lunes, 20 de noviembre de 2017

20 noviembre: Señor, que vea otra vez

Liturgia:
                      Tenemos una amplia y fragmentada 1ª lectura, tomada del primer libro de los Macabeos (1,11-16.43-45.57-60.65-67). Sintetiza la persecución religiosa de Antíoco Epifanes contra el pueblo judío. Al principio, benévolo con los judíos que quieren avanzar en la línea de la nueva civilización, y luego cruel con los que no aceptan. Y para discernir quiénes sí y quienes no, acaba poniendo una piedra de toque de enorme maldad: establecer aras sacrílegas para que se ofrecieran sobre ellas los sacrificios. Eso ya hería profundamente las convicciones religiosas de los fieles judíos, quienes se resisten hasta la muerte a seguir las costumbres paganas y los sacrificios aquellos, tan en contra de la adoración a Dios y a solo Dios con todo el corazón, con toda el alma y todas las fuerzas del ser. La persecución, pues, estaba servida.

          El evangelio (Lc.18,35-43) es una bella historia de fe de un pobre hombre ciego que pedía limosna a la entrada de la ciudad de Jericó. El hombre estaba como todos los días buscándose la vida con las limosnas que podía recoger de los que entraban y salían, cuando se extrañó de oír que pasaba ahora un grupo numeroso de personas. Y el hombre, entre sus peticiones de ayuda, siente también la curiosidad de saber qué pasa.
          Los que acompañaban a Jesús no caen en la cuenta de la importancia que tiene para aquel ciego la respuesta que pueden darle, y como quien no dice nada le informan: pasa Jesús Nazareno. Para los sanos era una mera información que satisfaría la curiosidad del mendigo. Para el mendigo era la gran noticia porque él salta de inmediato desde el “Jesús Nazareno” al Jesús hijo de David, el Mesías, el que vendría a dar la vista a los ciegos. Y el ciego ahora no pide limosna; grita para llamar la atención de Jesús: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Al principio no lo oía Jesús, y la gente más bien intentaba hacer callar al mendigo. Como ellos no estaban necesitados como el ciego, el ciego les importunaba. Pero el ciego grita más fuerte y sus gritos llegan a Jesús, que se interesa de qué pasa y le informan: el mendigo ciego que grita. Y Jesús lo manda traer.
          El ciego se levantó de su sitio y, llevado por las manos de otros, llegó a estar cerca de Jesús. Jesús le preguntó qué quería… No deja de tener su encanto esta aparente ingenuidad de Jesús, cuando bien sabía ya él lo que correspondía hacer en este caso. ¿Qué quieres que haga por ti? Y el ciego va a lo esencial de su situación. Si pide limosna no es porque sea un vagabundo sino porque no tiene medios de ganarse la vida por razón de su ceguera. Entonces su verdadera necesidad es la vista. Y responde con toda convicción: Señor, que vea otra vez. Era un hombre que sabía lo que era ver. Había visto antes. Lo que pide es volver a ver.
          Y Jesús le contesta: Recobra la vista; tu fe te ha curado. Y recobró la vista y volvió a ser un hombre normal y ya no necesitaba pedir la limosna. Es más: no se vuelve a su casa, no da por concluido aquel momento. Se va tras Jesús y va glorificando a Dios.
          Su testimonio, más aquellos que han sido testigos del hecho, acaba redundando en una alabanza a Dios por parte de las gentes.

          “Señor, que vuelva a ver”, tendría que ser la oración de tantos que se han apartado de su fe primera; que fueron personas activas y válidas dentro de la vida de la Iglesia, y que se escandalizaron un día o se dejaron embaucar, y hoy viven alejados de esa fe que tienen ahí en el fondo de sus almas.
          Los hay semejantes a aquellos judíos que nos narra la 1ª lectura, que se encandilaron con las costumbres abiertas de los otros pueblos y acabaron cediendo de su fe. Les deslumbró el gimnasio de los paganos, se avergonzaron de su signo de identidad de la circuncisión, y acabaron apostatando de la religión de sus padres. No supieron hacer la síntesis de posibles avances culturales dentro de su propia vida de fe, y optaron por separarse de sus convicciones de siempre.

          Eso mismo se produce hoy en muchos: se han abierto a otros modos de vida que incluso podrían haber sido aceptables, pero lo han hecho con el desprecio y abandono de su fe primera. Han abominado del primer amor, y se han ido tras la novelería de formas paganas. ¡Señor: que vuelva a ver!, tiene que ser la petición ante el Jesús, Hijo de David que pasa pero que no quiere pasar de largo. Lo que ocurre es que aún no se ha producido ese grito de petición de ayuda que fue capaz de insistir el ciego de los ojos pero de visión muy profunda en el fondo de su alma.

domingo, 19 de noviembre de 2017

19 noviembre: Saber compartir

Liturgia:
                      La liturgia de este domingo tiene un sentido doble: no sólo es el rendimiento personal ante la vida y las cualidades de la persona, sino el otro sentido social por el que dar de sí mismo todo lo que cada uno puede, redunda en provecho de otros, y en definitiva, en provecho de la sociedad.
          Con sinceridad habremos de ponernos ante el espejo para preguntarnos si estamos rindiendo todo lo que normalmente podemos. Y eso puede calibrarse con más objetividad si nos ponemos ante tantas personas que nos rodean y con las que nos relacionamos, y que posiblemente no nos dejan un ejemplo de laboriosidad. No quiero bajar a casos concretos para no molestar a nadie, pero cualquiera de nosotros tenemos la experiencia de haber necesitado una atención en una oficina y haber comprobado el bajo rendimiento de empleados.
          No es ya solamente que no rinden debidamente en su trabajo; es que perjudican al que ha acudido a esa oficina para resolver un tema, y cada cual lleva un tiempo que no puede perder.

          Ahí encaja perfectamente la parábola que cuenta Jesús sobre el hombre que comparte sus talentos entre varios empleados para que negocien con ellos mientras el amo se ausenta. (Mt.25,14-30). No los reparte por igual porque tiene en cuenta las capacidades de cada uno de los empleados. Pero espera de cada uno el pleno rendimiento de sus bienes.
          Cuando el amo regresa y quiere que le rindan cuentas, encuentra al que le dio más -5 talentos- y obtiene una respuesta plena porque aquel empleado ha negociado diligentemente y ha obtenido otros 5. Recibe las alabanzas del dueño porque ha sido un empleado fiel y cumplidor. En consecuencia es invitado al banquete de su señor como partícipe de la fiesta.
          Llega el que recibió dos y puede presentar otros dos, y aunque la cantidad es menor que la del anterior, recibe la misma alabanza y premio porque ha dado de sí todo lo que podía: empleado fiel y cumplidor; pasa al banquete de tu señor.
          Y llega el que recibió uno y ese no ha negociado, no ha hecho fructificar lo que recibió, aun con ser menos y exigir menos trabajo. Se presenta con el talento único que había recibido y quiere justificarse por no haber hecho nada. Con una justificación absurda y que más bien le inculpa que le justifica. Y el dueño le llama holgazán y negligente porque no ha hecho nada. No sólo no ha hecho rendir para si el talento recibido sino que socialmente no ha colaborado en nada. Negligente y holgazán, no merece sino ser echado fuera y que allí le rechinen los dientes por haber perdido la oportunidad de entrar en el banquete.
          La parábola, pues, es muy práctica y muy fácil de comprender. Y todos tenemos experiencia de oportunidades y tiempos aprovechados, como de tiempos y oportunidades perdidas. Y no se trata de un angustioso pensar que tengamos siempre que estar en tensión, sino de saber concretar aquello en lo que podemos hacer algo más o mejor en lo que tenemos por delante. Mirando el bien propio y mirando la ayuda que podemos prestar a alguien.

