sábado, 19 de enero de 2019

19 enero: La Palabra de Dios


LITURGIA
                      El comienzo de este día en la carta a los Hebreos (4.12-16) es de los más cordiales que encontramos a lo largo de la Sagrada Escritura. Se refiere a la Palabra de Dios: La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. La palabra de Dios, como salida de la boca de Dios, o hecha presencia en el Hijo, tiene una fuerza eficaz, No es posible que alguien se ponga en contacto con la Palabra de Dios, de buena fe y sin prejuicios, que no salga enganchado en su fuerza viva y en su elocuencia íntima y eficaz.
          Porque la Palabra de Dios es tajante: abre tajo allí donde entra: cuestiona, exige, atrae, se abre paso como cuchillo de doble filo que rasga por donde pasa. No se puede quedar indiferente una persona ante la palabra de Dios. La podrá rechazar, porque las personas son capaces de todo. Pero la verdad es que quien acude de buena fe a la Palabra de Dios, queda prendido en ella.
          En penetrante hasta el punto donde se divide alma y vida, coyunturas y tuétanos… Una manera hiperbólica de expresar su fuerza de penetración, al decir que llega a tocar hasta las partes físicas de la persona: lo más recóndito del ser humano. Es decir: la Palabra de Dios recoge a la persona como la esponja recoge el agua y empapa por dentro y por fuera.
          Juzga los deseos e intenciones del corazón. Nade se le oculta. Todo está patente y descubierto a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuentas. Desde la Palabra quedan de manifiesto nuestros pensamientos y sentimientos. Nos hace saltar a la conciencia lo íntimo y secreto del alma. A la Palabra de Dios nada se le oculta, porque en definitiva es el mismo Dios en que se viene a iluminarnos y a movernos en la dirección del bien.
          Por eso, mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un Sumo Sacerdote que ha atravesado el cielo, Jesús, el Hijo de Dios, la Palabra personificada y el Maestro que nos pone por delante los caminos de Dios.
          Y por ello nos acercamos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

          En el evangelio (Mc.2,13-17) tenemos la vocación de Mateo, un nuevo hombre al que Jesús añade al grupo de sus discípulos, proveniente del estado social mal visto en la sociedad judía: la de los publicanos. Leví era publicano, cobrador de impuestos, y por tanto no precisamente estimado de las gentes.
          Está sentado en el mostrador de los impuestos cuando Jesús pasa por allí y se le queda mirando. Al modo de lo que se cuenta del escultor Miguel Ángel cuando vio el bloque de granito y se quedó extasiado viendo ya en él al Moisés que podía tallar en aquel bloque tosco, Jesús pensó que aquel publicano podía ser un apóstol. Y lo llamó: Sígueme. Y el hombre sintió la conmoción de la llamada y se levantó de su puesto y se fue tras Jesús. Y se fue con sentido de fiesta: alegre, como quien ha descubierto un mundo nuevo que merecía la pena más de lo que había vivido hasta aquel momento. No por eso abandonaba sin más a sus compañeros de oficio, otros publicanos, y quiso compartir con ellos su alegría. Y eso se hace más patente en una comida en común, un banquete de fiesta. Y allí invitó a esos hombres y a Jesús y sus discípulos.
          Jesús aceptó y no desdeñó unirse en aquella comida con los publicanos, aunque ellos eran considerados por las gentes “pecadores públicos”, hombres despreciables. Y naturalmente fue criticado por los fariseos, porque comer con unas gentes supone estar en familiaridad con ellos.
          Jesús les expresó su pensamiento, que correspondía a su misión mesiánica: No he venido a llamar justos sino pecadores; no necesitan de médico los sanos sino los enfermos. Por eso Jesús puede estar a gusto con aquellos hombres que no presumen de nada ni se valoran más a sí mismos, pero no se entiende con los “justos”, los santones, que creen que no  deben nada a nadie y que se sitúan por encima de los demás. Por eso suele ser siempre tensa la invitación que le hacen los fariseos, porque ellos siempre están al acecho del defecto. Y no hay problema con los publicanos, que se sienten a gusto y en paz con aquel hombre de corazón abierto, que no los desdeña y que es capaz de comer con ellos sin ningún aspaviento.

viernes, 18 de enero de 2019

18 enero: Los amigos


Hoy ESCUELA DE ORACIÓN.- Málaga
LITURGIA
                      Si nos quedamos en el resumen de lo que dice esta lectura de hoy (Heb.4,1.5.11) entendemos mejor la disquisición de ese párrafo. Aquel pueblo no aprovechó el HOY que se le ofrecía. Nosotros tenemos que escuchar HOY  la voz del Señor. Que no es ni nuestra voz, ni nuestra opinión. Sino la Palabra de Dios: Empeñémonos por tanto en entrar en aquel descanso para que nadie caiga en la desobediencia.

          El SALMO (77) rubrica el argumento principal: No olvidéis las acciones de Dios. Los antepasados fueron generación rebelde y pertinaz, de espíritu infiel a Dios. Nosotros hemos de vivir llevando a la práctica lo que oímos y aprendimos.

