miércoles, 20 de septiembre de 2017

20 septiembre: Inconformistas

Liturgia
          San Pablo exhorta a Timoteo, su discípulo, (1ª,3,14-16) a comportarse (o a que el mundo se comporte) como corresponde a la asamblea de Dios vivo, a la que define como “columna y base de la verdad”. Así describe a la Iglesia, concretada en la comunidad que tiene a su cargo. Y el fundamento de tal calificativo es que Cristo se manifestó como hombre, lo rehabilitó el Espíritu, se apareció a los mensajeros, se proclamó a las naciones, creyó en él el mundo y fue exaltado a la gloria. Es el centro del mensaje de la salvación, la suma de la predicación cristiana. El texto no es fácil y hay que recurrir al comentario de un experto que ha hecho un estudio crítico de ese párrafo tan sincopado.

          El evangelio es muy expresivo y Jesús se manifiesta con una soltura llamativa. Lc 7,31-35. Jesucristo se encuentra ante unos dirigentes (incluso un pueblo) que se contradicen en sus reacciones. Y Jesús ridiculiza esa situación comparándolos con los niños que juegan en la plaza pero que no aceptan ningún juego: que si les tocan la flauta no bailan y si les tocan lamentaciones, no lloran. ¿Qué es entonces lo que quieren? ¿Cómo se les puede contentar?
          Y una vez que ha puesto de frente la imagen que les debe hacer pensar, ahora baja a lo concreto, que es el ambiente en el que se desenvuelven. Vino Juan Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio. Viene el Hijo del hombre que come y bebe y decís: “Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores”. ¿En qué quedamos?, sería la pregunta de Jesús a aquella  generación. ¿Qué es lo que verdaderamente quieren y qué es lo que realmente esperan?

          Pienso que algo de esto habría que preguntar hoy a esas personas que se quieren refugiar en costumbres antiguas, y no acogen las pautas de la Iglesia. Y lo mismo diría de los que no están conformes con esas pautas porque siempre pretenden más. El caso es no estar de acuerdo con lo que hay, y unos por más y otros por menos estar “peleados” o enfrentados con la Iglesia. La Iglesia padece hoy los mismos efectos que Jesús ya hacía patentes en esas palabras que nos ha puesto delante el evangelio de hoy.
          Concluye Jesús con una de esas frases lapidarias que rubrican muchas de sus actuaciones: Sin embargo, los discípulos de la Sabiduría le han dado la razón. La Sabiduría es Dios (Dios es sabio en sus planes), y los discípulos de la Sabiduría son los que siguen los caminos de Dios. Y esos son los publicanos y la gente sencilla, que son los que aceptan a Jesús como aceptaron antes el mensaje de Juan.
          Admira la fe de la gente del pueblo, de nuestro pueblo, la fe de tantas y tantas personas que sencillamente CREEN porque han puesto su corazón en Jesús y en Dios y en la Iglesia. No entran en disquisiciones. Sencillamente creen, y para ellos el mensaje de Cristo es indiscutible, y pondrían su vida por defenderlo. Causa dolor ver a los sabios y entendidos de este mundo, dudar de todo, pedir explicaciones a todo, buscar las raíces de todo…, y negar todo lo que viene de la fe católica. Ya Jesús alabó a Dios y dio gracias por la gente sencilla, mientras que los sabios no entienden nada y se aferran a lo contradictorio con tal de no dar su brazo a torcer, o de disponer su mente a algo que está más allá de la ciencia y de las ecuaciones.

          No dejo de pensar en esos creyentes que –sin embargo- parecen estar en lucha con las verdades de la fe y parecen estar siempre “más allá”… Que se posicionan contra el Papa, que pretenden saber más que los estudiosos de la materia y que siempre hallan un resquicio para no acoger la fe con el desprendimiento que se necesita para rendirse ante Dios y ante la Iglesia de Jesucristo. Se está repitiendo con más frecuencia de lo que aparece aquel pecado de soberbia de los ángeles que no quisieron doblegarse ante la manifestación de Dios, y crearon así un infierno del que ya no cupo la marcha atrás.

martes, 19 de septiembre de 2017

19 septiembre: NAÍM

Liturgia
          No entro en la 1ª lectura que –opino- no era necesaria para exponerla en lectura pública. Ni es actual ni enseña nada que nos interese en el contexto actual. Salvo dos puntos que pueden ser concretos: Las mujeres no sean chismosas, sino respetables, sensatas y de fiar en todo.
          Y en cuanto a los diáconos casados –diáconos permanentes- que reciben una orientación práctica de su modo de proceder y vivir.

          El evangelio sí es muy cordial. Lc 7,11-17. Jesús caminaba hacia Naím. Naturalmente caminaban con Él sus discípulos. Un camino que puede ser ocasión para meternos en medio..., VER, OÍR, OBSERVAR, aprender el valor que tiene también CALLAR, junto a Jesús...
          También iba “un gran tropel de gente”... Buscaban a Jesús... ¿Por qué lo buscaban? - Unas veces se nos dice que la gente estaba ansiosa de OÍR LA PALABRA DE JESÚS..., - Otras, porque le llevaban a sus enfermos, y Él los curaba... Y en esta conversación nos hemos plantado en las afueras de Naím..., a las puertas de la Ciudad.
          Y observamos que Jesús está de pronto con la mirada, el pensamiento y el corazón puestos en otro sitio. Algo ha visto, algo ocurre, que ya le ha atraído la atención. Jesús se fija..., mira fijamente... “He aquí que sacaban a enterrar a un difunto”...
          Eso es lo que estaba mirando Jesús con tanta atención... Y lo vemos de pronto que aligera el paso..., que se va derecho hacia allí...
          En este instante queda interrumpida nuestra conversación con Él y la suya con nosotros... Era deliciosa esa experiencia de “oración”, de diálogo... Pero es que ahora se trata de una necesidad..., de alguien que sufre... Y la vida interior -por vida y por interior- deja el rato interior gozoso y se va a buscar a quien sufre y necesita ser ayudado. Para eso se había retirado uno a hablar con Jesús: para ahora tener las fuerzas y la decisión de IR a atender al hombre que sufre a nuestro lado.
          Jesús se ha abierto paso entre la gente... Y bien porque ha preguntado, bien porque ha escuchado los lamentos de las plañideras, pronto se ha hecho cargo de la situación:
          - no sólo es “que sacaban a enterrar a un difunto”, - sino que el difunto era “hijo único para su madre (y para el sustento y la viudez de su madre) pues ella era viuda...
          Jesús no esperó más... Podía irse al féretro directamente..., pero lo que a Él le partía el alma era aquella pobre mujer desconsolada y sola... (“mucha gente de la ciudad estaba con ella...;” pero ¿qué podían ofrecerle?: ¿llorar con ella y lamentarse? Y la verdad que ya hacían lo que podían; pero es que para ella aquello no podía consolarla...)
          Jesús se fue derechamente a ella... “En viéndola, sintió que se le enternecía el corazón” (que se le partía el alma, que él estaba también con las lágrimas en los ojos)... Y la abraza con ternura y mirándola fijamente..., poniendo fuerza en sus palabras, como quien transmite seguridad y confianza le dice: “NO LLORES”...
          Y Jesús habla al difunto...: “¡Joven: YO te lo digo: LEVÁNTATE!”
          Si pudiéramos detener la escena, sería cosa de mirar atentamente las cosas... Mirar alrededor..., la madre..., los discípulos..., los que llevaban el féretro y se habían detenido..., las plañideras que se callan..., la gente... Vayamos haciendo una especie de “barrido de cámara” para captar los rostros y los sentimientos...          El difunto...: “Se incorporó”..., y como quien despierta de un sueño, o de una pesadilla “comenzó a hablar”...
Jesús no se ha quedado solo en el hecho material que acaba de hacer... Quedaba el matiz humano, cordial... Él mismo le ayuda al muchacho a salir del féretro..., y Él mismo ”Se lo entrega a su madre” con un gozo indecible que le sale a la cara... Era el gozo por el gozo de aquella mujer..., el gozo por haber podido llevarle tal gozo...
          La mujer se abrazó a su hijo... Aunque no sé si pudo contenerse sin abrazar también a Jesús.
          Y la gente... La gente no supo reaccionar de momento... Se quedó sobrecogida...
          Luego ya comenzaron a hablar y comentar...: “Un gran profeta ha salido en medio de nosotros..., Dios nos ha visitado...” Dios ha hecho sus obras, sus maravillas, por medio de un profeta nuevo...
          Y la noticia se divulgó por todas las comarcas vecinas...

