miércoles, 11 de diciembre de 2019

11 diciembre: Mi carga es ligera


LITURGIA
                      ¿A quién podéis compararme, que me asemeje? Es la pregunta de entrada por parte de Dios, en el texto de hoy del profeta Isaías (40,25-31). Dios es el dueño: despliega su brazo y a cada uno lo llama por su nombre. Por eso no pueda decir Jacob que su suerte está echada como de algo que no tiene ya remedio.
          El Señor es un Dios eterno…, no se cansa, no se fatiga, y al cansado le da fuerzas y al inválido le acrecienta el vigor. Los muchachos se cansan, los jóvenes tropiezan y vacilan, pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas.

          Este final atrae la elección del evangelio (Mt,11,28-30) en el que Jesús se presenta como el que consolida al débil. Jesús es el Mesías esperado, y él realiza la fortaleza de Dios: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Las rodillas que se doblaban por el cansancio de un mundo sin Dios, se van a consolidar con la venida del Mesías de Dios, Cristo, que se ofrece para aliviar el peso de los que ya no pueden más.
          Y les da la fórmula: Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yogo es llevadero y mi carga ligera. Vivir cargando con su yugo y aprendiendo de él a seguir caminando adelante, pese a las cargas de la vida, pero seguros de que esas cargas, llevadas junto a Jesucristo, se hacen más llevaderas. No dice el Señor que estar con él vaya a suponer que no hay cargas en la vida. Lo que dice es que esas cargas son mucho más suaves cuando camina uno junto al Señor. Él se hace nuestro Cireneo.
          La misión mesiánica no es quitar la cruz de los hombros de las criaturas sino ayudar a llevarlas con la mirada puesta en él, que va delante.

Myriam de Nazaret
Nazaret era una aldehuela sin fama ni renombre, allá en el norte de Palestina. Había allí una niña –una muchachita de 12 años-, honesta, fiel, obediente a Dios en todo. Prometida a un muchacho, y ambos vivían soñando aquel hogar que un día tendrían lleno de hijos: la aljaba llena de flechas… Ella era Myriam.
Y Dios miró en aquella dirección… Encajaba muy bien con sus grandes infinitos proyectos…, en pequeñas vasijas de barro.
Y el cortejo divino se puso lentamente en marcha… Gabriel se adelantó. Debía ver…, hablar a aquella joven… Hablarle sueños de Dios...
Myriam se encontró ante Dios… Y Dios la piropeó: Alégrate, llena de Gracia, el Señor está contigo…  Pero ¿realmente era a Ella? – Sí. Nadie más había allí. Ya era para sentir rubor y turbación, emoción y lágrimas en los ojos. ¡Y no había acabado aquello!
Concebirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús.
María estaba atónita. No sabía qué pensar ni qué decir. Le comunica Dios que ha hallado su Gracia, y que no tema. A partir de ese momento María sólo necesita saber una cosa: ¿Debe casarse ya con José? ¿El Hijo que se le anuncia, JESÚS, el Salvador, el HIJO DEL ALTÍSIMO, ha elegido entrar en el mundo así…? Necesita hacer esa pregunta para ser fiel con exactitud a los planes de Dios. No pide una prueba para “saber” (como hizo Zacarías). Pero necesita saber lo que Dios propone, lo que Dios quiere. Y la humilde palabra de María, que no tiene con José relación marital, es sencillamente: ¿Qué tengo que hacer?
La respuesta es tan inmensa, tan sencilla, tan divina…, que una muchacha bien formada en las Escrituras divinas, no necesita mucho para entender: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te cubrirá con su sombra. Ya sabía Ella de esas Presencias activas de Dios desde los mismos comienzos de la Historia de Israel. Y comprendió rápidamente: Allí llevaba Dios toda la iniciativa. Lo que a Ella se le pedía…, lo que a Ella le tocaba, era asentir, pero con tal respeto por parte de Dios, que Dios no le imponía. Dependía exclusivamente de Ella y de su libre SÍ…
Y aunque Gabriel siguió hablando, explicando (y hasta dándole una prueba que Ella no necesitaba para creer y entregarse), lo que sintió fue la prisa por responder a Dios. Y sin fijarse en nada más, sin querer saber nada más, lo que estalló en su alma fue aquel inmenso: YO SOY LA ESCLAVA DEL SEÑOR…, no me pidas permiso. HÁGASE EN MÍ TAL COMO TÚ QUIERES.
Con velocidad vertiginosa, atravesando espacios infinitos, el cortejo divino se plantó ante la casa de María. El Espíritu CUBRIÓ el misterio… El Verbo de Dios Altísimo ENTRÓ allí donde le habían aceptado incondicionalmente. Murmullo celestial de ángeles que susurraban… Y EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE en el seno de María. Gabriel y las miríadas de ángeles se retiraron de puntillas, y dejaron a María con su silencio infinito. Ella, ahora, ni halaba, ni pensaba, ni podía hablar.
Nosotros podemos adorar en enorme silencio.

martes, 10 de diciembre de 2019

10 diciembre: La oveja perdida


LITURGIA
                      Seguimos con las llamadas al gozo y la alegría a las que nos tiene acostumbrados Isaías (40,1-11), que hoy pronuncia unas palabras que encontraremos repetidas al comienzo de los evangelios, a propósito del anuncio de Juan Bautista: En el desierto, preparad camino al Señor: Que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Todo un programa de actitud fundamental para recibir al Señor: hacer de la vida de cada uno un camino llano, sin valles ni montículos…, sin pesimismos ni soberbias; sin caminos torcidos…, porque para recibir al Señor ha de prepararse un corazón abierto a su venida, sin obstáculos que dificulten su entrada en el alma de la persona.
          Súbete a lo alto del monte, heraldo de Sión: alza con fuerza tu voz, heraldo de Jerusalén; di a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios. El Señor llega con fuerza. Ese es el anuncio de adviento, el que nos tiene que llegar a nosotros con la misma fuerza da la palabra profética, que afirma la llegada de Dios en la figura de su Mesías, que nos llega a cada uno cada vez más cerca.