          El evangelio (Mc.2,1-12) explaya el que hace poco hemos tenido por parte de otro evangelista. Marcos explicita más. Estamos en Cafarnaúm y lo han conocido las gentes, que –en consecuencia- se vienen adonde está Jesús y se agolpan en tal número que ya cierran el paso para poder llegar a situarse delante de Jesús.
          Pero un paralítico profundo es traído a la presencia de Jesús. Más bien: los cuatro que lo traen pretenden ponerlo ante Jesús, pero no hay modo de llegar, por el gentío que cierra el paso.
          Entonces sólo queda una posibilidad: llegar por la parte de atrás de la casa, pedir ser recibidos y buscarse una estratagema para que el enfermo acabe ante el Señor. Debía Jesús estar hablando desde un porche o entrada cubierta por una azotea.
          Allí se encaminan los cuatro con la camilla del paralítico, y en un alarde de buena voluntad y actitud de servicio, se lo suben a la azotea, quitan unas lascas o grandes tejas y desde allí hacen descender al enfermo de manera que viene a caer delante mismo de Jesús.
          Jesús deja su enseñanza a las gentes y se centra en aquel hombre, que es ahora lo urgente. Y abarcando mucho más de lo que decían en sí las palabras, le dice al paralítico: Hombre: tus pecados son perdonados. Esa palabra incluía la sanación del cuerpo y del alma, por aquello de que “por el pecado llega la enfermedad” e incluso la muerte. Perdonados los pecados, se está diciendo implícitamente que Jesús tiene voluntad de curar al paciente.
          Pero aquella palabra de Jesús es tomada a mal por los fariseos, siempre al acecho de lo que pudiera recriminar a Jesús. Y piensan que blasfema porque perdonar pecados es sólo de Dios.
          Jesús les lanza un desafío: Vamos a ver: ¿qué es más creíble: decirle al paralítico: ‘perdonados son tus pecados’ o decirle: ‘levántate, coge tu camilla y echa andar’? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar pecados…, se dirige al paralítico y le dice: Contigo hablo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
          Y el enfermo lo hizo tan como le decía Jesús, y se levantó de la camilla, con mucho recelo, después de tanto tiempo sin poder caminar, asentó los pies sobre el suelo, se consolidó…, y a la vista de todos, tomó su camilla y se le echó a cuestas, y se puso a caminar. Se quedaron atónitos los que lo veían, y daban gloria a Dios. No se dice nada de los fariseos, que se quedaron boquiabiertos y sin argumentos.
          Yo me detendría hoy en aquellos cuatro que llevaron al paralítico hasta Jesús, y que se tomaron su trabajo hasta ponerlo en su presencia. Aquellos 4 eran más que unos asalariados. No se limitaron a hacer lo “normal”. Hicieron más. Aquellos cuatro se manifestaron como verdaderos amigos y no se conformaron con “cumplir”.
          Esto nos invita a pensar en nuestra actitud de amistad: activa y pasiva, es decir, en nuestra actitud de servicio y hasta dónde estamos dispuestos. Y nuestra confianza en los amigos –en qué amigos- para pedirles ayuda en un caso difícil. O dicho de otra manera: a qué amigos iríamos a pedir un favor, confiándonos plenamente en ellos.
          Y hay una pregunta de más enjundia todavía: ¿a qué amigo pediríamos que nos llevase hasta Jesús, o que nos hablase de Jesús y nos entusiasmase con Jesús?

jueves, 17 de enero de 2019

17 enero: Si quieres.


Viernes 18: ESCUELA DE ORACIÓN. Málaga
LITURGIA
                      Heb.3,7-14. Se queja el Señor de la dureza de corazón de un pueblo que ha roto las expectativas y con ello todo lo que el Señor quería realizar en él. La reacción humana, puesta en labios de Dios, es que no entrarán en mi descanso. Sin embargo eso que ha ocurrido “ayer” puede cambiarse en el HOY, si hoy escucha la voz del Señor. Pues bien: que ninguno de vosotros-dice la carta- tenga un corazón malo que lo lleve a desertar del Dios vivo. Por el contrario, día tras día, mientras dure el “hoy” que ninguno de vosotros se endurezca engañado por el pecado.
          Todo ello tiene un fundamento esencial: que somos partícipes de Cristo que tenemos que conservar hasta el final el temple primitivo de la fe.
          Muchas personas tienen la sensación de que han perdido la fe primera. Hay que advertir que a medida que madura la personalidad, aquellas emociones de la fe y de la piedad se van atemperando, como pasa en el amor humano, que no es lo mismo en la fogosidad de los 25 ó 30 años que en los 60. Pero también es verdad que muchas veces ha enfriado la fe porque no se ha defendido y cultivado debidamente. Esto es lo que hay que analizar. Hay que “conservar el temple primitivo de la fe”, que no equivale a las emociones primeras sino a la fuerza interior. Y esa debe madurar con la maduración de la persona.
          El evangelio de hoy (Mc.1,40-45) repite el que hace poco hemos tenido en la semana de epifanía. Se trata del leproso que se presenta humildemente ante Jesús, se postra y le presenta una oracion que es un  verdadero reto a Jesús: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Que puedes, lo doy por supuesto, pues has hecho cosas mayores. Ahora queda en tus manos que quieras… Que si tú quieres, puedes limpiarme de mi lepra.
          Jesús no se limita a su querer. Pone amor y cercanía: extiende la mano y le toca, lo que ya era una clara afirmación de su querer. Y el leproso queda limpio de la lepra. Lo que le falta para que su curación sea oficial es que se presente al sacerdote y sea declarado hombre curado. Y a partir de ese momento reincorporarse a la vida social, de la que estaba excluido por el temor del contagio. Debía el enfermo recién curado hacer una ofrenda, según lo prescrito.
          Otro de los “mandatos” de Jesús era ineficaz, porque Jesús quiere que no divulgue el hecho, pero como era lógico, el hombre lo proclama con grandes ponderaciones.
          Por esa circunstancia Jesús tenía que quedarse en las afueras de los poblados, o entrar de forma que no llamara la atención, porque la gente acudía a él de todas partes. O sea: que aunque Jesús pretendía pasar desapercibido, no lo lograba. Y es natural y lógico. El mundo está hambriento de humanidad, de calor y cercanía, de sanaciones de tantas cosas…, y eso lo encontraba en Jesús. Por ley natural la gente lo buscaba desde todos los rincones.
          Podríamos preguntarnos por qué hoy no salen las personas de su frialdad y soledad…, por qué no buscan el calor de Jesús… Y desde luego es fácil la respuesta: porque no lo conocen. Porque no se les ha dado a Jesús. Porque no les hemos presentado al Jesús del evangelio. Porque el mundo de hoy ha ignorado a Jesús. Porque el mundo está asentado en el Malo. Porque la vida moderna tiende a lo cómodo e inmediato, y es muy fácil presentar la vida como mero placer. Porque se ha eliminado de la vida el sentido del compromiso y de la trascendencia. Porque se ha eliminado la religión. Porque se ha dejado a Dios. Porque las fuerzas del mal han sido más capaces de destruir la fe, y los hijos de la luz no hemos sabido iluminar con la verdad.
          Seguro que pueden añadirse más razones, y que cada cual puede tener las suyas. Unos con un sentido culpabilizante y otros con una visión mucho más amplia de la realidad, que es mucho más compleja, y que no se trata ahora de darse golpes de pecho. San Pablo en la carta a los romanos señala tres razones de mucho fuste: porque la vida mundana ha exacerbado el ídolo del sexo; porque el hombre ha perdido el sentido de la vida y del valor de la vida. Y porque se ha perdido la razón, la vida razonable. Y cuando se ha llegado a esa situación, se ha eliminado a Dios de la historia. Y la historia sin Dios es un despropósito completo. Ya dijo Jesucristo que “Dios o el dinero”, y “conmigo a contra mí”. O sea: un dilema en el que hay dos términos que se contraponen evidentemente: y haber elegido las cosas del mundo, es haber rechazado el valor “Jesucristo”.

