, trono de las misericordias divinas, dentro de la cercanía humana, de Cristo Sacerdote, que se nos ha dado para que podamos sentir la inmensa confianza del que fue total y plenamente Hombre, y supo lo que era la realidad de la humanidad sufriente o necesitada, para poder compadecerse.
             Incluso podríamos purificar lenguajes de una época que hoy nos pide otra formulación mucho más acorde con la revelación. Entonces, los “Primeros Viernes” de mes – y 9 primeros viernes seguidos comulgando- constituían una especie de seguro de salvación.  Hoy hemos de tener un concepto mucho más grande de la Gracia de Dios, y también más grande de nuestra actitud ante lo sobrenatural, para que no hagamos una “mercadería” de nuestras obras de amor a Dios.  Y es que los Primeros Viernes deben ser eso: no una mercadería con la que compro mi salvación final, sino un acto de amor –también gratuito por mi parte- por el que yo amo a fondo perdido, por el inmenso gusto de amar a quien tanto me ha amado primero.  Sencillamente los Primeros Viernes expesaría la gozosa actitud de quien se siente amado por Jesucristo, y sabe que lo noble es amar…, porque amor, con amor se paga.