domingo, 17 de noviembre de 2019

17 noviembre: Disponerse a un final


LITURGIA        Domingo 33-C, T.O.
                      Estamos ya abocados a la terminación del año litúrgico, que viene a ser como la llamada de atención que se nos hace sobre la realidad de nuestra vida, que también se va acercando al final.
          Por eso el evangelio pertenece ya a la literatura apocalíptica dentro del texto de San Lucas (21,5-19) que es una advertencia fuerte de Jesucristo sobre la disposición que cada uno ha de tener ante el final de su vida.
          Lo describe el texto de Lucas a propósito de la admiración de los apóstoles sobre la belleza y riqueza del templo. Y mientras ellos se admiran, Jesús les hace caer en la cuenta de la destrucción a la que se verá sometido el templo, del que no quedará piedra sobre piedra.
          Los apóstoles, más preocupados de la materialidad de los hechos, preguntan cuándo va a suceder eso y qué señales previas habrá de tal realidad.
          Jesús les dice que no hagan caso de las señales que dirán algunos, presentándose en el nombre de Jesús, o bien anunciando que la destrucción está cerca. Les advierte que no caigan en el pánico ante esas noticias, porque una cosa es que sea destruido el templo y otra distinta que eso sea señal del fin del mundo. Porque para un judío el hecho de que su Templo sea destruido, era como un signo de que el mundo se acaba.
          Describe Jesús de forma muy gráfica las luchas que habrá en los pueblos de la tierra. Cosa que los que vemos los telediarios podemos verlo cumplido cada día: reino contra reino, pueblo contra pueblo… Grandes terremotos, epidemias y hambre. Espantos y signos en el cielo. Persecuciones de las que serán víctimas los propios discípulos, que serán llevados a los tribunales, donde habrán de dar testimonio de su fe.
          Y les advierte que no tengan preparada la defensa, porque yo os inspiraré en el momento lo que habéis de decir. Y serán los propios familiares y amigos los que traicionarán.
         
          Todo ello encaja perfectamente con la 1ª lectura (Mal.4,1-2) que nos ha advertido que llega el día ardiente como un horno; malvados y perversos arderán como paja. Pero a los que honran mi nombre, los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.

          Ha sido una descripción muy cruda la que ha hecho Jesús sobre ese momento que ha de llegar. Pero al final concluye con una palabra de confianza y optimismo: ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Lo mismo que en la 1ª lectura hay un final consolador. Queda claro que la buena disposición de los elegidos, superará los malos momentos que se anuncian.
          Lo importante de todo esto es la disposición que hemos de tener ante el momento en que hemos de dar cuenta a Dios; el momento en que el final no es genérico (pensando en el fin del mundo), sino personal. Momento difícil pero que hemos de abordar desde la confianza y la seguridad de que Jesús sale en nuestra acogida.

          La 2ª lectura vendría a ser como un ejemplo concreto de bien hacer: 2Tes.3,7-12 nos pone delante el ejemplo de Pablo que no viví entre vosotros sin trabajar; nadie me dio de balde el pan que comí.
          Para concluir que nadie viva sin trabajar, sino que cada cual gane su propio pan.
          Que sería el paradigma de la vida honrada de cada persona que ha de afrontar su propia historia en el día a día, para presentarse ante el Señor en el momento final.

          Sea la EUCARISTIA la llamada del Señor en el interior de cada persona para prepararnos a una vida que dé sus frutos de bondad y responsabilidad en el vivir diario. Habrá momentos difíciles en la vida, pero la fuerza de cada persona ha de venir de su participación en la vida y enseñanza del Señor, teniendo en cuenta que él padeció y que ese fue el camino para entrar en su gloria.

          Pidamos al Señor, de quien esperamos que nos salvará.

-         Para que vivamos la esperanza en medio de las tribulaciones. Roguemos al Señor.

-         Para que cada día construyamos el futuro que deseamos alcanzar. Roguemos al Señor.

-         Para que pongamos paz donde el mundo se deshace en guerras y revoluciones. Roguemos al Señor.

-         Para que le EUCARISTÍA nos disponga a una vida recta, agradable a Dios. Roguemos al Señor.


          OREMOS. Que el camino que hemos de recorrer en esta vida, lo vivamos con alegría, fe y confianza, porque no perecerá ni un cabello de nuestra cabeza.
          Lo pedimos a Jesús, que vive y reina por los siglos de los siglos. AMÉN.

sábado, 16 de noviembre de 2019

16 noviembre: Dios escucha la oración


LITURGIA
                      El libro de la Sabiduría expone en lenguaje poético dos acontecimientos de la historia de la salvación: uno es la creación y otro el paso del mar Rojo. La Creación se describe como un silencio sereno (la nada, la no existencia) que lo envolvía todo, cuando al mediar la noche su carrera (llegado al punto en que la noche se hace día), tu Palabra todopoderosa vino como paladín inexorable desde el trono real de los cielos. Se pronuncia la palabra creadora de Dios y la noche se convierte en día, la nada se cambia por el ser como espada afilada que lo llena todo.
          También se recurre a este texto precioso para describir el nacimiento de Jesús: había un silencio de muerte…, hasta que la noche llegó a su mitad (la medianoche) y entonces la Palabra omnipotente de Dios se “pronuncia” y nace en medio de la humanidad, convirtiéndola en día.
          El otro momento que se evoca desde el libro de la Sabiduría es la liberación del pueblo de Dios en el paso del Mar Rojo: la nube dando sombra y protección al campamento hebreo (columna de fuego y humo, que jugó un papel tan importante en aquel suceso); la tierra firme emergiendo donde antes había agua (para hacer posible el paso de las huestes de Dios hacia la liberación); por allí pasaron en formación compacta los que iban protegidos por tu mano. Y cantaban y bailaban con gran alegría, alabándote a ti, Señor, su libertador.