          En el evangelio (Mt.18,12-14) tenemos la versión reducida de la parábola del pastor que busca a su oveja perdida. Jesús afirma que el pastor que ha perdido una oveja, sale en busca de ella con un interés especial por esa oveja perdida, y cuando la encuentra, tiene más alegría por ella que por las noventa y nuevo que no se habían perdido.
          La conclusión es que ese es el corazón del Padre, que no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeñuelos.
          Ahí habrá que aplicar las palabras de la 1ª lectura, de preparar los caminos rectos por los que quiere llegar el Mesías, pero que no se quedan en espiritualismos sino en el cuidado por las ovejas perdidas.


ZACARÍAS EN EL TEMPLO (continuación)
La gente esperaba fuera extrañada. ¡Algo especial ocurría allí dentro! ¡¡¡Y vaya si ocurría!!!
Yo, ahora, me quedaría metido en la piel de aquel hombre, que está en este momento como si hubiera bebido mosto, que no sabe ni lo que debe decir o lo que debe callar. Nosotros nos quedamos igual, pero orando. No como en una novela por entregas y de aventuras. Ha entrado Dios directamente, y eso sólo se entiende DE RODILLAS, y como “gente sencilla”. El mundo, realmente, empieza a estar DEL REVÉS.

Zacarías podía estar perplejo, intentando comprender y asimilar cada palabra del mensajero divino. ¿Qué le anunciaba realmente? Se clarificó Zacarías cuando “el ángel” le dijo: “ese niño Juan precederá delante del Mesías, para retornar los corazones de los hijos (=los judíos actuales) a la de sus padres (=los que vivieron fieles a la promesa de Dios), y de los rebeldes, a la prudencia de los que fueron justos, y así preparar un pueblo bien dispuesto a la llegada del Señor”.
Zacarías, en su atolondramiento, no sabía si escuchaba o soñaba; si le hablaban en realidad o en figura. Yo digo que no sabía ya ni lo que decía, y que “se coló” en pedir una prueba. ¿No le habían bastado todas las pruebas de Dios en aquella conversación? ¿No le bastaban los diversos ejemplos parecidos de la historia de la salvación? Y preguntó aturdidamente: ¿en qué conoceré yo eso? Porque soy viejo, y mi mujer también. Y el ángel se identifica como el de las gestas sublimes de Dios, Gabriel, que asiste a la derecha del trono de Dios, y le da la prueba: “permanecerás mudo hasta que se cumplan estas promesas” ¿Querías una prueba? Pues esa será la prueba
Y cuando salió fuera, con todos los fieles extrañados por la tardanza, Zacarías “dio la prueba”. Realmente –advirtieron todos- que había tenido una visión. No era menester preguntar. La “prueba” estaba patente. Y poco habría que explicar cuando Zacarías salía del Santuario con la señal en su semblante de las experiencias profundas vividas.
Los demás sacerdotes pretendieron saber… Zacarías hizo señales de que “más tarde”. Primero cumpliría su ritual al quitarse los ornamentos de lino…; tendría tiempo para reflexionar, orar y pensar. El silencio tranquilo, la serenidad que necesitaba, serían el gran medio para poner un poco su mente en orden. Zacarías se retiró. Qué pensó en ese tiempo, no es fácil de imaginar. Desde el, misterio vivido, a la imprudencia de su pregunta, a la ventaja de espacio de silencio para poder entender un poco mejor a Dios y sus maravillas misteriosas.

lunes, 9 de diciembre de 2019

9 diciembre: Toma tu camilla y vete


LITURGIA
                      Una vez más, el texto de Isaías es tan denso en imágenes, que vale más copiarlo que pretender explicarlo. Así que lo transcribo tal cual: 35,1-10: El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y florecerá, germinará y florecerá como flor de narciso, festejará con gozo y cantos de júbilo.
          Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón.
          Contemplarán la gloria del Señor, la majestad de nuestro Dios.
Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos: «Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará».
          Al llegar aquí se repite una vez más el “mantra” propio de la esperanza del Adviento, que Jesús hará suyo en Lc.4: Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo y cantará la lengua del mudo, porque han brotado aguas en el desierto, y corrientes en la estepa.
          Y juntamente se van poniendo las contradicciones que se van a hacer posibles con la llegada del Mesías: El páramo se convertirá en estanque, el suelo sediento en manantial. En el lugar donde se echan los chacales habrá hierbas, cañas y juncos. Habrá un camino recto. Lo llamarán «Vía Sacra». Los impuros no pasarán por él. Él mismo abre el camino para que no se extravíen los inexpertos.
          No hay por allí leones, ni se acercan las bestias feroces.
Los liberados caminan por ella y por ella retornan los rescatados del Señor.
          Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción.
Ese panorama tan nuevo, es el que supone la venida del Mesías, que va a darle a la vida de aquel pueblo una visión diferente y gozosa.

