viernes, 14 de junio de 2019

14 junio: Propósitos verdaderos


LITURGIA
                      2Co.4,7-15.- Ha hablado Pablo del Evangelio, que sigue velado para los que van en vías de perdición, pero que muestra a Cristo como Señor y a nosotros como siervos suyos. Éste era el tema que no se leyó ayer. Hoy arranca con una referencia a esa realidad: Llevamos el tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
          En lo humano hay mucha carencia y dificultad. Y sin embargo de todo ello se sale triunfante: Atribulados en todo, más no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados , mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Participar en el dolor y la muerte de Cristo es anunciar ya en nosotros mismos la vida de Jesús, que se manifiesta incluso en nuestra debilidad.
          Pues mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros.
          Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él. Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios. Ha hecho saber a la comunidad de Corinto que el sufrimiento no tiene la última palabra; que en la tribulación también se está anunciando ya la resurrección, y que –por tanto- es para nuestro bien la misma realidad que parece ser negativa. Y todo se convertirá en bien y gloria de Dios.

          El evangelio es ya ese llevar a plenitud la ley y los profetas: Mt. 5,27-32 es un salto cualitativo enorme en lo que hasta entonces se había reducido el mandamiento sexto. Hasta entonces se reducía a una materialidad: no cometer adulterio real. Ahora hay un paso nuevo muy superior: yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero en su interior. Jesucristo se expresaba en la realidad social de su tiempo. Hoy hubiera dicho exactamente la misma palabra de la mujer que hubiera deseado a un hombre casado. El tema está en la falta de respeto hacia la persona casada, en cuyo campo no se debe entrar porque tiene dueño. Y porque en el fondo de todo, la sexualidad no es un jardín donde se puede bucear sin más, sino que tiene un sentido de donación y entrega personal en totalidad y exclusividad.
          El tema se repite más adelante cuando Jesús sentencia: el que se divorcie de su mujer, induce al adulterio, y el que se case con la divorciada, comete adulterio. O la mujer que se divorcia de su marido y el que se case con el divorciado. La verdad que estamos en un terreno en el que el mundo actual ha perdido los papeles y se salta a piola un tema que Jesús dejó muy explicitado.
          Por eso Jesús se eleva ahora a lo general y da unas pautas de conducta que no son precisamente para tomarlas en su materialidad al pie de la letra sino para indicar un modo de conducta: Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el abismo. ¿Entendido? No pretende Jesús hacernos tuertos pero sí pone una norma de vida que tiene que evitar a toda costa el daño de una mirada que induce al pecado.
          Y lo que dice del ojo lo dice de la mano y lo dice del pie… Es decir: la persona, la actitud. Lleva al tema de las soluciones sinceras para evitar ocasiones que están ahí al alcance la mano, o a dos pasos del abismo. Ese “córtatelo y tíralo” está expresando lo drástico de determinados propósitos ante situaciones claras de peligro de pecado. Que éste es el tema de muchos “propósitos” que carecen de la firmeza y concreción que nos son necesarios para evitar esas caídas, a veces repetitivas en la misma piedra.
          El evangelio se dio para los que quisieran seguir a Cristo. Es cierto que no se obliga a nadie a seguirlo y que él mismo lo puso en condicional: Si alguno quiere venir en pos de mí… Pero lo que hoy encontramos con mucha facilidad es la doble moral de la vela que se enciende a Dios y la que se enciende al mundo, a la sociedad, y que encontramos con demasiada frecuencia a los “creyentes” que están viviendo al margen del evangelio. Que esto nos haga reflexionar a quienes queremos permanecer fieles al pensamiento de Jesús.

jueves, 13 de junio de 2019

13 junio: Fiesta sacerdotal


LITURGIA: Jesucristo sumo y eterno sacerdote
                      Quiere decir que San Antonio cae hoy de la celebración litúrgica, porque coincide este año con la fiesta de Jesucristo Sacerdote, que es de rango superior.
          En la carta a los Hebreos, (10,12-23), se insiste en ese sacerdote que ofrece de una vez por todas y no tiene que ofrecer cada vez, como los sacerdotes de la antigua alianza. Aquí el sumo sacerdote Jesús ha ofrecido por los pecados un solo sacrificio, y se ha sentado a la derecha de Dios para siempre. Una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre.
          Una Alianza que pone las leyes en los corazones y en la mente, y que no se vuelve a acordar de los pecados, porque Jesús ha traído la remisión total.
          Para concluir solemnemente con un párrafo que quiero dejar copiado tal cual por su sonoridad y fuerza: Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Cristo, por este camino nuevo y vivo, inaugurado  por él para nosotros a través del velo (es decir, de su propia carne) y un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala… Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa.

          El evangelio  de hoy lo tenemos recientemente recordado en las últimas fechas del tiempo pascual. Lo seguiremos hoy en una lectura amplia que abarca esa facción del sacerdocio que es la oración por los que siguen a Jesús: primero, los apóstoles y luego sus amplio colectivo de los discípulos entre los que estamos nosotros: ruego por ellos y por los que creen por la palabra de ellos…, los que tú me diste.
          Adonde no llega la oración de Jesús es al “mundo”, a ese mundo que se ha situado como enemigo de Cristo y del evangelio de Cristo. Por ellos no ruega. Se hace inútil la oración porque ese “mundo” ofrece una resistencia total a la acción vivificadora de Jesucristo. De suyo, Jesús querría poder ofrecer su vida por todos, puesto que su redención es universal. Pero luego se topa con ese conjunto de personas que viven los principios contrarios  a las bienaventuranzas y por tanto se alejan del Reino de los Cielos. El sacerdote quiere llegar hasta el último extremo, pero la realidad es que le cierran las puertas y que lo que tenía vocación universal, queda truncado en una parte y queda entonces reducido a los “muchos” que sí aceptan la salvación que les ha ganado Jesucristo.
          Juan 17, 1-2.9. 14-26   En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú has dado sobre toda la carne, dé la vida eterna a todos los que le ha dado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo le he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les de dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

