jueves, 17 de agosto de 2017

17 agosto: El perdón total

LITURGIA
            Josué  (Jos 3,7-10.11.13-17) ha quedado responsable de aquel pueblo que había conducido –hasta aquí- el gran Moisés. Y Dios acompaña a Josué y realiza también por su medio, obras maravillosas. Y una de ellas es una réplica al famoso paso del Mar Rojo. Va a atravesar el Jordán, frente a Jericó. El Jordán viene hasta los bordes. Y Josué ordena a los sacerdotes que porten el Arca hasta la orilla del Jordán. Apenas mojan sus pies, el Jordán se repliega sobre sí mismo, formando un enorme embalse, pero el cauce queda sin agua en aquel lugar, y el pueblo numeroso puede pasar el río sin mojarse. Cuando han pasado todos, pasan los sacerdotes con el Arca, y al salir del cauce del río, las aguas fluyen de nuevo.
            Es un prodigio que emula la gran liberación del paso del Mar Rojo, y tiene ahora el aliciente de que se van acercando a la posesión de una tierra propia donde asentarse. Dios sigue conduciendo a su pueblo, y lo hace con las mediaciones de estos personajes.

            Mt 18,21- 19,1 nos plantea el tema del perdón. Ha sido Simón Pedro quien ha suscitado el tema al preguntar a Jesús si hay que perdonar 7 veces (que en argot bíblico expresa la idea de “siempre”, por el significado de “totalidad” que encierra el número 7). Y Jesús lo lleva hasta la exageración –es su estilo- respondiendo que no sólo 7 veces sino 70 veces siete. El “7” multiplicado por otro 7 y por 10. El perdón ha de ofrecerse siempre. La idea más humana puede llegar a perdonar una vez, pero si el ofensor reincide, entones suele pensarse que “hasta aquí hemos llegado”. Para Jesús no es así. Nunca se ha llegado al final del perdón. El perdón no es un acto que se verifica una vez, sino una actitud que siempre hay que vivir.
            Y Jesús ilustra su afirmación con una parábola que expresa su pensamiento. Es el caso del hombre que debe una gran cantidad de dinero a su amo. El amo empieza por querer cobrar la deuda aunque sea vendiendo la misma familia del deudor. Pero ante las súplicas de éste, y seguro el amo de que nunca podrá ese hombre pagar la suma que debe, opta por perdonarle toda la deuda.
            Y sale perdonado el hombre, y viene a encontrarse con un compañero que le debía una pequeña cantidad. Y se la exige pagar, y como el hombre no tiene ni aquella pequeña cantidad, le ruega un poco de tiempo para pagar la deuda, pero el otro no se aviene a ello y hace apresar a toda la familia.
            Produjo aquello indignación a los otros compañeros que vinieron a contárselo al amo. Y el amo se indigna y llama al individuo y le hace caer en la cuenta de la enorme deuda que él le había perdonado, que era razón suficiente para que él también perdonara compasivamente. El resultado de la parábola es que ahora le exigen a él pagar por no haber sabido perdonar. Y concluye Jesús diciendo: Así hará mi Padre el cielo con quienes no han sabido perdonar. La cosa es seria y no podemos ponerle sordina para que suene mejor. La realidad que se impone, aun por lógica humana, es que el que no sabe perdonar no tiene título para poder pedirle perdón a Dios.
            Dios siempre estará dispuesto al perdón. Pero Dios está exigiendo que nosotros tengamos el corazón limpio para ofrecer el perdón a quienes nos han hecho alguna mala jugada. Y donde no haya perdón, no podemos pedir a Dios que nos perdone. Cualquier “deuda” que otro tenga con nosotros, será siempre mucho más pequeña –casi una fruslería- en comparación con la gran deuda que tenemos contraída con Dios.

            Que recemos de verdad el “perdona nuestras ofensas como nosotros ya hemos perdonado”.

miércoles, 16 de agosto de 2017

16 agosto: La corrección fraterna

LITURGIA
            Llegamos hoy a uno de los momentos más decisivos de la historia del primitivo pueblo de Israel (Deut 34,1-12): Moisés, su caudillo, su libertador, el amigo de Dios al que pudo hablar cara a cara, llega al final de sus días, a la edad de 120 años. Dios le muestra desde el monte Nebo, aquella tierra tan rica y deseada que va a dar a ese pueblo, la tierra que prometió Dios a Abrahán y a sus descendientes. Moisés es enterrado y –misterios de la vida- el hombre que fue tan decisivo, queda en un lugar que no se ha sabido nunca más de él. El pueblo lloró la muerte de Moisés durante 30 días, y Josué se hizo cargo de conducir a los israelitas. A Josué le había impuesto las manos Moisés y le había trasmitido una parte de su espíritu, por lo que estaba lleno del espíritu de sabiduría, pero ya no hubo otro hombre que fuera como Moisés, que hiciera los prodigios de Moisés. Es una nueva etapa en la historia de aquel pueblo.

            El evangelio es el del perdón: Mt 18,15-20. Jesús se dirige a sus discípulos y les enseña: Si tu hermano peca, repréndelo a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Tema de suma importancia y suma dificultad, porque ¡qué difícil es en la práctica realizar esa obra de la corrección! ¡Qué poco dispuesto se está a ser corregido! ¡Qué poco fácil resulta corregir! El amor propio aparece tan fuerte que hace muy difícil aceptar que venga tu hermano a ponerte delante un fallo que has tenido. Surge de inmediato la justificación y la autodefensa. Cuando no es que el hermano te reacciona malamente y llegas a tener la impresión de que ha sido peor el remedio que la enfermedad.
            Jesús había dado una norma entre hermanos. El problema es que los tales “hermanos” no se sienten hermanos y en el momento que llega la corrección, el corregido ve al otro como enemigo. Y por supuesto puede ocurrir que el que corrige no lo haga  con delicadeza y espíritu fraterno. Sería un momento en que la corrección ha dejado de ser lo que Jesús pretende; una obra de caridad por la que se gana al hermano a quien se ama.
            Sigue diciendo Jesús el modo de actuar cuando el hermano corregido no hace caso o no recibe la corrección con espíritu de mejora y crecimiento personal: que se recurra a dos o tres testigos, que sean un aval de que la corrección se ha hecho bien y que se ha hecho. ¿Es realmente un medio posible? Porque el corregido se pone más recalcitrante cuando se ve más cogido y que tiene menos escapatoria. Sin embargo Jesús lo indica, y partiendo siempre de relación entre hermanos y la buena fe de unos y otros. ¡Ojalá surta buen efecto y se pueda ganar al hermano! Que si no da resultado, entonces no es crítica ponerlo en conocimiento de la comunidad de hermanos (¡ahí, en el sentido de la comunidad y comunidad de hermanos, es donde está el acento!). Y la comunidad tendrá que corregirlo de forma mucho más drástica, apartándolo de la comunidad. Y no como castigo sino como escarmiento. Se trata de ganarlo y no de perderlo.
            Y repite Jesús –al menos así nos lo da el texto- que lo que atéis en la tierra será atado en el Cielo. Es decir: esa corrección no se queda en acto puramente humano sino que tiene unas dimensiones de mucha mayor trascendencia.
            Lo avala con esa otra afirmación positiva de que si dos se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

            Es un texto riquísimo de enseñanza y de mucha importancia para plantearse el tema, lo mismo desde el ángulo  del que corrige que del que es corregido. 