          También nosotros, sobrecogidos, admirados..., vamos a hacernos verdaderos misioneros de Jesús... Pero no son sólo palabras lo que el mundo necesita... Son nuestras obras las que tienen que hacer a los otros prorrumpir en alabanzas del Señor.

lunes, 18 de septiembre de 2017

18 septiembre: No soy digno

Liturgia
                      Pide Pablo a su discípulo Timoteo (1ª, 2,1-8) que haga oraciones, plegarias y súplicas por los reyes y por todos…, por los de arriba y por los de abajo, por los influyentes y los influenciados. Y da una razón muy humana y muy real: para que podamos llevar una vida tranquila y apacible. Pero no se queda sólo ahí: También para poder vivir toda piedad y decoro. Por el momento lo que es la piedad de unos con otros y el decoro de una vida que acepta las leyes y se rige por ellas, como un modo de convivencia y respeto.
          Lo podemos entender actualmente de una manera muy clara pues si algo rompe todos los moldes de esa convivencia es la rebeldía contra las leyes, el querer cada facción de personas hacer las cosas a su modo sin tener una norma común en la que desenvolverse. Cuando una parte de la sociedad rompe la baraja y no acepta la norma común, se produce una situación en la que no es posible esa “piedad” o modo respetuoso de relaciones humanas. Y el “decoro” se rompe porque los extremismos rompen todas las barreras y surge entonces la parte de la sociedad que padece los abusos de la otra parte.
          Luego estaría entender la piedad como una parte de la relación del hombre con Dios, aceptando y viviendo se acuerdo con sus mandamientos y preceptos, lo que da el fruto del verdadero decoro por el que puede haber entendimiento entre todos porque hay un punto básico de referencia, que es la ley de Dios.
          Y Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. De ahí esa urgencia de pedir por todos. Incluso por los que rompen las reglas del juego, a ver si se mueven en sus corazones para aceptar esas leyes de Dios y de los hombres que están dictadas para el bien común. Pues Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos.
          Encargo a los hombres que recen en cualquier lugar, alzando las manos limpias de toda ira u divisiones. Condición para orar una oracion que pueda ser recibida y escuchada por Dios: las manos limpias, el corazón limpio. Una oración desprendida y confiada, que sea digna del Dios santo al que nos dirigimos.

          Lc 7,1-10 es esa bella historia del centurión que vive con enorme humildad su petición a Jesús. Tenía un criado muy grave y se le ocurre recurrir a Jesús para pedirle la salud del criado. Sin embargo él no va directamente y prefiere que haya unos intermediarios que hablen por él Y como él es pagano, son unos judíos quienes hablan a Jesús y recomiendan al centurión para que Jesús le atienda en su necesidad.
          Jesús no lo duda y se pone en camino hacia la casa del centurión, pero éste -al saberlo- le envía emisarios para confesar que él no es digno de tal visita. Y con una fe ejemplar y una confianza sin límite, le dice que no es digno de que venga a su casa; que basta que lo diga de palabra y el criado sanará. Y aduce sus razones poniendo ejemplos humanos porque él tiene criados a sus órdenes y de palabra da las órdenes que tiene que dar y ellos las cumplen.
          Jesús se admira de tal fe en un pagano y hace tal como dijo el centurión: una palabra y el criado sana. Jesús alaba al centurión ante los judíos que le acompañaban. Y cuando los criados emisarios regresan a la casa, encuentran que el compañero ha sanado de su grave enfermedad.

          Se me ocurren algunas reflexiones sobre el caso:
- la fe que se entrega completamente en manos de Jesús, sin dudar que concederá lo que se le pide.
- la humildad de la persona que pide: “No soy digno”
- la forma en que debiéramos rezar nosotros esa oración antes de la Comunión, evitando la rutina con la que muchas veces apenas si se puede llamar rezo a la manera en que se hace.

          Que, por cierto, nosotros variamos la forma de esa oración, porque el centurión la dijo para que Jesús no tuviera que bajar a su casa, y nosotros la decimos para que venga a nosotros. Porque ciertamente no somos dignos, pero pedimos la palabra de Jesús que nos sane para poder recibirlo con la suficiente dignidad de pobres criaturas, muy necesitadas de que Jesús venga a nosotros y realice en nosotros ese milagro de nuestra sanación, no sólo para el momento de esa comunión sino para todo un nuevo modo de proceder: sanarnos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

17 septiembre: EL PERDÓN

Liturgia del Domingo 24 A, T.O.
          El comentario más inmediato del evangelio de hoy es el que nos da la 1ª lectura (Ecclo 27,33 a 28,9), poniéndonos delante la necesidad imperiosa de perdonar cuando uno quiere ser perdonado. Y cuando el perdón que se desea alcanzar es el de Dios hay una razón de más para otorgar el perdón a quienes ofendieron: Perdona las ofensas a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.
          Y se pregunta el autor del Eclesiástico: Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? ¿No tiene compasión de su semejante, y pide perdón de sus pecados?

          Por eso, cuando Pedro pregunta a Jesús si ha de perdonar siete veces (lo que –en el lenguaje de la época- suponía un perdón absoluto y total), Jesús riza el rizo y se lo multiplica ampliamente: No te digo “hasta siete veces” sino hasta setenta veces siete. (Mt 18,21-35(. Es una rotunda afirmación de Jesús que ahí está y que expresa diáfanamente que hay que perdonar siempre, y que nunca el mal que nos han infringido puede justificar un rencor, una negativa al perdón de la ofensa recibida.
          Jesús tiene su modo de explicar las cosas con sus parábolas. Y nos pone el caso del que es perdonado de una deuda muy alta –diez mil talentos-, y que cuando sale de ese trance, él no es capaz de perdonar a un compañero una fruslería de cien denarios. Y Jesús explica que cuando el amo se entera de aquello, lo vuelve a llamar y le exige ahora que él pague toda su deuda  grande porque no supo perdonar a su semejante. Y que ahora tiene que afrontar toda su responsabilidad lo mismo que él le ha exigido al compañero. Y concluye Jesús con la lección: Lo mismo hará con vosotros vuestro Padre del cielo si no perdonáis de corazón a vuestro hermano.

          No es tan extraño el que afirma que no puede perdonar la ofensa recibida o “perdono pero no olvido”, aunque él viene al confesionario a pedir la absolución de sus pecados. Y no cae en la cuenta de que puede no ser sujeto de perdón porque él no sabe perdonar. Y que la absolución puede no valerle porque él no es capaz de otorgar su compasión al que le debe algo. Por muchas razones que crea tener, por muchas justificaciones que alegue, si no está dispuesto a perdonar al otro, no puede solicitar el perdón de Dios. De hecho, cuando reza el Padrenuestro pide que a él le perdonen como él perdona. Lo que significa que pide no ser perdonado el que no es capaz de perdonar.