miércoles, 12 de junio de 2019

12 junio: La tilde de la ley


LITURGIA
                      Seguimos en la 2Cor.3,4-11. No es un texto de fácil comentario, por lo que elijo el sistema de copiar el texto e irle haciendo algunas acotaciones. Ha acabado la lectura anterior, diciendo que Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros…, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu. El texto de hoy arranca desde ahí y Pablo habla en primera persona, aunque se exprese en plural: Esta confianza la tenemos ante Dios por Cristo; no es que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos nada como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da vida. Ahí Pablo entra en su materia preferida: la ley frente al Espíritu, o quizás esté mejor dicho al revés, porque es el Espíritu el que se sobrepone a la ley.
          Pues si el ministerio de la muerte, grabado en letras sobre piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu! Y la misma idea, en un paralelismo muy bíblico, la expresa en el renglón siguiente: Pues si el ministerio de la condena era glorioso, ¿no será mucho más glorioso el ministerio de la justicia?
          Un paso más: la contraposición abierta entre esos dos planos: Más todavía, en este aspecto, lo que era glorioso ya no lo es, comparado con esta gloria sobreeminente.
          Y si lo que era pasajero tuvo su gloria, ¡cuánto más glorioso no será lo que permanece!

          En evangelio continúa el Sermón del Monte, o la explicitación de las Bienaventuranzas, o de la Constitución del reino de Dios. En Mt.5,17-19 Jesús afirma que él no viene a abolir la ley y los profetas, porque la historia de Dios en la historia de los hombres no se va a hacer de mosaicos distintos, como si el Antiguo Testamento hubiera de ser abolido para instaurar el nuevo. Lo que Jesús afirma es que va a purificar lo que no expresaba los caminos de Dios, y que va a llevar a plenitud –a su expresión más perfecta- todo aquello que ha sido anunciado en los tiempos anteriores. No he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que el que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
          La ley de Dios siempre es de Dios, y por tanto siempre es válida. Pero allí donde Moisés había formulado principios escuetos, Jesús los va a rellenar de detalle. Va a hacer que lo que era mera materialidad de cumplimiento, ahora se convierta en un compromiso de vida, nacido del interior mismo de la persona, iluminada por el Espíritu de Dios.
          Así el que se salte uno de los preceptos menos importantes, y lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos. Por el contrario, quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos.
          Yo reconozco que no me siento identificado con esas pseudo-homilías de tipo “exegético” que van más a destruir la letra de la ley en vez de rellenarla al modo de Jesús. No se edifica nada con esas notas “científicas” en las que se va destruyendo la palabra revelada a base de datos de la ciencia y que no encajan precisamente con el fondo de la fe.
          Yo pienso que la palabra de Jesús en este texto que tenemos delante es muy elocuente para hacernos respetar hasta la tilde (el punto de la i) de la ley, que luego deberemos comprender y completar desde la palabra y la obra misma de Jesús, que es la que nos dará el sentido auténtico de la Palabra de Dios. Y que nos hará “grandes en el Reino” a los que sin aquellas otras elucubraciones, nos vamos adaptando a la sencillez de la Palabra de Dios, sin esos añadidos de una “ciencia” que, por una parte, no ayuda a la fe del pueblo, y de otra puede ser hasta “ciencia dudosa” de personas más hinchadas de sus conocimientos que de la ida de corazón sencillo a los entresijos con que nos toca el alma a cada uno esa Palabra de Dios.
          Ayer explicaba uno la bienaventuranza: los limpios de corazón, y liberándola de sentidos piadosos, decía que se trata de la limpieza de pensamientos y palabras y sentimientos por la que hemos de tener el corazón más virgen para acoger al prójimo. Yo añado que también el que se deja tocar virginalmente por esa Palabra de Dios.

martes, 11 de junio de 2019

11 junio: Sal y Luz


LITURGIA
                      Es la conmemoración de San Bernabé, un apóstol que no es del grupo de los Doce, pero que fue pieza importante en la labor de San Pablo. Celebramos su “memoria litúrgica” y mantenemos el orden de las lecturas continuas.
          2Co1,18-22 comienza con una afirmación de mucho fuste: Pablo, el que se presentaba ayer como apóstol por elección de Jesucristo, hoy les dice a aquella comunidad de Corinto que la palabra que os dirigí no fue primero ‘sí’ y después ‘no’, lo cual es ya una advertencia a la firmeza de la doctrina que les ha comunicado. Jesucristo, les dice, fue siempre un SÍ…, un ‘Amén’ a Dios, y Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros, y ha puesto en nuestro corazones como prenda suya al Espíritu. Todo ello va dirigido expresamente a hacer valer la autoridad de la Palabra que les trasmite.

          En el evangelio comienza el desarrollo de la Constitución del Reino de Dios. Mt,5,13-16 es el muy conocido texto en el que Jesús define al “pobre”, el seguidor de ese Reino. Es el que es sal de la tierra y el que es luz del mundo.
          ¿Qué es ser SAL? La sal es un condimento que da sabor, que influye directamente en el sabor de los alimentos, y los hace de buen paladar. El “pobre” seguidor de Cristo es el que deja buen sabor por donde pasa, y “agrada al paladar de Dios”: hace sus obras agradables a Dios. Vive su reino.
          Pero hay más: la sal se emplea como preservador de ciertos alimentos crudos para que no se pudran. Evita la putrefacción. El que sigue al reino de Cristo no deja que se pudra en él –y cuanto sea posible en otros- el fruto diario de esas bienaventuranzas que se han trazado como grandes avenidas a través de las cuales ha de caminar el seguidor de Jesús.
          Juntamente la sal efectúa un efecto “curativo”. Evita la putrefacción curando y haciendo que determinados alimentos se hagan aptos para el consumo mediante un proceso de salinización.
          Por eso es vocación cristiana ser SAL de la tierra, con sus diversas funciones, en el caminar diario y la traducción a la vida práctica de esa comparación que Cristo  ha señalado. Y cuanto es posible, el que es sal en su ambiente, es trasmisor hacia afuera de las influencias que pueden llevarse a otros, los que están cerca, por el testimonio, la palabra y los hechos ejemplarizantes. Y a los que están lejos, por el testimonio y la oración, y por la propia fidelidad que debe resaltar poniendo “buen sabor” y avisando de los focos de pus que hay en la vida.
         