martes, 15 de agosto de 2017

15 agosto: Asunción de María

LITURGIA de la ASUNCIÓN DE MARÍA
            Hoy celebramos el triunfo definitivo de María, quien –una vez llena la misión para la que había quedado en la tierra- es elevada al Cielo por los ángeles que ha enviado su propio Hijo, y sentado a la derecha del Padre. La tradición ha llamado a este día “el de la dormición”, queriendo expresar que María no mure para quedar sepultada en la tierra, sino que su muerte es un sueño que despierta en el Cielo, como asociada al triunfo de su Hijo, quien la coloca a su derecha, símbolo de la importancia de María en la historia de la Salvación.
            María  es coronada en el Cielo, por encima de la luna, que cae a sus pies, y con 12 estrellas orlando su cabeza porque ella está por encima de todo el universo creado. Así la describe el Apocalipsis (11,9, 12,1, 3-6. 10) como señal grande en el Cielo, tras la lucha con el dragón que quiere inficionarla y hacerle pasar por la baba inmunda de su influencia. Pero Dios la arrebató al Cielo y la salvó de esa fuerza del mal.
            En la 2ª lectura (1Co 15,20-27) se nos narra la victoria de Jesús sobre la muerte, porque él ha resucitado de entre los muertos y ha llegado a la gloria el Padre. Pero Jesús no triunfa solo sino que se lleva cautivos de sí a todos los que tuvieron fe en su venida. Cada uno por su orden. Y ahí, en el primer puesto va encumbrada María, a la que le corresponde el primer lugar entre todas las criaturas. Cristo ha resucitado y ha subido al Cielo en cuerpo y alma, y María le sigue en esa asunción por la que su ser entero recibe la corona eterna.
            Su respuesta, que nos aporta el Evangelio de la fiesta (Lc 1,39-56) es su disponibilidad en la tierra para servir humildemente a Isabel, su pariente anciana, repartiendo ayuda en lo humano, y elevándose en su espíritu hacia Dios, a quien alaba y devuelve toda su grandeza por las maravillas que ha hecho Dios en ella, u humilde esclava.
            El Magníficat es un cántico a modo de mosaico que toma de diversos momentos bíblicos, y que ahora, en boca de María, expresan la “táctica” de Dios, de elevación y dignificación de lo pequeño, mientras “lo grande” queda humillado. Gran foto de María que se designa a sí misma como “la esclava el Señor”, y por tanto vive en la realidad de persona ensalzada sobre su propio ser y méritos, por el triunfo de Dios en ella.
            Ésta es la fiesta que celebramos y que tiene una repercusión enorme en el mismo sentir popular, que ha tomado el día de hoy como el día de fiesta patronal, y como el día “de las mil Vírgenes” porque se cumple el canto de María de que me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Y la razón, confiesa ella, porque Dios hizo cosas grandes en mí.
            El dogma de la asunción de María fue proclamado en 1954 por el Papa Pio XII, quien recogió así el sentir popular, que quedaba entroncado en los fundamentos bíblicos y avalado por los mismos Santos Padres, primeros grandes catequistas e intérpretes del tesoro contenido en la Tradición de la Iglesia.

            Nosotros celebraremos con gran satisfacción este día y nos uniremos al gozo de los pueblos, de la Iglesia y de María, y daremos gracias por este acontecimiento, que ojalá sepamos vivir con la fuerza interior que corresponde a la celebración del triunfo de la Madre.

lunes, 14 de agosto de 2017

14 agosto: Un Dios único

LITURGIA
                        Hoy es muy rica y densa la 1ª lectura, con la exhortación que Moisés le hace al pueblo hablándoles de Dios. ¿Qué es es lo que te pide tu Dios? [Deut 10, 12.22].
- Que temas al Señor tu Dios, que sirvas a tu Dios y que guardes sus preceptos   y mandatos que Él te dio. Un pueblo primitivo necesita tener un cierto temor. Aún no está preparado para vivir del amor. Necesita un freno grande que le mantenga en su punto, y ese freno se indica en el temor hacia el Dios superior. Pero el temor ha de concretarse en la fidelidad a los mandatos y preceptos y en el servicio obediente que debe relacionarle con Dios. Eso mismo, andando el tiempo, tiene su traducción en el AMOR, que es la verdadera forma de relación que la criatura debe tener con su Señor. De hecho, cada vez que encontramos la palabra “temor” en la biblia, tiene un paralelo muy claro con la relación amorosa que debe existir entre el hombre y Dios.
De hecho ese “temor” expresado más arriba, viene a estar fundamentado en el conocimiento que debe tener el israelita de que Dios hizo el cielo y la tierra y todo cuanto la habita…, y ese Dios se enamoró de vuestros padres y los amó y o escogió de entre todos los pueblos… Va quedando claro que la relación que Dio desea es una relación de enamorado, de un Dios que elige expresamente a un pueblo y en él deposita sus enseñanzas y sus promesas.
Circuncidad vuestro corazón (otra vez nos habla de amor, que es el que brota del corazón)  y no endurezcáis vuestra cerviz, porque el Señor es Dios de dioses y Señor de los señores.
Dios grande y terrible: grande porque no hay otro como él. Y a la par que es ese Dios cercano enamorado, suscita el sentimiento de lo terrible (que causa terror reverente) porque Dios no es uno de nosotros y queda en la altura de su trascendencia. “A Dios sólo servirás y a él solo amarás”, porque Dios es cercanía y trascendencia: siempre está más alto y por encima de los hombres. Pero al mismo tiempo ese Dios no es parcial, no acepta soborno, hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al forastero, dándole pan y vestido. Queda expresado de forma sencilla el misterio de Dios.
Y adonde todo eso conduce es a que ese pueblo ame al forastero, y a que el hombre se apegue a Dios, y Dios sea su orgullo po las enormes hazañas que hizo a favor nuestro, y que nuestros ojos han visto.
Puede ser que “leamos” simplemente, y nos parecerá hermoso. Y ojalá que nos sirva para una meditación que nos haga conocer más y mejor a nuestro Dios, que es ese Dios que ha presentado Moisés, con el añadido substancial de que toda su realidad nos la ha manifestado a nosotros en Jesucristo. En él tenemos la imagen clara de Dios, afinada por la delicadeza que nos aporta el conocimiento de Jesucristo.
En el evangelio de Mt 17, 21-26 Jesús repite una vez más el anuncio de lo que va  venir sobre él: Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán pero resucitará al tercer día. Los discípulos se pusieron muy tristes. Es verdad que resucitaría, pero eso les suena a ellos menos, mucho menos, que le hecho de la muerte a manos enemigas. Lo de resucitar no era un hecho que se les ofreciese a ellos como algo normal. Lo de morir lo entendían mucho más y con más realismo. Y eso es lo que les ponía tristes.
Llegan a Cafarnaúm y se presenta el tema del tributo: ¿Lo paga Jesús o no? ¿Está Jesús por encima del tributo a no? Jesús deja primero en claro que los hijos no son los que pagan el tributo, pero para no escandalizar, lo pagará. Cierto que él no tiene dinero para ellos, pero encarga a Simón Pedro echar el anzuelo en el mar y el pecad que pesque traerá una moneda en la boca, con un valor doble a lo que hay que pagar, Que lo tome Simón y que pague por Jesús y por el propio Simón.

Deja claro de una parte a Jesús y sus deberes cívicos, y de otra el carácter providencial de aquel pago. Es de las pocas veces que Jesús actúa a favor propio con su poder, pero lo hace enseñando a que lo cortés no quita lo valiente y que no se excluye él del pago del tributo civil. 

domingo, 13 de agosto de 2017

13 agosto: Encontrar a Dios

LITURGIA
                        Tengo una dificultad de no pequeña monta para afrontar el tema de un día festivo y es que no dispongo de los textos litúrgicos en mi actual ubicación. Por ello intentaré aproxímame lo más posible, pero pidiendo disculpas por la menor exactitud de los datos que puedo dar.
            Hoy ha comenzado la liturgia con la huida de Elías de la persecución en la que se ve envuelto. Y en su escondrijo recibe la palabra de Dios que le pregunta: ¿Qué haces aquí, Elías? Es una palabra con la que nos podemos topar nosotros en nuestros encuentros con el Señor, Porque una cosa es lo que hacemos y otra por qué lo hacemos. Y a lo mejor ahí radica muchas de las explicaciones de por qué nuestras obras agradan o desagradan a Dios: en el por qué de una determinada manera de proceder. Elías huía con razón porque había sido amenazado de muerte. Otra cosa es si delante de Dios la solución es meterse en una cueva y refugiarse allí.
            Y Dios le hace salir de la cueva porque va a pasar Yavhé y debe estar atento Elías para descubrir su presencia. Y Elías salió de la cueva y sintió que pasaba un viento fuerte que rompía los montes. Elías ve claro que Dios no está en ese viento. Luego se produjo un terremoto. Y Elías no pudo identificar a Dios con el terremoto. Ni luego con el fuego que sucedió a continuación.
            Siguió una suave brisa, un susurro, y ahí sí descubrió Elías la presencia de Dios. Dios está en la suavidad, en la presencia que reconforta y que estimula, con la que Elías recobra fuerzas para seguir ahora no su camino sino el camino de Dios.
            Por eso más de un alma debiera descubrir a Dios en su vida y en su conciencia no en las angustias y en las intranquilidades, sino buscarlo en la paz misma de su corazón, en el susurro suave en el que Dios se hace presente.
            Me he preguntado por qué se ha escogido hoy este texto y la respuesta viene dada por el evangelio de Mateo que hoy venía a colación en la lectura continuada del evangelista que tenemos en este ciclo: nada menos que la institución de la Eucaristía, el más suave aliento que nos ha legado Dios en esa presencia sublime y humilde de Jesús en el Sacramento, nada comparable con el viento huracanado, el terremoto o el fuego. Toda una presencia serena, misteriosa y paradógicamente oculta bajo el velo de las Sagradas Especies del pan y del vino, pero siendo el amor palpitante de Dios que se ha hecho presente en la forma más simple que podía presentarse. Ahí donde lo elementos normales de la alimentación, el pan y el vino, vienen a ser transformados en el mismo Jesucristo, el Señor.
            También ahí cabe que en el encuentro de la persona con la <eucaristía, surja –de parte de Dios- esa pregunta a nosotros: Qué haces aquí… Vienes, comulgas, participas… Pero ¿qué más? ¿Adónde te lleva la participación en este Sacramento?