miércoles, 16 de enero de 2019

16 enero: Para esto he venido


El Viernes, ESCUELA DE ORACIÓN.- Málaga
LITURGIA
                      Heb.2,14-18 es una exposición muy sencilla y fácil de entender sin muchas explicaciones. Parte del hecho de que Jesús es hombre, de la misma familia que nosotros, participando de nuestra carne y nuestra sangre, hasta el punto de morir y así aniquilar al que tenía el poder de la muerte, el diablo, y así liberó a todos los que por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos.
          El autor hace una llamada de atención para hacernos ver que ha tendido la mano a los hombres, los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo y expiar los pecados del pueblo.
          Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella. Jesús se pone en nuestro lugar. Comprende y auxilia. Nosotros estamos ahora en vías, en camino, y el dolor y la contradicción nos llegan. Pero tenemos la posibilidad de mirar a Jesús y saber que él se compadece y triunfa del sufrimiento.

          Mc.1,29-39 nos narra la continuación de lo contado ayer en la sinagoga de Cafarnaúm. Cuando salen de allí, Jesús se dirige con Juan y Santiago a la casa de Simón y Andrés, en oportunidad en que la suegra de Simón yacía en cama con fiebre alta.
          Se lo dicen a Jesús y él se acerca a la enferma, la toma de la mano y le hace saber que ya está sana y que puede levantarse. De hecho se le había pasado la fiebre y se puso a servirles. Debía ser lo mínimo de servicio porque estaban en sábado y no cabía hacer trabajos. Por eso el resto del día no se nos dice que Jesús hiciera nada y que el relato continúe al atardecer, cuando ya el “sábado” ha concluido y Jesús puede actuar. Y las gentes pueden venir hasta donde estaba él, y acarrear a sus enfermos, alguno de los cuales estaba en camilla.
          Como Jesús había mostrado su fuerza al expulsar al demonio en la sinagoga aquella mañana, las gentes trajeron a Jesús a los enfermos y a los poseídos por malos espíritus. Y se agolparon a la puerta.
          Jesús salió y los vio y se conmovió ante tanta miseria, siendo así que él venía a implantar misericordia. A los enfermos les imponía las manos y los curaba. A los posesos no les dejaba hablar porque los demonios lo conocían y él no permitía ni la apariencia de que el demonio pudiera pretender poseerlo a él.
          La noche le fue corta porque de madrugada, aun sin salir el sol, él se salió de la casa y se retiró a un lugar tranquilo y silencioso para orar a Dios, para descansar su espíritu en Dios y hallar nuevos caminos por los que discurrir en adelante. La oración de Jesús no era una oración pasiva o vacía: era oración de abandono en Dios y de búsqueda para seguir haciendo siempre la voluntad de Dios.
          Las gentes se vinieron muy temprano a buscarlo porque su presencia, su palabra y su fuerza les daba confianza y les atendía en sus necesidades. Simón salió en búsqueda de Jesús y lo halló en un descampado. Le dijo que la gente lo buscaba… Pero Jesús había orado y había encontrado la dirección en que había de caminar. Y respondió a Simón que se iban a otro lugar porque para eso he venido.
          Y salió de allí por otros lugares de Galilea. También en ellos debía predicar en sus sinagogas, y seguir expulsando demonios, que era la fuerza contraria a él. Él, el que libera, el que da vida. El demonio el que esclaviza y mata. Y el que se presenta de múltiples formas, bajo capa de oveja, para hacer estragos en el pueblo. Frente a esa fuerza diabólica está Jesús, que tiene que ejercer su labor liberadora por todas partes. Y cuando hablamos de demonio no precisamente tenemos que hablar de un personaje que se presente repugnante, con el tridente en la mano. El espíritu inmundo se reviste de múltiples formas y generalmente atractivas, disimulado bajo mil maneras. Por supuesto que engañosas. Pero eso no se advierte si no se está muy alerta y con sentido de sana sospecha de tantas cosas que se nos ofrecen a lo largo de la vida. Y no todo lo que se presenta como bueno es siempre bueno, ni todo lo que aparece malo es malo. Ahí ha de darse un discernimiento, una conciencia fina para saber separar el trigo de la paja. El evangelio debe servir de criterio, de criba para separar lo bueno de lo malo, lo recto de lo sinuoso. Y hoy hay muchas sinuosidades que nos pueden hacer caer en la trampa del engaño del mal.

martes, 15 de enero de 2019

15 enero: Actuaba con autoridad


LITURGIA
                        Ayer afirmaba el autor de esta carta que Jesús fue encumbrado por encima de los ángeles, y que a ninguno de ellos se le había dicho: “Hijo mío eres tú”. En cambio a Jesús sí. Hoy (Heb.2,5-12) juega con la idea del HOMBRE Jesús, al que hiciste poco inferior a los ángeles, pero sin embargo lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies. Como hombre era inferior, pero en su realidad de Hombre Dios tenía todo sometido: En efecto, al someterle todo, nada dejó fuera de su dominio. Vuelve de nuevo a la realidad humana: Pero ahora no vemos todavía que le esté sometido todo, pues, por la gracia de Dios, gustó la muerte por todos.
            Convenía que aquel, para quien y por quien existe todo, y que está por encima de los ángeles, llevara muchos hijos a la gloria mediante el sufrimiento. Él es el santificador y nosotros los santificados. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos, cuando dice: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré».
          Hay que tener en cuenta que ésta es una carta muy teológica.