          También ser LUZ. Primero porque Jesús  dice de sí mismo que es LA LUZ y que el que camina en la luz no admite tiniebla alguna. Y también dice que ha venido a traer fuego a la tierra y sufre ansias hasta que la tierra sea pasto de esas llamas.
          La Luz, pues, encierra dos modalidades: LUZ Y FUEGO. Luz que ilumina y fuego que emprende. Luz desde lo estático del foco que se pone sobre el candelero para que alumbre a toda la casa, y fuego que es fuerza arrasadora que tiene tendencia de abrasar cuanto encuentra a su paso.
          A la LUZ compara Jesús al seguidor del Reino, y lo define: Vosotros sois la luz del mundo. Y no concibe Jesús una luz que se oculta sino que la luz está para iluminar. Así debe ser el que entra en el Reino: tiene que ser foco que alumbre a todos los de la casa…, a todos los que se ponen bajo la influencia de ese seguidor del Reino.
          Y así es menester que alumbre vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y alaben al Padre que está en los cielos. Porque ese es uno de los efectos de nuestro ser luz: que Dios es mejor reconocido por las obras ejemplares que hacemos. A Dios no lo ha visto nadie. Pero sus obras se hacen visibles en las obras de luz de sus adoradores. Dios no es visible, pero las obras de los creyentes, que guardan sus mandatos y preceptos, le hace conocido y por los efectos, se descubre la Causa.

lunes, 10 de junio de 2019

10 junio: La Constitución del Reino


LITURGIA
                      Se reanuda el TIEMPO ORDINARIO en la semana X, pero coincidiendo con una celebración nueva de María, Madre de la Iglesia. A ella dedicamos nuestro recuerdo y atención cordial, como hijos de esa Iglesia, y por tanto sintiéndonos acogidos por la Madre común.
          Sin embargo vamos a seguir las lecturas que corresponden al lunes de la semana X, que comienza con la 2Co.1,1-7. Lo primero que llama la atención es la presentación que hace de sí el propio Pablo: apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios. Es su tarjeta de presentación al escribir por segunda vez a los fieles de la Iglesia de Corinto, y a todo el pueblo santo que reside en Grecia.
          La carta comienza con unos deseos de gracia y paz de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo. Y se continúa con la acción de Dios, que nos alienta en todas nuestras luchas, hasta el punto en que nosotros podamos alentar a los demás en sus  propias dificultades, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios.
          Los sufrimientos de Cristo han sido muchos. Así es el ánimo con que el apóstol se dirige a aquella comunidad, sabiendo que si le toca luchar, es para bien de ellos y comunicarles aliento con el que puedan sobrellevar sus propias cargas. En eso, comienza Pablo diciendo: nos dais firmes motivos de esperanza, porque si sois compañeros en el sufrir, también lo sois en el ánimo.

          El evangelio es la quintaesencia del Reino: la Constitución por la que se ha de dirigir el Reino que Cristo trae: las Bienaventuranzas. Se dan en un monte, como el decálogo se dio en un monte. Pero cuando el decálogo, el pueblo no podía acercarse; en el monte de las bienaventuranzas el gentío sube con Jesús. En el Sinaí sonó la voz como un trueno y se escribía el decálogo con rayos provenientes del cielo. Aquí Jesús despliega sus labios y habla al pueblo con lenguaje sencillo. Hay un paralelismo a la vez que una contraposición: el Reino de Dios está puesto al alcance de la mano, en expresiones que la gente puede entender, y hasta que admirar.
          Dichosos los que eligen ser pobres, porque Dios es su Rey. El que ahí se designa como “pobre de espíritu” es el que ha elegido libremente ser pobre, o ha acogido su pobreza con humildad. A esos tales les llega el reinado de Dios: Dios es su Rey. Se abandonan a la mano de Dios, y en él ponen toda su confianza.
          El “pobre de espíritu” o pobre verdadero es un sujeto que se acepta a sí mismo tal como es, sin pelearse con sus propias deficiencias ni pretendiendo ser más. Aunque con el corazón puesto en poder crecer en el servicio de Dios y de los hermanos.
          Es un sujeto que acepta a los demás tales como son, y no pretende que cambien para poner en ellos su confianza. Sabe muy bien lo difícil que le es a él modificar situaciones defectuosas de su vida, y no va a exigirles a los demás que cambien de la noche  a la mañana. Pero es que los acepta aunque no cambien. Los acepta tales como son, aunque sin dejar de intentar ayudarles para que puedan ser mejores.
          Es, finalmente, el sujeto que acepta a Dios tal como Dios se manifiesta. Y Dios se manifiesta a su manera, que no es siempre la que la persona desearía. Pero vive de la fe absoluta en ese Dios que actúa a su modo y que lleva la vida de las personas en las palmas de sus manos, aunque dentro del misterio de su voluntad, que no coincide con los deseos y voluntad del individuo.
          POBRES EVANGÉLICOS son los sufridos y los que lloran, personas a quienes la vida no les es propicia, unas veces por las circunstancias y otras por la actitud de terceros. Acabarán siendo dueños de la situación (heredarán la tierra) y serán consolados con consuelos de Dios.
          Son los que tienen ansias de santidad, los que tienen un corazón misericordioso y son limpios de corazón. Serán saciados, disfrutaran de la misericordia de Dios, al que descubrirán mucho más pronto cuanto que su corazón es desprendido.
          Son los pacíficos y pacificadores, que viven en paz interior y llevan paz por donde pisan. Son ángeles de paz y tienen el instinto de trasmitir espíritu de comprensión, de serenidad, de acogida, de perdón.
          En una palabra, son los que sufren incluso incomprensión por razón de su bondad. De ellos ES el Reino de los Cielos. Ya poseen el Reino. Ya se han identificado con el estilo de Jesús.