          En el evangelio de Lucas (18,1-8) volvemos a un texto tratado recientemente en uno de los pasados domingos, en que se hacía hincapié en la fuerza de la oración, que tiene que ser constante e insistente.
          Cuenta el Señor, en una nueva parábola (su estilo favorito), el caso de aquel juez injusto que ni hacía caso de las leyes ni tenía respeto a Dios, pero al que acude repetitivamente una viuda a pedirle que le haga justicia frente a su adversario. El juez no le hacía caso. Pero tanto y tan fuerte clamaba aquella mujer, que el juez acaba escuchándola y dando sentencia, porque llega a pensar el juez que aquella mujer va a acabar pegándole en la cara.
          Nos tenemos que familiarizar con este estilo de Jesús, que llega al extremo para acabar enseñando una doctrina básica: que a Dios también hay que pedirle con confianza e insistencia. Que si el juez injusto acabó escuchando a la viuda, Dios no va a ser menos con los que acuden a suplicarle a él.
          Pregunta Jesús: ¿Dará largas? Y se responde: Dios dará respuesta sin tardar. Pero hemos de saber que en los relojes de Dios, las horas no son de 60 minutos. Que el recurso a Dios no equivale a la moneda que se echa en la máquina y sale el paquete de patatas. Que Dios no siempre responde con la rapidez que uno desea. Y que Dios se encuentra muchas veces entre dos peticiones que se contraponen, una la que hace uno, y otra la que hace o vive otro. Y Dios buscará el momento y la forma de atender a quien le pide, aunque no pueda ser siempre de modo tan nítido a como uno quisiera. Y no por eso es que Dios no escucha o que no escucha con rapidez.
          Se suele tener la idea de que la petición repetitiva a Dios es como un “recordatorio” que le hacemos a Dios, para hacerle presente nuestra necesidad. Y la realidad es que somos nosotros los que tenemos que hacernos presente esa necesidad nuestra, que muchas veces tiene solución por la toma de conciencia de que estamos pidiendo algo que debemos de resolver por nosotros mismos.
          Concluye el párrafo con una pregunta de Jesús ante nuestras actitudes de oración: Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? La fe humilde del que pide y confía. Que ya el Señor nos dice en otro momento que en nuestras peticiones, necesitamos tener tal fe que al pedir sepamos que ya se nos ha concedido. Y entonces tiene fuerza la oración.
          Estamos ante un gran misterio: el de la eficacia de la oración, y el orden que se ha de tener al pedir a Dios. Hay personas que sienten dentro de sí que sus peticiones son siempre escuchadas. Por el contrario, hay otras personas que tienen la sensación de “que Dios no me escucha”. Y la oración es siempre oración, la de unos y la de otros. Algo hay, pues, de misterio en ese hecho de orar y en la disposición de la persona que ora. En definitiva en la carga de fe que se pone al pedir y en la espera a que sea atendida o mejorada nuestra petición.

viernes, 15 de noviembre de 2019

15 noviembre: Ante la hora final


LITURGIA
                      Una de las páginas más bellas del Antiguo Testamento es el cap. 13 del libro de la Sabiduría (1-9) en el que se afirma la vaciedad de los humanos que, viendo y gozando de las grandes realidades que tenían a su alcance, no reconocieron a Dios, que había sido su creador. Y que partiendo de las cosas buenas que están a la vista, no reconocieron al Artífice de todas ellas.
          Determinadas culturas adoran el fuego, el aire, el sol, la bóveda de las estrellas, el agua… Fascinados por su hermosura, los creyeron dioses…, ¡cuánto más los aventaja el autor de todas ellas! Si les conmovió su poder y actividad, ¡cuánto es más grande quien los hizo! En mente sana, la magnanimidad y belleza de las criaturas, conduce al conocimiento del Creador.
          Puede ser que estos hombres están extraviados en su mente y eso les justifica de alguna manera; pero la realidad fehaciente es que no tienen perdón, porque si fueron capaces de descubrir el cosmos, ¿cómo no descubrieron antes a su Señor?
          Es un argumento que utilizó ya Santo Tomás en su demostración de la existencia de Dios: el que observa la naturaleza y descubre sus maravillas, necesariamente tiene que acabar adorando al autor de todo ese conjunto de realidades que superan todo poder humano y toda razón.
          La misma filosofía, en su rama de la Teodicea, emplea este argumento para mostrar que la existencia de Dios no está contra la razón, sino que más bien la razón ha de concluir sanamente que toda esa inmensa obra de la Creación tiene un autor inteligente, y que Dios es el Autor de todo ese mundo maravilloso.
          Por otra parte la expresión: “vanos son los hombres que no llegaron a descubrir al creador a través de la Creación”, encierra otra realidad. San Ignacio dice de sí mismo que era “soldado desgarrado y vano”. “Vano” podía ser, huero, vacío, carente de seso. Pero San Ignacio lo refiere a su vida disoluta anterior, que fue una época pecadora. Por lo mismo, los hombres “vanos” no sólo indica hombres vacíos de inteligencia sino hombre pecadores y duros de corazón, que se cierran culpablemente en el conocimiento y descubrimiento de Dios a través de sus obras.
          Un evangelio de lógica muy oriental, fundamentándose en hechos del Antiguo Testamento. Tal como allí se recoge en la historia de Noé o en la de Lot, así va a suceder en la historia del Israel contemporáneo. (Lc.17,26-37).
          En los días de Noé la gente comía, bebía, se casaba… Llegó el diluvio y acabó con todos. En los días de la salida de Lot de Sodoma, las gentes vivían su vida diaria… Pero el día que salió Lot, llovió sobre Sodoma fuego y azufre. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Y con el estilo extremoso de Jesucristo, que quiere hacer vibrar a las gentes, dice: Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. El que pretenda guardarse su vida, la perderá, y el que la pierda, la recobrará.
          Estamos una vez más ante la situación previa a la muerte: no es el momento de improvisar y pretender hacer lo que no se ha hecho: ni bajar de la azotea, ni regresar del campo. Donde está la persona, allí le cogerá la muerte (Donde está el cadáver, vendrán los buitres). La suerte será desigual, como desigual es la actitud de las personas. Así, estarán dos en una cama; a uno lo tomarán y a otro lo dejarán; estarán dos moliendo, a una la tomarán y a otra la dejarán. Cada persona tiene su momento y cada momento es diferente. El final de la vida no se escribe en serie sino muy en serio: lo que se haya tenido y en lo que se hayan desenvuelto, en eso será el final de la persona.
          Hemos entrado ya en los capítulos finales de la vida pública de Jesucristo, y estamos ante dichos propios de la literatura apocalíptica. Ya se mira al final de la vida, y el secreto substancial es estar preparados a “ser tomados” en el momento en que Dios disponga.