          En evangelio es de Mc.1,21-28, y es uno de los primeros pasos de Jesús en su vida pública. Marcha a Cafarnaúm y el sábado, como correspondía a un buen israelita, asiste a la sinagoga, donde le ceden el puesto para enseñar. Y la gente se admiraba de su enseñanza. Hay que tener en cuenta que los doctores se limitaban a leer la Palabra y decir alguna leve aplicación de la misma, frecuentemente reducida al cumplimiento de sus normas.
          Jesús iba mucho más allá y era mucho más atractivo en su explicación. La gente se encontraba con que aquello le llenaba. Y se asombraban de su enseñanza, porque enseñaba con autoridad y no como los letrados que se reducían a copiar lo que habían leído.
          Esa misma novedad levanta la protesta de un hombre poseído por espíritu inmundo, que se enfrenta a Jesús a voces: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Y con el estilo diabólico que posee nombrando a la persona, a la que entonces esclaviza, dice: Sé quién eres: el Santo de Dios.
          Eso no lo tolera Jesús, porque el demonio no puede poseerlo a él, y lo increpa imponiéndole silencio y expulsándolo del poseso: Cállate y sal de él. El espíritu retorció al hombre y dando un grito estentóreo, salió.
          Si ya la gente se había admirado de su autoridad en presentar la Palabra de Dios, ahora se queda estupefacta cuando tiene tal poder que expulsa a los espíritus inmundos: les manda y le obedecen. Ni que decir tiene que la fama de Jesús se extendió por la comarca como un reguero. No era para menos. Y como Nazaret no dista mucho de Cafarnaúm, debió llegar también aquella fama a Nazaret, aunque lo cierto –como dirá en su momento el propio Jesús- “ningún profeta es bien recibido en su pueblo”.

          Hoy echamos de menos a Jesús actuando en nuestro mundo y expulsando malos espíritus. Ha pasado ya aquel tiempo. Y sin embargo los espíritus inmundos están pululando en nuestras gentes. El Papa, al recomendarnos la oración al Arcángel San Miguel, nos ha propuesto la oración que ya había compuesto otro Papa, en el que se dice: sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio; que Dios humille su soberbia… Tú, príncipe de la milicia celeste, arroja al infierno a Satanás y demás espíritus malignos, que vagan por el mundo para perdición de las almas. Por tanto no estamos ante una leyenda de brujas. Estamos bajo la influencia de Satanás y malos espíritus que están actuando. Y no hace falta mucha imaginación para verlo, si miramos la situación del mundo actual, que ha subvertido todos los valores, y va desterrando diabólicamente a Dios de la vida del mundo.
          Los creyentes en Cristo tenemos que pensar que Cristo no ha sido vencido. Que Cristo no se apartado de nosotros y que Cristo sigue siendo Rey del Universo: es decir, el Reino que él trajo no se ha desmoronado. Por eso hemos de insistir mucho en nuestra oración de súplica para que siga ayudándonos a ser exorcistas del mal en los momentos actuales. Él no está físicamente en medio de nuestras plazas, pero sigue siendo el que pasa por el mundo haciendo el bien. Y hemos de pedirle que siga actuando con autoridad para que acalle a los malos espíritus. Ellos podrán lanzarnos contra el suelo, pero no podrán hacernos daño.

lunes, 14 de enero de 2019

14 enero: La vocación hoy


LITURGIA
                      Comienza el tiempo ordinario de la liturgia, en la parte de año impar. El tiempo ordinario es un largo camino que va llenando los tiempos que no corresponden a un período litúrgico particular. Por eso en esta etapa se extenderá hasta el comienzo de la Cuaresma, y en estas semanas irá desenvolviendo la vida pública de Jesús, y la vida de la Iglesia que queda plasmada en la liturgia de los domingos.
          Abrimos hoy con la carta a los Hebreos (1,1-6), que comienza con un solemne prólogo: En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo.
          Dios había hablado muchas veces a través de los Patriarcas y los Profetas. Eran revelaciones parciales que iban educando al pueblo en su conocimiento y relación con Dios. AHORA ya no hablará más que la Palabra que es el Hijo, quien irá manifestando todo. Más allá del Hijo, ya no hay revelación.
          El Hijo es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y una vez que ha realizado la purificación de los pecados por la obra de la redención, está sentado a la derecha de Dios, en las alturas. A él se dirige Dios para decirle: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy. Por tanto, adórenlo todos los ángeles de Dios. Y, por lógica total, que también lo reconozcan y lo adoren los hombres. Conozcan a Jesucristo en sus mínimos detalles y que de ese conocimiento se siga la adoración del ser humano que se rinde ante la Majestad de Jesús, Hijo de Dios.

          El evangelio es de Marcos (1,14-20). Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Judea no era lugar seguro. Herodes no era de fiar. Y Jesús no desafía irresponsablemente la situación. Se marcha al norte de Palestina donde tiene campo más abierto para poder predicar y enseñar y dar su Buena Noticia.
          Esa noticia se condensa en un primer momento en el anuncio de que está cerca el Reino de Dios. Y por tanto: Se ha cumplido el plazo: Convertíos y creed la Buena Noticia. Ya no hay que esperar a que venga otro. Él está allí y él anuncia llegado el reino de Dios.
          Y comienza a llamar a estar con él a unos hombres del pueblo, gente sencilla que estaba por la playa echando las redes para pescar. Pasa junto a Andrés y Simón, que eran pescadores y los llama a ir con él: Venid y os haré pescadores de hombres. Lo que entendieran aquellos hombres la propuesta de Jesús, así a bote pronto, no podemos saberlo. Pero Jesús tenía ese atractivo del hombre leal, limpio de corazón, y Andrés y Simón aceptaron la llamada aunque sin saber a ciencia cierta a qué iban. Sólo que iban con él: venid conmigo.
          Un poco más adelante –y ya acompañado por los otros dos- ve a otros dos hermanos que están también en sus faenas, repasando las redes. Y sin mediar conversación, también los llama: eran Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Santiago. Y ellos dejaron las redes, a su padre, y los jornaleros, y se fueron tras de Jesús: se marcharon con él. Así era el atractivo que ejercía su presencia, que había bastado la llamada para dejarlo todo en el acto y marcharse con Jesús, a aquella aventura que ellos aceptaron de buen grado.
          Esto nos lleva al tema de las vocaciones y la realidad actual de carencia de respuesta a las posibles llamadas el Señor. Podemos estar seguros que el Señor sigue llamando. Lo que no hay es la decisión de dejar lo que se tiene. Primero, porque se tiene demasiado, y los “ricos” no quedan aptos para seguir a Cristo mientras permanecen ricos. Segundo, y es parte de la primera razón, porque las familias son muy reducidas y los hijos muy mimados. Y no es buen caldo de cultivo esa situación para que el joven se plantee algo más allá que el disfrute inmediato. Tercero es la disminución alarmante de la fe y de la formación cristiana. Cuarto, muy unido a los datos anteriores, la ausencia de un espíritu de abnegación y sacrificio y de captación de los valores espirituales. Cuanto menos relación personal tiene el joven con Dios y con Jesucristo, más alejado queda de plantearse de frente el seguimiento de una vocación. Quinto, que está en a base de todo, el retraso en la madurez de la personalidad. No hay capacidad para tomar decisiones y menos que sean  decisiones trascendentes y  permanentes.