          La 2ª lectura (Rom 14,7-9) viene a apoyar la actitud de corazón grande que hay que tener, saliendo cada uno de sí mismo para abrirse al prójimo y a las necesidades del prójimo: Ninguno vive para sí mismo ni ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor y si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. Para eso murió y resucitó Cristo.
          Esto tiene su relectura muy actual en la forma en que se viva con el alma abierta a los otros o que se encierre la persona sobre sí misma y sólo se ocupe de sí misma. Tendemos al egoísmo de quedar encerrados en el YO. La queja de tantas familias es el desamparo que padecen de los suyos. Cada cual vive su vida y prescinde en la práctica de la vida de los otros. Y sobre todo las personas mayores llegan a sentir la soledad de los hijos y aun de los nietos, que viven solamente para ellos y sus cosas, y no tienen un gesto habitual de interés por los mayores.

          Llegar a la EUCARISTÍA es llegar a la piedra de toque de la verdad. Hoy habrá, como todos los días, la fila de comulgantes que se acercan a recibir al Señor. La pregunta que debemos hacernos cada uno es si ese mismo caminar se hace en dirección de los padres, de los abuelos, de los tíos… Si el domingo tiene esa doble dirección para no planificarlo solamente como día de disfrute personal, o si juntamente se busca acompañar a quienes están más solos o más necesitados de unas muestras de cercanía y cariño.
          Y por supuesto, plantean esas filas de comulgantes si no hay alguno que tenga que dejarla para ir primero a reconciliarse con el hermano, para luego volver a la fila con toda la plenitud de participación que requiere haber sabido perdonar.




          Presentamos nuestras peticiones al Señor.

-         Que vivamos siempre con el corazón abierto al perdón. Roguemos al Señor.

-         Que pensemos en los demás y demos lo que para nosotros mismos deseamos. Roguemos al Señor.

-         Que el domingo no sea sólo para disfrutar sino para ofrecer compañía y calor afectivo. Roguemos al Señor.

-         Que vivir nuestra fe tenga la proyección en la vida. Roguemos al Señor.


Ya que estamos participando de la Eucaristía, condúcenos a una respuesta que sea más conforme a lo que tú deseas en los detalles de la vida.

          Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

sábado, 16 de septiembre de 2017

16 septiembre: La casa sobre roca

Liturgia
                      Tras estos dos últimos días en que las lecturas han sido referentes a las fiestas que hemos celebrado, se ha acabado la carta a los colosenses y estamos en la 1ª Timoteo (1,15-17) en la que Pablo le expresa al discípulo la seguridad que debe tener en el magisterio de Pablo, porque lo que él predica es el núcleo esencial de la fe cristiana: que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores.
          Ahora Pablo se mete en esa fila y se considera el primer pecador. Pero, por lo mismo, el beneficiario del perdón que Cristo ha traído, manifestando en Pablo toda su paciencia, para que Pablo pueda quedar ahí como icono de la misericordia de Jesucristo, y trasmisor de la promesa de vida eterna. Por todo lo cual prorrumpe en una alabanza: Al rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos.

          Lc 6,41-49 nos trae la enseñanza de Jesucristo sobre la verdad de cada persona. La vida de un individuo viene a ser como la de los árboles, de los que el que es árbol bueno, da frutos buenos y el que es árbol malo da frutos malos. Porque no se cosechan higos de las zarzas ni se vendimian racimos de las espinas. Jesús va siempre por derecho y lleva a ejemplos extremos para dejar clara una verdad.
          Por eso, el que es bueno, da frutos buenos: de su corazón saca el bien. El que es malo da frutos malos. Porque de lo que hay en el corazón habla la lengua. Yo sigo siempre insistiendo en que esas personas que tienen siempre que encontrar “el defecto” aun en las cosas más nimias y triviales, tienen algo sucio en el corazón. Porque si todo el corazón estuviera limpio, o no verían o no caerían en la cuenta de tal leve defecto.
          El ejemplo alguna vez citado de la recién casada que veía siempre sucia la ropa que tendía la vecina, y no advertía que no era la ropa de la otra la que estaba sucia sino los propios cristales de su ventana. Y sobre esos cristales propios no había parado la atención en ningún momento.
          Y Jesús completa la idea: ¿Por qué me llamáis “Señor” y no hacéis lo que os digo? El que se acerca a mí y escucha mis enseñanzas es como el hombre que construyó su casa cimentándola sobre roca: que cuando vinieron los vendavales, la casa siguió en pie porque estaba sólidamente construida. [Merece la pena revisar nuestra “construcción”, lo que habrá que mirarlo desde los efectos en las cosas pequeñas, en la realidad de cada día, que es donde se retrata la persona].
          El que escucha y no pone por obra se parece a uno que edificó sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se desplomó y derrumbó. Y eso también tiene su piedra de toque en lo pequeño de cada día, y ahí es donde hay que ir a examinar el fondo de nuestras actitudes.


          Reconozco que el mundo de hoy entiende poco de esa construcción sobre roca, o de una vida cimentada sobre terreno firme. Se vive a lo que va saliendo, de las impresiones de última hora…, del último reclamo que aparece…, de la ley del mínimo esfuerzo. Y eso se manifiesta en detalles que aparentemente no tienen entidad, pero que son reveladores del estilo de vida de la persona. La puerta que debe estar cerrada y que se deja indolentemente abierta; el marido o la esposa que no cuida esos detalles que le constan que son deseo de la otra parte; el sacerdote que deja de celebrar la Misa a la primera de cambio, el desorden de unos papeles que deben estar ordenados y archivados en su lugar correspondiente…, la falta de criterio para comprar y gastar, y con ello la falta de previsión de lo que puede hacer falta mañana… ¡Y caben tantas cosas que podrían reseñarse! Pero pienso que lo importante no es dar la papilla ya masticada sino que cada cual se ponga delante de sí su propia realidad, y vaya analizando aquellas situaciones de su vida que pueden expresar una indolencia, una carencia de criterio, un “ir tirando” y dando todo igual…, porque ahí podrá descubrir su “casa edificada sobre tierra y sin cimientos”. Quiere decir que ahí tiene que poner remedios y hacerse recio en sus actitudes y pensar que a Dios no se le puede satisfacer con un animal defectuoso ni con una forma de vida que no vaya por derecho a Dios y al estilo que puede gustar Dios. El simple llamarlo “Señor” y no hacer lo que a él le agrada, es estarse engañando uno a sí mismo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