jueves, 14 de noviembre de 2019

14 noviembre: El Reino está dentro


LITURGIA
          Hoy presenta el libro de la Sabiduría un verdadero canto sobre la sabiduría, de tal modo que hay puntos en que parece que está hablando del mismo Dios. Y es que la sabiduría, como dirá más adelante, es “efluvio del poder divino y emanación genuina de la gloria del Omnipotente”. Regocijémonos en la enumeración que pone de entrada en la lectura de hoy: La sabiduría posee un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, inmaculado, diáfano, invulnerable, amante del bien, agudo, incoercible, benéfico, amigo de los hombres, firme, seguro, sin inquietudes, que todo lo puede, todo lo observa y penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles. ¿No suena a una descripción del mismo Dios?
          La sabiduría es más móvil que cualquier movimiento, y, en virtud de su pureza lo atraviesa y lo penetra todo. Es efluvio del poder de Dios, emanación pura de la gloria del Omnipotente; por eso, nada manchado la alcanza.
          Es irradiación de la luz eterna, espejo límpido de la actividad de Dios e imagen de su bondad. Aun siendo una sola, todo lo puede; sin salir de sí misma, todo lo renueva y, entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas.
          Pues Dios solo ama a quien convive con la sabiduría. Ella es más bella que el sol y supera todas las constelaciones. Comparada con la luz del día, sale vencedora, porque la luz deja paso a la noche, mientras que a la sabiduría no la domina el mal.
          Se despliega con vigor de un confín a otro y todo lo gobierna con acierto.
          No es fácil meter mano para explicar. Lo que queda es la lectura lenta y reflexiva, y saborear esa especie de “espejo de Dios”. Es evidente que no ha parado la atención en la sabiduría humana de la ciencia humana y del estudio humano. Cualquier sabiduría humana es una sombra de lo que aquí se describe. Más verdaderamente nos ha puesto por delante la sabiduría sobrenatural, la de la fe, la de la acogida de la Palabra de Dios. Una sabiduría que no es precisamente la de los científicos, por el hecho de serlo, sino mucho más es la sabiduría de los sencillos, la que adquieren por su contacto con la verdad de Dios.

          Unos fariseos le preguntan a Jesús sobre el tiempo de la llegada del Reino de Dios. (Lc.17,20-25). La verdad es que no se habían percatado de que el Reino de Dios es toda la obra de Jesús, toda la realización en plenitud del Reino anunciado ya en el Antiguo Testamento, pero que no habían descubierto los fariseos, metidos dentro de sus propios moldes empequeñecidos.
          Por eso Jesús les dice que el Reino no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí. Eso era lo que los fariseos querrían. Ellos deseaban que hubiera un hecho milagroso llamativo que hiciera palpable la llegada del Reino de Dios. Y Jesús les saca de ese pensamiento: No será nada espectacular. Ni podrá decirse que ese Reino está “aquí” o está “allí”, como situaciones tangibles de tal manifestación asombrosa de Dios…
          Por el contrario, mirad: el Reino de Dios está dentro de vosotros. ¡Ésta es la maravilla! El Reino vive en el corazón de cada persona que se ha hecho capaz de recibir el mensaje de Jesús. También en el corazón de aquellos fariseos si acogen la novedad del Reino como se acoge el grano de mostaza pequeñito que se siembra y da por resultado un arbusto donde anidan toda clase de aves.
          Y dice a sus discípulos: Llegará el día en que deseéis vivir con el Hijo del hombre, y no podréis. Porque tampoco el Reino necesita de la presencia física de Jesús. Surgirán bulos, muy normales, de apariciones y presencias… No hagáis caso; no os vayáis detrás. El Hijo del hombre será como el relámpago que cruza de un horizonte a otro. Las presencias de Dios no son materiales. La acción de Dios es fulgurante. La vida de oración es la única que puede de alguna manera “aprehenderlo”, no como quien detiene el paso de Dios sino como el que lo capta, lo posee, lo reflexiona, aprende y se aplica las inspiraciones que deja Dios en el alma.
          Pero para que todo eso sea realidad, y el Reino pueda gozarse, el Hijo del hombre tiene antes que padecer mucho y ser reprobado por esta generación. Será a partir de ese fracaso y la correspondiente victoria posterior, como el Reino estará en nuestra tierra, dentro de nosotros, y realizando la obra de Dios en la humanidad.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

13 noviembre: Presentaos a los sacerdotes


Este tercer viernes NO HAY ESCUELA DE ORACIÓN, que pasa al cuarto viernes, día 22.

LITURGIA
                      Podríamos ver en esta lectura del libro de Sabiduría (6,2-12) una fuerte advertencia a los que tienen el poder, porque a ellos se les va a exigir mucho por su grado de responsabilidad en que se desenvuelva el orden y el bien común. Dice expresamente que al pequeño también se le exigirá, pero menos, porque tiene menos conocimiento y menos responsabilidad en el conjunto.
          Los que están en el poder, de Dios han recibido ese encargo. Por lo mismo, él examinará sus intenciones. Si como ministros de su Reino, no habéis gobernado rectamente ni guardado la ley, ni habéis caminado haciendo la voluntad de Dios, terrible y repentino caerá el juicio sobre vosotros; un juicio implacable espera a los que mandan. (Parece escrito este texto para el momento actual, con tantas situaciones de desconcierto que hay por el mundo y por nuestra Patria).
          Concluye el párrafo con una exhortación: Desead, pues, mis palabras; ansiadlas, que ella os instruirán.