domingo, 13 de enero de 2019

Bautismo de Jesús


LITURGIA:  Fiesta del bautismo de Jesús
                      Se cierra el ciclo de Navidad y Epifanía con la fiesta del bautismo del Señor, que es una nueva epifanía o manifestación de Jesús. Si el episodio de los magos nos llevaba al anuncio a los pueblos paganos del nacimiento del “rey de los judíos”, llamándolos a formar parte del nuevo pueblo de Dios, hoy, con el bautismo y las manifestaciones que se producen en él, la llamada es al propio pueblo judío, al que Jesús es presentado como Mesías, Hijo amado predilecto de Dios.
          Hay dos fases en ese evangelio de Lucas (3,15-16.21-22): una es el testimonio de Juan Bautista, al que la gente llegó a creer “Mesías”, y él lo desmiente y hace caer en la cuenta de que él solo bautiza con agua, en un ritual meramente simbólico pero que no tiene más efecto que el de manera en que las gentes quieran responder a la llamada. Es un recordatorio. No tiene efectos directos. Es un simple reconocimiento de que se es pecador y se necesita salir de ese  estado.
          Pero Juan Bautista anuncia al Mesías, que será el que bautice en Espíritu Santo y fuego. Juan dice de sí que él no es digno ni de ser esclavo de ese Mesías. Pero se encuentra con la sorpresa de que Jesús se mete en la fila de los pecadores para recibir del Bautista aquel bautismo de agua. No porque él sea pecador sino porque viene a tomar sobre sí y cargar con todos los pecados del mundo.
          Jesús no viene al mundo como uno que actúa desde fuera del mundo. Se mete en la fila de los pecadores y los levanta desde esa situación porque él tiene que ser bautizado con otro bautismo, refiriéndose al bautismo de su sangre. Y allí, al bautizarse, toma sobre sus espaldas el pecado de la humanidad y lo lleva hasta la cruz, para dejar allí clavado el pliego de los pecados de la humanidad y limpiarlo con la sangre de su muerte. Ese ya es el “bautismo con Espíritu Santo y fuego”, que da lugar a nuestro bautismo, que sí es activo y nos limpia de los pecados y nos eleva a la dignidad de ser hijos de Dios. Él es proclamado Hijo amado predilecto del Padre, y con ello recibe la vocación mesiánica que habrá de desenvolver a través de su vida, pasión y muerte, para llegar a su resurrección.
          A esa realidad de muerte y resurrección somos llamados nosotros por nuestro bautismo, por el que hemos de morir al pecado y abrirnos a una vida nueva que se va renovando en justicia y santidad.

          Ahí encaja ya la 1ª lectura (Is.42,1-4.6-7) en la que se habla de la llamada de Dios sobre su elegido, a quien prefiero; sobre el he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones.
          Todo eso lo va a llevar a cabo el elegido de Dios sin gritar ni dar voces, sin romper la caña cascada ni apagar el pabilo vacilante, sino que promoverá fielmente el derecho y la justicia en la tierra, abriendo la prisión a los encarcelados y sacando de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas. Se anuncia, pues, una vida nueva, que llevará adelante el Mesías de Dios.

          En la 2ª lectura (Hech.10,34-38) se sintetiza la vida de Jesús en una frase de San Pedro: pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Para concluir que Dios no hace distinción de personas y acepta al que lo ama y sigue sus preceptos.

             El Bautismo nos abre la puerta a la fe y nos aboca a la participación en la EUCARISTIA. La fe, el agua y la sangre son los testigos y los autores de nuestra vida cristiana. Que ese Bautismo no se quede en hecho pasado, sino que nos abra a una participación más viva en nuestro compromiso cristiano.


          Pedimos a Dios que nos manifieste a Cristo para que vivamos una vida recta.

-         Que la Iglesia sea sacramento visible que manifieste a Jesucristo al mundo. Roguemos al Señor.

-         Que nos renovemos siempre en nuestra exigencia  cristiana. Roguemos al Señor.

-         Que seamos conscientes de nuestro Bautismo como consagración personal a Dios. Roguemos al Señor.

-         Que la EUCARISTÍA comprometa cada vez más la fuerza de nuestra fe. Roguemos al Señor.


          Concédenos, Señor, aprovechar las enseñanzas de cada domingo para que no pasen de largo los frutos que nos ofrece la Palabra de Dios.
          Lo pedimos por Jesucristo N.S.