          Ya han salido evangelios de ciegos que ven, y de hambrientos que comen, y enfermos que son curados a distancia… Hoy toca plasmar el efecto del adviento en el paralítico que echa a andar. Un tullido que por sí mismo no puede acudir a Jesús, y ha de valerse de hombres que le lleven hasta Jesús.
          Se da el caso de que el gentío impide poner al enfermo ante el porche desde el que hablaba Jesús a las gentes, y aquellos hombres han de tomarse un trabajo extra de introducir la camilla con el paralítico por la puerta de atrás, subir a la azotea, y descolgar al lisiado a través de las tejas, hasta depositarlo delante mismo de Jesús.
          Jesús se admira de la fe de aquellos hombres, y le dice al enfermo: Hijo, tus pecados están perdonados. Que era lo mismo que decirle que estaba curado, puesto que en la creencia del pueblo el pecado era el causante de la enfermedad.
          Los fariseos que estaban presentes se escandalizan porque un hombre diga de perdonar pecados, realidad que sólo está en las manos de Dios. Y preguntan quién es este que dice blasfemias. Porque se está atribuyendo poderes divinos.
          Y Jesús se dirige a ellos y les dice: -¿Qué pensáis en vuestro interior? Y Jesús entra por derecho en el tema y les pregunta: ¿Qué es más hacedero: decir “tus pecados son perdonados”, o decir “levántate y anda”? Lo primero no se ve con ojos humanos. Lo segundo es algo que salta a la evidencia.
          Entonces se dirige al paralítico… Pienso que el propio enfermo no se había quedado muy convencido con la primera respuesta, porque en aquel momento suyo la preocupación y el deseo era su salud física, y no supo captar que con el perdón le llegaba la salud. Ahora sí lo va a entender perfectamente. Habla Jesús: Para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar pecados…, dice al paralítico: “A ti te lo digo; ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”. Un momento de enorme emoción. Empezando por el interesado, tanto tiempo echado en la camilla, que ahora ha de tener la fe en que puede ponerse en pie… Y lo hace con sus titubeos, y se ve consolidado…, y toma su camilla y se va. Daría las gracias; es de suponer. Admirado. Sin saber ni qué decir. Se había producido su curación, que tanto había deseado.
          ¿Y los fariseos? ¿Cómo se quedan? ¿Qué tienen que decir ahora? Acaba el relato diciendo que todos quedaron admirados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de admiración: Hoy hemos visto cosas admirables. Adviento se va haciendo realidad.

domingo, 8 de diciembre de 2019

8 diciembre: Inmaculada Concepción de María


LITURGIA    La Inmaculada
                      Celebra hoy la Iglesia la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, una de las fiestas más luminosas, que nos lleva al privilegio excepcional que obtuvo María de no tener el pecado original que marca la vida de la humanidad desde su concepción. María fue preservada de esa mancha por privilegio especial de Dios, y en aplicación adelantada de los méritos de la redención de Jesucristo. De modo que María fue también redimida, para no caer; nosotros somos redimidos después de haber contraído la mancha inicial, por pertenecer a la descendencia de Adán.
          La 1ª lectura (Gn.3,9-15.20) nos narra esa realidad con la riqueza de imágenes propias de la Biblia. Dios dio al hombre y la mujer todo el dominio de la existencia, pero con la condición de respetarla. Y como una prueba simple de que respetaba los planes de Dios, puso Dios el veto sobre el árbol de la vida. De ese árbol no podía comer, porque representaba la paternidad de Dios, y desgajar su fruto equivalía a desgajarse de Dios. Una prueba muy simple, pero válida para mostrar la obediencia a Dios, que había dado toda la Creación para disfrute del género humano.
          Adán y Eva se saltan el plan de Dios, echan mano del fruto de ese árbol, y en ese momento pierden la amistad con Dios. Dios pregunta qué han hecho y Adán le echa la culpa a Eva, Eva se la echa a la serpiente, como elemento de tentación que les ha engañado, prometiéndoles que con la comida de aquel árbol serían como dioses. Pecado, pues, de soberbia, de pretender arrebatarle el poder a Dios.
          Y Dios maldice a la serpiente y hace una promesa de renovación del plan salvador: pondrá enemistad completa entre la mujer y la tentación. Esa Mujer será la Madre del redentor que derrotará al demonio. Esa Mujer no tendrá relación alguna con la tentación. Esa Mujer está concretada, al cabo del tiempo, en la persona de María. He ahí por qué esta lectura para definir a María como Mujer inmaculada.

          La Maternidad de María sobre el Hijo de Dios está expresada en el evangelio de hoy (Lc.1,26-38), y el secreto está en que María sí es obediente a Dios en todos los detalles, y cuando Dios le presenta su plan de salvación, en el que cuenta con ella, obedece rendidamente y pronuncia su palabra de rendición absoluta a la voluntad de Dios: Hágase en mí según tu palabra. Y en ese instante el Verbo de Dios, el Hijo del Dios Altísimo, entra en el seno de Maria bajo la acción del Espíritu Santo.

          El Adviento está presente en la liturgia de hoy a través de la 2ª lectura (Rom.15,4-9), correspondiente al formulario del 2º domingo de Adviento del Ciclo A.
          En esta lectura se hace patente la fidelidad de Dios, expresada en su paciencia para todos los hombres, pues de una parte es fiel con los judíos, en atención a las promesas de todo el Antiguo Testamento, y de otra parte acoge a los gentiles, para que alaben a Dios por su misericordia.
          A unos y a otros les anuncia Dios la llegada del Mesías prometido, y les invita a acogerlo en las diversas etapas a que nos aboca el Adviento: una actitud religiosa en la celebración de la Navidad, que representa la primera venida de Jesucristo. Una preparación interior profunda para recibirlo cuando llegue personalmente a cada uno en el momento final de la historia de cada persona. Y una acogida diaria en las continuas llegadas que hace en nosotros el Señor, en su Palabra meditada, en la Eucaristía bien preparada y recibida con el alma, y en cada uno de los sacramentos, en los que tiene una parte importante el de la Confesión, para purificar al alma ante esa llegada de Jesucristo al alma de cada persona. Llega el Señor por los buenos ejemplos de buenas amistades y por la acción educadora de la familia. Llega el Señor por múltiples modos en los que quiere hacérsenos presente a través de cada día. Lo importante es acoger esas manifestaciones de lo bueno, y hacerse receptivo a sus enseñanzas.

          María nos es ejemplo de fidelidad en los pequeños detalles, desde la limpieza de su alma inmaculada, que siempre estuvo abierta a agradar a Dios.


          Por medio de María Inmaculada, elevamos nuestras peticiones al Señor.

-         Por la Iglesia, que sea santa en sus miembros e instituciones. Roguemos al Señor

-         Por España, para que bajo la protección de María conserve el tesoro de la fe. Roguemos al Señor.