            Una respuesta podría aportarnos la 2ª lectura (Rom 9, 1-3) en el que el Apóstol siente tal celo por las almas que bien quisiera, si eso fuera posible, ser anatematizado él por tal de salvar a los hermanos que se pierden. La liturgia, pues, nos conduciría hoy a un celo profundo por la salvación de los hermanos, y que ellos pudieran descubrir la presencia de Dios en sus vidas, y con ello la salvación por la que Jesús se ha hecho comida y bebida para los demás.

sábado, 12 de agosto de 2017

12 agosto: Amarás al Señor tu Dios

A partir de mañana 13, lo más probable es que el blog salga con un poco de retraso sobre su horario habitual.
Liturgia
          Moisés está rematando su obra ante el pueblo israelita. En el libro del Deuteronomio (6,4-13) le recuerda a la comunidad el primer mandamiento. Es la base de un pueblo, y por tanto la base de aquel pueblo al que el Señor se había escogido para habitar en él: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas. Es la base de todo pueblo bien estructurado el que tenga mirada abierta a su dios. Para el pueblo hebreo es Dios, el Señor, el Dios de los dioses y el Señor de los señores, quien ha dado leyes justas y superiores que están por encima de las leyes de los otros pueblos.
          Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria; se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. Imaginemos –o recordemos tiempos- en que el niño, desde la cuna, ya estaba viendo la señal de la cruz y rezando a su manera: Jesusito de mi vida. De esos niños que se crían en un ambiente religioso, pueden surgir personas maduras religiosas, que conservan su fe a machamartillo. Han crecido en un ambiente en el que Dios ha estado presente y ha sido punto indispensable de referencia. De ahí salen las gentes serias, honradas, responsables, con un sentido sagrado de “dependencia” de algo o Alguien que está por encima de los propios deseos y caprichos e instintos. Como concluye la lectura en cuestión: Al Señor tu Dios amarás y a él solo servirás. El día que entres en la tierra prometida, no olvides al Señor que te sacó de Egipto.
          Ha sido la lección de Moisés sobre aquel pueblo al que pronto va a dejar, porque se acercan sus días. Deja la esencia misma de la religión, y nos la deja a nosotros, porque nos ha puesto delante la mejor enseñanza que nos podía dejar. Ahora toda esa traducción simple –y preñada de enorme exigencia- con la que formulamos nosotros el primer mandamiento: Amarás a Dios SOBRE TODAS LAS COSAS. Algo digno de meditar y de ir haciendo un poco de examen sobre realidades de la vida diaria en la que es posible que Dios no está SOBRE TODAS LAS COSAS en nuestra vida real.
          Al bajar Jesús del Tabor se encontró con un caso que requería su intervención: Mt 17,14-19 resume algo un episodio que otros evangelistas explican con más detalle. Se trata de un padre que lleva consigo a su hijo para el que le hace una petición: Señor, ten compasión de mi hijo, que sufre epilepsia, y le dan ataques; muchas veces ha caído en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo.
          Sigue una frase extraña. ¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? ¿A quién dirige esa expresión? ¿Al padre? Es evidente que no, porque el padre viene con toda su humildad a pedir ayuda. ¿A los discípulos que no han podido curar? No tiene sentido. ¿Al “demonio” de la enfermedad? Podría ser. ¿O es lo que se llama una “interpolación” en la que el copista de este evangelio (copias que se hacían a mano, lógicamente) ha metido aquí una frase que corresponde a otro momento? Es lo más probable. La frase en sí se despega del contexto completamente y no tiene sentido en esta ocasión. Le sigue la palabra de Jesús al padre, pidiendo la presencia del enfermo: Traédmelo.
          Jesús increpó al “demonio” y salió, y devolvió el hijo sano a su padre. Otros evangelistas dramatizan bastante más este momento. Mateo se ha quedado con el hecho, que es realmente lo que interesa: Jesús ha curado al enfermo y le ha dado la salud. Jesús se ha fijado en la fe de aquel padre angustiado y ha actuado de acuerdo a esa fe que le ha hecho patente desde el primer momento.
          Los discípulos se han quedado molestos. ¿Cómo es que ellos no pudieron echar al demonio? Y la respuesta de Jesús es: Por vuestra falta de fe. Os aseguro que si vuestra fe fuera siquiera como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada sería imposible.

          Bien nos incumbe en lo que toca a nuestra fe. No se cumplen muchas cosas que deseamos y pedimos a Dios. Es evidente que creemos y tenemos fe, pero no tan plena y entregada como la que aquí está refiriéndose Jesús. Haríamos milagros si estuviéramos convencidos de que los podemos hacer. Echaríamos demonios, si tuviéramos una fe como un grano de mostaza.

viernes, 11 de agosto de 2017

11 agosto: Seguir a Jesús

Liturgia
          Moisés sabe ya que él no entrará en la tierra prometida Pero le hace al pueblo un discurso de reconocimiento de Dios, como el Dios único que se ha acercado al pueblo y se le ha hecho presente en hechos prodigiosos y liberadores. Y le va haciendo una relación de esos hechos: que pregunte a los más ancianos para descubrir esa maravilla. Y ya en el presente, el pueblo ha oído la voz de Dios y ha sobrevivido. Y Dios se ha buscado un pueblo sobre el que depositar sus dones y en el que hacer signos y prodigios con mano fuerte y brazo poderoso, como ha sido la liberación de la esclavitud de Egipto. Medita en tu corazón que el Señor es el único Dios. Y tú guarda sus preceptos y mandamientos que te prescribe para que seas feliz tú y tus hijos, y prolongues tus días en la tierra que el Señor te da para siempre.
          Moisés sigue siendo ese hombre noble y único, paciente y comprensivo, que ha ido salvando los diversos momentos difíciles por lo que ha pasado el pueblo. Y por los que va a seguir pasando, en tanto no se den las circunstancias de poder entrar en la tierra que Dios le ha prometido.
          El SALMO 76 insiste en la afirmación: Recuerdo las proezas del Señor.

          El evangelio (Mt 16,24-28) no es un evangelio de hechos sino de enseñanza de principios fundamentales del seguimiento de Jesucristo. Ahí tenemos ese casi axioma esencial que Jesús establece como condición para estar con él: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Lo malo de estas frases estereotipadas es que ya las metemos en el zurrón de nuestra “ciencia espiritual” y no tiene la repercusión real que tiene que tener. “Venirse conmigo” queda muy bonito y “negarse a sí mismo” queda como “frase hecha”. De ahí a NEGAR y CONTROLAR la propia vida hasta meterla en la verdad de “negarse” (el amor propio, las propias ideas, las propias comodidades, las propias posturas ante la vida…), hay una distancia abismal. Hemos conseguido crear una “vida cristiana” a medida, sin que llegue a tocarnos más allá que en 4 formas prácticas concretas y con sordina. Otras cosas más vitales rebotan como en un frontón y nos devuelven la pelota sin que haya traspasado nuestro mundo interior. Jesús habla de “semilla en el camino”, o de la que se recibe con gusto pero sin arraigo, o de la que se ahoga en medio de las realidades de la vida. Y eso no es una parábola que se medita sino una realidad que afecta directamente a ese negarse a sí mismo.
          Luego viene tomar la cruz y seguir a Jesús que lleva su cruz. Todas las cruces nos vienen grandes. Siempre hubiéramos aceptado “otra cruz”. Y no llegamos a asumir la nuestra, la que nos corresponde, la que es real, con la que toca caminar tras Jesús, que no endulzó su cruz ni por un instante. Ahí tenemos ese ejemplo que corre por los móviles del individuo que va recortando poco a poco su cruz para hacerla más llevadera, y finalmente se encuentra con una grieta amplia del camino que pueden pasar quienes llevan intacta su cruz y la usan como puente, y él no puede atravesarla porque se le ha quedado corta. Ese es el problema. Que muchas veces nos quejamos de que Dios no nos oye, pero nosotros hemos recortado nuestra cruz, y nos hemos acomodado en una vida “espiritual” no acorde con el “tamaño” que nos corresponde.
          Y Jesús pregunta: ¿Y ahora qué puedes hacer por recuperarla? Porque recortar la cruz es tan fácil como usar un serrucho. Pero los trozos se quedaron en el camino: ¿cómo alargar ahora?
          Dice Jesús que pagará cada uno según su conducta.