sábado, 12 de enero de 2019

12 enero: Pecado que no es de muerte


LITURGIA
                      Varias enseñanzas en este 12 de enero en la 1Jn.514-21 de la 1ª lectura. Una es el valor de la oración de petición: si es acorde con la voluntad de Dios, se realizará. Esa condicional es importante. Porque muchas veces pedimos por nuestro instinto y deseo, pero no coincide con la voluntad de Dios. Entonces la petición no es concedida porque Dios sabe mejor lo que nos conviene y que no coincide con lo que nosotros pensamos y queremos. Si conociéramos qué es verdaderamente lo que es de nuestro bien, y por tanto, coincidente con la voluntad de Dios, entonces nuestra petición sería escuchada.
          Otra afirmación de esta carta es que hay pecado de muerte y pecado  no de muerte. El pecado que no es de muerte, no es que no sea pecado sino que no rompe la relación con Dios, y por tanto se puede volver atrás. El pecado de muerte (que es el verdadero pecado mortal) es el que rompe la relación con Dios y le vuelve las espaldas.
          Por eso sabemos que todo el que ha nacido de Dios, no peca. No peca con pecado mortal, aunque tenga fallos y pecados de otra envergadura, a la que el maligno no llega a tocarle: el tal pecado puede enfriar la relación, puede crear mal estado en la persona, pero el maligno no se ha apoderado de ella.
          Es fácil de descubrir esa diferencia de actitudes en el hecho de que muchas veces las personas que han fallado, ponto buscan de nuevo su reconciliación y se acercan al sacramento de la penitencia y recobran la justicia perdida. Sus pecados no son de muerte; su conciencia no se duerme.
          Por el contrario están los que dejan la confesión tanto tiempo que pierden aun el sentido de pecado. Por tanto apenas pueden centrar una actitud hacia el futuro. La conciencia se ha dormido.
          Y no digamos de quienes ya han dejado ese paso del Sacramento porque se ha producido el embrutecimiento de la conciencia, y ya todo cabe, todo vale. Ahí está patente el pecado de muerte. Tan muerta la conciencia que ni advierte ni se le ocurre otra actitud. Ahí el maligno ha llegado no sólo a tocarle sino a matar el germen de la fe. Han caído en manos de los ídolos, bajo mil maneras de presentación de esos ídolos. De ello es de lo que San Juan advierte a sus fieles: Hijos míos, guardaos de los ídolos.

          Estamos en las vísperas de la fiesta del Bautismo del Señor, y el evangelio nos lleva al Jordán donde estaba Juan bautizando. (Jn.3,22-30). Hasta allí se ha dirigido Jesús con sus discípulos. Acudía a Juan mucha gente a bautizarse. Jesús se estableció cerca y por lo que dice el texto, también ellos se pusieron a bautizar. No Jesús, aunque en la queja de las gentes celosas, se diga que “el que  estaba contigo a la orilla del Jordán, de quien has dado testimonio, está bautizando y la gente se va con él”.
          Juan no es celoso. Sabe muy bien su papel y que él mismo  está convencido que nadie puede arrogarse algo para sí si no le es dado del cielo. De hecho él había dado testimonio: Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él. Y se declara solamente “amigo del esposo” al que asiste y lo oye y se alegra con su voz. ¡Pues esta alegría mía está colmada: él tiene que crecer y yo tengo que menguar!
          Así se ha situado Juan en su lugar, y no le empacha que la gente se vaya con Jesús. De hecho él estaba allá para preparar el camino al Señor; si ya ha llegado la hora de que Jesús crezca, a Juan le toca disminuir, menguar, dejar paso: para eso había venido él. Su misión estaba cumplida.
         
          En la vida esa actitud de Juan Bautista no es fácil. Lo típico es aferrarse a una misión y que no se dé paso fácilmente al que viene detrás. Y que incluso se haga por sentido de responsabilidad pero mal entendida. Porque si hay otras personas que pueden llevar adelante una obra, al menos igual que uno mismo, lo bonito es no cerrarles el paso. Lo generoso es darles oportunidad y saberse echar a un lado en el momento oportuno. Los protagonismos son muchas veces celosos y no del bien en sí sino de la posición de uno mismo. Esto se nota muchas veces en quienes desempeñan una función de servicio a la parroquia, que nunca debemos apropiarnos como “derecho propio”, sino como servicio que ojalá sepan y puedan hacerlo otros igual o mejor que nosotros.

viernes, 11 de enero de 2019

11 enero: Si quieres, puedes.


LITURGIA
                      Los evangelios van saltando de un hecho a otro. Hoy nos ha llevado Lc.5,12-16 a la curación de un leproso, quien al ver a Jesús, cayó rostro a tierra y le suplicó: Señor, si quieres puedes limpiarme. Era una petición muy seria, porque descargaba en Jesús, en la voluntad de Jesús,  toda la atención. Sabe el leproso que Jesús puede. Lo que queda es que quiera. Tocaba las fibras más íntimas del corazón de Jesucristo. Ahora todo dependía de Jesús, y en realidad de una respuesta rápida. Y Jesús no falló a la intuición del enfermo, y respondió decididamente: Quiero. Queda limpio.
          Pero Jesús llevó el caso más al extremo de lo que es querer, y en el querer, puso afecto. Porque no se limitó a la palabra, sino que extendió su mano y lo tocó mientras daba su respuesta. Era mucho más que lo que el leproso podía esperar. Y algo que llamaba la atención a los discípulos, porque tocar a un leproso suponía quedar contagiado legalmente: quedar impuro. Y sin embargo Jesús alarga su mano y toca al leproso. No se queda impuro sino que de su limpieza infinita trasmite limpieza al enfermo.
          Quedó curado de su lepra en ese mismo instante. Pretendió Jesús que no lo dijera a nadie, pero eso era de los mandatos de Jesús que son imposibles, porque aquel hombre no tenía más remedio que saltar de alegría ante su vuelta a la vida social. Le quedaba que presentarse al sacerdote para que certificara la salud y de esa manera entrara ya a ser uno más en el pueblo. Así venía siendo desde Moisés, y era el modo de reintegrarse a la vida normal.
          Evidentemente se hablaba de Jesús cada vez más. ¿Cómo no? Las obras que hacía eran llamativas y no quedaba más remedio que aquella difusión de las noticias entre las gentes, que –además- acudían a oírle y a ser curados de sus enfermedades
          Por su parte, Jesús se retiraba a solas para orar. Se iba a despoblados donde la gente no le impidiese sus tiempos de oración. Eran para él los momentos fuertes de su vida, donde hablaba con Dios y de donde recibía las nuevas fuerzas y las nuevas direcciones de su labor, en encuentros íntimos de oración verdadera.