          La 1ª lectura (Prov.31,10-13.19-20) ha sido el ejemplo de una mujer hacendosa que ha dado de sí todo lo que se podría esperar de ella. Ha sido la felicidad de su casa, de su familia, de los conocidos. Es una bella descripción de lo que es hacer rendir los talentos que se han recibido; Su marido se fía de ella; trae ganancias y no pérdidas, trabaja con la destreza de sus manos, abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre.

          Y la 2ª lectura (1Tes 5,1-6) tras haber puesto en guardia para estar preparados para el día del encuentro con el Señor, acaba con una exhortación breve que va en la misma línea del tema central: Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente. Hagamos lo que tenemos que hacer y hagámoslo bien hecho.

          Nos queda que saber encontrar en la EUCARISTÍA la fuerza que nos lleva a ser empleados fieles y cumplidores que hemos dado de nosotros lo que debíamos dar, en nuestra dimensión de crecimiento personal y en la dimensión social, siendo útiles y colaboradores de los demás: habiendo dado valor auténtico a la Comunión o comunicación de nuestros bienes personales. Entramos al banquete del Señor.



          Oremos con nuestras peticiones al Señor.

-         Por el Papa, la Iglesia y cada uno de sus miembros, para que sean buenos colaboradores en la obra de Dios, Roguemos al Señor.

-         Porque tengamos sentido de responsabilidad en la gestión de nuestras posibilidades, Roguemos al Señor.

-         Por el sentido social que hemos de dar a nuestra vida diaria, como miembros de una comunidad humana y cristiana, Roguemos al Señor.

-         Que el Señor nos conceda una lluvia abundante y benéfica. Roguemos al Señor.

-         Por la solución sensata y ordenada en los problemas actuales de integridad del territorio español, Roguemos al Señor.


Pon tu mano, Señor, sobre nosotros y danos las gracias necesarias para responder en la medida que deseas.

          Por Jesucristo N.S.

sábado, 18 de noviembre de 2017

18 noviembre: Oración insistente

Liturgia:
                      Sab.18,14-16: La liturgia de la Navidad aplica a la llegada del Verbo a la tierra esos primeros versículos, de donde surge la idea del nacimiento de Jesús a media noche (“al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa se abalanzó desde el trono real de los cielos…”). El texto en sí, sin embargo, es mucho más complicado de entender, por su misma redacción. Y puesto a seguir con la imagen de la llegada de la salvación a la tierra, la Palabra sería el paladín inexorable que se viene “al país condenado” (el mundo que había perdido a Dios) para llenar de muerte a lo que es el enemigo de la salvación y dar vida a quien recibiera esa Palabra.
          De hecho, la continuación del texto, tomado del cap. 19 (6-9) va expresando la vida nueva que la Palabra ha creado, hasta el punto de que la naturaleza ha cambiado su ritmo y, bajo las órdenes del Señor, la nube protege al campamento hebreo y el Mar Rojo se hace practicable para liberación de las huestes de Israel, y siendo así un pueblo alegre y vivo que está alabándote a ti, Señor, su libertador.

          Con razón el versículo escogido en el SALMO (104) nos invita a recordar las maravillas que hizo el Señor.

          Finalmente el evangelio (Lc 18,1-8) es una invitación a la oración de petición, expuesta por Jesús con su parábola correspondiente y su modo extremo de presentar las cosas para llamar más la atención.
          Se trata de una viuda que viene al juez pidiendo que le haga justicia contra su enemigo. El juez no la toma en serio y no le hace caso, pero la viuda reclama fuertemente su derecho a ser atendida y le insiste al juez, que acaba pensando que tiene que hacer esa justicia, no sea que la viuda acabe arañándole en la cara. Jesús lo pone en el extremo: al juez aquel no le importaban ni Dios ni los hombres, pero le importaba su físico. Y acaba haciendo justicia.
          Sobrarían los datos de posible violencia de la viuda, pero Jesús los ha puesto para llamar la atención y poner delante que la insistencia de la mujer es lo que le da la respuesta que ella deseaba.
          Concluye Jesús exhortando: Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿O les dará largas? Os digo que le hará justicia sin tardar. Evidentemente nuestra oración debe ser insistente, pero no araña. Pide y suplica, insiste y clama día y noche, sin violencia. Es una petición que debe llevar una inmensa dosis de fe porque todo lo confía a Dios y de él espera.
          La pregunta que se hace Jesús es si, al presentarse al final de los tiempos, encontrará él esa fe en la tierra.


          La respuesta está en nuestra mano. Ojalá nuestra oración sea tan decidida y confiada e insistente como la de aquella viuda. Es a lo que nos quiere llevar Jesús con su parábola.

viernes, 17 de noviembre de 2017

17 noviembre: Descubrir a Dios

ESCUELA DE ORACIÓN y EUCARISTÍA,
a las 17’30 en el Salón de Actos
Jesuitas.- Málaga
HOY, DÍA 17

Liturgia:
                      Leamos el texto. El libro de la Sabiduría tiene una redacción muy fluida y la verdad es que saca uno más de leer en directo que de ir a un comentario. Como vengo haciendo con este libro de la Sabiduría, casi que basta con copiar sus frases.
          Sab.13,1-9 declara vanos (hueros, vacíos) a quienes viendo las obras de Dios no acaban concluyendo la existencia de Dios y la mano de Dios en el universo. Por otra parte, “vano” tiene también la acepción de “pecador”: el que no descubre a Dios viendo las obras que él ha hecho, no sólo está vacío sino que cae en pecado de necedad extrema, de malintencionalidad. Porque partiendo de las cosas buenas que están a la vista, son incapaces de reconocer al Artífice de ellas. Y se van a adorar al sol, a la luna, a los animales, a las estrellas… ¡Cuánto más es quien hizo todo eso! Y si los asombró su poder y actividad, calculen cuánto es más poderoso quien los hizo.
          En parte se les podría perdonar por ignorantes que andan buscando y no encuentran. Pero ni siquiera les salva esa ignorancia porque si lograron saber tanto que fueron capaces de desvelar el cosmos. ¿cómo no descubrieron antes a su Señor?
          Es el argumento que les sobra a quienes han descubierto a Dios y lo reconocen de la forma más lógica que puede pensarse: un amanecer, una naturaleza variopinta en fauna y flora, las fuerzas de la naturaleza, incontrolables, la noche estrellada…, los ojos de un niño, la maravilla de los descubrimientos constantes del hombre sobre lo que ya está hecho…, ¿cómo no lleva a ojos cerrados a descubrir la mano de Dios? Por eso no sólo son vanos; son culpables.

          Sigue la exposición escatológica de San Lucas (17,26-37): La gente sigue comiendo y bebiendo pero en el momento más inesperado se manifestará el Hijo del hombre. También comían y bebían en tiempos de Noé, y sucedió el diluvio. También seguían su ritmo de vida en tiempos de Lot, y vino la catástrofe sobre Sodoma. Ahora la gente sigue su vida como si no fuera a pasar nada, y sin embargo el Hijo del hombre hará su presentación en medio de las gentes.
          Ese día recomienda Jesús que no se quiera arreglar todo variando de situación. El que esté en la azotea, que no baje por sus cosas. Ha llegado el momento y se encontrará en la azotea con esa presencia del Hijo del hombre. El que esté en el campo, allí tendrá su encuentro final.
          ¿Cuándo, cómo y dónde? Es el misterio del momento. Porque estarán dos en una cama, y a uno le tocará y al otro no. Estarán dos moliendo juntas, y una tendrá la visita del Señor y la otra no la tendrá todavía. Es el misterio del “último día”, al que hay que estar preparados y el que no ofrece una nueva oportunidad. Donde está el cadáver, se reunirán los buitres. A cada cual le llega dónde y cuándo le llega. Y no hay prórroga.