          Estos párrafos del evangelio son de una fuerza impresionante, y deben hacer pensar. No deben pasar por alto. Deben crear en nosotros un sexto sentido para captar los diversos momentos de Dios en su paso por nosotros. Es hermosa la Palabra de Dios, es hermosa la Eucaristía. Pero ambas realidades deben ser origen y meta. Origen de un compromiso más hondo en captar su llamada en nosotros. Y meta a la que nos dirigimos para darle más pleno sentido cada vez. Dos realidades de CRECIMIENTO que nos están llamando a vivir de acuerdo con esa invitación de Jesús a seguirlo.

jueves, 10 de agosto de 2017

10 agosto, día de San Lorenzo

Liturgia
          Hoy es día de fiesta muy típico en la vida de la gente. San Lorenzo marca una fecha muy popular y plagada de tradiciones que hemos vivido en nuestra niñez: Desde la lluvia de estrellas a encontrar carbón al pie de los árboles, el calor de un día en que el santo murió abrasado por el fuego. Aparte, claro está, su misión diaconal generosa en la Iglesia del siglo III, hallando su martirio en la persecución de Valeriano.
          La 1ª lectura (2Co 9,6-10) hace alusión a la generosidad con que San Lorenzo llevó a cabo su misión de servicio. Comienza la lectura con la afirmación de Pablo: el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará, toda una invitación a ser muy abiertos en el don. No está pidiendo nada; está estableciendo los principios. Luego desemboca en algo muy humano: que cada uno dé de acuerdo a lo que le dice su conciencia, y de buena gana. Dios es el que es generoso, que proporciona semilla para sembrar y pan para comer. Ese Dios será el que pague según la abundancia con que se haya vivido la caridad.
          El evangelio que se aplica a la fiesta de San Lorenzo es el de Jn 12,24-26, con la palabra directa de Jesús que expresa el valor del propio sacrificio: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no lleva fruto; pero si muere, da mucho fruto, alusión directa al martirio del santo. En efecto, Lorenzo dio su vida por su fe y por amor a Jesucristo y así su vida dio mucho fruto. Su muerte a la realidad de este mundo, abrió las compuertas de la vida eterna y mereció el premio de Dios.
          Así ha quedado sintetizada la obra de este diácono de la Iglesia primera en unas lecturas breves pero substanciosas.

          Siguiendo la LECTURA CONTINUADA con el paso del pueblo israelita por el desierto, encontramos una vez más al pueblo quejoso contra Dios y contra Moisés (Num 20,1-13), añorando Egipto y la tranquilidad con la que se había asentado en el, en medio de su esclavitud aceptada. No han podido desembocar por ahora en una imposible conquista de la tierra que Dios le tiene dedicada, y su estancia en el desierto les hace sentir la sed. Moisés y Aarón se van a la Tienda del Encuentro y le presentan a Dios la necesidad del pueblo. Dios le da la solución, diciendo a Moisés que tome del Arca la vara santa y que –en presencia del pueblo- toque en la roca, de donde brotará agua en abundancia para todo el pueblo y para sus ganados.
          Aquí se entremezcla posiblemente diferentes tradiciones y tenemos a Moisés que le pregunta al pueblo si cree que puede darles agua desde la roca. Y como si dudara de ello, no toca la roca sino que la golpea dos veces. El agua brota a raudales en la llamada “fuente de Meribá”, pero a Dios le ha desagradado la pregunta o duda de Moisés. Y Dios anuncia a Moisés  (que ya debía ser centenario), que él no va a ser el que entre en la tierra prometida con aquella comunidad de los israelitas.
          El evangelio, una vez más, es el de la pregunta de Jesús a sus apóstoles, quién dicen los hombres que es el hijo del hombre. (Mt 16,13-23). Es el relato más amplio y completo de los tres sinópticos, y precisamente puesto en duda por los protestantes. Simón confiesa que Jesús es el Mesías, el hijo de Dios vivo, y Jesús corresponde a Simón cambiándole el nombre y diciéndole: Y tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
          La respuesta de Simón supera evidentemente lo palpable y visible, por lo que Jesús le dice que eso que ha dicho no le ha salido por su cuenta sino que se lo ha revelado el Dios del Cielo. Simón ha ido mucho más allá que lo que podían ver los ojos. Ha entrado en las profundidades de la fe. Y Jesús le responde con una elevación total desde el Simón al Pedro (=Piedra fundamental). Y en consecuencia Jesús le pone en las manos su Iglesia futura (esto es lo que los protestantes no admiten), con absolutos poderes de “hacer y deshacer”, o lo que es lo mismo, con la misma autoridad de Jesús. Lo que Jesús haría en esa Iglesia, es lo que va a hacer ahora Pedro. Un Pedro que no se reduce al Simón Pedro sino que se va extendiendo a todos los que vengan detrás como Piedras fundamentales, sucediendo a Simón.

          El episodio no acaba así porque al anunciarles Jesús que su mesianismo incluye la muerte a manos enemigas, se rebela y se revela el verdadero simple Simón, que no acepta aquel planteamiento de Jesús y pretende apartarlo de ello. Jesús tiene que reprenderle porque los pensamientos de Simón no son acordes con los pensamientos de Dios.

miércoles, 9 de agosto de 2017

9 agosto: ¡Señor, socórreme!

Liturgia
          Una muy larga lectura del libro de los Números, entresacando varios párrafos de dos capítulos: 13,2-3.26 y 14,1, 26-30. 34-35. Es la exploración de la tierra prometida por unos enviados de Moisés. Han descubierto una tierra muy deseable por sus frutos y riqueza, pero habitada por gentes de más que normal estatura. De ahí que haya división de opiniones sobre atacar o no. Unos son optimistas y piensan que pueden ganarles la batalla; otros son realistas y no ven factible el caso. Y murmuraban contra Dios.
          El hecho es que aquellas generaciones que habían salido de Egipto no vivieron tantos años como para ver realizada la conquista de la tierra prometida, y que los israelitas hubieron de seguir por el desierto muchos años más. Los que ahora tenían ventitantos años serían los que llegarían a ver cumplida la promesa de Dios de entrar en la tierra que mana leche y miel. Ni el mismo Moisés llegó a pisarla; sólo pudo verla desde un altozano. Pero por su edad, murió antes.