15 septiembre: Dolores de María

Liturgia
                      Dos fechas consecutivas hemos tenido en estos días 14 y 15: ayer, la EXALTACIÓN DE LA CRUZ. Hoy los DOLORES DE MARÍA. Dos fechas que se complementan y llevan el mismo sentido festivo aunque su contenido exprese de primeras un sentimiento doloroso. Pero es que aquella cruz del Viernes santo con toda la mirada puesta en la tragedia de la muerte, ahora se ha celebrado como EXALTACIÓN, como triunfo, como el resultado ya glorioso de aquella tragedia. Ahora ha sido mirar la cruz como ese instrumento que “puesto en alto”, ha supuesto la victoria de Cristo y la salvación de la humanidad.
          Pero en esa historia de salvación y triunfo ha estado adosada la Virgen María, a quien todo aquello le ha supuesto dolor y sufrimiento. Ya se lo anunció Simeón en los albores del evangelio (Lc 2, 33-35) cuando le anunció la espada de dolor que atravesaría su corazón. Desde entonces la vida de María fue entremezclando dulzuras y sufrimientos, que se hacen más intensos en la vida pública de Jesús, su Hijo, que es rechazado por los dirigentes judíos y al que la vida se je hace una continuada subida al Calvario. Y eso la Madre lo padece en su alma porque puede vislumbrarse el final trágico que va a tener todo aquello, y que tiene su culminación en la cruz, como patíbulo infamante de muerte, junto a la cual está María, allí erguida, DE PIE, sin dejarse abatir por el sufrimiento, pero sufriendo todo lo del hijo, aumentado por lo que es el dolor de una madre que lo está viendo sufrir en aquella larga agonía.
          Ahí vendría la 1ª lectura (Heb 5,7-9) en la que se presenta a Jesús como el hombre que ruega a Dios con toda la intensidad de su dolor: a gritos y con lágrimas al que podía salvarlo del sufrimiento. Esos gritos y lágrimas de dolor afectan directamente a la Madre. Pero Dios no está para hacer milagros que cambien el curso de los acontecimientos, y la cruz, con su tortura y su angustia de asfixia, cae cobre Jesús y cae sobre la Madre que está siguiendo cada respiración que exhala el Hijo, cada vez más angustiada y cada vez más distanciada.
Y María tiene que pasar por el momento repugnante del soldado que, lanza en ristre, asesta el golpe contra el cadáver de Jesús, profanando lo sagrado de la muerte. Aquella lanzada no dolió ya a Jesús, que estaba muerto, pero fue el golpe de gracia al corazón de María.
La liturgia se completa con la Secuencia expresamente dedicada a María, y va haciendo un resumen de ese dolor de María Santísima, Madre dolorosa, afligida pero permaneciendo sin doblegarse ante el dolor.
Las celebraciones litúrgicas están puestas para algo. Aparte de la evocación de unos acontecimientos históricos, son una llamada a nosotros para que nos adhiramos al hecho y saquemos de nosotros mismos el mismo talante con que enfocar la vida. Y la vida trae sufrimientos, dolores, espadas que atraviesan el alma. Y ante esa realidad nosotros tenemos que tomar el ejemplo de Jesús y de María para abordar la contrariedad con ánimo sobrenatural.
Nosotros también clamamos a gritos y con lágrimas en determinados momentos de la vida. Queremos el milagro, que no vemos que se produzca. Los problemas humanos y provocados por la realidad humana, está ahí y permanecen. Y Dios no sale al paso con milagros que alteren el paso normal de las circunstancias naturales. Y sin embargo es curioso lo que dice la carta a los Hebreos en ese texto que hemos leído, y es que “Jesús fue escuchado por su actitud reverente” y que Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. He ahí la gran salida de esos gritos y llanto: aprender, sufriendo, a obedecer. No tener el milagro que soluciona un problema sino aprender esa otra ciencia de acogida en obediencia de los planes de Dios.

Entonces el sufrimiento de Jesús y de María tienen un sentido y ninguno de los dos se sintió fracasado ni “dejado de la mano de Dios”. Jesús vive en sus propia vida que “llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna”. Y con Jesús, va María. Para ella, para María, el dolor padecido por el Hijo no ha sido en balde ni permanece como dolor aplastante, sino que ella ha sido asumida en la misma obra de redención de Jesucristo, y con ello se ha convertido para nosotros en ejemplo de obediencia para alcanzar nuestra propia salvación.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

13 septiembre: Las cosas de arriba

El próximo viernes (tercero), día 15,
se inaugura el curso en Málaga,
con la ESCUELA DE ORACIÓN
a las 5’30 de la tarde,  en los jesuitas.
Liturgia
          Una vez más el texto de Colosenses que se nos pone hoy delante (3,1-11) es perfectamente claro. Y además, vibrante. Vale en sí mismo, en la lectura que cada uno haga de esas líneas, y en la reflexión a la que nos lleve sobre nosotros mismos, cada uno sobre su propia vida.
          Habéis resucitado con Cristo. Es un hecho. Un cristiano, un bautizado, es un resucitado. En consecuencia tiene que buscar los bienes de arriba, no los de la tierra. La muerte ha llegado sobre ese mundo anterior, y ahora vuestra vida está escondida en Dios; cuando aparezca Cristo, vosotros apareceréis juntamente con él, en gloria.
          Y Pablo saca la consecuencia de esa realidad: dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia. Eso pertenece a un pasado. En cambio, ahora deshaceos de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías. Y por supuesto, de todo eso que ha nombrado anteriormente como propio de una época pagana.
          Pienso que todo eso es muy actual. En un mundo de costumbres depravadas, en las que muchos creyentes han entrado tanto que están dominados por la suciedad de esas costumbres, leer estas palabras de Pablo debiera servirles para distinguir lo que es pagano y lo que es cristiano. Por eso, la advertencia final de Pablo sigue siendo actual: No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos de la vieja condición humana con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su Creador hasta llegar a conocerlo… Cristo es la síntesis de todo. Ahí es donde hay que pararse, donde hay que tomar en serio la propia fe y adónde nos lleva y nos exige. ¡Porque la fe exige! Las medias tintas con la que se vive una fe y se practica otra forma de vida, no entra en el planteamiento inicial: ¡habéis resucitado con Cristo; buscad los bienes de arriba; no los de la tierra!

          Todo eso queda explicitado en el evangelio de Lucas 6,20-26, en ese SERMÓN DEL LLANO, donde el evangelista sintetiza lo que Mateo nos dio ampliamente en el Sermón del Monte. Condensa las bienaventuranzas o dichas en 4, con sus correspondientes malaventuras. Dichosos los pobres porque vuestro es el Reino de Dios. Lucas no califica esa pobreza como “pobreza de espíritu”. Como la comunidad a la que se dirigía era una comunidad pobre, no tiene que especificar más: son dichosos esos pobres que viven en paz su pobreza y se entregan a la causa de Dios desde esa pobreza.
          Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Otra vez en el realismo de una comunidad que tenía carencias hasta pasar hambre. Pero que llevados desde una actitud de fe, no se ven unos desgraciados sino como unos dichosos seguidores del Maestro que también vivió sin tener donde reclinar su cabeza y llenar su estómago.
          Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. No aquí y ahora, pero con un horizonte de esperanza, a sabiendas de un Dios que alegra y llena las aspiraciones humanas.
          Dichosos cuando es excluyan y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame por causa del Hijo del hombre, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
          Y al lado, las “malaventuras”: ¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay de vosotros cuando todo el mundo hable bien de vosotros! (eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas).
          San Lucas proyecta a ese “después” cuando las cosas lleguen a su verdad. Con lo visto en la carta a los colosenses, queda claro que hay dos órdenes en la vida. El que se queda aplastado en el polvo porque sólo mira y vive “lo de abajo”, y el que tiene un horizonte lleno de vida y esperanza porque “ha resucitado con Cristo y busca las cosas de arriba”. San Lucas ha apuntado a ese horizonte que se contrapone al “ahora” en el que se padece la carencia, y nos hace mirar a la compensación que se tendrá de todo ello en el reino de los cielos. Un reino que no sólo se da en la otra vida sino que ya se puede empezar a vivir en ésta, cuando se aplican los principios cristianos. Y así invita a sus fieles a ponerse ante los valores que Jesús ha ensalzado, adhiriéndose a la verdad del Evangelio.



Mañana no actualizaré el blog, por ausencia.

martes, 12 de septiembre de 2017

12 septiembre: El nombre de MARÍA

Liturgia
          Hoy ha vuelto a estar en la liturgia el NOMBRE DE MARÍA, memoria litúrgica que se había perdido durante un tiempo. Es el día onomástico de las MARÍAS y una fecha de calor entrañable. Felicito a todas las que celebran hoy esta efemérides y mi alma se eleva hasta la Virgen Santa María, que es venerada con tanto cariño por llevar muchas mujeres su nombre dulce y amable. Dicen algunos que “María” significada “la Amarga”. No lo acepto. Precisamente ese nombre de MARÍA sabe a dulzura y ternura, y se ha venerado precisamente durante mucho tiempo como “dulce Nombre”. Es que no podemos imaginar nunca a María como “amarga”, como mujer vencida por la amargura del dolor. Quien estuvo DE PIE  al pie de la cruz, es que supo mantener su personalidad valiente y abierta a la esperanza, aunque pasara por momentos tan difíciles. Nunca amargada.