domingo, 9 de junio de 2019

9 junio: La venida del Espíritu


LITURGIA: PENTECOSTÉS
                      Hoy culmina el tiempo pascual. Celebrada la Resurrección de Jesús y su Ascensión al Cielo, queda por celebrar la fiesta del Espíritu, que Jesús prometió enviar cuando él se fuera, de modo que Dios se quedaba entre los hombres. Ese Espíritu es Espíritu de la Verdad, que nos lleva al conocimiento más pleno de Jesús y de nuestra salvación. Es Espíritu impulsor de las gracias de Dios sobre nosotros, inspirándonos en los momentos más necesarios, y moviéndonos hacia el bien. Por eso Jesús advirtió a sus apóstoles que os conviene que yo me vaya porque entonces os enviaré el Espíritu Santo, que os hará comprender todas las cosas que os he dicho.
          La liturgia nos lleva primero al momento histórico en que se produce la invasión del Espíritu sobre los apóstoles, estando ellos juntos. (Hech.2,1-11). De repente se produce un ruido del cielo, como de un viento recio que resonó en toda la casa. El viento como primer signo de esa presencia. Ya advirtió Jesús a Nicodemo que el Espíritu sopla donde quiere y es como el viento que no se sabe de dónde viene y adónde va, pero lo perciben los que aceptan al Espíritu.
          Vieron aparecer unas lenguas como llamaradas que se repartían, posándose encima de cada uno. El fuego, otro de los signos de ese Espíritu: “ser bautizados en Espíritu Santo y fuego”, que es elemento acrisolador, que purifica. Y que se posa sobra cada uno de los apóstoles, que quedan llenos del Espíritu Santo y empiezan a hablar en lenguas diferentes.
          El suceso se hace patente porque acuden gentes procedentes de 16 países y dialectos o lenguas distintas y cada cual oía hablar en su propia lengua las maravillas de Dios, lo que deja desconcertados a los oyentes. Pero es uno de los efectos de ese Espíritu, que se expresa en cualquier lengua y habla todas las lenguas, y así pueden entenderlo gentes del mundo entero. La inspiración del Espíritu es muy interior, y cada uno puede “escucharlo” en el fondo de su alma.

          La 2ª lectura es una enseñanza sobre el Espíritu que da Pablo a sus fieles de Corinto (1ª,12,3-7.1213) en la que le dice que ni siquiera puede hacerse la afirmación de “Jesús es el Señor” si no es inspiración que pone en el alma el Espíritu Santo. Ese espíritu se manifiesta de muchas formas, pero siempre es el mismo Espíritu.
          Lo que sí es cierto es que siempre se manifiesta para el bien común, de manera que cada miembro del Cuerpo de Cristo recibe un impulso, pero lo que uno recibe, no lo recibe para si sino para el bien del conjunto. Porque todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

          El evangelio nos retrotrae al domingo de resurrección (Jn.20, 19-23), que es –en el evangelio de San Juan- el momento de Pentecostés. Estaban encerrados los Once en el Cenáculo con las puertas y ventanas cerradas por el miedo a los judíos. Allí se les presenta de improviso Jesús resucitado, que se pone en medio de ellos y les saluda: Paz a vosotros, como el signo primero de la presencia de Jesús: la paz.
          Luego sopla sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo. El “soplo”, el “aire” o el “viento”…, formas diferentes castellanas que responden a una sola palabra hebrea que expresa al Espíritu. Por eso el gesto y la palabra de Jesús son una misma realidad. El Espíritu viene sobre aquellos Once, que son constituidos los trasmisores de la acción de ese Espíritu, y muy concretamente en un sentido: A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes no se los perdonéis, no se les perdonan. Aspecto que desconocen los que pretenden la imaginaria “confesión directa con Dios”, o que dejan la Confesión como un sacramento que sólo se recibe de muy tarde en tarde. El poder del perdón ha sido depositado en los apóstoles, que serán los que vayan trasmitiendo a sus sucesores la misma potestad para que el perdón de los pecados sea posible a través de la historia en todas las lenguas y en todos los países.

          Pentecostés tendrá hoy su realización entre nosotros a través de la EUCARISTÍA, en la que Jesús nos hace constar que su presencia permanente en la Iglesia se verifica por la presencia del Espíritu, que nos impulsa vivir acordes con la voluntad de Dios.




          Impulsados por el Espíritu Santo, dirigimos nuestras peticiones al Padre.

-         Por el Papa y los Obispos: que dirijan a la Iglesia por los caminos del Espíritu. Roguemos al Señor.

-         Por la Iglesia de Málaga, en la que vivimos, para que la acción del Espíritu se haga patente. Roguemos al Señor.

-         Por los romeros del Rocío para que sean tocados por el Espíritu de Dios, Roguemos al Señor.

-         Para que esta Eucaristía nos disponga a hablar un lenguaje nuevo, propio del Espíritu. Roguemos al Señor.