          El evangelio de Mt 13,21-28 es de una humanidad extraordinaria, humanidad que se refleja en la misma actitud de Jesús, que desde su conocimiento humano y su mentalidad judía, no ve factible actuar ante una petición que le hace una mujer pagana.
          Jesús andaba ahora por los límites de Israel con Tiro y Sidón. Y llegó a adentrarse en esas tierras paganas, donde menos podía esperar ser conocido. Pero ocurrió que una mujer cananea lo conoció y se vino a él con la petición de que curara a una hija suya enferma. Y, como idea general de esas situaciones, lo presenta como un hecho provocado por un demonio muy malo. No es que conoció a Jesús más o menos de haberlo visto alguna vez en un desplazamiento a la tierra de Israel. Es que lo reconoce como el Hijo de David, como “Señor”, y que, por tanto su poder frente al mal era definitivo.
          Jesús debió quedar asombrado. Y su instinto normal era el de atender un caso semejante. Pero se atravesó un pensamiento: estaba fuera de las fronteras de Israel, la tierra de Dios a la que había sido enviado. Y la mujer que le pedía era una mujer no israelita, no perteneciente a las hijas de Dios. Y se encontró ante un dilema. Y no queriendo faltar a su misión de Mesías de Israel, ni negarse a hacer el bien, optó por no responder e intentar quitarse de en medio.
          La mujer gritaba, los apóstoles se sentían incomodados por aquellos gritos, y le piden a Jesús que la atienda porque viene gritando detrás de nosotros. No era una compasión de los hombres aquellos sino el cansancio de oír los gritos de una madre que ve que pierde su oportunidad.
          Jesús responde entre dientes que sólo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Es lo que piensa. Es la lucha que está librando dentro de sí.
          Pero la mujer corre y se planta delante de rodillas y le pide frente a frente a Jesús: Señor, socórreme. Aquello era ya superior a la resistencia de Jesús, que se apoya en un dicho popular para justificar su actitud: No está bien echarle a los perros el pan de los hijos. Pero la verdad es que Jesús está ya interiormente vencido por la actitud suplicante de la mujer…; le falta poco para romper aquella resistencia que está mostrando contra su deseo natural.
          Y la mujer derrumbó la fortaleza aceptando la expresión anterior de Jesús y dándole la razón. Pero completando la idea: Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
          Ya no quedaban fuerzas de resistencia en Jesús. Aquella humildad de la mujer pagana le había ganado la partida. En realidad aquella pagana tenía más fe que muchos de Israel, y los hechos curativos de Jesús se producían ordinariamente sobre la fe de quienes acudían a él. Y alabó a la mujer y le concedió lo que le pedía: Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas. Y en aquel momento quedó curada su hija.


          ¡Qué grande es tu fe! Ojalá pueda el Señor decirnos algo así a nosotros. Ante nuestras súplicas, ante las aparentes ausencias y silencios de Dios, cuando parece que todo está cerrado, gritar y suplicar y humillarse en la propia indignidad de no tener mérito adquirido para ser escuchado…, ¡qué importante es clamar y hacerse impertinente, y clavarse de rodillas ante Dios!, con un: Señor, socórreme. Y poder tener la seguridad de que ante una fe tan grande, se realice lo que se ha pedido. Con  razón dijo uno que LA ORACIÓN ES LA FUERZA DEL HOMBRE Y LA DEBILIDAD DE DIOS.

martes, 8 de agosto de 2017

8 agosto: Diversas acciones de Dios

Liturgia
          Moisés era el hombre más paciente del mundo, nos dice el libro de los números (12, 1-13), y no sólo tuvo que soportar las quejas del pueblo en el desierto sino que María y Aarón también murmuraron contra él. Y Dios interviene llamando de improviso a Moisés, María y Aarón a la Tienda del encuentro.
          Dios bajó en la columna de nube y llamó aparte a María y Aarón, y les hizo saber que Moisés era alguien distinto de los demás en la presencia de Dios. A los otros, Dios les habla de otra manera. A Moisés, cara a cara. ¿Cómo se han atrevido a hablar contra él?
          Cuando se retiró la nube, la piel de María estaba descolorida, y Aarón intercede por ella ante Moisés, y Moisés pide a Dios que la cure. No se ha resentido, no ha tomado venganza. Verdaderamente Moisés era el más fiel de los siervos del Señor.

          Decía ayer que algo tenía que haber ocurrido fuera de orden para que Jesús apremiara a sus discípulos a subir a la barca solos, mientras él despedía a la gente (Mt 14,22-36). Y después de despedir a la gente se subió al monte él solo. Necesitaba de esa oración, de ese tiempo de intimidad. Pero juntamente llevaba sobre su alma a aquellos discípulos suyos.
          Y sucedió la temible tempestad del Lago, con la particularidad de que Jesús no iba en la barca. Aquellos hombres, muchos de ellos profesionales del mar, lucharon y trabajaron para salir del atolladero pero las olas arreciaron: el viento les era contario.
          Y llegada la madrugada, Jesús no se queda en el monte, donde oraba, porque la verdadera oración está presidida por la caridad, y él estaba sabiendo que sus hombres lo estaban pasando muy mal. Y deja la montaña y se viene a ellos. Dice el evangelio que andando sobre las aguas.
          Eso mismo hace mucho más terrorífico el momento porque piensan ellos que sólo los fantasmas pueden desenvolverse sobre las aguas, y por tanto ver acercarse a ellos aquella figura blanca les provoca el terror del fantasma que viene por ellos, y no saben si es peor la ola que mueve la barca peligrosamente o el fantasma que se acerca. Y gritaron como niños llenos de espanto. Jesús alzó la voz y les dijo lo que era consigna de su presencia: ¡Ánimo, soy yo!, no tengáis miedo. Digamos que todo lo ocurrido hasta aquí tiene su explicación con razones o explicaciones humanas.
          Donde comienza lo llamativo es en la salida de Simón Pedro, que –en su delirio- es capaz de pedirle a Jesús la prueba de que es él. Y la prueba es que pueda ir Pedro hasta Jesús andando sobre el agua. No cabe duda que la escena es incluso chusca, porque se convierte en espectáculo que hasta querrían impedir los compañeros, de Pedro que echa la pierna fuera de la borda, dispuesto a salir andando sobre el agua. Y echa la otra pierna ¡y se pone a andar por el mar! ante la estupefacción de los otros Once. Y anduvo un pequeño trecho hasta que una ola le envolvió y Pedro dejó de mirar a Jesús y se quedó pensando en sí mismo y en lo que estaba haciendo. Y entonces comenzó a hundirse.
          Pedro gritó angustiadamente: Señor, sálvame… Pedro, el pescador no sabía en ese momento ni nadar. Jesús extendió su mano (estaba muy cerca) y lo asió. Y con sorna tuvo que decirle: ¡Qué poca fe!, ¿por qué has dudado?
          Subió Jesús a la barca junto a Pedro y el mar amainó. Y los Doce se echaron a los pies de Jesús, como salidos de una doble pesadilla, reconociendo que Realmente eres Hijo de Dios. Iban aprendiendo a base de tropezones, pero ahora, por decirlo así, estaban más cerca de creer que Jesús rompía los moldes.
          Atracaron en Genesaret, donde fue agasajado por sus habitantes, que propagaron la noticia de su estancia y vinieron gentes de todas partes. Le pedían que les dejara tocar la orla de su mando y quedaban curados.

          Sería difícil sacar la consecuencia de estos sucesos, pero yo invito a releerlos con tranquilidad y “traducirlos” a nuestras realidades: ¿por qué Jesús apremia a los Doce a subir solos a la barca? ¡Cómo Jesús no se desentiende de ellos en la tribulación! ¡Con qué facilidad vemos a Jesús como fantasma! ¡Cómo amaina la tempestad cuando se le hace subir a la barca! Cómo se le recibe con alegría y basta rozar su manto… Hay muchos temas que no son para leerlos sin más y pasar a otra cosa…

lunes, 7 de agosto de 2017

7 agosto: Una oración a la desesperada

Liturgia
          Pasamos al libro de los Números (11,4-15) y nos encontramos con el pueblo que se queda  porque añora las ollas de carne que tenía en Egipto gratuitas, con sus puerros y cebollas, y sus hortalizas, mientras que en el desierto no come otra cosa que el maná, que ya llega a causarle náuseas.
          Moisés escucha los lamentos del pueblo y se dirige  Dios con una oracion confiada e insistente, en la que él mismo le dice a Dios ue le ha puesto sobre sus hombros una carga que él no puede llevar; que le ha constituido en una especie de nodriza que tiene que llevar en brazos a todo ese pueblo. ¡Y él no puede más! Y en esa confianza de oración con quien ha dialogado otras veces cara a cara, le llega a poner en un dilema: o tú, Dios. Sales en ayuda  de este pueblo, o mejor, si no, que me hagas morir.
          No tenemos hoy la solución, pero ya nos sirve muy bien esta forma de orar como una enseñanza para nuestros momentos más difíciles, en que uno puede hablar con Dios con toda espontaneidad y confianza, y vivir así la forma de oración que Jesús nos enseñó en el evangelio: oración insistente, repetitiva, continuada…, que acabe alcanzando de Dios lo que se le pide. Quizás nos enseña un aspecto que no solemos tener porque nos parecería de poco respeto o de poca aceptación de los planes de Dios. Pero es que muchas veces esos  son precisamente los planes de Dios: que lo tratemos con esa cercanía y esa insistente confianza que busca alcanzar lo que pedios, “sea como sea”. El paso siguiente es quedarse a la espera de Dios, que da las soluciones, aunque no sea siempre ni tan inmediata ni tan como la deseamos.