          Bien lo tiene dicho Jesucristo. También ésta es una Sabiduría, la del saber estar preparados y no tener entonces que buscar el remedio. Cuentan de San Luis Gonzaga, estudiante jesuita, que estaba en el recreo jugando junto a sus compañeros, y uno le dijo: Hermano Luis: ¿qué haría Vd si le dijeran ahora mismo que iba a morir ya? Y Luis Gonzaga respondió sin alterarse: “Seguiría jugando”. Estaba haciendo lo que en ese momento tenía que hacer. No necesitaba cambiar la ocupación. Estaba preparado y en paz con su propia conciencia. Así, pues, “seguiría jugando”.

jueves, 16 de noviembre de 2017

16 noviembre: SABIDURÍA

Mañana, Viernes 17
HAY ESCUELA DE ORACIÓN.
17’30, Salón de Actos
Jesuitas.- Málaga

Liturgia:
                      Sab.7,22 a 8,1 es todo un himno a la Sabiduría. Un himno que hay que “rezar” más que el simple leer u oír. Ventiun calificativos abren la solemne descripción de la Sabiduría. Leerlos simplemente es como profanar la profundidad del mensaje que nos deja el texto. Queda que “rezarlos”, que acogerlos con un sentido espiritual, religioso, en el que cada palabra nos suscite un sentimiento. Y en el fondo nos acerque a Dios mismo como fuente de Sabiduría, en quien se plasman todos esos calificativos.
          Luego añade más: móvil más que cualquier movimiento, pura, penetrante que traviesa todo, y es efluvio del poder divino y emanación genuina de la gloria del Omnipotente…, reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios e imagen de su bondad. Todo lo puede, renueva el universo, hace amigos de Dios y profetas; es más bella que el sol y que todas las constelaciones y, comparada con la luz del día sale ganando porque al día le sucede la noche, pero la sabiduría no conoce el ocaso. Alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto
          No he podido hacer otra cosa que copiar. Y confieso que he ido sintiendo un movimiento de adoración hacia la Sabiduría, porque ha habido momento en que la he encontrado como algo que supera lo humano y llega a confundirse con Dios. Por eso la transcribo con mayúscula, porque acerca a la experiencia de Dios. Con razón decía que es para “rezar” y no para escuchar o leer.

          Estamos entrando en el evangelio de Lucas en las descripciones escatológicas en las que Jesús anuncia ya la llegada inminente del Reino de Dios. Lo han preguntado unos fariseos, y Jesús le responde que el Reino no está lejano, no hay que esperarlo, porque el Reino de Dios está dentro de vosotros. He ahí la gran revelación. Esperaban ellos un reino que aparecería entre relumbrones, espectacularmente. Y Jesús dice que no; que no acudan a este sitio o al otro el día que les digan que está allí o aquí. Porque el Reino de Dios está en nosotros, los que hemos acogido la Palabra de Dios.
          No se trata, pues, de aquel tipo de reino que esperaban, que era casi una mitología fantástica. Lo que Jesús ha hecho es poner los puntos sobre las íes, mostrando que el Reinado de Dios es interior y que cada individuo ha de vivirlo en su mundo personal. ¡Ah!: y no como un reino que triunfa aquí abajo, sino como el Hijo del hombre, que tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación. Por tanto está hablando Jesús de un reino que viven tantas personas justas que padecen las burlas o el desprecio de este mundo. Pero aun así el reino de Dios permanece en medio de esas persecuciones y martirios que se siguen dando hoy como se han dado a través de la historia de la Iglesia, unas veces con más eco y reconocimiento oficial, y otras en el silencio de la vida corriente.


          Esa realidad nos plantea algo a los que vivimos piadosamente el día a día, y nuestra vivencia del Reino es placentera y tranquila y sin que nos altere mucho nuestra vida cotidiana. No es que no pueda ser que haya períodos de serenidad. Lo que se plantea es si nuestra vida ya es “habitualmente serena” hasta el punto de no surgir alguna exigencia que nos saca de nuestras casillas. No es normal que el evangelio se pueda vivir sin que altere nada nuestro desenvolvimiento diario. No es normal que podamos hacer oración sin que surjan aspectos que nos inviten a alguna forma de compromiso más allá de lo habitual. Y no digo que cada oración vaya a abrirse a una novedad, sino que una vida de oración tiene que acabar pidiendo algún cambio, alguna implicación propia de ese Reino de Dios que trajo Jesucristo, y que no se puede quedar en agua de borrajas.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

15 noviembre: Ser agradecidos

Liturgia:
                      De todo el texto de Sab.6,2-12, yo me quedaría con el final, que da la pauta de todo lo demás; A vosotros, pues, soberanos, se dirigen mis palabras para que aprendáis sabiduría y no caigáis; porque los que guardaren santamente las cosas santas, serán reconocidos santos, y los que se dejaren instruir en ellas, encontrarán defensa. Desead, pues, mis palabras; ansiadlas, que ellas os instruirán.
          Es cierto que ahí se ha dirigido a los “soberanos”. Pero es una verdad tan clara que les vale a todo el mundo. Con más razón a los que están en poder. Pero saberse dirigir por las palabras del sabio para aprender sabiduría, es algo que atañe a toda persona, y algo tan importante que ayuda a no caer. Guardar santamente las cosas santas no es algo que corresponda sólo a los soberanos. Cierto que se le podrá exigir menos a quienes menos capacidad tienen. Pero cada cual desde su capacidad, todos tenemos que vivir santamente, desear las palabras sabias y dejarse instruir por ellas.
          Lo de la menor responsabilidad (y por tanto que se le exija menos a los menos instruidos) está en el mismo texto: al pequeño, por piedad se le perdona. Mientras que los poderosos serán poderosamente castigados (=corregidos).
          Una vez más, el texto es tan denso en ideas y argumento que pretender explicarlo es ponerse a copiarlo. Y desisto de ello. Creo que es una síntesis suficiente lo expuesto hasta aquí.

          Lc.17,11-19 es el relato conocido de los diez leprosos que se presentan a Jesús, a distancia, puesto que los leprosos no podían entrar en contacto con las otras gentes. Pero guardando la distancia, pueden gritar y esperar que el bondadoso Jesús les oiga y les atienda: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.
          Los leprosos levantaban en la gente dos sentimientos encontrados: uno era la repulsa, el asco, el temor al contagio y, por tanto, el preferir no encontrárselos en el camino. Otro era la compasión: pobres criaturas a las que una enfermedad tan humillante les apartaba de la vida normal.
          No cabe duda que a Jesús le levantaba esa segunda reacción. Por eso los diez leprosos que se le ponen delante pidiendo esa misericordia, hallaban acogida en Jesús. En los apóstoles no sería de extrañar que el primer sentimiento de repulsa les era más normal. Y que ahora mismo se sitúan detrás de Jesús, como quienes quieren defenderse del peligro que tienen delante.
          Jesús no ha dado paso atrás. Levanta la voz y les dice a los leprosos que vayan a presentarse a los sacerdotes…, lo que equivalía a decirles que había tenido la compasión que ellos pedían y que estaban curados. Ir a los sacerdotes era la forma de recuperación oficial de sus derechos civiles, cuando los sacerdotes dictaminaran que habían quedado libres de su enfermedad.
          De hecho, yendo de camino advierten que están curados. Nueve continúan felices su camino hacia los sacerdotes, porque era su vuelta a la civilización.
          Pero uno, al descubrir que está curado, vuelve grupas adonde estaba Jesús y viene a darle las gracias. “Era un samaritano”, dato que no recoge por causalidad el evangelista, sino como una advertencia a los judíos que tan mal se llevaban con los samaritanos.
          Y Jesús expresó sus sentimientos: ¿No fueron diez los limpiados de la lepra? Los otros nueve, ¿dónde están? Jesús se dirige a él y le dice al que se había postrado en el suelo: Levántate, vete, tu fe te ha salvado. Suele ser la coletilla de Jesús, que remite el milagro a la fe de la persona. Jesús ha sentido en su corazón la menor gratitud de aquellos nueve. No por eso el milagro se vuelve atrás. No se trata de eso, sino de aprender a ser agradecidos con el Señor.