-         Por cada uno de nosotros para que copiemos de María el alma limpia de pecado. Roguemos al Señor.

-         Para que la Hostia pura, santa e inmaculada nos purifique de nuestras tendencias. Roguemos al Señor.


          La limpieza de corazón de la Inmaculada Madre de Dios, nos atraiga a unas costumbres más limpias en nuestros pensamientos, miradas, palabras y obras.
          Lo pedimos por medio de Jesucristo N.S.

sábado, 7 de diciembre de 2019

7 diciembre: Que envíe obreros a su mies


LITURGIA
                      La 1ª lectura, de Isaías (30,18-21.23-26) ha reunido dos párrafos para mostrar la prosperidad que traerá la llegada del enviado de Dios. Dice tantos detalles que más que comentarlos, prefiero copiarlos y que el lector los vaya leyendo despacio y encontrando esa mano bondadosa del Dios que envía su Mesías a la tierra y la transforma.
          «Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, se apiadará de ti al oír tu gemido: apenas te oiga, te responderá.
          Aunque el Señor te diera el pan de la angustia y el agua de la opresión
[un pueblo centrado en Dios, a Dios mismo le atribuye angustia y opresión, pero para corregir enseguida, como se ve a continuación], ya no se esconderá tu Maestro, tus ojos verán a tu Maestro.
          Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: "Este es el camino, camina por él."
          Te dará lluvia para la semilla que siembras en el campo, y el grano de la cosecha en el campo será abundante y suculento; aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas; los bueyes y asnos que trabajan en el campo comerán forraje fermentado, aventado con pala y con rastrillo.
          En toda alta montaña en toda colina elevada habrá canales y cauces de agua el día de la gran matanza, cuando caigan las torres.
La luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días, cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure la llagas de sus golpes».

          El evangelio (Mt.9,35 a 10,1.6-8) también ha recogido varios fragmentos para dejar constancia de la realización de aquellas promesas que hemos visto en la lectura anterior.
          Jesús recorría ciudades y sinagogas para anunciar el evangelio del Reino, curando toda enfermedad y todas las dolencias. Es la plasmación de la acción mesiánica, lo que es la verdadera Buena Nueva que corresponde a su venida.
          Al ver a las gentes, se compadecía de ellas porque andaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor. Imagen terrible para un pueblo pastoril, acostumbrado a ver a los pastores solícitos de sus rebaños. Y sin embargo, aquellas gentes no tenían verdaderos pastores que les llevasen hasta Dios. Y Jesús se vuelve a sus discípulos para hacerles conscientes de que la mies es mucha y los obreros pocos, rogad, pues, al dueño de la mies que envía obreros a su mies. ¿Qué diría hoy Jesús ante la visión del pueblo actual…, ante la penosa visión de pastores que apenas pueden ya tener acción sobre pueblos, por sus edades y limitaciones? Situaciones extremas de sacerdotes con 5 pueblos, a los que muy difícilmente pueden abarcar con una atención medianamente de pastores de esa grey.
          Con razón Jesús, ante la imposibilidad física de atender a tantas gentes, dice a sus discípulos que rueguen a Dios. Porque a Dios le importan esas gentes y tiene que salir al paso de alguna manera. El Papa ha insinuado una posible salida. Los extremosos de la religión no lo ven con buenos ojos, pero habrá que plantearse qué es lo que se pretende y dónde está la verdadera necesidad. Si los pueblos no tienen sacerdote, si no pueden celebrar la Eucaristía, si no pueden recibir a los que nacen y despedir a los que mueren…, ¿no será mucho más acorde con el plan salvador de Dios que haya fórmulas que palien el problema? Lo que habrá es que pensar con el pensamiento de Jesucristo, que siente compasión, y que no se limita a lamentarse.
          Lo que tenía en sus manos, lo realizó: enviar a sus discípulos a sustituirlo a él para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Lo que él no podía abarcar, que lo atiendan los discípulos con el poder mismo de Jesús: Id y proclamad diciendo que el Reino de Dios está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leproso, arrojad demonios. Ellos, los discípulos, enviados por él. Por eso el Papa lleva razón cuando piensa que hay un camino para hacer real la ayuda al pueblo fiel, y que no es que tenga que ir ese pastor tradicional que ha ido siempre. De lo que se trata es de buscar soluciones a un problema real y sin solución en sí mismo. Cada día asistimos a la muerte de algún sacerdote ya anciano, y no asistimos con la misma cantidad, ni de lejos, a la llegada de una nueva vocación al sacerdocio o la vida religiosa.

viernes, 6 de diciembre de 2019

6 diciembre: Ten misericordia de nosotros


PRIMER VIERNES.- Málaga a las 5’30
LITURGIA
                      Una nueva forma de expresar el tema mesiánico, en sus rasgos más reconocibles. (Is.29,17-24). Los sordos oirán, los ciegos verán con claridad y sin tinieblas. Los oprimidos saldrán de su opresión alegrándose con el Señor. Los pobres gozarán con Dios. Ha dicho lo mismo que otras veces pero de diverso modo. Y formulando desde “el revés”, los cínicos serán aniquilados, y callarán los que van a ver cómo coger al otro en palabras, y acusan falsamente al inocente ante el tribunal.
          Es el cambio de las cosas, que bajo la acción del Mesías de Dios van a ser rectas y ordenadas.