          Herodes ha decapitado al Bautista. Jesús experimenta un rechazo cordial a aquella situación y –muy a su estilo- opta por pasarse a la otra orilla. [No deja de ser pedagógico para nosotros saber descubrir que ante una situación no recta por nuestra parte, Jesús “se pasa a la otra orilla”; no acepta las medias tintas, no está de acuerdo con determinadas actitudes. Y no nos dice nada, no nos reprocha, pero se retira. Que ya es una enseñanza para nosotros].
          Va en la barca con sus Doce, buscando un sitio tranquilo y apartado, donde digerir el dolor por la muerte del hombre ejemplar que fue Juan. Pero las gentes han adivinado hacia dónde se dirigía la barca y –por tierra- han ido reuniéndose miles de personas que llegan al lugar adonde iba Jesús, y allí viene a encontrarse el Señor con aquel espectáculo, que lleva por delante  sus enfermos y que son el reclamo evidente para atraer la atención del Maestro.
          Jesús se olvidó ya de todo. Se dedicó a curar a los enfermos imponiéndoles las manos, y a hablarles a las gentes del Reino de Dios. Y se le fue el santo al cielo. Fueron los apóstoles quienes tuvieron que venir a avisarle que despidiera a las gentes para que se buscaran comida en las aldeas vecinas. Y se encontraron con la sorpresa y extrañeza de que Jesús les decía que ellos les dieran de comer. Podemos imaginar la estupefacción de aquellos hombres, que sólo contaban con lo que ellos llevaban para comer aquel día el grupo: 5 panes y dos peces. Y así se lo hacen saber a Jesús.
          Jesús les pide que se los lleven. Los bendice con su acción de gracias a Dios, y los hace trozos que va dando a cada uno de ellos para que ellos los repartan entre las gentes. Nueva perplejidad: ¿qué hacen ellos con un trozo de pan para repartir entre miles? ¡Pues puede ser! Y conforme daban, nuevos trozos les quedaban. Y así repartieron entre 5,000 varones adultos, aparte de las mujeres y los niños que estaban también presentes allí.
          Comieron y se saciaron, y todavía sobró, lo que Jesús quiso que constara haciéndose recoger a los discípulos, que se hicieron de doce cestos y cada uno recogió su parte: los doce cestos llenos.

          La narración acaba aquí por hoy. Pero algo extraño debió ocurrir cuando el momento siguiente comenzará con Jesús obligando perentoriamente a sus discípulos a subirse solos a la barca y marchar de allí. Seguramente tengamos que recurrir a San Juan para tener una idea de lo que había pasado: que las gentes entusiasmadas por lo sucedido pretendieron hacer a Jesús “su rey”, porque era ventajoso tener de jefe a quien resolvía los problemas de aquella manera. Y a lo mejor los Doce se implicaron de alguna manera en aquel movimiento.

domingo, 6 de agosto de 2017

6 agosto: Fiesta de la transfiguración

Liturgia: La trasfiguración del Señor
          Hoy celebra la Iglesia la transfiguración del Señor, ese acontecimiento excepcional que se dio en la vida de Jesús. Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan (Mt 17, 1-9) y se los lleva a una montaña alta, el monte Tabor. Ocho días antes había sucedido aquel momento duro en que los discípulos se habían escandalizado ante el anuncio de una persecución y una cruz a manos del poder civil. Y Jesús había reprendido severamente a Pedro (y en realidad, en Pedro iba la corrección de todos los demás).
          Ahora Jesús toma a Simón y con él a Juan y a Santiago, los que siempre fueron testigos de los grandes acontecimientos de la vida del Maestro. Y con ellos se sube a la montaña y a ellos les hace ver su gloria. Sus vestidos quedan blancos como la nieve y su rostro se ilumina resplandeciendo como el sol. Jesús les pone delante el destello de su realidad, que deja a las claras que es ese Mesías, Hijo del Dios vivo, que Simón había confesado. Aparecen Moisés y Elías conversando con Jesús. Moisés representa la Ley, toda la historia del pueblo judío que se fue haciendo a través de la orientación que él les trasmitió de parte de Dios. Elías es el símbolo de toda la enseñanza de los profetas a través de los siglos. Pues bien: San Lucas nos dirá que hablaban de su muerte que iba a suceder en Jerusalén. Por tanto la luz de la transfiguración no disminuye en nada del anuncio anterior de su padecer. Transfiguración y cruz van unidas en la pedagogía de la historia de la salvación.
          Y como la corroboración definitiva, una nube densa, signo bíblico muy conocido para expresar la presencia de Dios, y una voz del Cielo que afirma a los discípulos que Éste es mi HIJO MUY AMADO, voz de Dios que ratifica ante Pedro, Juan y Santiago y ante toda persona que se acerque al Evangelio, que Jesucristo, el de la Cruz y el de la luz resplandeciente, es el mismo HIJO AMADO DE DIOS.
          Pedro encuentra más bello lo que da la experiencia del Tabor que lo que antes había anunciado Jesús sobre su padecer, y pregunta a Jesús si hacen allí tres tiendas, como lugar de estancia de Jesús, de Moisés y de Elías. Lo que los tres discípulos no quieren es bajar al llano, allí donde ha quedado tan cruda la realidad de un Mesías que tiene que padecer.
          El hecho es que cuando los discípulos vuelven en sí, se encuentran con Jesús, el de siempre, el Jesús sin brillos ni luces, o como dice el texto llanamente, vieron a Jesús solo. Ni había ya signos del cambio anterior, ni estaban Moisés ni Elías. Puestos ante los ojos todos los signos anteriores como pedagogía del conjunto que espera, ahora ya queda solo Jesús, el Jesús de los caminos de Palestina, el de la barca, el de las gentes.
          Ésta es la gran lección que nos deja la fiesta de hoy: Jesús tiene destellos diversos en la vida de las personas. Puede haber momentos en que sintamos más de cerca su presencia y su acción. Pero la vida diaria es la que va quedando, con esa presencia normal por la que Jesús se nos revela en los acontecimientos, algunos que son más luminosos y otros que son más del llano, más de la vida del día a día.
          Se completa la liturgia del día con esa 1ª lectura del libro de Daniel (7, 9-10.13-14) que nos presenta a Dios mismo, revelándose bajo unos signos que expresan su eternidad (“Anciano” vestido de blanco y cabellera como de lana purísima) y toda esa visión sobrenatural en la que se anuncia ya la llegada del Hijo del hombre sobre las nube del cielo. Prepara así el hecho de la transfiguración.
          Del hecho en sí da fe Pedro en la 2ª lectura (2ª, 1,16-19) como testigo presencial, que expresa con gran emoción aquello que él vio y la voz que él escuchó cuando estaban en la montaña santa. Y nos exhorta a prestarle atención al hecho, que es como una lámpara encendida en medio de las tinieblas, porque nos pone delante el triunfo de Jesucristo que no será vencido por la muerte. Jesucristo es una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día.  En efecto, los que vivimos en la oscuridad de la vida diaria, tenemos que tener los ojos abiertos y la fe muy dispuesta para confiar en la luz que nos espera.
          La EUCARISTÍA sintetiza toda esta lección y todo ese suceso, pues, en la celebración de la que participamos, estamos anunciando –de una parte- la muerte de Cristo, y simultáneamente estamos proclamando su resurrección. Tenemos juntas las dos experiencias del Jesús que padece y del Jesús triunfal que vive junto al Padre y está sentado a la derecha de Dios.




        Al Dios eterno, que nos presenta a su Hijo, elevamos nuestra súplica.

-         Que no nos escandalice la cruz, y que sepamos asimilarla en nuestra vida. Roguemos al Señor.

-         Que vivamos en la firme esperanza de la resurrección, que nos anuncia Cristo transfigurado, Roguemos al señor.

-         Que hagamos “tienda” en nosotros donde pueda hacer presencia Jesús, Roguemos al Señor.

-         Que la Eucaristía nos haga presente el misterio salvador de Jesucristo, Roguemos al Señor.


Concédenos, Padre, ser transformados a imagen de Jesús para darle más pleno sentido a los sucesos de nuestra vida.