          La lectura de Col 2,6-15 nos lleva a pensar que más valdría releer despacio su contenido que a intentar explicarlo o sintetizarlo. Porque al final acaba uno ciñéndose a lo que dice el texto sagrado.
          Proceded como cristianos. Una exhortación que nos debe llegar a todos al cabo de los siglos. Y lo explicita Pablo diciendo que no se dejen influir por los criterios del mundo que trasmiten los hombres, porque el que procede así no es de Cristo. En Cristo está la plenitud de la divinidad, y por él obtenemos nosotros nuestra plenitud. Se trata de recibir una “circuncisión” que no está hecha por hombres sino que despoja de los bajos instintos. Eso lo da el Bautismo, por el que participamos de la muerte de Cristo y de la resurrección de Cristo. Estábamos muertos por el pecado, pero Dios nos dio vida en Cristo, perdonándonos todos nuestros pecados. Cristo borró el pliego de multa que nos correspondía y nos condenaba, dejándolo clavado en su cruz.

          Lc 6,12-19 empieza con la elección de los doce, esos hombres que Jesucristo designa con el nombre de apóstoles, y que va escogiendo uno a uno con sus nombres propios y su realidad concreta personal.
          Figura Pedro en primer lugar. Eso ocurre en las diversas listas que nos aportan los sinópticos, considerándose así el valor propio de aquel apóstol que será el primer representante de Jesús en la historia de la humanidad: el primero entre los principales. Junto a él va su hermano Andrés. Luego vienen, por el orden en que fueron llamados por el mismo Jesús: Santiago y Juan, los otros pescadores del Lago que ya habían sido atraídos por la llamada de Jesús.
          Felipe y Bartolomé, que son de los primeros que se encontraron con Jesús. Le sigue Mateo. Y hasta ahí lo que nos consta en los  evangelios como llamadas concretas.
          Luego vienen otros nombre de los que posiblemente sea Tomás el que más resuena por su episodio de fe tras la resurrección del Señor. Santiago Alfeo, Simón Zelotes, Judas de Santiago (o Tadeo). Y Judas Iscariote. Y siempre junto a ese nombre, la apostilla infame: que fue el traidor. No tenía que haberlo sido, como alguien pretende decir. Judas, como los demás, tuvieron su plena libertad para elegir un camino u otro. Once eligieron el camino correcto. Uno se fue por otros derroteros. Once aceptaron a Jesús y lo amaron a rabiar. Uno se puso enfrente y no lo aceptó.
          Es la historia real de la vida, la que tenemos a la mano en las personas que conocemos. ¿Por qué unos son de una manera y otros son al revés? Nadie los ha forzado ni a lo uno ni a lo otro. Cada cual respondió a su modo por puro ejercicio de su libre albedrío.
          Concluye este trozo de evangelio con la bajada del monte al llano, donde había un grupo grande de discípulos y de pueblo, venidos de otras comarcas. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados. No sólo eran aquellos que necesitaban un favor. Había muchos que venían a escucharlo, a oírlo, a alimentarse de su palabra, a encontrar esa vida que tenían sus enseñanzas, que sobrepasaban en mucho lo que les trasmitían los doctores de la ley.

          Y muchos también querían tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos. Fuerza en la palabra, fuerza en su presencia, fuerza en su persona…: tocarlo era como recibir una benéfica descarga de bondades y salud.

lunes, 11 de septiembre de 2017

11 septbre.: El pecado de omisión

Liturgia
                      Hoy tiene una riqueza la 1ª lectura, de la carta de Pablo a los colosenses (1,24-2,3). Podemos dividirla en tres apartados: el  primero, en el que Pablo afirma que completa en su cuerpo los dolores de Cristo, que son los dolores de su Iglesia. Cristo ya padeció y cargó con todos los sufrimientos de su Pasión. Pero esos dolores no se han acabado en Cristo. La Iglesia, en sus miembros perseguidos, maltratados o sufrientes, sigue padeciendo en el momento actual. Pablo completa su parte. A cada uno de nosotros nos toca que completar la nuestra. Y entonces los padecimientos del tiempo presente no son simplemente sufrimientos ante los que no cabe más que resignarse, sino que son dolores unidos al dolor de Cristo, y por tanto con todo el valor redentor que tienen los sufrimientos de Jesucristo. Todo esto es el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos, y que ahora lo ha revelado.
          El segundo punto es el conocimiento de la gloria y riqueza que este misterio encierra para los gentiles. No son sólo los judíos los que encuentran y se benefician del misterio de Dios en Cristo, sino que también queda abierto para los no judíos, que pueden vivir ya la esperanza de la gloria. Pablo se alegra de ser mensajero de los gentiles, a los que anuncia la sabiduría de Cristo.
          Y finalmente, el punto tercero de esta lectura, es la lucha denodada que mantiene el propio Pablo por dar a conocer ese misterio. Busco que tengan ánimos y estén compactos en el amor mutuo, para conseguir la plena convicción que da el comprender y captar el misterio de Dios. Ese misterio que es Cristo, en quien están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

          El evangelio de Lucas nos trae el caso del hombre de la mano paralizada (6,6-11), un caso más de litigio con los fariseos por actuar en sábado, si bien es verdad que aquí no hubo ninguna acción que pudiera llevar consigo un “trabajo”, No se nos dice que Jesús fuera quien estaba explicando aquel día en la sinagoga, Lo cierto es que Jesús, como buen judío, estaba allí, Y también estaba un hombre con una brazo paralítico. Los demás lo veían y podían compadecerse pero no podían hacer más. Jesús observa y sabe que puede hacer y que aquel hombre deje de sufrir las consecuencias de aquella parálisis. Y lo llama y lo pone en medio de la sinagoga. Y cuando tiene al hombre en donde todos pueden comprobar su limitación, pregunta Jesús si es lícito en sábado hacer el bien o dejar de hacerlo, salvar a uno o dejarlo morir. Y pasea su mirada por toda la sinagoga, sin que nadie intervenga. Evidentemente había muchos que estaban de parte de la curación de aquel hombre, pero nadie se atrevía a dar la cara por el temor a los dirigentes religiosos fariseos que podrían excluirlos de la sinagoga.
          Entonces Jesús toma la iniciativa y le dice el hombre: Extiende el brazo. En ello no había ninguna acción prohibida: ni Jesús había hecho un trabajo ni extender el brazo suponía un trabajo o una acción distinta de la que estaban haciendo instintivamente todos los demás. Pero el hecho de ser una curación en sábado pone en ascuas a los fariseos, tan proclives a atacar a Jesús sea como sea.
          Y la consecuencia de aquello es la reunión que hacen los fariseos para plantearse qué deben hacer con Jesús. No pueden negar que Jesús ha hecho una buena obra. No pueden acusarlo de haber trabajado. No tienen más fundamento que su aversión y que Jesús repetía sus obras buenas sin que se lo impidiera el descanso sabático.
          Tiene Jesús, por otra parte, su empeño en mostrar que el sábado no es la materialidad en la que lo han encorsetado los fariseos, y que el sábado es un día dedicado a Dios y, por consiguiente, se pueden hacer las obras de Dios. Y la obra de Dios es hacer el bien al prójimo, y eso vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Quiere Jesús dejar constancia de que el Hijo del hombre es señor del sábado, y que las normativas añadidas por los fariseos no pueden impedir que Jesús actúe como salvador y liberador del mal. Y dado que el pensamiento judío era que el mal físico era consecuencia del pecado (mal moral), más empeño tenía Jesús en mostrarse el salvador que estaba anunciado de antiguo, en la lucha de Dios contra el pecado.