          El evangelio de San Mateo (9,27-31) nos trae un caso concreto de esa acción que distingue como Mesías a Jesús: la curación de un ciego. [San Mateo tiende al plural y pone dos ciegos; es un rasgo propio de su evangelio. Por los otros evangelistas queda claro que se trata de uno]. El hecho es que la promesa mesiánica de los ciegos que ven, se cumple en la realidad. Acude a Jesús un ciego, suplicando poder ver.
          Jesús pregunta si cree que él puede hacerlo. Y la respuesta es afirmativa: Si, Señor. A lo que Jesús responde, muy al estilo suyo, refiriendo a la fe del ciego la posibilidad de tener vista: Que suceda conforme a tu fe. Y se abren los ojos del hombre ciego. Como tienen que abrirse los ojos de tantas cegueras como hay en la vida, de personas que ven pero no llegan a ver con visión sobrenatural. A ellas quiere llegar la acción de Jesucristo.
          Lo curioso fue que Jesús pretendió que el ciego guardara silencio y que la gente que le acompañaba y había visto aquel suceso, también guardara silencio. Intento fallido porque el ciego que ahora ve, proclama a los cuatro vientos su alegría. Y las gentes se hacen eco de su gozo, y tampoco pueden callarse.
          ¡Cuánta falta hace que los videntes (creyentes) que tenemos la alegría de ver, y de ver más allá de la visión material de las cosas…, los que vemos con luz de fe, proclamemos a los cuatro vientos la alegría de nuestra fe y la eficacia de nuestro creer! Que los que no tienen fe, tengan que preguntarse qué valor tiene la fe, al vernos gozosos con ese inmenso mundo que nosotros descubrimos.

ZACARÍAS EN EL TEMPLO (De mi libro: QUIÉN ES ESTE)
San Lucas ha investigado a fondo, minuciosamente. Y por eso empieza “antes” su evangelio. Había un sacerdote, Zacarías, del turno de Abías, que vivía en las montañas de Judea. Estaba casado con una gran mujer, tan religiosamente buena como él. La pena que soportaron ambos era el no tener hijos, un baldón para el judío. Los sacerdotes servían al Templo por turnos. Y ahora le toca el turno a Zacarías. Se despide de su esposa y marcha feliz hacia el servicio de su ministerio, honra del sacerdote. Había todo un ritual sagrado de vestirse los ornamentos para oficiar, y de desvestirse. Había de oficiar el ofrecimiento del incienso, ese aroma que sube hacia el Cielo y es símbolo de la oración.
Zacarías entró en el Santuario, como tantas otras veces y se disponía a ofrecer el incienso con todo su recogimiento y emoción… Lo que no contaba él era con la inesperada visita de “un ángel”. Zacarías se quedó quieto, admirado, temeroso, casi petrificado. No podía reaccionar. Miraba, casi sin ver. El “ángel” habló como todo lo que es intervención de Dios: “No temas”. Por ahí se empieza cuando el mensaje es de Dios. “Zacarías: tu oración ha sido escuchada”. De verdad pienso que Zacarías no podía hacerse cargo de qué “oración” suya era la que hubiera escuchado Dios. A estas alturas de su vejez y la de Isabel, “aquella oración” había ya pasado de su punto de mira. ¿Qué oración suya era la que nada menos que un ángel le anunciaba como “escuchada por Dios”?
Y el ángel sale por donde menos esperaba Zacarías: “Tu mujer, ISABEL, te dará un hijo, a quien pondrás por nombre JUAN”. ¡Ahora sí que era para echarse a temblar, porque allí había varios elementos sobrenaturales, casi como dichos de paso, pero bien comprensibles a un israelita! Dos ancianos –estériles-, a quien se les anuncia un hijo…, y tal hijo que trae NOMBRE ya puesto de antemano! Aquí es donde Zacarías se encuentra ante lo sagrado…, ente el terror interno reverencial…


jueves, 5 de diciembre de 2019

5 diciembre: Construir sobre roca


Mañana tenemos en Málaga la celebración del 
PRIMER VIERNES
LITURGIA
                      El Señor es la Roca perpetua (Is.26,1-6). Es lo que va a dar pie al evangelio que sigue a continuación. El anuncio de los tiempos mesiánicos va a crear murallas y baluartes que defiendan al Pueblo de Dios. Y su seguridad va a estar en ese Señor como Roca inconmovible, que da consistencia a unos tiempos nuevos. En ellos la humildad vencerá a la soberbia, y va a tener prioridad el pobre porque el pobre no tiene más apoyo que el Señor.

          Jesucristo concluye el sermón del monte con una advertencia importante (Mt.7.21.24-27). La verdadera fe no es la que se apoya en la verborrea espiritual; en repetir un “Señor, Señor” que piensa que así va a ser escuchado. La fe auténtica tiene que “cumplir la voluntad del Padre que está en el cielo”.
          Y para hacerse entender, el Señor recurre a sus parábolas. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Con esto ya está ligando este evangelio con la 1ª lectura, en la que la Roca es Dios mismo. Edificar la casa sobre Dios, los mandatos de Dios, el pensamiento de Dios. Y eso lo conocemos a través de Jesús, Palabra del Padre, que nos va conduciendo a la verdad completa por la fuerza del Espíritu Santo que actúa en nosotros.
          Cuando se ha edificado sobre roca, no se conmueven los cimientos: Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos, y descargaron contra la casa, pero no se hundió. Puede haber embates de mil clases que actúan contra la fe de la persona. No se viene abajo porque su fe está en el Señor.
          Da pena cuando alguien dice que está perdiendo la fe porque le ocurren contrariedades. ¿Dónde estaba puesta esa fe? ¿Qué pretende uno alcanzar de la fe? No ha construido sobre Roca.
          Jesús continúa su parábola mirando al que construye sobre arena (el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica): que cayendo la lluvia y soplando los vientos, rompen contra la casa y se hunde totalmente. Es el caso de muchos, a quienes la contrariedad les hace dudar. No pusieron su fe en el Señor. Creyeron que la fe era un salvoconducto para vivir en tranquilidad. No aceptaron la realidad de un Cristo que padeció él mismo…