         Por Jesucristo N. S.

sábado, 5 de agosto de 2017

5 agosto: El Año Santo

Liturgia
          Otro día poco atractivo para comentar. No es fácil inspirarse con lecturas como éstas: una relación de fiestas y modo de celebrarlas, o la degollación de Juan Bautista a manos de Herodes.
          Lv 25, 1.8.17 determina las fachas de las diferentes fiestas y el modo de vivirlas. Donde se puede centrar el comentario es en el sentido misericordioso de esos cómputos de años pues cada cincuenta años ha de “vivirse la moviola” de manera que todo aquello que hubo que malvender o que empeñar en manos de otros más poderosos, debe volver a su primitivo dueño. Es un año jubilar y se ha de vivir con ese júbilo de rencontrarse las familias, sus bienes, sus posesiones, sus préstamos…, que en ese año han de regresar a sus dueños originales. Es un año santo en el que se ha de vivir la generosidad. Cada cual ha de poder comer del fruto de sus campos, y cuando haya que realizar operaciones de compra y venta, ha de hacerse al precio justo. Nadie perjudicará a uno de su pueblo. Y se cierra la enseñanza con una palabra que ensancha el alma porque manifiesta de dónde y por qué viene todo eso: porque Yo soy el Señor, vuestro Dios.
          Ahí en esa realidad que vivía el pueblo judío, se fundamenta la celebración de un año jubilar, o Año Santo que la Iglesia Católica sigue conservando cada cincuenta años, en los que se trata de vivir la amnistía en el terreno de lo espiritual y caritativo. Hemos tenido recientemente y excepcionalmente un Año Santo de la misericordia con una intencionalidad muy concreta de abrir el camino a una Iglesia misericordiosa, que sobrepasara toda idea de los legalismos como norma de actuación. La Justicia de Dios y la Justicia de la Iglesia (consecuentemente) habían de entenderse desde la justificación o perdón y no desde lo justiciero y condenatorio. Es fácil de comprender: una forma de actuar según el Corazón de Cristo, que vino a perdonar y a repartir el amor de su Corazón. Así tiene que enfocar la Iglesia todas sus actuaciones, con el metro-patrón de la misericordia de Jesús, que él repartió por donde quiera que pasó.
          Es la norma que vive el Papa Francisco, por lo que los leguleyos y determinados sectores, lo tildan de “anticristo” y le hacen la guerra sucia del desprestigio, porque son sectores aferrados a “la letra” al estilo de los fariseos. O porque pretendiendo la defensa de la ortodoxia, no aceptan que el Papa sepa acoger a todo hijo de Dios con el mismo corazón con el que Cristo se acercó a los leprosos o no condenó a la adúltera. Es la reacción repetida mil veces en la Iglesia cada vez que se toma en serio el estilo del Evangelio, por delante de otras normativas canónicas. Y las persecuciones vienen entonces de los mismos católicos (los que se suelen apellidar “apostólicos romanos”) que no conciben la relación del hombre con Dios como la de un hijo con su padre, la de un  enfermo con su médico, la un pobre con su salvador. Sencillamente: lo difícil que es acoger a Cristo como Cristo fue y es y quiere seguir siéndolo a través de los siglos.

          Juan Bautista -Mt 14,1-12- hizo un inmenso papel de preparación a la venida de Jesús. Fue un ejemplo de mortificación y de fidelidad. Jesús lo consideró el más grande los hombres y lo alabó como modelo ante sus mismos discípulos. Pero evidentemente el estilo de predicación y enseñanza de Juan estaba mucho más acorde con las formas del tiempo anterior a Jesús. Por eso mismo él envió emisarios a Jesús para saber si era el Mesías o habían de esperar a otro, porque los modos de Jesús no le cuadraban al Bautista. Por eso la muerte de Juan tiene un sentido trascendente más allá que la historia de Herodes y el baile de Salomé. La nueva realidad de Jesús, con su bondad misericordiosa y perdonadora, con su acogida de los pecadores y su corazón dispuesto a los publicanos, tenía que romper por otro sitio diferente al de la predicación de Juan. También Jesús proclamaba el año de gracia, la amnistía…, como lo mostró en Nazaret aplicándose a sí mismo el párrafo de Isaías en el que se declaraba el enviado de Dios, y precisamente para dar un vuelco a la historia. Jesús venía a establecer el año de la misericordia, el estilo nuevo que Dios quería implantar, y que es el Nuevo Testamento.

          Juan había cumplido su misión y lo había hecho ejemplarmente. Pero ahora ya no era su hora, y su muerte deja paso franco a un nuevo estilo, que es el planteamiento que tenemos a lo largo del Evangelio. Y, volviendo, sobre lo dicho más arriba, es el matiz que el Papa imprime en sus intervenciones, acentuando el aspecto de la misericordia sobre la ley. Precisamente lo que Jesús dijo de: misericordia quiero y no sacrificios; que no he venido a buscar a los justos sino a los pecadores

viernes, 4 de agosto de 2017

4 agosto: Adorar a Dios en cuerpo y alma

Liturgia
          No es de los días en que caben muchas consideraciones, ni en la 1ª lectura ni en el evangelio. Pero el Espíritu Santo se ocupará de hacer útil esta página del blog a la manera que yo mismo no sé cómo será. Yo diré lo que se me ocurre; vosotros pondréis vuestra parte y la acción de Dios realizará la obra.
          Hoy entramos en el libro del Levítico, fragmentando mucho para seguir un mismo argumento: el de las fiestas litúrgicas que debía vivir el pueblo de Dios. 23,1.4-11, 15-16.27,34-37. Dios es un Dios festivo, celebrativo. La mera espiritualidad no podía ser lo que llenara la vida de aquel pueblo, como no puede llenar la de casi nadie. Constituidos en las dos dimensiones, la humana y la espiritual, el hombre debe dar culto a Dios en cuerpo y alma, en espíritu encarnado en realidades visibles. Y eso es lo que Dios quiere y lo que Moisés concreta en aquellas fiestas que debe vivir el pueblo. Son fiestas litúrgicas pero sin perder su participación de toda la persona.
          Así, la primera fiesta y principal debe ser LA PASCUA, con su comida solemne y ritual, que evoca la comida de la salida de Egipto. La fiesta ha de ser tan del Señor y para el Señor que no debe hacerse trabajo alguno, ni el primer día ni el séptimo. Por el contrario, son siete días en que deben ofrecerse al Señor holocaustos y sacrificios; en una palabra, ofrecimientos a Dios en agradecimiento y culto de adoración.
          Todo eso tendrá su forma concreta de vivirse cuando entren en le tierra prometida, con una serie de rituales de ofrecimiento que suponen una participación muy clara de la parte visible de la persona, que tiene que visualizar su actitud religiosa, y duran esas fiestas cincuenta días.  Concluye con el día de Expiación y se remata con la fiesta de las Tiendas. Todo ello son reuniones litúrgicas religiosas y solemnes, con sus partes de celebración exterior que gane la atención de todos, incluidos los niños y los jóvenes, que necesitan ir adentrándose en las formas religiosas profundas.
          Posiblemente nosotros, desde hace ya más de medio siglo, hemos espiritualizado tanto la liturgia y hemos pretendido ir tan de frente a lo esencial, que hemos dejado perder la visualización de ese fondo que está ahí debajo: lo espiritual. Y hemos acabado perdiendo lo uno y lo otro. Una liturgia descarnada o espiritualizada, no ha atraído la atención, ha dejado perder lo visible y tangible, y hemos alejado a esas generaciones que hubieran necesitado más vida, más movimiento, más participación. Y al sentirse menos espectadores pasivos de algo que no entendían, se han aburrido y se han buscado sus propias “liturgias” de folklore exterior. Y ahí tenemos a los gitanos que se han sentido en su ambiente con las formas de los “evangélicos”, a los que los gitanos llaman “su religión”.
          La historia es maestra de la vida y Moisés diseñó unas formas que encajaron con aquel pueblo. No siempre iban a valer aquellas formas, pero el secreto era haber hallado a nuestras liturgias cristianas una vida menos hierática y más en sintonía con la evolución de las gentes y de los tiempos.
          El evangelio de Mt 13,54-58 muestra el escándalo de los contemporáneos de Jesús, al que conocían en su ascendencia humana, y de quien no pueden ni barruntar de dónde le vienen la sabiduría y los mismos milagros. Ellos conocen lo que se ve a primera vista: su madre, María; su padre visible, el carpintero; la familia es toda ella conocida del pueblo. ¿Quién era, pues, aquel hombre extraño, con unos poderes y conocimientos que no había podido adquirir en la escuela?
          Y no hubo búsqueda de verdad. Se limitaron a la crítica, a la extrañeza y, en el fondo, al rechazo. Jesús tuvo que expresar aquella dolorida sentencia: Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta. Y la consecuencia fue que, ante la falta de fe de las gentes, Jesús no pudo hacer allí milagros. Bien sabemos que Jesús concluía, por lo general, diciendo: “Tu fe te ha salvado”, “Hágase como has creído”. Como allí no hubo fe, no pudo hacer sus milagros.