          Un cuentecillo aleccionador se dice por ahí: en el cielo hay una enorme sala, atendida por miles de angelitos, que recogen las peticiones que van llegando a Dios. Otra gran sala con muchos ángeles que, de parte de Dios, dan respuesta a esas peticiones. Y una salita pequeña con sólo unos cuantos ángeles que recogen las acciones de gracias de los que han recibido los favores de Dios. Es un cuentecillo pero no deja de tener su valor de parábola para avisarnos de la necesidad de ser agradecidos con Dios. Porque Dios tiene también sus sentimientos (digámoslo así) y le gusta que seamos gente fina y delicada que sabe volver a dar las gracias por los favores que continuamente recibimos.

martes, 14 de noviembre de 2017

14 noviembre: Siervos afortunados

Liturgia:
                      Ya soy repetitivo si os digo que la 1ª lectura (Sab 2,13 a 3,9) es más para leerla que para comentarla. Es que lo que me queda es que copiar los asertos que hace. Pero sí me llama la atención el comienzo: Dios hizo al hombre incorruptible. ¿Cómo es que se dejó corromper? Lo explica el autor diciendo que por envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen. Por el contrario, la vida de los justos está en manos de Dios y no los tocará el tormento. Todo esto nos lleva a una reflexión muy honda. El hombre sería incorruptible si mantuviera su recto camino hacia Dios. Esa actitud firme y recta es considerada por los impíos e insensatos como una desgracia, una pérdida de libertad, una esclavitud. Los insensatos se creen libres porque hacen lo que les viene en gana, y no se están dando cuenta de que ellos son los que están esclavizados al mal, y no tienen fuerza para oponerse a él. La gente pensaba que eran castigados los justos, pero precisamente los justos esperaban la inmortalidad…, se sabían verdaderamente triunfadores. El que obra rectamente es mucho más feliz. Sufrieron un poco; recibirán grandes favores. Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí. El día de la cuenta resplandecerán ellos como chispas que prenden en el cañaveral. Y en la exaltación de lo que es el justo que mantiene su fidelidad a Dios y al bien que pone Dios delante, conocerán la verdad, permanecerán con Dios en el amor…, gobernarán naciones y someterán pueblos. Al llegar a este final ya se ha roto la pura lógica y se ha expresado la apoteosis de la bondad.

          Hoy Lucas nos da otra versión sobre los criados que están atentos a la llegada de su amo. En 17,7-10 no dice que el amo, al llegar y encontrarlos vigilantes, él vaya a sentarlos a la mesa y él se ponga a servirles. Es más: aquí habla de unos criados que han pasado el día trabajando en el campo como labradores o pastores… Que llegan a la noche cansados. El amo llega cuando llega, que no significa que llegue a horas “prudentes”. Pero los criados tienen que estar igualmente en vela para esa hora en que el amo aparezca. Y entonces el amo se sienta a comer y los criados le han de servir. Luego les tocará a ellos comer.
          La pregunta que hace Jesús es muy clara: ¿Tiene el amo que estar agradecido a los criados que han velado? En realidad han hecho lo que estaba mandado, lo normal, lo que era su misión, para la que estaban al servicio.
          Y Jesús saca las consecuencias: ¿Hemos de recibir parabienes porque hemos hecho lo que teníamos que hacer? Lo que nos toca es decirnos a nosotros mismos: Somos unos pobres siervos que hemos hecho lo que nos correspondía hacer.
          Pasado a la realidad, cuando llegamos a la noche y hacemos examen de conciencia, ¿vamos a colgarnos medallas porque fuimos fieles a nuestras prácticas diarias?...: al trabajo, al cuido de los niños, a estar sentados 8 horas en una oficina, a hacer la compra en la plaza de Abastos, a haber puesto ladrillo sobre ladrillo, a haber lavado la ropa…, haber orado, haber visitado a un familiar, haber asistido a una catequesis… Sencillamente diremos en esa hora del examen, que hemos hecho lo que teníamos que hacer. Y ciertamente lo experimentaremos con gozo interior, pero sin pensar que hemos sido unos héroes. Sencillamente somos pobres hombres o mujeres que hicimos lo que teníamos que hacer.
          Es lo que ha descrito Jesús en esa parábola.
          Lo contrario sería lo que nos picaría en la conciencia, lo que nos diría que no hemos hecho lo que nos tocaba hacer. Y nos iríamos a la cama con ese resquemor de un día fallado, de una misión no cumplida. Uniéndonos a la 1ª lectura, sería la suerte de la gente insensata que no ha cubierto su periplo y ha dejado atrás posibilidades de haber llenado su día.


          No vamos a perder de vista la otra parábola que tuvimos hace un tiempo: el amo se pone a servir… Porque la verdad es que al final de cuentas va a ser así. De nuestra parte nos toca haber trabajado y haber hecho todo y haber esperado la llegada de Jesús. Y servirlo y amarlo y gozar de haber podido estar a su servicio. Pero por esas maravillas de la vida, acaba Jesús por ser quien viene a servirnos y a llevarnos consigo y a darnos la felicidad completa. Somos unos pobres siervos…, pero en realidad somos unos siervos afortunados.

lunes, 13 de noviembre de 2017

13 noviembre: Sabiduría y más

Liturgia:
                      Comenzamos con el libro de la Sabiduría: 1, 1-7. Partamos de centrar el objetivo: habla la Sagrada Escritura de una Sabiduría que no es la que se aprende con estudios y aprendizajes sino la que viene de Dios. No es una sabiduría humana sino divina, Que empieza por la JUSTICIA (en el sentido bíblico de santidad, bondad…) y se desarrolla en pensar correctamente del Señor y buscarlo con un corazón entero, no dividido, no perdido entre otras cosas. Esa sabiduría que no necesita pruebas porque es una entrega plena en los brazos de Dios, y se revela a los que no desconfían.
          La verdadera sabiduría no entra en almas de mala ley ni habita en cuerpo deudor del pecado. Y como proviene del Espíritu de Dios, rehúye la estratagema, el engaño, los apaños, y levanta el campo ante los razonamientos sin sentido. Todo lo contrario de “la mano izquierda”, de las medias verdades y las medias tintas, de las razones engañosas con la que uno trata de justificar en sí lo que no es justificable. La sabiduría es amiga de los hombres y no deja impune al deslenguado. Si es verdadera amiga, no admite la verborrea, la palabrería, todo ese conjunto que lía en vez de aportar pensamiento de Dios. El espíritu del Señor, llena la tierra y quiere envolverla en verdadera sabiduría, acorde con el pensamiento de Dios.