          Tenemos reciente el evangelio de los diez leprosos curados, y poco nuevo puede decirse de ese hecho. Lo recordamos en Lc.17,11-19. Iba Jesús camino de Jerusalén, y pasaba entra Samaria y Galilea; estamos, pues, aún al norte de Palestina. Cuando iban a entrar en un pueblo, le salieron al encuentro diez leprosos. Se paran a lo lejos, porque los leprosos no podían tomar contacto con la gente, por estar estigmatizados como enfermos contagiosos, que podían infestar a otros.
          Desde esa distancia gritaron a Jesús: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros. Tenemos, pues a unos enfermos que saben que Jesús se compadece de los que sufren, y vienen a él con la fe de  que pueden alcanzar la salud por la palabra de aquel Maestro.
          Jesús los ve y les dice: Id y presentaros a los sacerdotes. Era doble la razón de aquella palabra de Jesús. Para la creencia del pueblo, la lepra era consecuencia del pecado. Por tanto eran los sacerdotes los que tenían que hacer en aquellas situaciones. Pero juntamente eran los sacerdotes los que declaraban limpio de lepra al que hubiera quedado curado de aquella terrible enfermedad. Lo que significa que Jesús ya había hecho la curación cuando los envía a los sacerdotes, y que les está diciendo indirectamente que quedan curados de su lepra.
          Se fueron hacia los sacerdotes, y observaron por el camino que su piel había curado y estaba sonrosada normalmente. Nueve siguieron su camino hacia los sacerdotes, como estaba estipulado por la ley. Pero un samaritano, para quien las leyes no valían por su actitud cismática respecto a Jerusalén y el mundo religioso de Israel, se volvió a Jesús y se postró ante él para darle las gracias.
          Jesús sintió gozo de aquel hombre; incluso gozo de que no se ceñía a la materialidad de las leyes, y preguntó: ¿No han sido diez los curados? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios. Y se volvió a él y le dijo con toda su alma al que seguía postrado en agradecimiento: Levántate; vete. Tu fe te ha salvado. De los otros no dice nada. Ellos siguen su camino y también están siguiendo la norma que les ha dado Jesús. Ellos dependen más de la ley y, aunque curados por la acción de Jesús, van a su avío: que los sacerdotes declaren su curación, y así poder reintegrarse a la vida social como unos más del pueblo.
          Pero es curioso cómo Jesús se ha resentido de que no volvieran a dar gracias, y cómo acoge con simpatía al samaritano que sí ha sido capaz de regresar al que le ha curado, y agradecerle la curación.

          Suele aprovecharse este relato para insistir en el hecho de que Jesús, aun siendo él quien perdona los pecados, sin embargo remite a los sacerdotes para que ellos den constancia del perdón. Lo cual es una gracia muy especial porque las personas necesitamos de esa constatación. Dios perdona, sí, el pecado. Pero quiere “materializar” el hecho del perdón en la palabra de aliento, consuelo, ayuda e incluso corrección que aporta el sacerdote en un acto tan humano como el de la manifestación del arrepentimiento por parte del pecador y de mano tendida al perdón por parte del sacerdote, en quien Jesús ha depositado el poder de perdonar los pecados.

martes, 12 de noviembre de 2019

12 noviembre: Hacer lo que hay que hacer


LITURGIA
                      Estamos en el libro de la Sabiduría, y hoy nos toca 2,23 a 3.9. Como ya dije, en un texto en que se unen pensamientos diversos, la explicación es difícil y casi huelga. Más bien nos toca que ir al texto y saborearlo.
          Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los de su bando. Es como una síntesis breve del comienzo del Génesis. Dios no creó el mal. Pero el mal se dio por la envidia del diablo.
          En cambio, la vida de los justos está en manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará. Puede sobrevenir el mal pero los justos están aferrados a su Señor, y el tormento posible no les puede hacer daño. Siempre se sitúan por encima de ese mal y lo leen desde otra mirada de fe y confianza.
          Los insensatos pensaban (de los justos) que habían muerto, y consideraban su tránsito como una desgracia, y su salida de entre nosotros, una ruina, pero ellos (los justos) están en paz. Aunque la gente pensaba que cumplían una pena, su esperanza estaba llena de inmortalidad.  Por eso el daño no les afecta vitalmente. No es que no sufran, no es que no sientan… Son seres humanos y el dolor les duele. Pero su esperanza les remonta a una visión de inmortalidad.
          Sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes bienes, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de él. Los probó como oro en crisol, y los acepto como sacrificio de holocausto. La cruz es parte de su vida, como lo es para todos los humanos. La diferencia está en cómo coger y llevar la cruz. La prueba los acrisola. En el día del juicio resplandecerán y se propagarán como chispas en un rastrojo.
          Gobernarán naciones, someterán pueblos y el Señor reinará sobre ellos eternamente. El justo está por encima de todas las situaciones. Se sobrepone a todas las vicisitudes. El justo es alguien que vive confiando en el Señor: Los que confían en él comprenderán la verdad y los que son fieles a su amor permanecerán a su lado, porque la gracia y la misericordia son para sus devotos y la protección para sus elegidos.
          Queda completado el cuadro de la sabiduría de Dios que se plasma en la criatura.

          El evangelio de Lucas (17,7-10) trae hoy un complemento o visión complementaria de la que ya nos había dado en otra ocasión. Vimos antes cómo el amo que vuelve a altas horas de la madrugada y encuentra a sus criados vigilantes, él mismo los sentaba a la mesa y se ponía a servirles. Era una visión gozosa de la magnanimidad de Dios, que sirve a los suyos que le han sido fieles, y que la muerte es un momento de gozo y encuentro con el Señor misericordioso.
          Hoy se da la otra visión, que acentúa la vigilancia que debe tener el criado, y que con ello no hace nada digno de mérito especial. El criado, que ha estado durante el día como pastor o labrador, cuando llega el amo, ha de estar disponible para servir. El criado comerá después. Pero su misión es la de servir al amo cuando el amo regresa. Y no ha de considerarse que ha hecho un acto meritorio porque haya estado disponible para el servicio. Más bien tiene que concluir que es un pobre siervo, que ha hecho lo que tenía que hacer.
         