          Que el Espíritu de la verdad y del amor, que Jesús nos prometió, invada nuestras vidas y nos vaya acercando más a los planes de Dios sobre cada uno.
          Lo pedimos por el mismo Señor nuestro Jesucristo, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de lo siglos.

sábado, 8 de junio de 2019

8 junio: Seguimiento y misterio


LITURGIA
                      Tras anunciarle el género de muerte con que iba a dar gloria a Dios, Jesús le dice a Pedro: Sígueme. (Jn.21,20.25)
          ¿Qué sentido nuevo encierra ahora esa llamada, siendo así que Pedro ya le seguía desde hacía tres años? Interpreto que ahora Pedro sabe de qué va la cosa. El primer seguimiento fue muy meritorio porque fue un lanzarse a fondo perdido pero sin saber propiamente a lo que se entregaba. Ahora ha transcurrido toda una vida de Jesús, con una muerte y un triunfo insospechado de resurrección. Ahora Pedro ha tenido que ser corregido varias veces…, ha negado y ha llorado. Ahora ya ve con otra luz lo que supone aceptar el reto de una nueva llamada.
          De hecho todavía le queda algo nuevo que aprender. Porque Pedro se ve solo para emprender aquella andadura, y se queda mirando al “otro discípulo” (el que se había apoyado en el pecho de Jesús en la última Cena), al que Jesús no le ha dicho nada, siendo así que generalmente siempre iban juntos. Y Pedro pregunta a Jesús: Señor, y éste ¿qué? Jesús no le da explicaciones. Corta por medio y responde una enigmática respuesta: Si yo quiero que éste quede aquí hasta que yo vuelva, ¿a ti, qué? Tú sígueme. Es toparse con el misterio. Pedro ahora ha de afrontar en solitario la etapa que le queda. No puede pensar que va cogido a una seguridad. Sencillamente ha de seguir a Jesús por el camino del misterio.
          Es una lección muy interesante. Nos gusta recorrer nuestro camino de seguimiento de Jesús con nuestros apoyos. Y ciertamente los tenemos por un tiempo. Pero hay un momento en que nos hemos de enfrentar al misterio de caminar sin muletas. Si yo quiero que éste se quede hasta que yo vuelva, ¿a ti, qué? Tú sígueme. Éste es el por qué del segundo “sígueme” de Jesús a Pedro.
          Quedó la impresión de que “ese discípulo no moriría”. Pero el evangelista recalca el misterio sin meterse en explicaciones: No dijo Jesús que no moriría sino: “si yo  quiero que este se quede hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Es la lección que tenemos que aprender. Deseamos siempre tener las respuestas a la mano y las seguridades cogidas en nuestro camino cristiano. Y Jesús se hace misterio y nos va llevando por sus caminos, y por sus misterios, sin darnos explicaciones, que desearíamos.
          Y todo esto no se queda en que yo lo reflexione en el blog. Hay algo muy concreto en el texto de Juan, que nos hace caer en la cuenta de la respuesta personal que se nos está pidiendo a cada uno de nosotros. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran todas, una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo. Lo que yo “traduzco” pensando que cada uno de nosotros constituimos –en nuestra realidad de vida- una historia peculiar de acción de Jesús en la vida humana. Tantos “sígueme” como personas en el mundo, y tantos misterios (¿a ti, qué?) como personas. Todos somos llamados y en cada uno ha de darse un seguimiento particular y escribir una historia particular, que va llenando las estanterías del mundo.

          La primera lectura (Hech.28,16-20. 30-31) es el final del libro de los hechos y los últimos datos de Pablo. Copio el texto para que no falte el conocimiento del relato de Pablo en Roma:
          Cuando llegamos a Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba. Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo:
«Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo, pues, os he llamado para veros y hablar con vosotros; pues por causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas».
          Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.

viernes, 7 de junio de 2019

7 junio: Tú sabes que te quiero


LITURGIA
                      El tribuno romano estaba en Cesarea y hasta allí llegó el rey Agripa para cumplimentar a Festo, y allí se detuvieron varios días. Festo expuso al rey el caso de Pablo, un prisionero dejado allí por Félix. (Hech.25.13-21). Le expone el caso que vimos ayer, y que Festo no entiende, porque le presentaron a Pablo con acusaciones que luego él pudo comprobar que no se trataba de culpas de algo sino de dimes y diretes de aquellas religiones que había en Jerusalén. Y perdido entre aquellos detalles, Festo, que estaba en Cesarea,  propone entonces a Pablo ser llevado a Jerusalén para juzgarlo allí. Pero Pablo ha apelado al César de Roma, por lo que le ha dejado en la cárcel hasta que se realice su traslado y sea juzgado por el emperador.
          No se pueden sacar muchas conclusiones prácticas de tal narración, puesto que es un relato dentro de los personajes romanos que se han concentrado en Cesarea.
          ¿Por qué Pablo apeló al César? Posiblemente aburrido ya de su situación en la que iba de una discusión a otra sin poder sacar nada en claro. Roma no estaba infestada por saduceos y fariseos –en definitiva- por los judíos, y Pablo buscaba un juicio sin interferencias y dentro del derecho romano, uno de los más prestigiosos del mundo y que ha trascendido los estudios de Derecho de siglos y siglos.