          No actuar cuando se puede actuar, sería un pecado de omisión. Y Jesús no deja de hacer el bien que tiene en su mano poder hacer. De ahí la pregunta: “¿Es lícito en sábado hacer el bien o el mal (=dejar de hacer el bien)?

domingo, 10 de septiembre de 2017

10 septiembre. La corrección entre hermanos

Liturgia del domingo 23-A, T.O.
          Confieso que me encuentro ante uno de los mensajes evangélicos que me resultan más difíciles en los momentos actuales: ha hablado Jesús de la corrección fraterna (Mt 18,15-20). Quiere Jesús que ante un hermano que yerra, haya una corrección entre hermanos para sacarle de su error. Y eso –de acuerdo con la 2ª lectura de hoy- con amor, porque todos los mandamientos sin amor son vacíos. De ahí que “a nadie debáis nada, más que amor, porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley” (Rom 13,8-10).
          Por tanto no se puede pensar en una corrección que no vaya movida por el amor. No entiende Jesús una corrección más que desde el amor. Y por eso se habla de corrección al hermano: “si tu hermano peca”. Entonces, precisamente por el amor, hay que corregirle. A solas entre los dos; si te hace caso, has salvado a tu hermano. De eso se trata, de hacerle un bien, de sacarlo de su yerro.
          Pero digo que me resulta uno de los mensajes evangélicos más difícil, porque la experiencia da en la vida actual que nadie quiere ser corregido. Ni con amor ni sin amor. Aún cuando no reaccionara malamente, lo que es casi seguro es que se justificará para mantener su postura. De ahí que la corrección al hermano se hace muy cuesta arriba. Y sin embargo hay una responsabilidad ante Dios, que la 1ª lectura nos la ha puesto muy clara: Ez 33,7-9 nos advierte que cuando bajo la mirada de Dios se debe corregir, el que no corrige es culpable. El corregido responderá bien o mal. Pero independientemente de ello, el que ha sido declarado “atalaya en la casa de Israel” tiene que escuchar la palabra de la boca de Dios y no puede callar en su misión de advertir del error al que se ha equivocado.
          Examinémonos sinceramente. En la vida diaria pueden darse diversos momentos en que alguien cercano nos hace alguna reconvención: nos advierte de algún defecto. ¿Cuál es nuestra reacción? ¿Cómo acepta el esposo o la esposa que uno le haga ver al otro que se equivoca? ¿Cómo lo aceptan los hermanos entre sí, o los hijos o los mismos padres? Y sin embargo, partiendo del amor de la familia, debería haber un reconocimiento de la situación y un cambio de postura que enderece lo que estuviera torcido. ¿Nos gustaría ser corregidos cuando –aun sin darnos cuenta, quizás- nos hemos equivocado? No se trata de echar en cara, no se trata de actitudes agresivas. Se trata de poder mejorar y recibir con amor lo que con amor nos advierten que andamos equivocados.
          Jesús no se queda solamente ahí: se pone en el caso del que tozudamente no admite la corrección. Y dice Jesús: llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. La cosa ha pasado a mayores, por decirlo así. Ya no se queda en la intimidad de uno con otro. Ya se ha de recurrir a dos o tres testigos. Se trata de que el hermano que se equivoca tenga constancia de que su error no pasa de largo. Pero que lo que se busca es su mejoría.
          Que cuando no haga caso ni a eso, entonces díselo a la comunidad, y si no hace caso ni a la comunidad, considéralo como un pagano. No ha aceptado al hermano que amorosamente le pretendía ayudar. Es ya como un pagano; no un hermano.
          Nos gustará escuchar esto o no, pero es la palabra misma de Jesús y lo que Jesús nos muestra como modo de actuación en la corrección del pecado del otro: ser “atalayas” que no se conforman con el error, y no piensan que todo es igual… Tienen que dar la voz de alarma (según la 1ª lectura).
          Por esto decía que es de los textos más difíciles del evangelio, y mucho más en los momentos presentes en que cada cual se hace un reyezuelo de sí mismo y no admite que le corrijan la plana. La Iglesia quiere ayudar y corregir, pero entonces se revuelven contra la Iglesia y le cierran la boca…, y la sacan peyorativamente en los medios de comunicación, y se acaba en una crítica contra la Iglesia y hasta con el abandono de ella. Y la Iglesia ha puesto la mayor prudencia, el mayor amor, pero no se le acepta que oriente y –en ese sentido- que corrija.

          La EUCARISTÍA es un testigo interior en nosotros para ayudarnos a mirar nuestras actitudes, lo mismo cuando toca advertir que cuando somos corregidos. El amor del hermano que pretende ayudar, refleja el amor del mismo Cristo, que quiere que seamos muy sinceros a la hora de enjuiciarnos a nosotros mismos. Y en consecuencia que estemos dispuestos a hacer o recibir la corrección fraterna.



Pidamos a Dios la sinceridad necesaria para buscar la verdad de nuestra conducta.

-         Para que nunca corrijamos con genio y mal humor, Roguemos al Señor.

-         Para que las relaciones familiares se desenvuelvan con amor y prudencia al advertir al otro de algún fallo. Roguemos al Señor.

-         Para que tengamos disposición de acogida a las advertencias que nos aporta la Iglesia, Roguemos al Señor.

-         Para que padres y esposos eviten todo lo que pueden ser malos modos en las relaciones de familia, Roguemos al Señor.


Señor: que lo que pedimos juntos dos o más reunidos en tu nombre, nos sea concedido, conforme a tu promesa.

          Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

sábado, 9 de septiembre de 2017


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El Boletín de Septiembre

9 septiembre: OJOS LIMPIOS

Liturgia
                      San Pablo les hace historia a los colosenses, con el antes y el después de aquel pueblo (1,21-25): Antes estabais también vosotros al margen de Dios y erais enemigos suyos por la mentalidad que engendraban vuestras malas acciones. Es la historia de un pueblo que aún no había conocido la verdad del Evangelio y la redención de Jesucristo. Ahora, en cambio, gracias a la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconciliados con Dios. Hay, pues, una clara línea divisoria en la vida de la comunidad de Colosas: antes de conocer a Cristo y después de haberlo conocido. Lo que ahora necesitan es conservar esa novedad que han recibido y permanecer cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio. Y Pablo lleva a gala que él fue el eslabón que les unió a Cristo, a cuyo servicio fue asignado.
          Ésta es la historia que ojalá se repitiese en todos los pueblos. Se comprende que antes de conocer a Jesucristo dominen las obras de la maldad, de los vicios, del desenfreno, de la indiferencia. Si no hay un punto de luz en la vida y sólo se vive de lo que atrae la parte humana, el lastre apega al suelo. “Las obras del cuerpo” –de lo material, placentero, cómodo…-, es lo que priva. Está en contradicción con las “obras del espíritu”, que es lo que eleva, lo que hace a la persona dueña de sí misma, la que eleva hasta otros valores y la que pone en contacto con Dios. Es lo que Pablo les hace ver a los fieles aquellos, una vez que han conocido la obra redentora de Jesucristo, que se verifica por la muerte que Jesús padeció en su cuerpo de carne. Por ello han sido reconciliados con Dios. Y sólo así el mundo de hoy podrá ser reconciliado (y dejarse reconciliar), si llega a aceptar el camino de Dios, el camino que Dios quiere hacer en las almas. Por Dios no quedará. Dios sigue saliendo al encuentro de mil maneras, unas veces con mano de terciopelo que acaricia y otras veces avisando con situaciones dolorosas que tienen que hacer reflexionar al hombre.
          La gente pide cuentas a Dios cada vez que sucede una situación trágica. Querría a un Dios que sale al paso de todas las catástrofes y las detiene con poder. Y el hombre es tan duro de mollera que no descubre que detrás de tantos renglones torcidos que provoca el mismo ser humano, o que provienen del desenvolvimiento de las fuerzas de la naturaleza, hay una escritura derecha de Dios, que trata de hacer a la criatura más consciente de su pequeñez, de su contingencia, de que necesita elevarse a descubrir la salvación de Dios, que habla su propio lenguaje misterioso. Pero lenguaje que para los que aman a Dios, todo les sirve para el bien. Y es desde la fe, desde esa “lectura” de los signos de los tiempos y de las realidades que rodean, como se va desbrozando la mirada de los sucesos de la vida para encontrar detrás la mano de Dios que, en efecto, conduce al bien.