          Esto tendría una traducción muy sencilla: la vida cristiana y por tanto la vida de perfección, se reduce a hacer en cada momento lo que hay que hacer. Muchas veces me han preguntado algunas almas deseosas de señalarse en el servicio divino, qué tenían que hacer de más… Yo les he respondido siempre que “hacer lo que hay que hacer en el momento que hay que hacerlo”. No hacen falta cosas más especiales. La santidad no lleva a actos añadidos. Se centra en hacer aquello que tiene entre manos, y hacerlo  ahora sin dejarlo para más tarde. Luego, puede ser, que ese justo sienta en su interior que debe hacer algo nuevo y algo más y algo distinto… Eso ya es el fruto de una comunicación de Dios más expresa, de un carisma peculiar que le es concedido a un individuo –él o ella-. Pero los santos de altar son más admirables que imitables, por la sencilla razón que los “santos de altar” han tenido esa iluminación especial que les ha decantado en una línea u otra. ¡Pero cuántos santos hay más, cuyas vidas no se han definido como “heroicas” y sin embargo lo fueron en el día a día!

Este TERCER VIERNES no hay Escuela de Oracion.
Pasa al cuarto viernes, día 22

lunes, 11 de noviembre de 2019

11 noviembre:- Escándalo y Perdón


Este TERCER VIERNES NO HAY ESCUELA DE ORACIÓN. Pasa al cuarto viernes. día 22
LITURGIA
                      Comienza el libro de la Sabiduría (1,1-7). Como libro de grandes pensamientos, no es fácil de resumir o desglosar. Por eso iré haciendo comentarios al hilo del texto.
          Amad la justicia, gobernantes de la tierra, pensad correctamente del Señor y buscadlo con sencillez de corazón. Ese es el secreto de un buen gobierno: la verdad, la sencillez. El ir a las cosas por derecho. Lo que pasa es que eso no se conjuga con la política, que es un arte de medias verdades para alcanzar solapadamente unos fines, que no nacen precisamente de la sencillez y del juicio correcto.
          La verdad no tiene doblez, Porque se manifiesta a los que no exigen pruebas y se revela a los que no desconfían de él (de Dios).
          Por el contrario, Los pensamientos retorcidos alejan de Dios, y su poder (el de los retorcidos), puesto a prueba, confunde a los necios (acaba volviéndose contra ellos).
          La sabiduría no entra en alma de mala ley ni habita en cuerpo sometido al pecado. Esta frase podría ponerse en el frontispicio de la vida de cada persona. Pues el espíritu educador y santo huye del engaño, se aleja de los pensamientos necios y es ahuyentado cuando llega la injusticia. Ante la injusticia, el espíritu recto huye
          La sabiduría es un espíritu amigo de los hombres que no deja impune al blasfemo (quiere decir que el blasfemo es un necio donde no ha entrado el espíritu de la sabiduría); la sabiduría inspecciona las entrañas, vigila atentamente el corazón y cuanto dice, la lengua.
          Pues el espíritu del Señor llena la tierra, todo lo abarca y conoce cada sonido.

          En el evangelio (Lc.17,1-6), Jesús habla de la gravedad del escándalo. Reconoce que escándalos tiene que haber, pero ¡ay del que los provoca! Hay un escándalo que es el de los pequeñuelos pusilánimes, que difícilmente puede evitarse porque el problema no está tanto en el que “provoca” cuanto en la estrechez de miras de ese pequeñuelo, que apenas deja margen para acoger algo que no le venga bien a su concepción de la vida. Como el que se escandaliza de que el sacerdote no realice en la Misa el rito del lavabo, o que lea las lecturas una persona con la falda por encima de la rodilla.
          Ese “escándalo” es imposible de evitar porque el problema no está en el hecho sino en la captación que una persona hace del hecho.
          El otro escándalo es el del mal ejemplo en cosas de importancia mayor, que llevan a la persona el peligro de pecar. Que un cristiano engañe en sus negocios o en su declaración a hacienda, induce a otros más débiles a hacer igual. Y a esos –dice Jesús- más les valdría que le encajasen al cuello una rueda de molino y los echasen al mar. Es el principio básico de que más vale morir que pecar. Y el escándalo que provoca la caída de “un pequeñuelo” (una persona de buena fe), es algo muy grave que haría preferible morir el que escandaliza.
          Viene a continuación el tema del perdón: al que me ofende, lo primero que puedo hacer es llamarle la atención. Y si se arrepiente, perdonarlo. Y eso no sólo una vez sino “siete veces”, es decir, siempre. El perdón tiene que presidir la actitud de la persona, que se hace más grande cuanta mayor es su capacidad de perdonar. No es más débil el que sabe perdonar, sino magnánimo, de corazón grande, y que está tanto más por encima de su ofensor cuanto que no le alteran las ofensas que recibe de él. Sobre todo cuando, como dice Jesús, el ofensor reconoce su error y dice: “Lo siento”.
          La objeción que surge siempre es que una vez y dos y tres… está bien, pero cuando son “siete veces”, ¿dónde está el sentimiento de esa persona? Pues dice Jesús que también en las “siete veces”. El modelo es Dios. Cuando una persona se acerca al confesionario “siete veces” con las mismas cosas (a veces importantes), el confesor intentará hacerle reflexionar que es dudoso su arrepentimiento cuando cae siempre en lo mismo y tiene que confesarse de lo mismo. Pero la realidad es que de parte de Dios hay siete veces más una en la que le dice: “yo te absuelvo”. Y será la compasión de Dios la que podrá ir levantando en tal persona un sentimiento de dolor sincero y por tanto de propósito verdadero y concreto para evitar aquello que le ha traído las “siete veces” al pie del confesionario.
          Lo que el Señor pide en todo caso es una fe, siquiera como un grano de mostaza, que bastaría para decirle a la morera: arráncate de ahí plántate en el mar, y aquello se haría. Lo que sirve para examinar el grado de nuestra fe.

domingo, 10 de noviembre de 2019

10 noviembre: La esperanza


LITURGIA        Domingo 32-C.  T.O.
                      El tema que se toca hoy, detrás de esas historias que hemos tenido en las lecturas, es el tema de la Resurrección. En la 1ª lectura (2Mac.7,1-2.9-14), a través de la muerte de los hermanos Macabeos, a quienes la madre presenta la esperanza de lo que viene detrás del martirio. La vida no acaba con la muerte. Hay un después, que no se puede concretar pero que queda encerrado en la expresión: vida eterna. Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Es la idea que quiere dejar subrayada la liturgia de hoy.