No sólo es que el Adviento siempre habla a nuevo. Es que yo voy a intentar llevaros conmigo a un adviento del que disfruto hace muchísimos años. [Así comienza mi libro: QUIÉN ES ESTE]
San Lucas es el evangelista del adviento. El ADVIENTO duró siglos, muchos siglos. Por eso Isaías -8 siglos anteriores a Jesús- es el profeta que más aparecerá en estos días. Y dicho esto, me vuelvo al principio.
Comienza San Lucas: “Puesto que muchos han emprendido el trabajo de coordinar la narración de las cosas verificadas entre nosotros, según nos las trasmitieron los que desde el principio fueron testigos oculares…"
San Lucas no fue discípulo de Jesús. No vio con sus ojos. Pero es hombre culto, honrado, parte historiador y, mucho, hombre de fe, que ha leído muchas narraciones de aquella vida de Jesús. Unas le han interesado más. Otras, menos. Algunas, nada, salvo la curiosidad del “cuentecillo piadoso” y lleno de fantasías, de aquellos primeros cristianos que pretendían “llenar lagunas” o ver en Jesús un puro milagro sobrenatural. (Son los evangelios apócrifos (no revelados por Dios), que unas veces encierran costumbres de la época, historietas más o menos verosímiles, y muchas fantasías).
Por eso Lucas, el médico, no se limitaba tomar de aquí y de allí. Él sabe que hay muchas cosas escritas, muchas verdades sublimes, y mucha necesidad de expurgar. Y para eso tiene a mano “testigos oculares”, contemporáneos de Jesús o muy cercanos a los -que desde el principio- habían visto y oído o recibido de primera mano. Y, además, “ministros de la palabra”. ¡Que no es decir poco!
La devoción pretende que la gran confidente de Lucas fue María, la Madre de Jesús, y por eso Lucas es el “evangelista de la infancia”. Por lo que yo puedo saber, eso queda en la “piedad” pero no en los hechos históricos probados.
Lo que sí es cierto –son cosas que se verán a lo largo de este periplo- es que testigo ocular y plenamente fidedigno de Lucas fue el Espíritu Santo, Por eso Lucas será el evangelista más humano, más sencillo, más asequible…, a la par que el gran evangelista del Corazón misericordioso. Para el que quiere entrar por primera vez en el Evangelio, yo siempre le llevo a San Lucas.
Él, sus datos, mi fantasía (apoyada en ciertas costumbres de Israel), va a ser nuestro acompañante en el Adviento, si Dios quiere. Por supuesto que MARÍA va a ocupar el protagonismo, como persona que vivió de lleno el adviento histórico, y fue parte esencial de él.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

4 diciembre: Manjares enjundiosos


El 6 es PRIMER VIERNES. Lo celebramos.
LITURGIA
                      Se van a distinguir los tiempos mesiánicos por el festín de manjares suculentos y vinos de solera (Is.25,6-10). Y arrancará en este monte el velo que cubre a las naciones. Es llamativo con qué repetición anuncia Isaías la venida de las naciones, que no son los del Pueblo de Dios. Es una de las señales de los tiempos nuevos a los que  nos llama el Señor, porque nosotros no éramos el originario pueblo de Dios, que estaba reservado a los judíos. Sin embargo la llegada del Mesías Salvador abarca también a las naciones. Y en ellas estamos nosotros.
          La obra de Dios entonces será enjugar las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará. Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación.

          Y llegamos al evangelio. La promesa se hace realidad (Mt.15,29-37) y Jesús, el Mesías ya en acción, ofrece manjares enjundiosos. Jesús había subido al monte y se sentó en él. Como en otro momento en el monte de las Bienaventuranzas, acude a él un gentío, y con esa gente, acuden los tullidos, ciegos, cojos, lisiados, sordomudos y muchos otros, que se le echaban a los pies y los curaba.
          La gente se admiraba de oír hablar a los mudos y de que escucharan los sordos, que los ciegos vieran y los tullidos anduviesen. Era el cambio que traía Jesús, en ese actuar a favor de los más necesitados. Era la realización de las promesas mesiánicas.
          Pero Jesús iba más lejos todavía: sentía lástima de aquella gente, porque llevaban ya tres días con él y no tienen que comer. Lo que hubieran preparado para estar un tiempo fuera de casa, se les había acabado. Y Jesús es sensible a ello, y no quiere despedirlos en ayunas, porque pueden desfallecer en el camino.
          Los discípulos se hallan perplejos: ¿qué pueden hacer ellos en despoblado, y con tanta gente?
          Y Jesús les pregunta cuántos panes tienen. ¡Tenían 7 panes y unos pocos peces! Total, no tenían nada porque con aquello no podían resolver nada en medio de aquella multitud. ¡Esa experiencia de imposibilidad humana era la que quería resaltar Jesucristo!
          Y ahora es su hora de actuación: mandó que se sentaran en el suelo. Y tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos y los discípulos a la gente. Se está cumpliendo el festín de manjares suculentos que había prometido Isaías. Jesucristo es realmente el Mesías anunciado y prometido, hecho ya realidad para aquellas gentes.
          Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestos llenos. Y había 4,000 varones, aparte de las mujeres y los niños. Comida generosa, de la que incluso sobra en abundancia. Es el signo mesiánico que quería presentar hoy la liturgia.

          Adviento, pues, es un cambio de panorama, una puerta a la esperanza. La mirada más corta es la que se detiene en la venida de Jesús a Belén, aunque viene a ser la más significativa e inmediata. Al fin y al cabo, Jesús no nace cada año, y a lo sumo celebramos su cumpleaños, que ciertamente para nosotros es de un significado muy especial, porque es la realización del plan de Dios al llegar la plenitud de los tiempos.
          Pero la proyección auténtica del Adviento va mucho más allá y mucho más real: el Señor tiene que venir. Tiene anunciada su venida al final de los tiempos, con gran poder y Majestad, entre las nubes del cielo. Y esa llegada está por venir. Y se hace realidad en cada persona en el momento final de su vida: a esa llegada y a ese encuentro real con Jesús triunfante es a la que el Adviento quiere prepararnos.
          Y como período de preparación, el sacerdote se reviste de ornamentos morados, que es el color litúrgico de la espera. Ahora, en el adviento, luego en la Cuaresma. Y cada vez que se celebra Misa de difuntos, precisamente porque se va en busca ya de ese adviento definitivo para el finado, que se encuentra de cara con el Señor.