          La 1ª lectura (1Jn.5,5-6.8-13) vuelve a ser una lectura no fácil de comentar porque es densa y casi no queda margen para expresar otra cosa que lo que dice en sí misma. Por eso, como otras veces, prefiero copiarla:
        ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No sólo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y el testimonio de los tres es único. El Espíritu lleva la supremacía. Y expresa la gracia de la fe. El agua y la sangre expresan el Bautismo y la Eucaristía, recibidos al entrar en la Iglesia. Los tres testigos van en la línea de manifestar la filiación divina de Jesús, que es el objeto de la fe: Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios, comenzaba diciendo esta lectura.
            Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo.
Quien no cree a Dios le hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.
            Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna.

            Cinco páginas ocupa el comentario de este párrafo en el libro de que he querido servirme para decir alguna cosa más. Pero cuando hace falta tanta explicación es porque el tema es demasiado difícil y de alturas teológicas muy fuertes. Os evito esas elucubraciones, y os dejo con el texto. Y cada cual que se busque su reflexión sobre el mismo.

jueves, 10 de enero de 2019

10 enero: Hoy se cumple


LITURGIA
                      No nos presenta muchas novedades la lectura de la carta de San Juan que estamos teniendo en esta temporada, aunque posiblemente hoy le da la vuelta a su argumento y nos presenta un punto de vista diferente. Hasta ahora su argumento ha sido que el modo de vivir el amor a Dios es viviendo el amor a los hermanos. Hoy (4,19-5,4) nos lo repite, con una clara manifestación de que quien dice que ama a Dios pero no ama a su hermano, es un mentiroso. Pero al mismo tiempo nos dice que que el amor a los hermanos se prueba en el amor que tengamos a Dios, de tal manera que el fondo de la cuestión está en la práctica de los mandamientos. Si bien es verdad que San Juan habla de los “mandamientos” centrados en esos dos: amor al prójimo y amor al otro, podríamos ampliar el marco y hacer una referencia a los 10 mandamientos, porque ahí están contenidas las dos relaciones de la vida de cada persona: una “primera tabla” nos pone por delante nuestras obligaciones para con Dios, y una “segunda tabla” que nos establece la relación con los prójimos, empezando por las relaciones paterno-filiales, y siguiendo por todas las formas de respeto que deben guiar la vida de las personas, desde su fama a sus bienes, desde el cuerpo al pensamiento, desde la palabra a los hechos. ¡Qué distinto sería el mundo si rigieran en las conciencias los 10 mandamientos de la ley de Dios! Cuando hoy se habla tanto de la violencia de cualquier género, del abuso de la sexualidad, de los políticos mentirosos y de los medios de comunicación engañosos y parciales…, todo quedaría dentro de un orden y de una sana convivencia cuando se volviera al respeto a los 10 mandamientos de la Ley de Dios, que nos advierte San Juan que no son pesados. Todo lo que procede de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.

          Tenemos en el evangelio un clásico de San Lucas: la ida de Jesús a su pueblo, Nazaret: 4,14-22. Debía tener Jesús mucha ilusión por llevar a sus paisanos de tantos años, el mensaje mesiánico con que ahora podía presentarse al mundo. Y aparte de lo que allí departiera con las gentes con las que había convivido tantos años, el sábado va a la sinagoga y le ofrecen a él hablarles a las gentes. Y recibe el pergamino que contenía la afirmación de Isaías sobre la misión del Mesías: El Espíritu del Señor sobre mí. Él me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor. Y enrolla  el pergamino y se apropia de ese anuncio: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Era decirles claramente que la promesa mesiánica del profeta, se estaba realizando en él, y que venía a Nazaret con una personalidad nueva, por la que su misión era traer la paz y la libertad, la salud y la felicidad: traer el año de gracia (=la amnistía) del Señor. Omitió una frase. Y eso llamó la atención porque nadie se atrevería a mutilar la Palabra de Dios. Jesús lo hacía en función de su misión mesiánica. Y aquello atrajo mucho la atención de los oyentes: Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.
          La liturgia de hoy ha cortado la narración ahí, con lo que queda todo en una posición dulce. Luego la cosa no fue tan bien, pero si la lectura lo ha dejado ahí, ahí lo dejamos nosotros.

          Quede ahora un espacio para hacer una observación. Todo lo que se predica en las Misas, no es homilía. Son explicaciones, consideraciones, aclaraciones, reflexiones en orden a la edificación de los fieles. A veces son simples sermones en que “a propósito” de un texto, se habla de otra cosa.
          La homilía es la que hizo Jesús en la sinagoga de Nazaret: el texto se lee, se aclara lo que haya que aclarar y se concreta en la realidad presente de la Eucaristía que se está celebrando, y que ha traído unas lecturas para mostrarnos que ese Jesús que se hace presente en el Sacramento es el mismo que ha dejado su mensaje en la Palabra. “Hoy se cumple esta palabra que acabáis de oír”. Y de esa manera se hace presente la Palabra en la Presencia eucarística. Ese Jesús que viene al Altar es el mismo que nos habla desde la Palabra.
          Lo cual nos dice seriamente que quien llega tarde a la Misa y no ha escuchado las lecturas (o no ha puesto atención a ellas), no participa de la Misa completa, pues la celebración no se divide en partes: es un TODO continuado, que comienza en el principio y acaba con la bendición.

miércoles, 9 de enero de 2019

9 enero: No tengáis miedo


LITURGIA
                      La 1ª lectura de hoy, que como los días anteriores es de la 1ª carta de San Juan (4,11-18),es de las que más que explicaciones está pidiendo leerla despacio, leerla en actitud de oración, y sacarle sus consecuencias. Por eso la transcribo con leves reflexiones que pueden venir al caso.
            Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Ya comentaba yo hace poco que es una lógica muy particular, porque si ha comenzado con esa afirmación de que Dios nos ha amado de esta manera…, la conclusión que caería de su peso es la forma en que nosotros debemos amar a Dios. Pero Juan lo hace mucho más realista: la correspondencia a tal amor de Dios es “amarnos los unos a los otros”.
            La razón sí que viene en lógica normal: A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. A Dios no lo hemos visto. A quien vemos constantemente es al hermano que tenemos a mano. Ahí nos toca depositar toda la fuerza de nuestra correspondencia a Dios.
            En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
            Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo.
            Para concluir nuevamente como el día anterior una realidad  tan importante en la relación del hombre con Dios: No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Es evidente: temer es porque hay una idea de un mal que viene detrás…, de un Dios castigador del que hay que defenderse, o al que se le tiene miedo. Y la realidad de Dios es absolutamente contraria a esa idea del Dios castigador. Porque Dios es el Dios que ama, que se acerca, que comprende, que perdona, que sabe muy bien lo que da de sí el hombre, y Dios –en su sabiduría- no va a exigirle al hombre más de lo que realmente puede dar. Y Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y tenga vida.