          En el evangelio (Lc.20,27-38) vienen a Jesús los saduceos. Los saduceos eran los teóricos de la religión. A ellos pertenecían los sacerdotes, y tienen por tanto relevancia en la Pasión y muerte del Señor.
          Para ellos sólo valía la Ley escrita y no las tradiciones de los mayores. Y como en la ley escrita no se hablaba de resurrección, ellos no creen en la resurrección de los muertos. Y vienen a Jesús a presentarle una casuística absurda pero que pretenden que sea un mentís a la resurrección que defiende Jesucristo.
          Jesucristo no entra en la casuística, sino que se va directamente a la Ley escrita, para mostrarles a los saduceos que Dios no es un Dios de muertos (como si no hubiera resurrección), sino un Dios de vivos. Lo cual avala la Resurrección, porque es Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, porque para él todos están vivos.
          No se mete en elucubraciones sobre la vida eterna, pero dice que allí los que han muerto viven como ángeles de Dios, hijos de Dios. Y eso basta para saber que es una nueva dimensión. No permanecen muertos; viven en esa nueva dimensión.

          Más de una vez ha surgido la pregunta de cómo es el Cielo. Evidentemente esa pregunta no tiene una respuesta porque Jesús no ha explicado más. Pero hay algo que ya puede ser suficiente en esa comparación que hace Jesús sobre los que han resucitado: como ángeles. Y no preguntemos más cómo es la realidad de los ángeles, porque sólo podemos responder que son seres espirituales, que ya no pueden morir porque no tienen un cuerpo que pueda desintegrarse (que es la razón de la muerte).
          Y no cabe meterse más allá. Queda el dato substancial de la resurrección como hecho real del que participaremos, y que tiene su punto básico en la resurrección de Jesucristo, que es donde se apoya nuestra fe. Porque si Jesús no hubiera resucitado, seríamos necios con creer en Jesús, que sería un muerto sin más.

          En la EUCARISTÍA anunciamos la muerte de Cristo (porque verdaderamente murió) y proclamamos su resurrección (que es la base de nuestra fe). Y lo que da lugar a nuestra esperanza, porque Dios es un Dios de vivos, y nosotros estamos destinados a vivir. Ahora, aquí, en la lucha diaria. Luego, “allí”, donde está Dios… Porque la vida eterna no es, en definitiva, otra cosa que encontrarnos con Dios y vivir alabándole, sin peligro ya de perderlo nunca. Por eso es vida eterna. Para siempre gozar de la visión de Dios.

          De ahí el SALMO elegido (16) para que sirva de coro que subraya el argumento principal de este día: Al despertar, me saciaré de tu semblante. Hay una muerte, un dormir a la vida, y un despertar en la otra orilla, donde vivir será igual que gozar, quedar saciados de la presencia de Dios.


          Pidamos a Dios que aliente nuestra esperanza.
-         Para que vivamos el día a día como preparación a la entrada en la vida eterna. Roguemos al Señor
-         Para que tengamos la seguridad de que Dios es Dios de vivos. Roguemos al Señor.
-         Para que se aumente nuestra fe en nuestra propia resurrección. Roguemos al Señor.
-         Para que vivamos cada Eucaristía como “prenda de la gloria futura”. Roguemos al Señor.
          Que vivamos el momento presente de modo que nos estemos abriendo al futuro junto a Dios. Por Jesucristo…

sábado, 9 de noviembre de 2019

9 noviembre: O Dios o el dinero


LITURGIA
                      Hemos llegado al final de la carta a los fieles de la comunidad de Roma, a la que Pablo ha llenado de doctrina a través de esa amplia carta que hemos ido siguiendo durante tres semanas seguidas. En este final (16,3-9.16.22-27), Pablo recuerda a sus colaboradores y va saludando a unos y otros, con sus nombres.
          También aparece el amanuense Tercio, que saluda a la comunidad con un saludo cristiano.
          Y concluye Pablo con una alabanza a Dios: Al que puede fortaleceros según el evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, al Dios único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
          Una doxología solemne para rematar la carta, que lleva entre guiones una amplia frase que define a Jesucristo: –revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, y manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a conocer por decreto de Dios eterno para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe-. La llegada de Jesús a la historia fue un secreto eterno de Dios, y que lo podemos conocer por la revelación que Dios hizo, para traer a todas las naciones a la fe.

          Continúa el tema de ayer en el evangelio (Lc.16,9-15). Había hablado Jesús de aquel administrador tramposo que se vale de sus malas artes para asegurarse una acogida cuando lo despiden de la administración. Y había reconocido que los hijos de este mundo son más astutos para sus trampas que los hijos de la luz para hacer el bien y administrar con justicia y equidad.
          Hoy continúa explicitando el tema y siguiendo con esa enseñanza que a primera vista despista: ganaos amigos con el dinero injusto. No quiere decir que se hagan injusticias y trampas con el dinero sino que el dinero tiene siempre una realidad peligrosa. Pero que puede hacerse justo si se emplea bien empleado, como el de ayudar a otros y hacer el bien (“ganarse amigos”) y hacer que del dinero surja un bien, para que cuando os falte, os reciban en la moradas eternas. No se trata, pues, de asegurarse una ventaja con el dinero, sino que el bien que se hace con él, tenga su recompensa en el cielo.
          El que es de fiar en lo pequeño, es de fiar en lo importante; el que no es honrado en lo pequeño, tampoco en lo importante será honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero… (otra connotación equivalente a “dinero injusto”), ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro ¿quién os lo dará? De diferentes formas repite la misma idea: el dinero de por sí, se pega a las manos y tiene el peligro de hacer injustos a los hombres. Sólo el buen uso del dinero, y la generosidad para con el prójimo, hace que se convierta en un instrumento de ganarse amigos que os reciban en la moradas eternas.
          Ahora el dilema: Ningún siervo puede servir a dos amos, porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se dedicará al primero y no hará caso del segundo. Conclusión evidente, a la que quería llegar Jesús: No podéis servir a Dios y al dinero.
          Claro: esto es un lenguaje que no se entiende fácilmente, precisamente porque el dinero se pega y se nos puede pegar a todos. Y los fariseos, que –todo lo contrario- eran amigos del dinero, lo toman a broma y se burlan de Jesús.
          Jesús les dijo: Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres, Dios la detesta.
          La parábola del administrador traía cola. Y es la que ha quedado patente en este discurso de Jesucristo.

viernes, 8 de noviembre de 2019

8 noviembre: La diligencia


Hoy, 8, celebramos el “Primer” Viernes, que no tuvimos el día 1 por ser fiesta.