martes, 3 de diciembre de 2019

3 diciembre: San Francisco Javier


El día 6 celebramos el PRIMER VIERNES
LITURGIA
                      Una descripción muy bella de lo que es la espera del Señor, nos la trae Isaías (11,1-10). Voy a copiarla completa, e iré haciendo el comentario oportuno.
          Aquel día (el día, el señalado por Dios para la liberación de la humanidad), brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo inspirará el temor del Señor. El Mesías va a estar lleno del Espíritu del Señor, que tiene esas características que se han enumerado ahí, y que por “temor del Señor” quiere expresar ese Espíritu que es Espíritu de Amor, precisamente porque es Espíritu de Dios. Y en Dios no anida el temor sino el amor. Que por ser amor reverente, respetuoso hacia un Padre, se expresa desde la palabra “temor”.
          El Mesías No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas; juzgará a los pobres con justicia, sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra. La justicia será ceñidor de sus caderas, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Otra osa es la actuación del Mesías con los malvados, puesto que el Mesías viene a limpiar y purificar: pero golpeará al violento con la vara de su boca, y con el soplo de sus labios hará morir al malvado.
          El misterio de los tiempos mesiánicos es hacer posible lo imposible, porque dominará el bien: Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león como el buey comerá paja. El niño de pecho retoza junto al escondrijo de la serpiente, y el recién destetado extiende la mano hacia la madriguera del áspid. Son contradicciones de la naturaleza que serán posibles bajo el reino de Dios, no tanto en esas contradicciones al pie de la letra sino en la vida de la humanidad, en las relaciones humanas, donde reinará la paz bajo la obra del Mesías de Dios.     Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar.
          Aquel día, la raíz de Jesé será elevada como enseña de los pueblos: se volverán hacia ella las naciones y será gloriosa su morada.

          Jesucristo vino al cabo de los siglos en que fue escrito eso. Y su palabra admiró a aquella mujer del pueblo que alabó a Jesús por sus dichos y sus hechos. Jesús lleno de la alegría del Espíritu Santo (Lc.10, 21-24), exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo ese mundo nuevo que ha anunciado la 1ª lectura, es algo que los sabios y entendidos lo analizan racionalmente y les suena a absurdo. Porque son absurdos reales. Pero la gente sencilla cree al Señor, y cree lo que humanamente es imposible, pero que en manos de Dios es posible a la manera que Dios dispone. La fe cree y cree en fuerza de la palabra de Dios, y sabe que Dios tiene sus caminos (que no son nuestros caminos, ni nuestras racionalidades). Sencillamente. Así, Padre, te ha parecido mejor. Y no hay más que hablar.
          A continuación, Jesús afirma que todo se lo ha entregado el Padre y que nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Estamos en esa dimensión de la fe en que las cosas no se resuelven desde el conocimiento humano, sino desde la revelación de Dios. Y por tanto desde la fe.
          Y desde la fe, aquellos imposibles de la 1ª lectura hemos de acogerlos como posibles en manos de Dios, y que la venida al mundo de Jesucristo, el Mesías de Dios, cambiará la vida de la humanidad. Ya cambió mucho en los momentos aquellos en que se expandió la fe en Jesucristo. Y cambió grandes épocas y hechos de la historia. Y a la larga dejará patente que el momento presente, que tanto prescinde de Dios, volverá a encauzarse bajo los designios del Señor. A nosotros se nos escapan ahora y lo vemos con el pesimismo propio de unos tiempos modernos. Pero Jesús prometió que las fuerzas del infierno no prevalecerán, y esa palabra tiene toda la fuerza de ser Palabra de Dios.

lunes, 2 de diciembre de 2019

2 diciembre: No soy digno


LITURGIA
                      En aquel día el vástago del  Señor será joya y gloria, fruto del país, honor y ornamento para los supervivientes de Israel. (Is.4,2-6). Ese día, el de la presencia del Mesías, será la gran alegría de Israel. Hay que tener en cuenta lo que esa profecía significaba para un pueblo que estaba desterrado de su patria, y que anhelaba su libertad, su vuelta a la ciudad santa. Todo eso era para ellos no sólo un paso en su historia sino un encuentro con el Mesías salvador.
          Y lo va expresando el profeta con diversas imágenes de limpieza, por las que el Señor lavará la suciedad de las hijas de Israel. Y todo ello será gloria del Señor, y para los habitantes, sombra en la canícula, refugio en el aguacero, cobijo en el chubasco.

          Advierto que en la liturgia de hoy hay dos posibilidades de 1ª lectura; una, que repite la que tuvimos ayer. Otra, alternativa, que he comentado.

          El evangelio (Mt.8,5-11) va en la línea de liberación, apoyando así el sentido de la 1ª lectura. Si en esa 1ª lectura se habla de un Mesías que salvará, en el evangelio en cuestión lo vemos actuando en esa línea de curación de un enfermo. Se trata de un siervo de un centurión. Ese siervo se halla enfermo y se ve que los médicos no habían podido encontrarle remedio. El centurión romano recurre a Jesús, el hombre de las curaciones y de la cercanía, y se acerca a Jesús –así lo narra este evangelista- intercediendo por su criado. Jesús le dice que va a ir a curarlo.
          Aquí es donde se señala la especial confianza del centurión que no necesita que Jesús vaya a su casa. Sabe él que con una palabra a distancia, aquel hombre Jesús puede curarlo. Y pronuncia una de las oraciones más hermosas, que se han perpetuado en la liturgia: Señor, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo? Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Y lo arguye a su manera para expresar la seguridad que tiene en la palabra de Jesús.
          Cuando Jesús lo oyó quedó admirado y dijo a los que le seguían: Os aseguro que en Israel no he encontrado a nadie con tanta fe. Cierto: aquel centurión admiró a Jesús. Era un romano, y por tanto no entendía de la fe de Israel. Sin embargo había hecho un acto de fe mejor que la fe de los hijos de Israel. Y Jesús apostrofa: Os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos.
          Yo quisiera que los fieles se acostumbrasen a REZAR…, a verdaderamente REZAR esa oración antes de la Comunión, sin la rutina de decir de memoria y con poca unción esas palabras que emocionaron a Jesús en boca del soldado romano, y que igualmente gustaría escucharlas así de la boca de nuestros fieles.