          El evangelio nos lleva ya al final del último capítulo de San Juan (21,15-19) y es el diálogo solemne de Jesús con Simón Pedro, en el que Jesús pregunta al apóstol distinguido si lo ama más que los otros. No era en balde aquella pregunta concreta. En la cena, Simón había blasonado de no ser infiel al Maestro aunque los demás lo fueran. Se puso en parangón con los demás y se sintió más fuerte y seguro que los demás. Luego la vida vino a decir su realidad, con aquel Simón acobardado que negó a su Maestro, hasta con juramentos y expresiones que pretendían presentarse como ajeno y desconocedor del Maestro. Aquello había de dejarlo ahora en su verdadero lugar, y Jesús vino a preguntarle en comparación con los otros, cuál era su grado de amor: ¿Más? ¿Igual?
          Y Simón tenía aprendida la lección y se limitó a asegurar que tú sabes que te quiero. No sólo “más” o “menos” sino lo que no tiene vuelta de hoja: “lo que tú sabes”. Y Simón estaba muy seguro de que Jesús lo sabía.
          Hago siempre la advertencia del cambio de verbo usado por Jesús y por Simón Pedro. Son dos matices del amor: amar es un amor genérico. Te quiero es una expresión cordial que va más allá del amor y expresa cariño y cercanía: estoy contigo.
          Tres veces le preguntó Jesús a Simón por ese amor, con la particularidad de que la tercera vez, Jesús emplea ya la expresión del querer y no del “amar”. Tres veces: a mí no me gusta la idea pero muchos interpretan que a tres negaciones correspondían tres afirmaciones. Puede valer. Sólo que a mí no me encaja que Jesús llevara a Pedro a aquella experiencia del “mano a mano”. Pero no la puedo negar, si no es desde mi personal concepción del Corazón de Jesús, que no lo veo haciendo que Pedro pase por el recuerdo de sus negaciones, a las que tiene que reparar. No va con mi concepción de la magnanimidad del Corazón de Cristo, al que veo mucho más grande que todo eso.
          Simón Pedro acabó rendido y no fiándose nada de sí y confiándose todo entero a Jesús: Señor, tú sabes todas las cosas y tú sabes que te quiero. No se apoya más que en esa realidad.
          De hecho el Señor, desde la primera pregunta ya le estaba poniendo a su futura iglesia en sus manos: apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos. Por tanto no hubo dudas en Jesús de que Pedro lo quería. Hubo en todo el episodio más pedagogía que otra cosa.
          Y llevando ya el tema al extremo, Jesús le asegura a Pedro la identidad de camino que va a recorrer con el Maestro: Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras. Y apostilla el evangelista: Indicando el género de muerte con que iba a dar gloria a Dios. Pedro murió en el martirio de la cruz, como su Maestro, extendiendo las manos y ceñido por otro y llevado adonde no quisiera.
          Estamos ante una de las páginas más brillantes y gozosas del evangelio de Juan, en un capítulo añadido con posterioridad a haber puesto su epílogo primero al capítulo 20.

jueves, 6 de junio de 2019

6 junio: Que sean completamente uno


LITURGIA
                      Pablo ha llegado a Jerusalén. (Hech.22.30; 23.6-11).El tribuno romano quería poner en claro la causa por la que se juzgaba a Pablo, mandó desatarlo y que se reunieran los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno para que se dirimieran las cosas con la mayor cantidad de razones.
          Pablo, con mucha perspicacia vio que entre aquellos había saduceos (que no creen en la resurrección) y fariseos que sí creen. Y alzó su voz y dijo: Hermanos, soy fariseo, hijo de fariseo, y me juzgan porque espero la resurrección de los muertos. Aquello promovió un altercado entre los que lo juzgaban, porque los fariseos se pusieron de parte de Pablo, y los saduceos en contra de los fariseos. Los fariseos decían: No encontramos ningún delito en este hombre. ¿Y si le ha hablado un ángel? Y aquello acabó en tumulto, de modo que el tribuno temió que atacaran a Pablo, y optó por llamar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.
          Pablo tuvo una inspiración del Espíritu Santo: Ánimo: lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén, tienes que darlo en Roma. Y aunque hoy no se recoge en esta lectura, Pablo acabó apelando al César, para que fuese llevado a Roma.

          En el evangelio (Jn.17,20-26), la oración de Jesús se abre ahora a todos los que sigan su Nombre. Hasta ahora había pedido por sus apóstoles. Ahora son también sus otros discípulos, y somos en definitiva todos los que seguimos los pasos de Jesús: todos los que crean en mí por la palabra de los apóstoles, para que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo en ti, que todos sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado. Un testimonio de que somos de Cristo está en la unión, y una unión tan fuerte como la que hay entre el Padre y Jesús. Y cuando haya esa unión, el mundo creerá que Jesús es el enviado de Dios.
          A lo peor el mundo de hoy está más escandalizado y ha roto con la Iglesia y con la misma fe porque esa unidad que tenía que darse entre los seguidores de Jesús, no se hace tan patente, en los dimes y diretes y en las minucias infantiles con las que se viven tensiones entre facetas diversas de los múltiples colectivos que formamos la Iglesia de Jesucristo. Tendríamos que examinarnos muy de veras para ver la parte que llevamos cada uno que es más disgregadora que integradora, pendiente más de detallitos sin importancia en vez de crear unión y sintonía de unos con otros. Y que Jesús pide que seamos completamente UNO, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado a ellos como me has amado a mí.
          Concluye este texto que hemos tenido –tan expresivo de una realidad- con una invocación y un deseo: Padre: éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen mi gloria, la que tú me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.
          Y vuelve a la contraposición entre él y el mundo como dos realidades antagónicas, que no pueden entenderse. Y lo que quiere es que si el mundo no te ha conocido, éstos tengan fe en que tú me enviaste. Les he dado a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos.

          Hoy acabamos ya la oración sacerdotal de Jesús, por la que hemos ido conociendo entresijos del pensamiento de Cristo, a través de lo intrincado de la narración joánica, tan repetitiva en cualquier plano de su disquisición. Y la verdad que el desarrollo de estos temas resulta difícil y muchas veces igualmente repetitivo porque la base de explicación es el texto del evangelista.
          Pero es evidente que el interior íntimo de Jesús y su divinidad son objeto directo de la exposición de Juan, sin el cual no hubiéramos llegado a conocer lo íntimo de Jesús. Es Juan el que nos ha puesto delante a través de capítulos tan intensos como el 6º y después los correspondientes a la Cena lo más sublime del conocimiento de Jesús, en lo que ya podemos definir como eminentemente teológico, es decir, en su realidad de Dios. Pero como muchas veces he indicado, Juan es más para meditar que para explicar, para “leer” en línea recta el pensamiento del evangelista, que para pararse en las vueltas y revueltas con las que machaca las ideas para que no se pasen de largo.

miércoles, 5 de junio de 2019

5 de julio: Por ellos me consagro


LITURGIA
                      Complemento de la lectura de ayer de los Hechos de los Apóstoles, es la que nos pone hoy esta 1ª lectura (20,28-38). Pablo les recuerda a los presbíteros de Éfeso toda la labor que ha hecho con ellos instruyéndolos durante tres años, día y noche, y que no ha cesado de aconsejarles, aun con lágrimas en los ojos, porque sabe que ahora, al faltar él, van a sufrir pruebas muy duras en las que incluso algunos de ellos puede flaquear.
          Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra, que es gracia y tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos. Luego les hace saber que por toda esa labor nunca pidió nada a nadie, y se costeó con el trabajo de sus manos.
          Se pusieron todos de rodillas y Pablo rezó por ellos. Le abrazaban y besaban y lloraban, porque les había hecho mucha mella aquella palabra que les había dicho de que ya no volverían a verlo. Es el dolor de la despedida, y de una despedida más definitiva. Y lo acompañaron hasta el barco.