          Todo esto nos expresa el valor de la maledicencia y hasta dónde pueden llegar sus efectos: hasta atarle las manos a la generosidad de Jesús…, a que muchas veces nos encontremos como chocando contra un frontón en nuestras esperanzas de obtener alguna gracia. Hace falta otra visión más abierta de las cosas y de las personas, para que nuestro corazón viva ensanchado y abierto así a la acción curativa de Jesucristo.

jueves, 3 de agosto de 2017

3 agosto: Peces buenos y peces malos

Liturgia
          Ex 40,14-19.32-36 nos habla de la construcción del Arca de la Alianza, el santuario donde quedaban situados símbolos esenciales de la presencia de Dios. Construcción que la Biblia detalla minuciosamente y que el texto no lo ha ahorrado dándonos lo esencial de aquel santuario. Y nos afirma que Dios se hacía presente de forma llamativa con la columna de humo, a veces tan densa que el mismo Moisés no podía entrar en la Tienda del Encuentro. Pero además el pueblo se había hecho a permanecer quieto mientras tanto y esperar a que aquella “nube” se levantara para avanzar su camino por el desierto. Suponía, pues, una dependencia de los tiempos de Dios, los que Dios iba marcando, sin forzar en nada ese ritmo por el enorme respeto a su Dios, que se les hacía presencia en las diferentes etapas.
          Verdaderamente llama la atención aquel acompañamiento de Dios a su pueblo, como quien marca tiempos y momentos, y el pueblo queda pendiente de ellos…, y en definitiva de Dios. Y eso que era un pueblo definido como “de dura cerviz”, que protestó mil veces contra Dios y que tantas veces no supo agradecer la liberación que Dios les había dado sacándolos de Egipto. Todavía han de pasar muchas penurias. Dios quiere “madurar” a ese pueblo que no acaba de reconocer lo que Dios ha hecho y hace por él. Y así fueron muchos años de desierto en los que hubo de todo y donde la generación que salió de Egipto se fue quedando en el camino.

          Nueva parábola de Jesús en Mt 13,47-53: en la vida no da todo igual, no todos sirven, y se va produciendo una criba en la que los malos son desechados y los buenos recogidos. La verdad es que en el planteamiento de Dios –la red echada al mar para pescar- querría que todos los peces que pescara fueran buenos peces. Para eso se echa la red: para obtener una buena pesca. Pero cuando sacan la red a tierra resulta que allí hay de todo…, lo aprovechable y útil y lo desaprovechable por inútil. Es la vida real una vez más. ¿Qué podría querer Dios más que todos “los peces” [todas las personas] fueran buenas y útiles en el Reino? Pero la realidad que es muy fácil de constatar es que en la “red de la vida” hay toda clase de personas: las buenas y las inútiles para el reino; los peces que se pueden recoger porque sirven, y los “peces” que no sirven para comer, y que son tirados fuera. Ni sirven ya para el mar ni sirven para ser comidos en tierra. Sencillamente han convivido con los peces buenos pero al final no sirven.
          Somos conscientes de que convivimos buenos y malos. A primera vista los “peces malos” son los que ganan la partida, los que saben vivir, incluso los que “se comen” a los otros peces buenos… Las noticias diarias, leídas con un poco de atención, nos manifiestan a las claras que “el pez gordo se come al pequeño”. Y sin embargo Jesús hace otra lectura y apuesta en otra dirección: el pez malo es arrojado al horno encendido, adonde será el rechinar de dientes y el llanto de la desesperación porque será el momento de la verdad cuando queda claro que “el pez pequeño” era el valioso, el escogido en banastas, el útil, el comestible, con el que se podía alimentar…
          Pues es una imagen del Reino. Y por consiguiente el que nos  está dando la visión de Jesús, que valora con exactitud lo que vale y lo que no vale. Todo será una realidad un día. Ese día que –en vida- no vamos a ver, pero que tendremos la ocasión de comprobar en primera persona el día que Dios decida.

          A muchos les ha dado por decir que “todo es igual”. No es ese el pensamiento de Jesucristo. Eso es evidente. Porque si hay “peces buenos y malos”, ya hay una diferencia. Pero si los peces buenos son recogidos para alimento y los malos son echados fuera, “al horno”…, es que no todo es igual, no da igual una cosa que otra. Y Jesús lo ha dejado muy claro. Junto a esta parábola, la de la cizaña es otra clara explicación de que todo no da igual ni todos son iguales ni el final de todos es el mismo. Jesús establece clara diferencia y no “de poco más o menos” sino de finales absolutamente opuestos. Y la cizaña es atada en gavillas para ser quemada, y los peces malos son echados al horno de fuego, mientras que el trigo bueno es almacenado en graneros y los peces buenos recogidos en banastas. Debe hacer pensar con mentalidad de Evangelio, con la misma palabra de Jesús y el juicio de Jesús.

miércoles, 2 de agosto de 2017

2 agosto : El tesoro en el campo

Liturgia
          Hoy es el día de la VIRGEN DE LOS ÁNGELES. Felicidades a todas las Ángeles, Angelitas y María de los Ángeles.
          En la Liturgia del miércoles –Ex 34, 29-35-encontramos a Moisés que baja del Monte Sinaí después de haber estado allí 40 días hablando con Dios, y llevando en sus manos las dos Tablas de la Alianza, el Decálogo. Le brillaba el rostro, como si hiciera de espejo que refleja la luz de la presencia de Dios. Tuvo que echarse un velo por el rostro cuando hablaba al pueblo, mientras que ese velo lo levantaba cuando iba a la Tienda del Encuentro para hablar con Dios.
          Es todo un símbolo y llamada a la profundidad de nuestra oración, que debe irnos transformando la faz de nuestra vida y que vaya reflejando esas horas de haber estado con Dios a través de nuestra existencia. Yo recuerdo que el Padre Maestro de novicios jesuitas que yo tuve, nos decía que él haría con gusto una doble fotografía: al aspirante que llega al noviciado y a esa misma persona al cabo de un año de noviciado. Aseguraba que reflejaban dos imágenes diferentes. La causa era esa paz de la vida vivida en el noviciado, que encerraba tantas horas de estar en oración en la presencia de Dios, más la formación espiritual de aquel año.
          Y no es difícil de constatar en muchas personas de vida interior, cuyo semblante refleja algo muy diferente de quienes no tienen esa riqueza de la relación personal con Dios a través de la oración y la Eucaristía.

          Mt 13,44-45 nos vuelve a las parábolas del tesoro encontrado en el campo y la perla fina con que se topa un comerciante en joyas. Jesucristo nos muestra ahí el valor del Reino. El Reino, ese mundo en el que predomina Dios y la voluntad de Dios, y en definitiva a Cristo, es el gran tesoro, la gran perla. El día que alguien se lo encuentra de verdad, es el momento en que merece la pena vender todo lo que uno tiene y comprar aquel campo o aquella perla, que vale más que todo lo que se poseía.
          Lo importante es pasar estas cosas a la vida real. Comprobar en nosotros mismos si es un hecho que daríamos todo lo que tenemos  con tal de encontrar la riqueza del Reino. Con tal de no perder un tiempo de oración, un rato de visita al Señor, una Eucaristía, la visita a una persona que lo necesita, la muestra de cariño a quien nos resulta menos agradable, y tantos y tantos detalles como en la vida práctica suponen “vender lo propio” –tenemos muchas “cosas propias- para hacer posible estar dispuestos a afrontar valores superiores del Evangelio.
          Sería buena oportunidad para hacer un poco de revisión de “nuestras cosas”. Que no son sólo objetos materiales (muchas veces es lo de menos) pero que son realidades personales que llevamos arrastrando en nuestra vida. Máxime cuando se convierten en “posesiones” de uno mismo, en las que uno se encierra fácilmente con su “yo soy así”…

          Las parábolas en cuestión son de mucha más aplicación práctica de lo que parecen, y lo que nos ocurre es que al cabo de haberlas escuchado tantas veces las hemos metido ya en ese arcón de “la espiritualidad” donde los valores profundos del evangelio se quedan archivados y sin referencia práctica en la vida de la persona.