          Lc 17,1-6 encierra tres temas: de una parte, el tema del escándalo. El escándalo no es sólo la inducción al pecado mortal. El escándalo se da allí donde hay un mal ejemplo que rebaja en su intento a quien procedía en el camino del bien. El escándalo puede darse lo mismo en palabras, que en malos ejemplos, que en omisiones. Es sencillamente una realidad con la que se hace perder fuerza o hace desistir de un buen camino, de una ilusión legítima.
          Sabe Jesús que eso es mucho más peligroso cuando se tiene delante a un débil (un “pequeño”) porque tiene menos defensas, menos dónde apoyarse, y es más fácil de sufrir las influencias. Sobre todo cuando esas influencias provienen de quienes deberían dar buenos impulsos y buenos ejemplos. Por eso Jesús ha puesto el caso en el escándalo a los pequeños, porque es más dañino. “Pequeños” no son solo los niños. Son los que tienen menos formación, menos carácter, son más influenciables. Aquellos sobre los que se puede ejercer una cierta “autoridad”, porque los “pequeños” los creen más formados, más en posesión de la verdad.
          Por eso, y porque se puede hacer mucho daño, Jesús llega a decir que más les valía a esos que escandalizan, que le encajaran al cuello una rueda de molino y lo arrojasen al mar… Es tremenda la sentencia pero revela algo muy serio en la mente de Jesús.
          El segundo tema es el de la ofensa. Ofendidos una o siete veces, la reacción que se pide para el ofendido es el perdón. ¡Siempre el perdón! Basta que el ofensor pida su disculpa y pida perdón. No puede el ofendido permanecer en su ser de ofendido sino que tiene que perdonar. ¿Y si el otro no pide perdón? ¿Y si no reconoce su culpa? La realidad es que prevalece siempre la actitud de personar, como Dios perdona, como Dios usa de la misericordia, y no porque el hombre haya manifestado su arrepentimiento, sino porque Dios es Dios. Así nos quiere Jesús. Aunque seamos ofendidos “siete” veces (que indica tantas cuantas veces pueda ser uno ofendido).

          El tercer tema es la fe. La fe que no se limita a creer una verdad y admitir un dogma, sino la fe que se entrega y se pliega plenamente a la palabra de Dios, y la acoge sin sordinas ni “explicaciones” que rebajan el tono. La fe contra toda razón. La fe abandonada en brazos del Señor. El que tiene esa fe, podrá hacer que la morera que está plantada en el monte, se arranque de raíz y se plante en el mar. Esa fe, aunque fuera como un granito de mostaza, esa diminuta semilla a la que Jesús recurre más de una vez para explicar sus cosas. 

domingo, 12 de noviembre de 2017

12 noviembre: Viático para la eternidad

Liturgia:
                      El evangelio (Mt.23,1-13) nos aporta el mensaje central de este domingo. Muy conocido y casi sabido de memoria, debemos una vez más desmenuzarlo para entender lo que quiere decirnos y no perdernos en los detalles que no son objeto de la enseñanza que Jesús quiere trasmitir.
          El mensaje es muy claro y muy sencillo: el Señor llegará a nuestras vidas en el momento que él decide, y que para nosotros es desconocido. El secreto de todo es estar disponibles y preparados en ese preciso momento. Como aquellas muchachas que salen a su encuentro y van preparadas con sus alcuzas de aceite, previniendo que el esposo puede retrasarse. Esa es la SABIDURÍA de que habla la primera lectura (Sab.6,13-17), que afirma que pensar en ella es prudencia consumada. Por eso se habla de doncellas prudentes o sensatas porque supieron estar preparadas para el momento definitivo. Por el contrario, las otras fueron imprudentes o necias porque no fueron previsoras, y pretendieron arreglar todo a última hora, y apoyándose en las demás.
          La realidad es que la vida nos deja solos en el momento de nuestro encuentro último con el Señor. Es cada uno el que tiene que estar preparado, y no vale en esa hora que otros puedan prestarnos sus buenas obras. Cada uno se presenta con su bagaje personal, con lo que ha acumulado en su vida y como le coge en el momento de su muerte. Por eso es importante disponerse ya desde ahora, desde este mismo instante, porque nadie puede asegurarse el instante siguiente. Y entonces no vale ir a pedirle a las otras muchachas que le presten de su aceite, porque la realidad de la vida es otra. El momento del paso se da a solas, ante la presencia misma del Señor que ha salido al encuentro, y al que hay que poder mirar con ojos limpios y el corazón bien preparado.
          San Ignacio en los Ejercicios nos lleva a una reflexión muy acorde con este tema. Nos dice que a la hora de tomar una decisión, se ponga uno mentalmente en la hora de la muerte: ¿Qué le hubiera gustado elegir en la vida, cuando se plantea desde el pensamiento de la muerte? Pues bien: ya que el Señor parece dejarnos aún en la vida, vamos a elegir aquello que vimos que debíamos hacer. Porque eso será lo que nos encontraremos en el momento final.
          La 2ª lectura, muy breve, tomada de la 1ª Tes 4,12-14 (puede ampliarse hasta el v.17) da en el mismo clavo de la realidad de la muerte. Pero Pablo lo toma ya desde el supuesto de quien ha sido sensato y sabio en su vida y ha llegado al final con su alma bien dispuesta. A esos tales les dice que no se aflijan y que levanten la esperanza porque creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado, y del mismo modo a los que han muerto en Cristo Jesús, Dios los llevará con él.
          Éste es el sentido del SANTO VIÁTICO, que es la ayuda que la Iglesia ofrece a sus fieles moribundos, para que afronten en paz el paso hacia la otra vida. La EUCARISTÍA, que es la prenda de la gloria futura, viene a ser como la semilla que sembramos aquí en la tierra con nuestra comunión, pero que tiene un tallo tan alto que ya da su espiga en el Cielo. Quien ha comulgado a Cristo y se ha dejado purificar por la Hostia Santa e inmaculada, lleva ya el billete para el viaje final, que le lleva al encuentro definitivo con Dios. De ahí la importancia de participar de la Eucaristía cada domingo y no dejarlo pasar por alto por razones poco justificadas. Estamos acumulando los elementos del billete con que hemos de ir en el viaje de la eternidad.


          Pedimos al Señor.
-         Que vivamos como queremos morir. Roguemos al Señor.
-         Que nuestras obras con Dios y con los prójimos nos dispongan al encuentro final. Roguemos al Señor.
-         Que la Eucaristía sea nuestro impulso y el testigo de nuestra buena disposición. Roguemos al Señor.
 -         Que el Señor conceda armonía y sensatez en la vida y el pensamiento de todos los españoles, y que nos conceda la lluvia abundante y benéfica. Roguemos al Señor.

Que tu misericordia venga sobre nosotros como lo esperamos de ti. Que vives y reinas por los siglos de los siglos.

sábado, 11 de noviembre de 2017

11 noviembre: Riquezas engañosas

Liturgia:
                      Concluye la carta a los romanos que nos ha acompañado durante las últimas semanas. Concluye (16,3-9. 16. 22-27) con una serie de saludos y despedidas de múltiples personas, a las que suele acompañar alguna referencia a la colaboración suya a la obra de Dios. Y acaba con una doxología: Al que puede fortaleceros según el evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús…, al Dios único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. En medio de ese final ha intercalado una emocionada referencia a Jesucristo, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno para traer todas las naciones a la obediencia de la fe. Jesucristo, en la mente eterna de Dios, y secreto durante siglos, y finalmente revelado por ese designio divino que quiere traer la humanidad a la fe y a la obediencia a Dios.