          Nuevo evangelio de otra despedida, la de Jesús, que está acabando su discurso tras la Santa Cena, seguro de que ahora va a la muerte. Pero él no les dice que no volverán a verlo, pues la despedida de Jesús es “para un poco”, como él les había anunciado a sus apóstoles.
          Ahora (Jn.17,11-19) Jesús se dirige al Padre nuevamente para pedirle que proteja a los Once, los que tú me has dado, de los que ninguno se perdió sino el hijo de la perdición. Él los ha guardado por el nombre de Dios, y en todo caso ocurrió con Judas lo que estaba anunciado. Los Once que permanecen fieles, sean uno, como nosotros. Yo les he dado tu Palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo. Estamos de nuevo en esa idea que Jesús quiere recalcar. Sus discípulos no son del mundo. No viven según los postulados del mundo. No se mezclan con las cosas del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
          Sin embargo no pido que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. Esta lección debe llegarnos a nosotros. El Señor no nos ha pensado ángeles sino hombres y mujeres que vivimos en medio del mundo. Y sin embargo, en el mundo, hemos de vivir como ángeles que no se entremezclan con la suciedad del mundo. ¡Que no deben mezclarse con la suciedad del mundo! Y esto está dicho para entonces y para ahora, para aquellos hombres –tan frágiles como otros- y para los hombres y mujeres del mundo igualmente frágiles, y sin embargo bien situados en medio del devenir de la vida, para no enfangarse en el lodo del mundo que circunda. No son del mundo como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. De ahí la necesidad fuerte de ir a la Palabra siempre y buscar siempre el punto en que esa palabra toca en el corazón de la persona, para que se aleje de la mentira, el engaño. La tentación, los principios del mundo, y viva la VERDAD PLENA que esa palabra va trayendo y poniendo delante de la conciencia del cristiano.
          Como tú me enviaste, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro para que también ellos se consagren en la verdad.
¿Y cómo se consagra Cristo, que vino al mundo y se ha desenvuelto en medio del mundo, con las luchas constantes contra los adversarios? Se consagra por su muerte. También ellos se han de consagrar en la verdad, aunque les cueste la vida. Y la vida no sólo se da por la muerte, sino en el sacrificio del día a día, el dominio de sí, la lucha contra las pasiones y la firmeza en medio de un conjunto de formas y criterios mundanos que dominan hoy el ambiente, y frente a los que hay que situarse con espíritu de “consagración” al modo de Cristo que se consagró dando la vida. Consagrarse en la verdad. Consagrase en la lucha diaria. Consagrarse en una actitud firme de amor sincero por el que uno pone a Dios por delante de todo y sobre todas las cosas. Y esto tiene sus concreciones muy claras en la vida diaria, si se vive en la verdad y no en el flirteo adolescente del quiero sin querer, y buscando culpablemente ocasiones y situaciones que están completamente en contra el espíritu de Jesús. El mundo se ha metido y ha facilitado el mal como para que se caiga tontamente. Ahora quedara patente dónde están los corazones de los que permanecen fieles y se consagran aun con luchas internas fuertes contra las propias tendencias mundanas.

martes, 4 de junio de 2019

4 junio: Glorifica a tu Hijo


LITURGIA
                      Pablo se despide desde Mileto de los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. (Hech.20.17-27). Hace una protesta de fe de su acción durante aquel tiempo y durante su vida, en la que –desde que se convirtió- no ha tenido más objetivo que trasmitir la Palabra de Dios a griegos y judíos, con toda humildad y sin haberse reservado nada. Ha sufrido de parte de los judíos, pero él no ha ahorrado medio alguno para hacer presente el mensaje de Jesucristo, enseñado en público y en privado, insistiendo siempre a todos a la conversión.
          Ahora se dirige a Jerusalén. Él quiere dejar constancia de la verdad de su mensaje a los judíos que le atacan y por el que le acusan. Tiene certeza de que le ha guiado el Espíritu de Dios, aunque no sabe qué le aguarda… El Espíritu me asegura que me esperan cárceles y luchas. Pero a mí no me importa la vida: lo que me importa es completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios.
          En su despedida les dice que ya no lo volverán a ver aquellos presbíteros. Su tranquilidad es que no se ha reservado nada y que ha anunciado enteramente el plan de Dios.