LITURGIA
                      San Pablo le expresa a los romanos unos sentimientos personales: primero, el de la seguridad de que aquella comunidad cristiana se sabía ya lo que él le ha escrito. Pero él tenía la obligación de decírselo porque es ministro de Cristo y del evangelio para los gentiles: mi misión consiste en anunciar la buena noticia de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, agrade a Dios. (15,14-21).
          Pablo lleva a sano orgullo haber predicado a los gentiles la verdad de Cristo, porque –por su medio- lo gentiles respondan a la fe. Y dentro de ese sano orgullo, todavía es mayor la decisión de Pablo de no predicar el evangelio donde ya otros lo hubieren predicado. No había querido construir sobre cimiento ajeno. Su gusto es que los que no tenían noticia, lo verán; los que no habían oído, comprenderán. Y su gozo es haber pasado por tantos lugares, y en todas direcciones a partir de Jerusalén, para dejarlo todo lleno del evangelio de Cristo.

          La parábola del evangelio de hoy (Lc.16,1-8) es de las que necesitan explicación para no confundir, al menos a nuestra mentalidad.
          Habla Jesús de un administrador injusto que le ha hecho trampas a su amo. Y cuando el amo lo descubre, lo llama y le anuncia que queda despedido. Y le pide que le entregue el balance de su gestión.
          El tal administrador, que al fin y al cabo es tramposo, hace sus cambalaches para poder encontrar amigos cuando sea despedido, porque él no sirve para otros trabajos. Y el cambalache es llamar a los deudores de su amo y ofrecerles la oportunidad de aminorar sus recibos, de modo que tuvieran menos que pagar. Donde debían cien barriles de aceite, que cambien el recibo por sólo cincuenta; donde debían cien fanegas de trigo, que escriban ochenta. Y así esperar que esos deudores, así favorecidos, le reciban a él cuando sea despedido.
          Evidentemente es trampa sobre trampa, y eso no es para ser alabado. Pero Jesús se fija en un detalle concreto para decir que el amo lo alabó: la astucia con que había procedido. Y la conclusión última, y lo que sirve de lección, es que para negocios humanos se tiene una capacidad de soluciones que no se tienen para los temas espirituales. Y ahí es donde quiere apuntar Jesús, a ver si pica el amor propio de los seguidores suyos, y tomaran en los negocios del espíritu la misma diligencia que se había tomado el administrador tramposo para resolver su problema.
          Jesucristo es un observador muy fino de la vida humana, y quiere sacar lección de todos los casos. Unas veces es una lección directa que se sigue de la vida honrada de las gentes; otras veces se fija en lo negativo para poner blanco sobre negro y sacar las consecuencias de lo que no debe hacerse y de lo que se aprende de ello. Es el caso de este administrador injusto. No se puede aprender de él la injusticia, la trampa. Pero sí puede aprenderse la diligencia para resolver su problema. Y esa diligencia –astucia- es un modelo en el que los seguidores de Jesús pueden aprender para lo bueno. De ahí el final del relato, en boca de Jesús: Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
          Todo es, pues, una llamada a cómo debemos ser nosotros administradores de los dones de Dios, que se nos han concedido, y de los que no podemos ser negligentes. Y lo mismo que en lo humano ponemos la carne en el asador cuando nos interesa algo, así tiene que ser también en lo que roca a las cosas del espíritu.

jueves, 7 de noviembre de 2019

7 de noviembre: La misericordia de Dios


LITURGIA
                      Nueva entrega de la carta de San Pablo a los fieles de Roma (14,7-12). En ella afirma Pablo que nadie vive para sí, para sus conveniencias o gustos, para sus ventajas personales. Ni vive para sí ni muere para sí. Es decir: no nos pertenecemos. La manía del mundo actual de “ser dueños de nosotros mismos” para hacer lo que buenamente nos viene en gana, recibe un mentís claro de Pablo en esta carta, porque si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Y da la razón de fondo de ello: Para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos. Por tanto no somos dueños de nuestro cuerpo, ni de nuestras ideas. En todo dependemos del Señor y tenemos que tener como referente definitivo al Señor.
          Consecuencias de ello: Tú ¿por qué juzgas a tu prójimo?; ¿por qué desprecias a tu hermano? El juicio es de Dios, y todos compareceremos ante el tribunal de Dios. De nuestra vida hemos de dar cuenta, precisamente porque nuestra vida depende de Dios. Y cada uno dará su cuenta.

          El evangelio es el capítulo más característico de Lucas: el capítulo 15, que es el capítulo por excelencia de la misericordia. Y aunque aquí hoy no entra la parábola cumbre, la del Padre bueno, queda, por decirlo así, en puertas, anunciada por las otras dos parábolas que Jesús contó a los fariseos, escandalizados de que los publicanos se acercasen a Jesús y Jesús los acogiera. Los fariseos murmuraban entre ellos porque acoge a los pecadores y come con ellos. Y entonces Jesús les pone delante las parábolas en cuestión: la del pastor que pierde una oveja y la mujer que pierde una moneda. Y ¡ojo al detalle!, Lucas suele sacar a la mujer en paralelo con el hombre, lo cual es un avance notable en la mentalidad de la época.
          El pastor ha perdido una oveja. Deja las noventa y nueve en el campo y se va tras la oveja perdida. (Ya era una respuesta a los fariseos: Jesús busca a los perdidos; los otros ya están allí, pero a los perdidos hay que recuperarlos). Y no sólo tiene la satisfacción de haber encontrado a la oveja aquella, sino que ahora exterioriza su alegría convocando a sus amigos y a los otros pastores, invitándoos a alegrarse con él y festejar con él el hallazgo, porque esta oveja se me había perdido y la he encontrado. Y apostilla Jesús para dejar claro el sentido de la parábola: Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Estaba dada la respuesta a los fariseos escandalizados.
          Y ahora, la misma alegría y fiesta en la mujer que ha perdido una moneda, y barre la casa y busca con cuidado hasta que la encuentra. Y entonces convoca a sus vecinas para que se alegren con ella porque había perdido una moneda y la ha encontrado.
          Y vuelve Jesús al mismo estribillo de antes: así será en el cielo  entre los ángeles de Dios la alegría por un pecador que se arrepiente.
         