          Tuve la suerte de estudiar detenidamente el GLORIA A DIOS EN EL CIELO, que rezamos en algunas Misas, y que, por mala suerte, se ha enviciado en el rezo de los sacerdotes y de las gentes.
          Comienza con la oración de los ángeles en el nacimiento de Jesús.
          Y sigue con una letanía: te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias. Frases todas paralelas que comienzan por “te”, incluido el “te damos gracias”, al que le sigue en el original latino un punto y aparte. Y así lo publicó el primer Misas castellano. Luego, el vicio adquirido en la praxis, cambió ese punto y aparte por una errónea coma, que no corresponde al texto original.
          Continúan unas advocaciones trinitarias, dirigidas al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Las dos primeras comienzan igual: “Señor Dios”…, “Señor Hijo”. Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Y “Señor Hijo Jesucristo” al que dedica mayor espacio, como es lo habitual porque de Jesucristo podemos decir más cosas por ser el Dios encarnado, “hijo del Padre”.
          A él, que quita el pecado del mundo, se le pide piedad y que escuche nuestra súplica. No dice: “súplicas”. No se trata de que pidamos que escuche cada petición que se nos ocurra, sino que nuestra vida es toda ella una súplica: que escuche nuestra súplica, él que es Señor Altísimo.
          Concluye con la referencia al Espíritu Santo, que es el que impulsa nuestra capacidad de orar, y en cuya fuerza nos dirigimos al Padre.

domingo, 1 de diciembre de 2019

1 diciembre: El Señor está cerca


LITURGIA        1º Adviento-A
                      Isaías tiene una visión (2,1-5) que llena su alma de esperanza. Es acerca de Jerusalén, el centro de la vida del pueblo de Dios: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas.
          Y será el punto encuentro de las gentes, que confluirán para ser instruidos en sus caminos para marchar por sus sendas, porque de Jerusalén  saldrá la palabra del Señor, que será el juez de pueblos numerosos.
          Y el resultado será un cambio radical de la vida de la humanidad, de las espadas de guerra forjarán arados de labranza, y de las lanzas, podaderas.
          Todo eso conducirá a  caminar juntos a la luz del Señor.
          Todo ello es un anuncio de esperanza, que todavía no se cumple en los días de Isaías, pero que ya se vislumbra la luz al final de los días. Es el anuncio mesiánico, la esperanza de la aparición del Mesías, Señor.

          En la 2ª lectura (Rom.13,11-14) nos advierte Pablo que tomemos en cuenta el tiempo en que vivimos, y por tanto que es hora de espabilarse, porque se acerca nuestra salvación, que está más cerca que cuando empezamos a creer. Es un aldabonazo en la vida del creyente: iniciamos un nuevo año… Supone que vamos acercándonos al momento del encuentro: la noche está avanzada, el día se echa encima; dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas, ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas y pendencias. Ha sido todo un plan de vida que mira a la celebración de ese día de encuentro con el Señor, y que es muy aplicable en concreto a la celebración de la Navidad. Por eso vestíos del Señor Jesucristo y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos.

          El evangelio nos pone ante la descripción de Mateo (24,37-44) de los últimos tiempos, que deben aprender de lo ya sucedido: como en los tiempos de Noé, que cuando menos esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos. El final de la vida de cada persona es imprevisible. Y Adviento nos pone ante esa visión, porque se trata del verdadero adviento al que nos encontramos nosotros: la que será la última venida de Jesucristo (que en realidad, para cada cual, es el momento de su muerte).
          No se sabe el cuándo: estarán dos en el campo; a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán. Dos mueres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.
          Consecuencia: Estad en vela porque no sabéis a la hora en que vendrá vuestro señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría en vela y no le dejaría abrir un boquete. Por eso estad también vosotros preparados porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del hombre.

          Posiblemente gustaría que hablar del Adviento nos pusiera devotamente de cara a las fiestas de la Navidad. Eso es una parte de la celebración pero no es todo, ni lo más verdadero de este período litúrgico, que lo que busca es poner de frente al encuentro definitivo que todos hemos de tener con Señor. No nos quedamos en el recuerdo de lo que pasó. Nos enfrentamos con nuestra realidad, y nuestra realidad mira al futuro, que prácticamente es lo que tenemos en la mano. El pasado no lo podemos cambiar ya. Pero debemos aprender del pasado para conseguir que mañana sea mejor. Y ese “mañana” comienza con el Adviento, y con esta llamada que hemos tenido en este Domingo 1º del Ciclo A.

          Nos queda que hacerlo todo eso una realidad viva, a través de darle sentido cada vez más pleno a la EUCARISTÍA. En ella construimos el presente y con ella nos fraguamos el futuro, como prenda que es de la vida eterna.

          Pidamos al Señor que nos dé a vivir un Adviento más completo.

-         Que  no caigamos en la rutina de un adviento más en nuestra vida. Roguemos al Señor.

-         Que nos disponga a prepara mejor nuestro espíritu al encuentro del Señor. Roguemos al Señor.

-         Que celebremos la llegada de Jesús sin comilonas ni borracheras, ni excesos de cualquier tipo. Roguemos al Señor.

-         Que la gran celebración del adviento tenga su centro en la Eucaristía. Roguemos al Señor


          Dispón nuestra atención a celebrar el encuentro contigo con una mejoría cierta en nuestras actitudes.
          Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.