          El evangelio de Jn (17,1-11) es de esos textos que siente uno la necesidad de copiarlo y hacerle algunos comentarios leves, porque la realidad es que no tiene solución de continuidad: va todo seguido y cada punto y aparte es una enseñanza. Dijo Jesús: «Padre, ha llegado la hora”. Jesús ya “se rinde” al momento concreto al que está llegando, y que es “su hora” de su pasión y muerte…, y hora del poder de las tinieblas. Lo que ahora pide Jesús, desde su angustia ante la muerte que ve cercana, es: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
           Le queda a Jesús la tranquilidad y la satisfacción de que él ha hecho todo lo que fue la voluntad del Padre: Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Lo que pide ahora con toda su alma es que el Padre le abrace en su Corazón: Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese.
          He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. La obra de Jesús ha sido fiel. Llamó a Doce y Once se han mantenido fieles: Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Es como un gozoso resumen de su obra. Y aunque es cierto que todavía ellos no han sido confirmados con la fuerza del Espíritu, puede salir garante por ellos, de que –una vez pasado el turbión de la Pasión- ellos volverán a estar donde él los ha colocado.
          Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».
          EL MUNDO. No el conjunto de la humanidad, que ese sí es un mundo por el que Cristo entrega su vida: por vosotros y por muchos. Ahí está una razón del cambio de las palabras que dice ahora el sacerdote en la consagración del cáliz. Es cierto que Jesús murió por todos, para salvarlos a todos, pero es un hecho que de esos “todos” hay un número de personas que se han situado al margen y no han querido ser bañados en la sangre de Cristo. Por eso “todos” se convierten en “muchos” porque hay un remanente que no acepta la obra liberadora de Jesús. Se sitúan como adversarios. Rechazan su propia salvación. Y Jesús opta ya por no pedir por los que no quieren ser salvados. Por eso no pide por el mundo, por ese mundo contrario y hostil a al evangelio de salvación.
          Pide por “éstos, porque son tuyos”. Y en “éstos” bien sabemos que estamos incluidos todos los que aceptamos su obra salvadora, su mensaje, su Espíritu. Estamos en el mundo y tenemos que sufrir las hostilidades del mundo. Y no podemos vivir fuera del mundo donde estamos todos, pero tenemos que vivir en el mundo donde somos  muchos los que aceptamos la palabra de Jesús, y por tanto donde sí está Cristo. Él va al Padre, y nos llevará un día cautivos a los que sufrimos ahora la cautividad del mundo.

lunes, 3 de junio de 2019

3 junio: Oír hablar del Espíritu Santo


LITURGIA
                      Entramos en la semana definitiva para la vida de la Iglesia, porque desembocará en la venida del Espíritu, que es el momento decisivo en la constitución de la Iglesia. Hasta entonces los apóstoles han oído a Jesús. Han entendido lo que han podido entender pero la verdad es que se han quedado sin entender el meollo de la enseñanza y del planteamiento de Jesús. Ya se lo ha avisado él muy claramente: conviene que yo me vaya porque si no me voy no os envío al Espíritu Santo que es el que ha de conduciros a la verdad completa. Esa realidad es la que una vez más aparece en el evangelio de hoy (Jn.16,29-33) en el que los apóstoles cantan victoria porque ahora Jesús les está hablando del Padre sin  comparaciones, y Jesús tiene que hacerles bajar de la nube: ¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora –mejor: ya ha llegado- en que os disperséis cada cual por su lado, y me dejéis solo. Una clara profecía de lo que va a ocurrir en la Pasión. Y es que entonces aún no han recibido al Espíritu Santo y se desenvuelven según les van viniendo los acontecimientos.
          Jesucristo sabe que no está solo porque aun en los peores momentos está el Padre con él. Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mí. No la vais a encontrar en lo que va a suceder que os va a ser contrario. Pero EN MÍ debéis seguir confiando porque yo he vencido al mundo. Ese mundo os va a traer luchas, pero tened valor.
          Bien sabía el Señor que aquellas palabras suyas no tendrían eficacia en medio de las realidades humanas que amenazaban a sus discípulos. Pero él siembra, y cuando venga el Espíritu Santo, todo será nuevo y la palabra de Jesús se convertirá en fuerza en el corazón de aquellos hombres.

          Un caso concreto es el que nos narra el libro de los Hech.19,1-8 con Pablo y Apolo como paladines del mensaje cristiano, Apolo en Corinto y Pablo en Éfeso. Allí encuentra Pablo unos discípulos a los que les pregunta si recibieron al Espíritu Santo al aceptar la fe, y les responden que ni siquiera hemos oído hablar del Espíritu Santo. Tan sólo habían recibido el bautismo de Juan.
          Pablo les explica que aquel bautismo era sólo un signo de conversión, pero que el propio Bautista enseñaba que tenían que creer en el que venía detrás de él, es decir, en Jesús. Entonces se bautizaron en el nombre del Señor, y cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo de modo que empezaron a profetizar. Era precisamente la llegada a ellos de ese Espíritu Santo el que les incorporaba a la verdadera fe, a la enseñanza de Jesucristo.
          Eso nos pone delante a todos nosotros la necesidad de disponernos a ser tocados por el Espíritu. Empieza con el Bautismo, sigue en la Confirmación, ese sacramento al que posiblemente no se le da el puesto que debe tener, cuando se aplica en edades y situaciones más rituales que reales. Es el Sacramento del Espíritu y sería una pena que nuestros confirmandos vinieran a decirnos un día que “ni siquiera han oído hablar del Espíritu Santo” porque se les habló de el cuando aún no tenían su fe medianamente asumida y sus conocimientos aún no madurados para poder comprender de qué se les hablaba.
          Los tiempos actuales, con la falta de base de fe familiar, de modo que la fe no ha entrado por el oído, como dice Pablo, requeriría de una capacidad para personalizar la fe incipiente que trae la mayoría, y ahí poner la carne en el asador en unas catequesis muy serias y muy profundas, en las que se hiciera un reciclaje de las verdades esenciales de la fe y del sentido del Magisterio de la Iglesia, para no encontrarnos con unos cristianos que llevan tan cogidas las cosas con alfileres, que al final están al borde de la enseñanza magisterial de la Iglesia de Jesucristo, a la que prestan un valor solamente relativo y en función de que encaje con los criterios mundanos que tienen tanta fuerza mediática y ambiental.
          No hay más que ver la cantidad de cristianos que está viviendo al margen de la doctrina moral y de los valores substanciales que enseña el Magisterio y los mismos principios dogmáticos que habría que tener arraigados en el fondo del alma.
          Quiera el Señor hacer del PENTECOSTÉS que se avecina una llamada honda en muchos corazones que, movidos y motivados por el Espíritu Santo, vivan la VERDAD COMPLETA, y no las medias verdades a las que la vida nos tiene tan acostumbrados.