          El evangelio de Lc 16,9-13 es continuación y explicitación del de ayer. Decía ayer que había que ser astutos para el bien como los hijos de las tinieblas son astutos para el mal. Hoy baja a un dato concreto: que el dinero (que es llamado “injusto” –engañoso-, no porque sea dinero mal ganado sino porque el dinero no salva a nadie), que el dinero –digo- sea una vía de redención de la conciencia. Haciendo bien con el dinero, podamos ser recibidos en las moradas eternas, el paraíso, que son la antítesis de esas casas que el mayordomo infiel se ha buscado a costa de sus trampas en los recibos.
          San Lucas, el evangelista de los pobres, ha reunido aquí una serie de dichos de Jesús sobre el dinero, en una segunda aplicación de la parábola. Da su visión sobre la riqueza y expresa la verdadera sabiduría cristiana, reproduciendo  el pensamiento de Jesús.
          Expone cuál debe ser el verdadero uso de las riquezas. Aquella previsión de futuro que tuvo el administrador injusto, es aplicada ahora a la prudencia en el uso del dinero. Haceos amigos con las riquezas, puede estar apuntando al verdadero amigo, Dios, al que podemos hacer amigo desde la limosna y la ayuda al necesitado.
Aunque sea poco lo que se puede compartir, el que es honrado en lo poco, también en lo importante es de fiar. Como es verdad lo contrario: el que no es honrado en lo poco, tampoco en lo importante es honrado. Y si no fuisteis de fiar en lo vil, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Lo que se dice del dinero se puede decir de cualquier otra cosa. Somos en la vida lo que somos en las cosas pequeñas. Parece que no tienen importancia esos detalles de la vida y sin embargo definen a la persona. Lo que pasa es que la limosna tiene una importancia mayor que muchos otros detalles, porque la limosna se hace en aras de la caridad, que es la verdadera sabiduría cristiana.
Ese principio general que ha escrito Lucas, es perfectamente aplicable a las riquezas espirituales: la pequeña riqueza material ha de conducir a la importante riqueza grande espiritual. La verdadera riqueza sería la eterna, o bien los bienes espirituales que preparan a lo eterno, y que Dios da en la medida que uno administra bien sus riquezas materiales. Las riquezas materiales no son nuestras; son bienes que administramos y que dejamos en la muerte. Los bienes espirituales son los auténticos bienes nuestros, que no se dejan con la muerte porque perduran y abren caminos hacia esas “eternas moradas”.
La sentencia que sigue está en relación con los bienes materiales: Ningún siervo puede servir a dos amos, porque o sirve a uno y aborrece al otro o hace caso del primero y no hace caso del segundo: no se puede servir a Dios y a las riquezas.
Aquello colmó el aguante de los fariseos, amigos del dinero, y se lo tomaron a burla. Y Jesús les dijo abiertamente: Vosotros presumís delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres, Dios la detesta.


La conclusión es importante: no es lo que aparentamos sino la verdad que Dios conoce de nosotros. Lo que importa es que nuestra “apariencia” vaya cada vez encontrándose más con la realidad y, por tanto, con eso que Dios sabe que somos. Y que acabemos no cayendo en la trampa de “servir a dos señores” (uno de ellos es el YO mismo) sino que busquemos servir a Dios sobre todas las cosas.

viernes, 10 de noviembre de 2017

lo noviembre: Astucia para el bien

Liturgia:
                      San Pablo se justifica ante los fieles de Roma del modo y forma en que se ha dirigido a ellos. Estoy convencido personalmente de que rebosáis buena voluntad y que os sobre saber  para aconsejaros unos a otros. Y sin embargo Pablo se ha arriesgado a sobrepasarse en su instrucción porque es ministro de Cristo Jesús para los gentiles, y tiene que anunciar la buena noticia de Dios. Su finalidad es que los gentiles –y los romanos pertenecen a la gentilidad, según la nomenclatura de Israel- ofrezcan una ofrenda que agrade a Dios.
          Es el orgullo de Pablo, que concreta en los renglones finales: anunciar el evangelio de Jesucristo allí donde nadie ha predicado todavía. Habla lo que viene de parte de Cristo para que los gentiles respondan a la fe. Y ha llenado la geografía de ese mensaje de Jesús, habiendo dejado todo lleno del evangelio de Cristo. Era para él una cuestión de amor propio. Ese amor propio que es amor abierto a Jesucristo, a quien pone en el centro de su enseñanza.

          Una parábola. Una de esas parábolas que no tienen su acento en lo que parece el cuerpo central, sino en la conclusión. Tras contar el caso hipotético del administrador infiel y astuto, que al ser denunciado de tramposo y saber que lo van a despedir, crea una trama de nuevas trampas para ser acogido en casa de los deudores de su amo.
          Uno espera que la conclusión de la parábola va a ser la condena del tramposo (que bien merecida la tenía), pero extrañamente la conclusión se fija en el arte que tuvo para buscarse la vida. Y el propio dueño que había sufrido las consecuencias, alaba la astucia del hombre aquel que ha sabido granjearse amigos con el dinero que ha trampeado.
          ¿Qué pretendía Jesús con esa parábola desconcertante? Indicar que la misma astucia que tuvo el hombre para resolver favorablemente su vida, es la astucia con que las personas rectas han de proceder para ganar el favor de Dios. Y es que precisamente el dinero, que es el fondo de la cuestión –y que es llamado “injusto”- el que hay que saber aprovechar para hacer el bien. Y de lo “injusto” hacer cosas justas. Que es la lección que tienen que aprender los hijos de la luz para ganarse el Reino y con ello el cielo. [Será la lección que nos queda para el día siguiente, pero que había que adelantar para tener la visión completa de la parábola].
          Por poner un ejemplo que nos haga ver la finalidad de Jesús en esta parábola, bajo a un caso muy concreto: al médico solemos acudir a los primeros síntomas de alguna carencia física. Sabemos que puede ser contraproducente dejar pasar el tiempo porque el fallo puede hacerse crónico. ¿Acudimos a la confesión o al acompañamiento espiritual con la misma rapidez para que no se haga “crónico” un defecto?
          Buscamos pronto la medicina que nos receta el médico, aunque muchas veces esa medicina sea mala de tomar o aplicar. ¿Ponemos el mismo interés en aplicar los remedios que nos recomienda el acompañante espiritual?
          Esa es la parábola y esa es la astucia que nos pide el Señor. Y esa rapidez y sagacidad es la que alabó aquel amo en el administrador injusto, y lo que nos pide el Señor a los hijos de la luz

          Lo que el Señor quiere hacernos ver es que somos administradores de sus bienes. Somos responsables de cómo los  hacemos fructificar. Necesitamos esa astucia que nos lleve a luchar por alcanzar los caminos de Dios. Y habrá que sortear muchas dificultades, muchos escollos, muchas oposiciones de una sociedad que sólo conoce los placeres que le da el dinero. Hay que hacerle la contra a toda esa maraña que nos trata de envolver desde la publicidad y los engaños de la televisión. Tenemos que ser astutos como serpientes a la vez que prudentes como palomas. Pero no para usar de medias tintas y disimulos sino para acabar dejando en alto el pabellón de la verdad y de lo justo. No pringarnos las manos en la suciedad reinante, y saber granjearse amigos con los medios justos que podamos usar.

          Que el Señor pueda felicitarnos al final, porque supimos bandearnos en medio de la injusticia que abarca tanto, y mantuvimos abierta la puerta para vivir en todo momento el agrado de Dios. Que fuimos meritoriamente astutos para seguir el camino del bien en medio de tanto engaño y medias verdades como nos acechan. 

jueves, 9 de noviembre de 2017

9 noviembre: Respeto al Templo

Liturgia
Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán:
                      San Juan de Letrán es la Catedral del Obispo de Roma, y por tanto el templo titular del Papa. Llamada Madre de todas las Iglesias, fue una donación del rey Constantino a la Iglesia Católica. No se sabe a ciencia cierta cuándo fue dedicada como Basílica cristiana, pero se señala la fecha de hoy para celebrarlo litúrgicamente. Es “fiesta litúrgica” y por eso las lecturas son propias de la celebración. Hay varias lecturas a escoger.