            El evangelio es continuación del de ayer: Mc.6,45-52 nos narra lo que siguió a la multiplicación de los panes y a que aquella muchedumbre se saciara, y hasta sobrara con cinco panes y dos peces: Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y la pregunta que siempre se ocurre es ¿por qué ese apremio, por qué enviarlos solos y él quedarse? La posible explicación la hallaríamos en un dato que nos aporta San Juan: las gentes quisieron erigir a Jesús como rey (o alcalde), y es muy posible que los discípulos lo vieran aquello genial, puesto que ellos seguían pensando en un mesianismo humano. Y como Jesús vio que en ese momento ellos resultaban un estorbo, los apremia a marcharse en la barca y él va apaciguando a aquellas gentes exaltadas a que se vuelvan a sus casas. Luego, se retiró a orar en el monte.
            Queda imaginar el contenido de aquella oración que podía resultar agridulce. Gozosa por el bien que había hecho, por la forma en que había desenvuelto la situación. Dolorida por la incomprensión de los discípulos. Y luego, muy abandonada en los brazos de Dios, con aquella intimidad con la que Jesús oraba, y cargaba pilas para su acto siguiente.
            Que no tardó en presentarse. Porque llegada la noche, la barca estaba en mitad del lago…, y viendo Jesús el trabajo con que remaban, porque tenían el viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche va hacia ellos andando sobre el agua.
            El pavor sobrecogió a los Doce. De noche, llenos de miedo por la tormenta y con una figura blanca por encima del mar. Gritaron. Temieron que fuera un fantasma. Entonces Jesús alza la voz y les dice: Ánimo, no temáis, soy yo. Y entrando en la barca con ellos, amainó el viento.
            Estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido más allá, a pesar del hecho reciente de los panes. Y comenta el evangelista: Porque eran torpes para entender.

martes, 8 de enero de 2019

8 enero: DIOS ES AMOR


LITURGIA
                      Breve y enjundiosa 1ª lectura, de 1Jn.4,7-10. Insiste en lo que ha repetido ya varias veces en esta carta, y que es el estribillo al que San Juan se aferra, porque es lo que ha recibido del Maestro: Amémonos unos a otros. La diferencia aquí es la motivación expresa que da: ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, porque DIOS ES AMOR. Definición concisa y precisa para decir quién es Dios. Toda persona normal sabe lo que es el amor. Luego están esos amores paradigmáticos como el amor de los padres y en especial el singular amor de una madre. Pues bien: eso no es más que el reflejo, y reflejo lejano, de lo que es el AMOR con mayúscula. PORQUE DIOS ES AMOR. Todo amor por sublime que sea, es sólo una imagen del amor de Dios. Dios es AMOR sin brizna de egoísmo. Es el amor puro y perfecto, el amor infinito, o amor llevado al extremo mayor, que se sale de las coordenadas humanas.
          Y si Dios es amor, ¿cómo es posible que haya quienes temen a Dios? ¿Cómo es posible que se tema al amor limpio y puro de quien sobrepasa el amor de una madre: que si una madre se olvidara del hijo d sus entrañas, Dios no se olvidará nunca. De ahí que Pablo, en la línea de un conocimiento profundo de Dios, nos lleve a saber que no hemos recibido un espíritu de miedo para recaer en el temor, sino un espíritu de amor por el que podemos llamar a Dios: ABBA (Padre) (o en una traducción más íntima: Papaíto mío).
          Sigue escribiendo San Juan: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió su Hijo al mundo para que el mundo sea salvado por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.
          Una pieza maestra de la teología joánica, que nos deja el gran conocimiento de Dios, y con ello, el modo en que debemos relacionarnos con él, con ternura de hijos a Padre, y con la consiguiente bondad fraternal con nuestros prójimos.

          Toda esa teología tiene su plasmación humana y tangible en el evangelio que nos acompaña hoy: Mc.6,34-44, en el que las entrañas de Jesús se ponen de manifiesto en aquella acción milagrosa con la que dio de comer a miles de personas, que le habían seguido y que se habían metido en el atardecer sin haber comido. Los discípulos piensan que es hora de despedirlos para que vayan a buscarse viandas por los lugares cercanos. Pero Jesús les dice que ellos den de comer a esa multitud. Era una ironía. Demasiado sabía Jesús que ellos no tenían ni para empezar. A lo más que pueden llegar es a cinco panes y dos pescados. Como también sabe Jesús que ellos no disponían de dinero para comprar pan para tanta gente. Entonces ¿por qué pone en un brete a aquellos hombres? Jesús hará resaltar de varias maneras la acción caritativa que va a realizar.
          Una vez que ha quedado claro que los discípulos no pueden resolver aquel caso, Jesús da las instrucciones de que la gente se siente sobre la hierba, en grupos. Y tomando Jesús en sus manos los dos peces y los cinco panes, realiza una acción eucarística, elevando sus ojos al cielo, pronunciando la bendición y partiendo los panes en trozos que fue dando a los discípulos para que ellos lo sigan repartiendo a la gente, en un movimiento de multiplicación continuada hasta que todos tuvieron para comer. Dice el evangelista que solo los hombres varones eran 5,000. Teniendo en cuenta que la mujer siempre acude en más cantidad que los varones, ¿cuántas mujeres se calcularían? Los estudiosos llegan a pensar que lo de los 5,000 era un dato muy inflado, porque se hubieran contabilizado en total más de las 15,000 personas, contando ya las mujeres y los niños.
          Comieron todos y se saciaron…, y sobraron 12 cestas de pan y de peces.
          Eso es amor. Eso es poner en práctica el amor. Eso son las entrañas de misericordia que nos explicita otro evangelista, diciendo que se le conmovieron las entrañas ante la vista de aquella muchedumbre que le seguía y hasta se había olvidado de comer. Dios es amor, amor de obras, amor concreto que se expresa en obras de amor.