          Es una pena que el penitente sienta cierto recelo de confesar cuando tiene materia de mayor envergadura, como si eso fuera a escandalizar al confesor. Precisamente el confesor experimenta mayor gozo cuando el penitente viene a tumba abierta a presentarse como pecador, pues ahí está haciéndose presente de forma especial la misericordia de Dios. Es mucho más penoso el penitente que recula para aparecer como “menos pecador”, y trata de justificarse más que de acusarse, pues quiere decir que no viene con el alma abierta a buscar el perdón de Dios, del que el sacerdote es mero instrumento, mero ministro. El que acoge y perdona a través del Sacramento es el mismo Dios. Y Dios no se aparta del pecador sino que sale a su encuentro con mucho amor y el corazón abierto para acogerlo y protegerlo para que se rehaga en adelante.
          No recogerá ahora la liturgia diaria la parábola del Padre bueno, pero yo invito a mis lectores a que lo lean despacio, y saboreen cada detalle de aquel padre que ha perdido a su hijo (por la mala cabeza de su hijo), y el día que lo recupera arma la gran fiesta por la alegría de haberlo reencontrado. Y a su vez defiende su postura de gozo y alegría frente al hijo mayor, díscolo, que se apoya en sus bondades para atacar al hermano pródigo y a su mismo padre. Parece el bueno de la película, pero está representando a los fariseos tan seguros de sí mismos y tan carentes de misericordia con el caído.
          Hoy es un día para celebrar el gozo de haber sido recogidos por el amor y la misericordia de Dios.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

6 noviembre 2019: Posponer amores humanos


LITURGIA
                      Muy breve y muy expresiva la 1ª lectura de la carta de San Pablo a los Romanos (13,8-10). Pablo quiere que quede claro que todo el vivir cristiano se reduce a una realidad: la del amar. Y no quiere que aquellos fieles tengan otra deuda entre ellos que la del amor. Y para hacerlo más comprensible, hace un repaso por los mandamientos y dice expresamente que el no cometerás adulterio, no robarás, no envidiarás y los demás mandamientos que haya, se resumen en esa frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y explica: porque nadie que ama, hace daño a su prójimo. Y al fin y al cabo lo que los mandamientos nos ponen siempre por delante es el respeto al prójimo. Y eso es ya cumplir la ley entera.

          Y pasamos al evangelio de hoy (Lc.14,25-33) en el que Jesús vuelve a establecer los principios de la vida de seguimiento suyo. Iban con el muchas gentes, y Jesús quiere decirles que seguirlo a él no es admiración por las obras que el hace. Que si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
          Es un planteamiento que, cogido sin reflexión, llega a escandalizar a muchos, porque entienden que no pueden amar a sus allegados si quieren ser discípulos de Jesús. No es eso lo que Jesús ha dicho. Lo que Jesus dice es que el amor a Dios tiene que estar siempre lo primero, y ser el foco de luz que marque el camino de nuestras actitudes. Jesucristo no ha dicho de no amar a los deudos sino de posponer: que en caso de conflicto en el modo de proceder, hay que optar primeramente por lo que dice Dios.
          No puedo menos que recordar el caso de aquella valiosa muchacha con vocación, a la que su madre se opuso radicalmente, aun con amenazas, y la chica acabó por ceder y dejar la idea de consagración a Dios para no disgustar a su madre. No le seguí yo la pista a la joven pero siempre he pensado si fue feliz tomando otro camino del que Dios le había llamado. Pospuso a Dios. A eso es a lo que Jesús se refiere. Quien eso hace, no puede ser discípulo suyo porque no puede ser digno de Jesús el que dejó a un lado el camino de Dios.
          Y no es sólo posponer a los padres, esposos, hijos… Es incluso a sí mismo Y he aquí que esto es más difícil todavía, porque el amor propio es el enemigo directo del amor a Dios. Y con demasiada frecuencia se opta por el propio deseo, aunque pueda constar que el proyecto de Dios va por otro lado. Al fin y al cabo las tendencias al pecado son fruto del amor a sí mismo. Y es claro que Dios llama a otra actitud. Y sin embargo…
          Y plantea Jesús una reflexión de orden muy humano y fácil de resolver. El que se propone seguir a Jesús debe calibrar hasta dónde es capaz. Lo mismo que el que va a construir una torre, primero debe pensar si tiene medios económicos para llegar al final. No sea que eche los cimientos y no tenga para acabarla, y se pongan a burlarse de él diciendo: este hombre empezó y no pudo acabar.
          La verdad es que esta situación es mucho más frecuente de lo que parece. Y ya no me refiero a los fallos de la vida diaria, que con ellos hay que contar. Hablo de cosas de más envergadura que se van convirtiendo o se han convertido en vicios, como consecuencia de no haber sido capaces de posponerse a sí mismos…, de no calibrar las propias fuerzas y andar cayendo y levantándose.
          Jesús concluye que eso pasa lo mismo con vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. Y no se trata de renunciar a todos los bienes económicos sino a esos “bienes” de cualquier índole que acaban ganando la partida, en contra de la propia conciencia.
          Lo que Jesús compara también a una guerra, porque de hecho es una lucha que hay que librar. Y plantea el caso de un rey al que vienen a hacerle la guerra con un ejército de 20,000 hombres. Lo lógico es que calcule si puede oponer siquiera un ejército de 10,000. Porque, si no puede, lo sensato es mandar embajadores para pedir condiciones de rendición en paz.
          La vida es lucha y tenemos que tentarnos mucho la ropa para vivir verdaderamente como fieles a Jesucristo, a quien decimos querer seguir, pero que él plantea que su seguimiento no es una aventura de coser y cantar. Es algo mucho más serio, y necesita poner los pies muy firmes en el suelo para no caer a la primera de cambio.