          La 1ª lectura que veo más apropiada a esta fiesta está tomada de 1Cor 3,9-13. 16-17. En ella hace Pablo una descripción de construcciones de iglesias, que pueden ser de madera, oro, piedras preciosas, o de barro y paja. Lo de fuera es lo de menos, y Dios se hace lo mismo de presente en una gran catedral que en una chabola de una pobre misión en medio de la selva. Pero el verdadero templo donde habita Dios es el corazón de cada persona: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros? Y nos advierte de lo importante que es conservar limpio ese templo del corazón.
          Pero en el evangelio de Jn.2,13-22 hay una extensión que también se refiere al respeto que hay que tener a la construcción en sí, como espacio sagrado de oración. Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén y advierte que en los patios exteriores se ha establecido una feria de mercaderes y cambistas de moneda, siente celos de la gloria de Dios y coge del suelo unos cordeles de los que habían servido para traer las mercancías, y con ellos arroja a los bueyes y ovejas. A los feriantes se dirige y les dice que quiten de allí a aquellos animales que estaban para los sacrificios; a los más pobres, que vendían palomas les hace la reconvención de que no hagan de la cada de Dios un mercado. A los usureros que hacían los cambio de moneda en curso por siclos de plata, propios de las ofrendas, les echa las monedas por el suelo, porque la casa de mi Padre no es un lugar de contratación.
          Claro que si ocurría todo aquel desmán era porque los sacerdotes y encargados del templo lo permitían y les suponían ganancias. Por eso los que salen a pedirle cuentas a Jesús por aquel acto son ellos: ¿Por qué lo haces y qué signo das para obrar así? Y Jesús les responde enigmáticamente: Destruid este templo y en 3 días lo reedificaré. Se lo tomaron a broma porque aquel templo había necesitado 46 años en construirse. ¿Cómo podía él reedificarlo en tres días?
          Es que Jesús se ha ido mucho más arriba y se referían al templo de su cuerpo. Lo que estaba era respondiendo a la pregunta: ¿con qué autoridad haces esto? La autoridad que le da que el día que ellos destruyan su cuerpo con la muerte, él resucitará al tercer día. Eso lo llegaron a entender sus discípulos cuando se realizó la resurrección.
          En la Pasión, los testigos acusarán a Jesús de haber dicho: Yo destruiré el templo. Pero no fue eso lo que dijo el Señor, que se refirió a que ellos lo destruirían y él lo reconstruiría.

          Todo este episodio y el sentido de la fiesta a mí me lleva al momento actual, y a recordar que el templo de Dios somos nosotros, y que el Espíritu Santo habita en nosotros. Y no se puede profanar impunemente el templo que Dios se ha elegido para morar. Hay materia para reflexión muy de frente cuando el mundo de hoy se ha profanado tan escandalosamente con la falta de respeto a la vida personal, la del prójimo, el sexo, el abuso del pobre…
          Entiendo que para el pueblo religioso eso puede ser terreno ganado y que realmente hay un respeto al “templo” que es cada uno. Entonces me iría a temas de vida corriente, como el respeto al templo material en nuestra manera de entrar en él, nuestro respeto, nuestra devoción, nuestro tenerlo como casa de Dios y casa de oración y no como lugar donde se cruzan conversaciones o se habla en voz alta, sin consideración a los que oran y están allí buscando la paz del espíritu y el encuentro con Dios.

          Y si voy al centro de la cuestión, lo que Jesús purificó con su actuación no eran las dependencias sagradas del templo sino el Patio de los gentiles, que era un espacio muy amplio que estaba en los aledaños del Sancta Sanctorum. Y eso me hace pensar que no son sólo los espacios sagrados en sí mismos los que hay que respetar en nuestros templos, sino también los cercanos, los que influyen en ese respeto a la oración. Por ejemplo, las sacristías. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

8 noviembre: Tras Jesús

Liturgia:
                      Breve 1ª lectura pero muy enjundiosa. Rom 13,8-10 se reduce prácticamente al primer versículo: A nadie debáis nada, más que amor. Sería el gran enunciado que presidiera nuestras iglesias, nuestros colegios, nuestras instituciones, nuestras familias nuestra propia conciencia. La explicación de Pablo cae de su peso: Porque el que ama tiene cumplido todo el resto de la ley. Cuando lo que preside es el amor, no hacen falta más normas. El mutuo respeto, el servicio, la atención al otro, el cuidado en las palabras y en los hechos…, etc., está garantizado. Y como dice el Apóstol, el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás, y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y es que uno que ama a su prójimo, no le hace daño. Por eso amar es cumplir la ley entera.
          Pongámonos ante el caso más verdadero de amor, que suele simbolizarse en el amor de una madre. ¿Qué normas pueden dársele a una madre que no estén ya innatas en ella por el amor a su hijo? ¿Qué leyes necesita para vivir ese amor? Es evidente que ningunas. El amor y las formas concretas de ese amor las va a vivir sin necesidad de que le enseñen. Le brotan solas.
          Si llegamos a sentir por el prójimo ese amor como el que nos tenemos a nosotros mismos, es claro que no le haremos daño. No nos harán falta los mandamientos. Como repite tantas veces san Pablo, la ley se ha hecho para los que obran mal. Los que obran rectamente no necesitan normas. Se dirigirán por un amor al otro, al que no quiere hacérsele ningún daño, y para el que se desea el mejor bien.

          Saltamos hoy en el evangelio del día a las condiciones que pone Jesús para estar con él. (Lc.14,25-33). Jesús no impone nada: Si alguno quiere estar conmigo. Pero quien quiera estar con él, tiene que vivir de acuerdo con él. Y eso requiere posponer al padre y a la madre, a hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, para ser discípulo de Cristo. No niega Jesús el amor al padre, la madre, los hermanos y a uno mismo. Pero esos amores tienen que ir DESPUÉS. El que manda es el amor a Jesucristo, que ha de conducir al seguimiento suyo. Y eso está necesitando que no haya amores por delante del amor a Jesús. Es el primer mandamiento del amor a Dios sobre TODAS LAS COSAS…, aún por encima del amor a uno mismo. Y lo que no sea eso, no puede ser discípulo mío.
          E inmediatamente salta a la parábola para que quede claro cuál ha de ser la respuesta a esa invitación de Jesús. Pone el caso de quien va a construir una torre… (o pretende ser discípulo): primero tiene que sentarse a calcular si tiene para llegar al final de la construcción… Si empezar a seguir a Jesús cuenta con los arrestos necesarios para hacer ese seguimiento, que pospone toda otra cosa. Aunque todo eso supone incluso una lucha. De ahí la segunda parte de la parábola, que es ya de un rey que para salir a guerrear contra otro, tiene primero que calcular si puede enfrentarse siquiera con diez mil hombres contra quien le viene con veinte mil. Nos está enseñando que tenemos que tentarnos la ropa cuando emprendemos el seguimiento de Jesús. Y que no valen medias respuestas.
          Esto es muy actual. Ni más ni menos que en otras épocas, pero que sigue siendo perfectamente actual: el que quiere vivir su vida en seguimiento de Jesús, no puede encender una vela a Dios y otra al vicio, a la pereza, a la desgana, al dejar para mañana… La vida es una lucha y hay que afrontarla como tal. Pretender “tirar de la vida” y medio llevarla adelante a medias tintas, no corresponde a quien desea ir tras de Jesús.