          El evangelio, más que conocido (Lc 6,1-5) nos presenta esa solapada persecución que los fariseos hacían de Jesús y de sus discípulos, para encontrarles “el defecto”. Aquí es porque los discípulos arrancan unas espigas en sábado y se las comen. Pero se me antoja que de esto hay mucho a lo largo de nuestras vidas, porque parece que hay personas que están al acecho del “defecto” del otro (o de lo que juzgan defecto).
          En realidad, puestos a buscar el fallo, los apóstoles lo habían tenido en aquel gesto de frotar las espigas con las manos, pues el sábado no dejaba lugar a nada que supusiera un trabajo. Pero la cosa era tan nimia y el trabajo tan poco trabajoso, que no merecía la pena para aquella protesta que levantaron los escandalizados fariseos. Y ahí es donde creo que nos toca reflexionar porque muchos “defectos” que vemos, son más defecto en nuestra visión sucia que en el tal defecto en sí mismo. Bien merecía la pena pasar por encima de esos fallos ajenos y estar más dispuestos a mirar con ojos limpios que con ojos críticos.
          De hecho Jesús buscó la manera de salvar la situación haciendo la reflexión a los fariseos de que hay situaciones en las que las leyes humanas deben ceder ante razones superiores, como ocurrió con el propio David, el venerado David, que se saltó una ley cuando tuvo por delante un caso de necesidad y caridad.

          He hablado de “ojos limpios” y “ojos sucios”. Creo que es buena ocasión para observar cuál es nuestra visión de las cosas y de las personas. Y a lo mejor para purificar algo de nuestra mirada y de nuestros enjuiciamientos de las cosas.

viernes, 8 de septiembre de 2017

8 sepbre.: Las "mil Vírgenes"

El nacimiento de la Virgen María
Liturgia
                      Fiestas como las de hoy son las más difíciles de abordar en una explicación de la liturgia del día, porque no hay ningún texto bíblico que recoja el núcleo de la celebración. Los textos son muy laterales al sentido mismo de la fiesta, y sólo por aproximación puede uno entrar en el meollo de lo que celebramos.
          Por el contrario, la piedad popular se ha apropiado del sentido de la fiesta y ha encontrado en el día de hoy la base de sus propias celebraciones en honor de la Virgen bajo múltiples advocaciones que jalonan la geografía hispana, encontrando en el hecho del Nacimiento de la Santísima Virgen María, una base para festejarla bajo esas muy diversas advocaciones. Si María nació, los pueblos y las ciudades tienen razón suficiente para hallar en esa criatura de Dios la fuerza de un Patronazgo, de una confianza en el cuidado maternal que María quiere ejercer sobre sus hijos, que la invocan. Y podremos decir con verdad que en esa labor maternal, María no se separa de los otros hijos díscolos que no la honran con sus obras y actitudes y criterios. La verdad es que –acorde con aquellas palabras de María: Me llamarán dichosa todas las generaciones, es un hecho llamativo que tantas personas que viven al margen y en contra de la Iglesia y de la misma acción de Cristo, sin embargo no han eliminado de sus vidas a María. Sobre ellas ejerce la Virgen su acción protectora, y será para muchas almas como el bote salvavidas en medio del naufragio de su indiferente existencia tan alejada de la religión y la espiritualidad.
          En las lecturas de hoy, (Miqueas 5,2-5) hallamos una profecía sobre el nacimiento de Jesús. Jesús nace de María, y el nacimiento de Jesús nos retrotrae al nacimiento de María, que un día alumbró la madre de María, entregando al mundo el eslabón primordial de la cadena, de la que nacería Jesús. En esto coincide con el argumento del Evangelio de San Mateo (1,1-16.18-23) en el que hallamos la genealogía de Jesús y su nacimiento de la Virgen María. En esa genealogía se van poniendo los pasos de descendencia desde Abrahán, el hombre prototipo de la fe del pueblo de Dios, hasta llegar a David. David hará ya referencia al Mesías porque el Mesías será conocido como “el hijo de David”. Y el eslabón es José, el esposo de María, de la cual –sin obra de varón- nacerá el Hijo de Dios. Volvemos a lo anterior: no se habla del nacimiento de María, pero María aparece ya en la escena bíblica y su nacimiento es para la historia de la salvación el paso decisivo de Dios para el nacimiento de Jesús, el Redentor.
          De ahí esa concatenación que nos ha puesto delante la carta a los Romanos (8,28-30) en la que Pablo dice que Dios ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó; a los que predestinó, los llamó; a los que llamó los justificó (=los hizo justos, los santificó),  a los que justificó los glorificó. Entra María en directo en esa relación, porque ella ha sido elegida, escogida, predestinada, llamada, justificada y glorificada.
          Con antelación al hecho mismo del nacimiento de Jesús, a María se le predestinó a ser imagen de Jesús, que es el Santo de los santos. Y María, su madre, había de ser santa e inmaculada para ser arca digna de contener en su seno al propio Hijo de Dios.

          Aunque sea un dato repetitivo, celebramos en la liturgia sólo tres nacimientos: el de María, el de Juan Bautista y el de Jesús, porque son los únicos que nacieron en gracia de Dios, sin la mancha del pecado. María, por inmaculada en su concepción por privilegio de Dios. Jesús, porque es el mismo Hijo de Dios, que no puede tener pecado. Y Juan Bautista porque fue santificado en el seno de su madre al recibir la visita de María, encinta del Hijo de Dios.
          De los demás santos celebramos la fecha de su muerte porque ellos sólo pueden ser declarados santos por el decurso de su vida.


          Puesto que escribo desde Málaga, tengo que hacer expresa alusión a Nuestra Señora de la Victoria, Patrona de la Ciudad, que la celebra con solemnidad litúrgica y fiesta laboral. La imagen de Nuestra Señora de la Victoria saldrá en procesión desde la Catedral para ser devuelta a su Santuario, donde es habitualmente venerada por un pueblo que necesita invocar el triunfo y la victoria del bien sobre el mal, evocando la victoria de María, y la razón histórica de su advocación en estas tierras malagueñas, ya en tiempos de los Reyes Católicos.

jueves, 7 de septiembre de 2017

7 septiembre: Pescadores de hombres

Liturgia
                      Sigue el tono de intimidad en la carta a los colosenses (1,9-14), con la declaración de Pablo de que ora por ellos para que consigan un conocimiento perfecto de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. Para aterrizar en efectos que se siguen de esa conducta, que será digna del Señor, agradándole en todo, y que así fructificarán en buenas obras y aumentará su conocimiento de Dios.
          De esa manera el poder de Dios les dará fuerza para soportar con paciencia y magnanimidad todo lo que les va viniendo, llevándolo con alegría y dando gracias a Dios. Es toda una visión de la vida que provoca una actitud nueva y constructiva, porque el ponerse a disposición de Dios y acoger su voluntad es lo que pacifica y pone en actitud de compartir la herencia de pueblo de Dios que vive en la luz, ahí donde les ha trasladado la participación en la sangre de Jesucristo, con el perdón de los pecados.

          Pasamos al capítulo 5 de san Lucas (1-11), con el conocido pasaje de la pesca milagrosa. Jesús camina por la playa y le rodean las gentes que tienen ansias de oír la palabra de Dios. Es que Jesús atrae con sus explicaciones y hace atractiva esa Palabra. Y como púlpito improvisado, Jesús se sube a una de dos barcas que encuentra en su camino, para desde allí hacerse escuchar por la multitud.
          Era la barca de Simón. Los pescadores estaban en la playa lavando y remendando sus redes, después de una noche baldía en la que no habían pescado nada, como si el mar se hubiera vaciado de peces. Simón advierte que Jesús ha subido a su barca y, por deferencia, se viene a ella y se sube junto a Jesús y junto a su hermano Andrés. Allí escucha también la palabra de Jesús y debió quedarse ya atraído por él.
          Acabó Jesús de hablar y despidió a las gentes, y pidió a Simón que se adentrara en el mar. Hasta ahí no había problema. Era un gusto de Jesús el navegar y Simón se sentía complacido de que eso fuera desde su barca. Pero lo siguiente, cuando ya estaban separados de la orilla, es que Jesús le dice a Simón que eche las redes para pescar. Ahí reacciona “el profesional”, que quiere explicarle a Jesús que no hay nada que hacer porque así les ha ocurrido aquella noche en que no ha habido un pez que entre en la red. Con todo, como se ve que es un gusto de Jesús ver echar la red, Simón puso toda su experiencia en extender la red y lanzarla al mar, mostrando su pericia en el manejo de aquellas artes.
          Su sorpresa es que la red se llena de peces y que no se bastan él y su hermano para subir la red y que tienen que pedir ayuda a Juan y Santiago, socios de la otra barca. Y entre todos recogen aquella redada tan llamativa, y llenan las barcas, que casi se hundían. Mientras estuvieron en la faena, no hubo que hacer más que aquello y no reaccionó Simón. Pero cuando hubieron acabado, Simón entró dentro de sí y se quedó pasmado. El visitante le había ido a la mano y había sucedido un verdadero milagro allí en su misma barca. Y sintió estremecerse su interior…; sintió que perdía la partida…, que aquello había ido más lejos de lo que él pensaba…, y que su barca era ahora –por decirlo así- “menos suya” y él era menos dueño de sí mismo. Y se arrojó instintivamente a los pies de Jesús y le pidió: apártate de mí, que soy un pecador. Apostilla el evangelista: es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido. Y lo mismo le ocurre a Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, socios de Simón y Andrés.
          Jesús responde llevándolos a unas profundidades mayores: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Pero no era sólo una respuesta a Simón. Lo era a los 4 que estaban en liza. Por eso concluye el texto diciendo: Ellos sacaron las barcas a tierra y dejándolo todo, le siguieron.

          Yo me quedo mirando a aquel grupo de hombres que de pronto se han encontrado con una novedad que les rebasa, pero que les atrae como un imán. No saben a qué van, adónde les lleva Jesús. No saben si hablar o seguir en silencio y esperar a que Jesús les hable. Yo veo a esos hombres caminando por la playa en pos de Jesús, con el corazón apretado y devanando en su mente qué significaría aquello de “ser pescadores de hombres”. Lo que sí sabían era que de pronto se habían cambiado sus vidas y que en adelante nada sería igual. Jesús había entrado en ellos y ya no podrían separarse de aquella influencia que les había ganado misteriosamente el alma.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

6 sepbre.: Una jornada completa

Liturgia
                      Comienza hoy la carta de San Pablo a los fieles de Colosas: 1,1-8. Deja una grata impresión de entrada porque tiene rasgos de cordialidad y una sintonía especial del apóstol con aquella comunidad. Se presenta como apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, quien –junto al compañero y discípulo Timoteo- saludan al pueblo santo, y le desean la gracia y la paz de Dios.
          Pablo les dice que los tiene presentes en sus oraciones y acciones de gracias desde que supo cuál era la fe que vivían y el amor que tenían unos con otros, animados por la esperanza de lo que Dios les tiene reservado, que ya conocisteis, cuando llegó a vosotros por vez primera la Buena Noticia, el mensaje de la verdad. Mensaje que se sigue propagando en el mundo entero, como ocurre entre vosotros, les afirma Pablo.

          Jesús ha intervenido en la sinagoga de Cafarnaúm en el día de sábado, liberando a un poseso, a la vez que su Palabra ha llenado a aquellas gentes, que descubren la fuerza y la originalidad (=autoridad) que tiene.
          De allí sale Jesús (así lo dice en texto) –[Lc 4,38-44]- y se dirige junto a Simón a la casa de éste. Y la primera vista que tiene es la de la suegra de Simón con fiebre alta y postrada en cama. Jesús entra en el aposento de la enferma, le habla, le bromea, le toma la mano y le dice que está curada y que puede levantarse tranquilamente. Jesús se sale y se va con Simón, charlando y explicando muchas cosas, con las que Simón se va quedando boquiabierto. Al cabo, sale la suegra ya dispuesta a emprender la vida de la casa. Agradece a Jesús y se retira. Desde su ventana comunica a las vecinas cómo ha curado de su gripe y cómo ha sido Jesús quien le ha curado. Voz que se corre de unas a otras, y se hace un reguero en el barrio.
          Llegada la hora de comer, la suegra sirve las viandas que ella ha aderezado con el mejor primor, y Jesús y Simón comen juntos. La mujer siempre está a un lado en esa cultura. Y tras la comida viene la sobremesa, las nuevas exposiciones de Jesús a Simón. No nos dice el evangelio que hubiera otras personas en escena, aunque podemos pensar que estuvieran por allí, porque no iba a estar sola la suegra en aquella casa. La “suegra” presupone una esposa de Simón, y la tradición vincula a Santa Petronila como su hija. Todo esto ya no es evangelio. Son añadidos de mi imaginación, pero buscando un realismo que no hay por qué negar cuando nos encontramos con el evangelio.
          Como es realista pensar que este relato encierra algunos datos poco comprensibles en la mentalidad judía. Se sabe que estamos en sábado, siguiendo el relato al pie de la letra. Posiblemente la caída de la tarde ya podía considerarse que el sábado había acabado, puesto que a esas horas se vienen a la puerta de la casa de Simón un numeroso grupo de gentes, llevando las camillas de los enfermos (cosa que no hubieran podido hacer en pleno sábado). Y traían a los posesos. Jesús pasó por entre todos imponiendo las manos, y lo que para muchos era consuelo, para los endemoniados era protesta inicial, pues salían de los posesos declarando a Jesús: Tú eres el Hijo de Dios. Jesús los increpaba y no les dejaba hablar, pues sabían que él era el Mesías.
          Jesús les habló a todos, les expuso aquellas parábolas con las que tan bien se entendía con las gentes sencillas, y finalmente los despidió.
          Se retiró Jesús al interior de la casa, tomaría alguna cosa (si era la costumbre judía) y se apartó en donde Simón le había asignado un aposento. Y por decirlo así, Jesús dejó la puerta entreabierta porque su intención –y tras un primer sueño- era salirse afuera, al descampado, y allí explayar el alma en oración a Dios, y buscar hacia dónde debía dar el paso siguiente de acuerdo con los deseos de Dios.
          Temprano volvió la gente a la casa a buscarlo. Simón se encontró con que Jesús no estaba. Siguió el rastro y vino a encontrárselo en las afueras de la casa, recogido en oración. Y le da el recado: Todo el mundo te busca. Pero Jesús ya sabe que su puesto no es quedarse allí, agasajado y aceptado cómodamente, sino que está destinado a ir a otros lugares, donde es enviado y conducido por el Espíritu.

          Hemos cerrado así 24 horas seguidas en el seguimiento de Jesús, que ha pasado entre sus obligaciones de judío –la sinagoga-, el hacer el bien a los demás, y la amplia madrugada de oración y encuentro con Dios, como impulso indispensable para continuar su camino.