          De ahí el final de este párrafo del evangelio de hoy: Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. Y no nos quedemos en la materialidad de “bienes económicos”. Hay otros “bienes” tan peligrosos y tentadores como el dinero. El dinero ya es tentador porque nos asegura en nuestra posición y disimula de alguna manera el sentido de nuestro abandono en Dios y nuestra confianza. Pero por lo mismo los otros “bienes” en los que nos apoyamos y nos dan seguridades que pueden asemejarnos de alguna manera al fariseo de la parábola…, hombre cumplidor y al que no se le puede reprochar alguna cosa en su vida personal…, pero eso le lleva a menospreciar al publicano. Ha confundido lo que hace (“sus bienes espirituales”) con lo que realmente es él. Y ya sabemos que Jesús sentenció que aquel hombre no salía justificado en la presencia de Dios.

martes, 7 de noviembre de 2017

7 noviembre: Invitados al banquete

Liturgia:
                      Tenemos hoy en la 1ª lectura uno de los párrafos más expresivos y concretos de Pablo en su carta a los romanos. (12,5-16). Comienza tocando, aunque sin expresar muchos detalles el tema tan paulino como el del CUERPO MÍSTICO: siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros. Los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se nos ha dado, y se han de ejercer… (aquí pone ejemplos concretos).
          Donde baja a realidades de cada día es a continuación, en un párrafo que yo daría a leer en particular y que sirva como análisis de la vida personal de cada cual: aborreced lo malo, apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno  mismo.
          En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor.
          Que la esperanza os tenga alegres; estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración. Contribuid a las necesidades del pueblo de Dios, practicad la hospitalidad.
          Bendecid a los que os persiguen. Bendecid, sí; no maldigáis.
          Con los que ríen, estad alegres, con los que lloran, llorad. Tened igualdad de trato unos con otros; no tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde.
          Creo que no hay mucho que explicar. Hay mucho que aplicar. Y que bajar al concreto personal. Y hasta sirve de guía para hacer el examen de conciencia para la confesión. Son principios de vida que quedan perfectamente inteligibles y que, si algo no se entiende, no es porque no está muy claro sino porque las barreras de nuestra falsa personalidad lo dificultan. No queda sino que enfrentarse a esa llamada que Dios nos hace por medio de Pablo, en ese inspiradísimo texto de la carta a los fieles de Roma.

          Lc 14,15-24 comienza por una alabanza emocionada que hace uno de los comensales a Jesús, porque ha sintonizado con las advertencias que Jesús ha hecho. Y exclama: ¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios! Jesús aprovechó para plantear ante aquellos invitados una parábola que era muy significativa y que, si la entendían, les estaba enseñando algo muy serio que debían conocer. Jesús les pone delante el caso de los invitados a un gran banquete que daba un hombre: Venid, que ya está preparado. Pero los invitados comenzaron a excusarse, por unas razones u otras, de  manera que nadie de ellos acudió a la invitación.
          El criado que había hecho la llamada viene a contárselo al que invitaba, y entonces éste, indignado, le dice al criado: Sal corriendo a las plazas y a las calles y tráete a los pobres, a los lisiados, a cojos y ciegos. Y así lo hizo el criado y anunció al dueño de casa que ya estaba hecho, pero que quedaban sitios libres.
          Entonces el amo da la orden de que salgan a los caminos y senderos e insistan hasta que entren y se le llene la casa. Y concluye: Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete.
          Para este momento los asistentes a la famosa comida del fariseo, ya debían haber comprendido que aquello llevaba una dirección, y que Jesús no perdía el tiempo con sus cuentecillos. Que ha aprovechado aquella comida y aquellas circunstancias para ponerles ante los ojos la importancia de acudir al banquete del reino…, o la desgracia de quedar fuera.
          De hecho, aquella salida primera a las calles y plazas, supone que los primeros invitados, los que podían tener más derecho, no han querido acudir. Por el contrario, se ha llamado a los despreciados del pueblo: los lisiados, cojos y ciegos.
Pero la segunda salida a los caminos era ya muy llamativa porque era salirse de Israel y convocar a los extraños, a los gentiles. Y ahora son ellos, junto a los otros pobres los que van a comer del banquete del Reino, mientras que los primeros invitados no van a probarlo.

Tenemos que concluir que Jesús no era “políticamente correcto”. Que invitado por el fariseo, no se mordió la lengua y que aprovechó cada detalle para seguir enseñando las profundidades del Reino auténtico. Y nos dejó un camino que no es nada fácil de repetir, porque nosotros somos “muy correctos” y no arriesgamos. Claro que Jesús era Jesús. Pero ahí queda su enseñanza por si nos es posible asumir o empezar a asumir.

lunes, 6 de noviembre de 2017

6 noviembre: No buscar recompensa

Liturgia:
                      San Pablo a los fieles de Roma (11,29-36) les lleva la idea de que la desobediencia de los judíos se ha trocado en misericordia para ellos, los romanos. Y ahora esa misericordia de Dios para con ellos, se trocará en misericordia para el pueblo judío.
          Y con una de esas expresiones llamativas del Apóstol, dice que Dios ha encerrado a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos. De hecho la misericordia de Dios viene a caer sobre nuestras miserias. Judíos o gentiles, blancos o negros, hombres o mujeres, jóvenes o mayores…, todos hemos pecado. Y de esa realidad miserable es de la que Dios saca a relucir su infinita misericordia. ¡Qué abismo de generosidad, sabiduría y conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! Pablo se ha exaltado ante el pensamiento que se le ha venido sobre Dios. ¿Quién conoció su mente? ¿Quién su consejero? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por siempre.

          No es fácil añadir algo nuevo sobre este evangelio (Lc.14,12-14) que es continuación de los dos anteriores y forman un todo. La división que ha hecho la liturgia en tres días consecutivos ha sido de orden práctico, pero la explicación no puede variar mucho. El primer día era la sanación del hidrópico en sábado, en casa de un fariseo, mientras los comensales se mantenían en silencio ante la pregunta de Jesús, si se podía curar en sábado. Y ante el silencio de todos, Jesús tomó la iniciativa y curó, sin ningún tipo de trabajo, más que el “tocar” al enfermo.
          Pero Jesús no se quedó ahí. Jesús era observador y vio a los invitados que se buscaban los primeros puestos en la mesa. Y Jesús les dio una lección práctica de que la actitud que debe guardar todo invitado es situarse en los puestos de abajo. Que ya se encargará el anfitrión de hacer subir más arriba. Pero colocarse a la cabecera corre el riesgo de que venga otro de más categoría y entonces haya que bajar –abochornados- hasta el último lugar. No era precisamente el banquete lo que Jesús estaba mirando. Miraba a la actitud de la persona que nunca debe considerarse más ni pretender sobresalir. Que la verdad es que la vida pide la humildad de ponerse atrás, y ya vendrá la oportunidad de subir, porque el que se humilla será enaltecido.
          Pero Jesús se va todavía más a la raíz y advierte ahora al anfitrión y a los propios comensales que cuando inviten, no lo hagan a los conocidos y familiares o amigos, porque entonces la recompensa va a ser que ellos organicen otro banquete y te inviten a ti. Esa será tu paga, tu exigua paga.
          Cuando des un banquete invita a lisiados, cojos y ciegos (lo desechado de la sociedad y mucho más llamativo en aquella sociedad). Porque ellos no podrán pagarte. Y tu paga la tendrás en la resurrección de los muertos.
          Yo sé que leemos esto y que uno entre mil lo toma en serio. No sería muy difícil ponerse en el caso, si de pronto Jesús nos dijera: Invita a un inmigrante a tu mesa… Y eso, no sólo el día de Nochebuena… De seguro que no entenderíamos este evangelio y que le buscaríamos algún rincón de escapatoria. Es cierto que a Jesús le gusta irse a los extremos para provocar las reacciones, pero es cierto que nosotros “no entendemos este lenguaje” como para llevarlo a la realidad. Es lo que suelo decir que “es una zona ‘no bautizada’ en nosotros”, y que corresponde a la primera zona de la parábola del sembrador…, una simiente que cae en tierra dura y que no llega a producir fruto.

          No sé decir más. Lo que dijo Jesús, así lo dijo. Y tiene que aplicarse de una u otra manera. En el fondo es que todo favor que se hace, hay que ofrecerlo a fondo perdido. Que no vayamos con la idea de recibir agradecimientos ni reconocimientos. El bien que hacemos debe tener la paga del gozo de haber hecho el bien, y luego decir: somos siervos inútiles que hemos hecho lo que teníamos que hacer. Y ya sería una manera de empezar a aplicar ese evangelio que hoy hemos tenido ahí delante.